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Informe sobre la pobreza (I)

¿Miseria crónica?

Desde Las Hurdes de Buñuel al austericidio de Merkel, España siempre ha tenido más pobres que los países de su entorno

Cristina Vallejo Madrid , 12/04/2015

Aceitunilla, Las Hurdes, Cáceres.
Aceitunilla, Las Hurdes, Cáceres. JMN

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Ni siquiera en los mejores momentos de la economía española la tasa de pobreza ha logrado separarse demasiado del 20%. Nunca ha bajado del 17%. Esta cifra corresponde a la pobreza estrictamente monetaria, la que consiste en no llegar al 60% de la mediana de los ingresos del país, que es el nivel que marca el umbral de la pobreza. Pero otros indicadores, en particular el de riesgo de exclusión social, que incluye más cuestiones además de la renta, como la carencia material o la calidad e intensidad del empleo en el hogar en el que se vive, muestran registros mucho más negativos. El coordinador federal de Izquierda Unida y portavoz de la formación en el Congreso de los Diputados, Cayo Lara, llevó esos datos bajo el brazo para la última sesión de control al Gobierno y se los echó en cara al presidente Mariano Rajoy, que respondió: "Usted describe un país que no conozco. Describe el peor país del mundo y no es verdad, porque vamos claramente a mejor". ¿No ha oído hablar el presidente del Gobierno a los niños del poblado chabolista El Gallinero, en la Cañada Real? Las imágenes que se publicaron en las portadas de muchos periódicos españoles evocan un pasado que parece lejano, pero que sigue muy presente. La pobreza, incluso la extrema, la que sufren los habitantes de El Gallinero, a apenas 12 kilómetros de Madrid, no sólo está en los fríos datos, sino en una realidad que, desafortunadamente, muchas veces pasa inadvertida.

Un repaso a la historia española desde comienzos del siglo XX descubre algunas de las razones por las que España ha tenido siempre más pobres que otros países de nuestro entorno, no sólo ahora con la crisis. Pese a todo, pese a los avances, a la entrada en la Europa del euro ya a finales del siglo pasado, y pese a que prácticamente nos hemos incorporado al selecto grupo de países más ricos de la tierra, en España la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social nunca ha dejado de afectar a casi una quinta parte de la población. En 1994 la tasa de pobreza se encontraba en el 19,9%. En 1996, había caído hasta el 18%. Pero a partir del año 2004, superó definitivamente el 20% para llegar en 2012 al 22% y volver en 2013 a retroceder al 20,4%, fruto de un cambio de metodología que se explica en la última Encuesta de Condiciones de Vida que elabora el INE. Choca, en todo caso, ver una intensa preocupación ahora por este tema y la absoluta falta de dedicación hasta hace apenas un par de años.

La pobreza, pues, ha existido desde siempre. Y es necesario realizar un pequeño recorrido histórico para descubrir las razones de este mal endémico, prácticamente estructural, en España. A lo largo de una serie de la que ésta es la primera entrega, de la mano de historiadores, sociólogos y economistas, CTXT va a explicar algunas de estas causas, como el carácter del Estado de Bienestar español, muy bismarckiano, muy contributivo, muy ligado al mundo del trabajo, así como un proceso de industrialización muy tardío y una desindustrialización demasiado pronta y precipitada, acompañada de un proceso muy virulento de reducción de derechos laborales.

Uno de los fallos del Estado de Bienestar español es, precisamente, que su origen es bismarckiano. Lo dice el sociólogo especialista en pobreza y profesor de la Universidad de Zaragoza Pau Marí-Klose. Y Carlos Ochando, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Zaragoza, muestra el porqué de sus deficiencias, citando al profesor de la Universidad de Alcalá Gregorio Rodríguez Cabrero: "Se concibió como un conjunto de instituciones ‘compensatorias’ de los costes del crecimiento económico capitalista, ‘subordinadas’ a los intereses económicos y sociales dominantes y ‘dictadas’ desde arriaba bajo la presión de los conflictos sociales". En contraposición con este Estado de Bienestar, que los académicos llaman Estado Social, se encuentra el más puro, ese que concibe la política social como expansión de derechos sociales y políticos.

Lo peor y más miserable de nuestra España nos lo cuenta Ramiro Pinilla en Antonio B. El Ruso, Ciudadano de Tercera. Una España, la de los años treinta y cuarenta, en plena posguerra, tremenda. De hambre, miseria y represión. De personas que sólo comen si roban, que sólo pueden llevarse algo a la boca si lo pescan en el río o si lo cazan en el monte. De gentes que se tienen que comer las bestias que capturan crudas porque no tienen ni siquiera para cerillas con que prender una hoguera. De hombres y mujeres que siempre están escapando de la pareja de la Guardia Civil, muchísimo más temida que cualquier fiera de las que hubiera por el campo. Es la misma España de Las Hurdes que filmara Luis Buñuel en 1932.

Aunque no sólo se pasaba hambre en el campo. También ocurría en las grandes ciudades. Según relatan los historiadores Ángel Bahamonde y Jesús A. Martínez en una Historia de España coordinada por el segundo y editada por Cátedra, en los años 1941 y 1942, un equipo dirigido por el doctor Jiménez Díaz investigó la alimentación de más de 700 familias del Puente de Vallecas de Madrid. La conclusión fue que los niveles calóricos medios representaban entre el 57,3% y el 79,9% de las necesidades mínimas.

La Segunda República fue considerado el primer experimento democrático en España, primer ensayo general de puesta en marcha de principios de justicia social. Pero, ¿de verdad puso las bases para que comenzaran a reducirse la desigualdad y la pobreza en España?

El gran problema que tuvo la República fue su escasa duración y el ambiente convulso en el que se desarrolló. Quizás porque se pusieron en cuestión los privilegios de las clases dominantes desde siempre y éstas intentaron defenderse como gato panza arriba. O porque las fuerzas revolucionarias esperaban algo más de lo que una república burguesa estaba dispuesta a ofrecer. Otra gran limitación que sufrió fue su incapacidad de cambiar las bases del incipiente Estado de Bienestar español, cuyo origen era bismarckiano, es decir, asistencialista y no generador de derechos sociales.

Además, a juicio de Antonio García Lizana, catedrático de Política Económica y Economía Política de la Universidad de Málaga, la Segunda República incurrió en un error básico: puso el acento en la distribución de la propiedad, que es lo que está en el fondo de la filosofía de la reforma agraria, pero no se fijó en la necesidad de redistribuir la renta.

¿Qué pasó en nuestro país para que, apenas dos o tres décadas después, en los años sesenta, en plena dictadura franquista, se comenzara a hablar ya de una clase media incipiente o, sin ser tan ambiciosos, de una clase trabajadora un poco más acomodada, la que se puede comprar un 600 e irse a Benidorm de veraneo? ¿Nos estamos dejando engañar?, ¿nos llevamos por clichés interesados?

"Tengo la sensación", dice Pau Marí-Klose, "de que ni el panorama de Las Hurdes era generalizado en los años treinta, ni las clases medias eran omnipresentes en los años sesenta. La España de los años veinte y treinta estaba en mejor situación que la de los años sesenta". Al menos, matiza, en términos relativos. El porcentaje de miseria existente en los años treinta en España era comparable con el de otros países europeos. El porcentaje de la población que comenzaba a entrar en las clases medias en España durante los años sesenta era muy exiguo en comparación con el ya consolidado en el resto de países europeos.

"Las clases medias españolas del franquismo convivieron con elevadas tasas de miseria", afirma Marí-Klose. Recuerda el profesor el proceso migratorio del campo a la ciudad que generó el nacimiento de barrios de chabolas en la periferia de las grandes urbes y que sobrevivieron hasta entrados los años setenta. Un informe de Cáritas de 1970 ilustra cómo eran los suburbios de las grandes ciudades, cómo eran las chabolas, si sus habitantes eran propietarios o arrendatarios, si casi todos ellos venían de otras ciudades españolas... Realiza, en definitiva, una fotografía de lo más fidedigna de la pobreza más miserable de la época. En todo caso, el aumento de manos dispuestas a ponerse a trabajar provocó que los salarios se mantuvieran muy contenidos. El barraquismo no se eliminó hasta entrados los años ochenta. Ni los barrios de chabolas ni otros fenómenos como los que cuenta Surcos (1951), la película de José Antonio Nieves Conde que pretendía desanimar a quienes tenían la ilusión de abandonar la dura vida del campo para buscarse el porvenir en la gran ciudad, porque encontrar un hueco en Madrid también era difícil.

Pau Marí-Klose dice que durante el franquismo no funcionó el ascensor social. Sólo se puso en marcha en los setenta. "Antes de esa fecha, es cierto que se vivía cada vez mejor, la marea hacía que subiera todo el mundo, pero la distancia entre los barcos, entre unos y otros, entre ricos y pobres, era muy grande", señala.

Un salto adelante

Antonio García Lizana lanza su propia hipótesis respecto a la evolución de la pobreza durante la dictadura de Franco: en los sesenta la tasa de pobreza pudo reducirse debido a varias razones: la migración del campo a la ciudad, que para mucha gente sí supuso un gran progreso; el aumento del gasto social, y la industrialización.

Así, con el dictador a punto de morir, en el año 1973, primer año del que existen registros, la tasa de pobreza se situaba en España en el 21,4%, nivel no lejano al actual. Y un porcentaje, seguramente, más reducido que el que se sufría en los años cuarenta. Sólo entre 1969 y 1974 sucedió lo siguiente:

Hay que tener en mente una fecha: 1959. Entonces fue cuando comenzó la apertura de la economía española tras dos décadas de autarquía. Existe el debate de si fue más por convicción de los nuevos hombres a los que aupó Franco -liberales en lo económico y del Opus Dei en lo demás- o por obligación. Sea como sea, la apertura favoreció a la economía española, que logró subirse al tren de la larga bonanza que vivía el mundo desarrollado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

García Lizana le da fundamental importancia a la industria como indicador de la existencia de mayor o menor pobreza en un país. Según datos de Santos Juliá, partiendo en 1950 de un nivel sensiblemente igual al de veinte años antes, la industria española había multiplicado por 1,9 su producción diez años después. A partir de ese nivel, la industria volvió a multiplicar por más de dos su producción en una sola década. Por eso, este incremento espectacular del peso de la industria en el PIB. Y también aumentó mucho la población activa dedicada a la industria, según explicaba un interesante informe de Cáritas.

La industrialización se alimentó de la emigración rural, de la población que huyó del campo a la ciudad. En un primer momento los obreros industriales procedentes del campo ganaban bajos salarios. Pero después, a partir de los años sesenta, la clase obrera comenzó a usar la nueva legislación, la de 1958, sobre convenios colectivos para negociar nuevos contratos de trabajo. Y se produjeron las primeras huelgas en la industria, que se extendieron al resto de sectores. La nueva legislación y los conflictos en el ámbito industrial, más grande, en la que gozan de mayor fuerza los trabajadores, hicieron posible una mejora de los salarios y una reducción de la pobreza. La duración, además, del crecimiento económico hizo posible una cierta movilidad ascendente dentro del proletariado industrial: quienes comenzaron engrosando las filas sin cualificación pasaron por sí mismos y más intensamente, sus hijos, a incrementar las de los trabajadores cualificados de las industrias. Aunque la movilidad social no era muy intensa.

Bahamonde y A. Martínez aportan datos en su libro sobre el aumento del gasto público al que también aludía el catedrático de la Universidad de Málaga: pasó entre 1960 y 1975 desde el 14,8% del PIB hasta el 24,7%, aunque apenas llegó a rozar la mitad del que registraban, de media, los países europeos de la OCDE. Aunque este gasto público pesaba sobre un sistema recaudatorio muy poco redistributivo, como muestra esta tabla: los tipos impositivos eran más altos en las rentas más bajas que en las altas.

La reducción de la pobreza: condición imprescindible para una Transición a la democracia

Los datos de Juliá, de Bahamonde y Martínez, así como de las impresiones de García Lizana hacen pensar que sí, que algo se mejoró en tasas de pobreza en la década y media final del franquismo. Sólo así, sólo bajo estas circunstancias de relativa mayor prosperidad, dice García Lizana, podría ser posible una Transición a la democracia como la que se produjo en España. La democratización fue pactada y no revolucionaria, porque ya todo el mundo, en mayor o en menor medida, tenía algo que perder.

En todo caso, según García Lizana, hay una gran dificultad para analizar la evolución de la pobreza en España en el siglo XX por la escasez de indicadores estadísticos existentes. "El estudio a fondo está por hacer", asegura. Bien es verdad que podría reconstruirse esta parte de nuestra historia con la creación de un indicador sintético que incluyera la distribución de la propiedad, de la renta, de la educación y de los activos financieros.

Precisamente, el grupo de investigación en el que se integra García Lizana dentro de la Universidad de Málaga creó un indicador para medir el "no bienestar" de la sociedad española, quizás como eufemismo de pobreza, porque estudiar ésta no gozaba de gran popularidad hace unos pocos años, comenta. La pobreza era un tabú. Puntualmente, García Lizana y su equipo han analizado la sociedad española con ese indicador sintético. Éste, posiblemente, podría ser un buen punto de partida para realizar un análisis retrospectivo de la pobreza y la exclusión social en España, que, siempre, siempre, siempre, han existido. No es sólo cosa de la más reciente crisis económica. O, como precisa García Lizana, de la contracción económica. Lo que ocurre es que hasta hace poco ha sido un tabú.

El próximo capítulo tratará de la evolución de la pobreza durante la experiencia democrática.

 

Ni siquiera en los mejores momentos de la economía española la tasa de pobreza ha logrado separarse demasiado del 20%. Nunca ha bajado del 17%. Esta cifra corresponde a la pobreza estrictamente monetaria, la que consiste en no llegar al 60% de la mediana de los ingresos del país, que es el nivel que marca el...

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Autor >

Cristina Vallejo

Cristina Vallejo, periodista especializada en finanzas y socióloga.

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