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“Mis fotografías son peligrosas fuera del contexto adecuado”

Christoph Bangert, reportero gráfico y autor del libro 'War Porn', encuadra cadáveres y cuerpos heridos en un descarnado retrato de la guerra

Cale Garrido 29/06/2016

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Soy una persona educada. Siempre digo: “No te preocupes, lo entiendo. Es un dilema”. Miento. En el fondo estoy gritando a todo pulmón: “¿No puedes ver mis fotos? ¡Pues esfuérzate más! ¡Blandengues, llorones del primer mundo! ¡Despertad! ¡Estas son personas reales! Si no podéis digerirlo, bajaos de este planeta. ¡Tenéis que ver esto!”. Pero he dicho que soy educado. Yo no hablo así. Tampoco sería justo. Hay que echarle agallas para ver muchas de mis fotografías. No es fácil, en absoluto. Algunos dicen: “¿Cuál es el fin de mostrar esto? Ya sabemos que hay guerras, desastres y acontecimientos horribles”. ¿Nos damos realmente cuenta de lo horribles que son? Entonces, ¿por qué nos conmocionan tanto estas imágenes?

Este fragmento lo escribió Christoph Bangert en 2014. Es un extracto del prólogo de su libro War Porn, una recopilación de fotografías inéditas de la guerra que hasta hace dos años no habían sido publicadas en ningún medio. Demasiado explícitas, brutales. El libro es en sí mismo un atrevimiento y a su vez posiblemente la solución más sensata.

El fotógrafo alemán ha cubierto conflictos como los de Afganistán, Irak, Indonesia, Líbano y Gaza para diversos medios internacionales, entre ellos para The New York Times. De sus años como reportero, una selección de setenta y dos imágenes perforan a todo aquel que las observa en un libro que, sin embargo, se define prudente en su diseño: la tapa es de cartón, la tipografía de máquina de escribir y el tamaño no supera la palma de una mano. Es un manifiesto personal, honesto. Un diario hecho a mano. El interior, desgarrador, plantea cuestiones de moralidad y aborda el tema de la censura en la fotografía de conflictos.

Criticar a los medios o asignarles la responsabilidad de nuestro desconocimiento sería demasiado sencillo. War Porn es el inicio de una conversación; un experimento. “¿Qué pasa si desactivo por completo mi mecanismo de autocensura?”, se pregunta Bangert. Cuerpos mutilados, cadáveres, charcos de sangre. Nos expone a una realidad que no conocemos y que incluso rechazamos. ¿Es realmente necesario que veamos estas fotografías? Si es así, ¿por qué no se publican? ¿Estamos realmente obligados a ver las atrocidades de la guerra? “Debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan”, declara la ensayista norteamericana Susan Sontag en Ante el dolor de los demás. Bangert responde del mismo modo, en un intento de que lo intolerable que él ha presenciado no sea olvidado.

¡Despertad! ¡Estas son personas reales! Si no podéis digerirlo, bajaos de este planeta. ¡Tenéis que ver esto!

Junto al horror de la guerra hay otro aspecto que a Christoph Bangert le ha marcado como fotoperiodista: el absurdo, lo grotesco de la guerra. “Sin él nos haríamos una idea tergiversada sobre lo que la guerra significa para el ser humano”, declara. Una faceta insólita de los conflictos bélicos que según Bangert tampoco está representada en los medios. En su nuevo libro Hello Camel, presentado el pasado 9 de junio en Hamburgo, vuelve a indagar dentro de su archivo. Las imágenes revelan el aburrimiento en el frente, los malentendidos culturales, la comedia latente. Pero también el anhelo de volver a la normalidad. Son fotografías que buscan restos de humanidad en medio del caos absoluto. En la guerra, “o te ríes, o te mueres”, dice ahora en su prólogo.

¿Cómo comenzó su interés por la cobertura de conflictos?

En realidad fue una casualidad. Mientras estudiaba en Dortmund hice un intercambio en Jerusalén, en una pequeña escuela de fotografía. Allí estuve dos semanas, viviendo en casa de una familia israelí. Durante el día pasé todo el tiempo con palestinos: en la Franja de Gaza y en Cisjordania. Me fascinó la idea de poder moverme libremente como corresponsal y ser capaz de observar la realidad desde diferentes puntos de vista; de informar sobre los acontecimientos políticos. Entre palestinos e israelíes apenas había contacto. Yo era capaz de ver aquello que muchos locales no veían.

Desde 2005 ha cubierto conflictos como los de Irak, Afganistán o la Franja de Gaza. ¿Cómo ha evolucionado desde entonces su manera de entender la guerra?

Nosotros, como fotoperiodistas no trabajamos de forma conceptual, sino de manera intuitiva. Reaccionamos ante situaciones ya existentes e intentamos informar de la mejor forma posible. Eso hace que también exista la posibilidad de ser sorprendidos. Como otras muchas personas, yo siempre pensé que la guerra es un evento dramático en el cual se enfrentan el bien y el mal, donde sólo hay héroes y víctimas. Dos cosas me impresionaron: por un lado el horror, la barbarie. Por otro, lo peculiar y lo grotesco de los sucesos: esos momentos en los que se manifiesta el poco sentido que tienen las guerras.

Entonces, War Porn y Hello Camel son una retrospectiva.

Exacto. Años después de cubrir los conflictos busqué deliberadamente estas imágenes, esos instantes que revelan lo atroz y lo grotesco de la guerra. Las fotografías son una recopilación de los últimos diez años. Son imágenes que en su momento mandé a las redacciones, pero que nunca fueron publicadas.

Y consideró que el formato libro era el más adecuado.

Un libro es un objeto maravilloso. Un fotoperiodista tiene muy poco control sobre su trabajo en el día a día. Uno trabaja sobre el terreno, a menudo junto a un escritor y con un fixer (periodista o traductor local), y hace sus fotos. Al final selecciones las mejores imágenes y las mandas a la redacción. Sobre lo que ocurre después con las fotografías no tenemos mucha autoridad. Uno intenta evitar errores, esquivar problemas que puedan surgir escribiendo los pies de foto. Pero, después de todo, la decisión de qué fotografía se publicará no la toma el fotógrafo. En un libro pasa exactamente lo contrario: ahí soy yo el autor y puedo hacer lo que me plazca. Por supuesto que también tengo una gran responsabilidad: esto es lo que creo, esto es lo que es importante para mi. Tener el control sobre tu propio trabajo es algo estupendo. Es una redención.

¿Por qué hizo War Porn?

Estaba furioso y absolutamente decepcionado por no haber logrado que estas fotografías se publicaran. Tanto el horror como el absurdo de la guerra son aspectos relevantes de los conflictos. Sin embargo, ambos están infra-representados en nuestra concepción visual de estos eventos. Lograr inventarse un contexto para estás fotografías, de tal forma que no resulten ser únicamente una conmoción, no es fácil. En realidad estas imágenes son extremadamente peligrosas si no se muestran en del contexto adecuado. Ambos proyectos pueden fracasar, pueden ser malinterpretados y por eso es la opción de un libro como medio determinante, porque es el observador mismo quien tiene el control. Él mismo puede decidir qué ver, en qué momento y a qué velocidad. O incluso si quiere verlo en absoluto. Se trata de una comunicación directa entre el autor y el observador.

War Porn tuvo una repercusión enorme en 2014, tanto en medios alemanes como internacionales. En 2015, un año después de ser publicado, el libro fue editado por tercera vez. 

¡Eso no les pasa a menudo a fotógrafos que aún viven! Realmente tuve mucha suerte. Los medios quedaron fascinados con la idea. Finalmente llegaron a mostrar algunas imágenes del libro, pero solo en la sección de cultura. Jamás lo habrían hecho en la sección de noticias internacionales. Algo que sin embargo me parece razonable, pues demuestra que hay una cierta autocrítica, una reflexión acerca de este dilema. Creo que eso es lo que ha provocado War Porn: el poder reflexionar sobre lo que se debe o se quiere publicar.

¿Recibió críticas?

El libro estaba pensado como un producto controvertido. Estaba enfadado, verdaderamente furioso. Y esa rabia está representada en cada página. Es un libro subjetivo, parcial: sólo hay imágenes horribles. Pero la reacción fue absolutamente positiva. Fue mejor recibido de lo que esperaba.

¿Qué es exactamente lo que pretendía generar? ¿Empatía? ¿Miedo?

La fotografía es un medio muy amplio y puede ser interpretado de formas muy diferentes. El observador puede proyectar sus propias ideas en cada imagen, y por eso surgen a menudo malentendidos. La fotografía puede ser engañosa, puede mentir, servir de propaganda. Hay una larga lista de cosas que la fotografía no puede hacer. Pero de lo que realmente es capaz es de crear recuerdos en nuestra mente. Nosotros nos acordamos de todas y cada una de estas imágenes y esa es su fuerza, pero también nuestra mayor responsabilidad como fotógrafos: que las personas recuerden eventos a través de nuestro trabajo.

Mis fotografías pretenden ser un aviso, una advertencia de que no tenemos ni idea de lo que estamos consumiendo

Si dejamos sin contar uno de los aspectos de la realidad que estamos narrando podemos crear un problema. Esa es mi conclusión: informar de la forma más completa posible sobre los acontecimientos, aun cuando éstos puedan resultar complejos o desconcertantes. Creemos que conocemos lo que estamos viendo, pero mis fotografías pretenden ser un aviso, una advertencia sobre el hecho de que a veces no tenemos ni idea de lo que estamos consumiendo y de que para muchos es algo ordinario. ¡De alguna forma tenemos que hacer frente a esta realidad!

Sus imágenes han sido publicadas en varios países y ha trabajado para medios internacionales. ¿Percibe grandes diferencias culturales a la hora de reflexionar sobre las repercusiones de una guerra?

Creo que los medios alemanes lo hacen muy bien. A pesar de que una gran parte de nuestra generación no ha tenido ningún tipo de experiencia con la guerra, existe un gran interés en éste fenómeno, que a su vez es muy abstracto. Tengo la sensación de que en Alemania, a través de la permanente confrontación con la Segunda Guerra Mundial, tenemos una relación muy sana y robusta con el fenómeno de la guerra. Puede que por eso el interés en mis fotografías haya sido tan grande, porque la gente realmente trata de reflexionar sobre estos conflictos y sobre sus repercusiones. En los Estados Unidos es más complicado.

El país está continuamente sumido en conflictos. También lo estaba entonces en Irak y en Afganistán. Es inevitable que la información sobre estos hechos no se transforme a menudo en algo absolutamente politizado. Ambos libros son una crítica al hecho de que estas guerras hayan tenido lugar, y eso los americanos no lo llevan tan bien. Puede que ellos tengan una idea más idealizada de lo que sucede.

Puede que no sea el único que ha traído estas fotografías de la guerra. ¿Cuál es la intención de su nuevo libro? ¿Qué añade Hello Camel a su lectura de estos conflictos?

Hay muchos fotógrafos que han pasado mucho más tiempo que yo en zonas de guerra. Estoy convencido de que la mayoría de ellos han regresado con este tipo de material. También con imágenes de lo grotesco, como las de Hello Camel. La mayoría lo hacemos de forma automática, porque son situaciones únicas y sorprendentes. Por supuesto que el hecho de ser forastero desempeña un papel importante: el punto de vista de un extranjero sobre un conflicto. Lo cual no quiere decir que mi trabajo sea por eso menos auténtico; aún siendo un extraño puedo entregar un trabajo honesto, incluso cuando no lo entiendo todo.

El mayor de mis miedos es que alguno de mis compañeros diga: eso no sucedió así

Trabajamos con traductores y periodistas locales que no solamente nos ayudan con el idioma, sino sobre todo con las diferencias culturales y con cómo interpretar los sucesos. No obstante seguimos siendo puros observadores. El no poder comprender una realidad, esa zanja cultural entre las fuerzas de ocupación y los locales y el no entenderse mutuamente es uno de los tema más importantes del libro.

¿Y cómo se entienden sus fotografías en lugares como Irak o Afganistán?

El mayor de los miedos que tengo como autor es que alguno de mis compañeros diga: eso no sucedió así. Esa es la varilla de medición que uno tiene, el poder decir que algo no es solamente válido para uno mismo, sino que ese algo tiene la misma validez para aquellas personas que proceden del lugar desde el que informo. Mis fotografías han de ser adecuadas y legítimas. 

Soy una persona educada. Siempre digo: “No te preocupes, lo entiendo. Es un dilema”. Miento. En el fondo estoy gritando a todo pulmón: “¿No puedes ver mis fotos? ¡Pues esfuérzate más! ¡Blandengues, llorones del primer mundo! ¡Despertad! ¡Estas son personas reales! Si no podéis...

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Cale Garrido

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