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París, la antorcha de un Irán libre

El Consejo Nacional de la Resistencia iraní reúne en la capital francesa a miles de exiliados para reivindicar la caída del gobierno teocrático y el establecimiento de una república secular

Amanda Andrades Enviada especial a París , 11/07/2016

<p>Los asistentes al encuentro aplauden y alzan las banderas cuando aparece Maryam Rajavi.</p>

Los asistentes al encuentro aplauden y alzan las banderas cuando aparece Maryam Rajavi.

A.A.G.

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Diversos carteles en la entrada advierten de la posible presencia de agentes del  gobierno de los “mulás”. Para reconocerlos, aparecen sus fotos, y un número de teléfono al que llamar si se percibe la presencia de alguno de ellos. La seguridad es un asunto importante, muy importante, en el encuentro anual del Consejo Nacional de la Resistencia Iraní (CNRI), celebrado este 9 de julio en el Centro de Exposiciones de Le Bourget, a una media hora en metro del centro de París. Asisten miles de integrantes de la diáspora iraní en el mundo y, sobre todo, decenas de personalidades: diputados británicos, generales y políticos estadounidenses, europarlamentarios, mandatarios y líderes políticos de Canadá, Alemania, Francia, Argelia, Palestina o Albania.

Un grupo de CRS, los antidisturbios franceses, se ha instalado junto a  la entrada del recinto, al lado de la carretera; decenas de hombres con chalecos negros con la palabra seguridad, escrita en letras blancas, vigilan; hay enormes colas para pasar los escáneres; es obligatorio dejar las maletas en un  espacio habilitado para ello y se requisan los palos de plástico de las cientos de banderas iraníes, o de la Siria Libre, que portan los asistentes.

Una vez dentro, todo es más relajado. También, más épico. Suena de forma atronadora una melodía heroica, digna de una peli hollywoodense. Miles de personas abarrotan los dos inmensos hangares en los que se desarrolla el evento, 25.000 metros cuadrados, unas tres veces el tamaño que marca la FIFA para el césped de un estadio de fútbol.  No todos son iraníes. Cientos han venido de otros países a acompañarles, a apoyarles o a conocer mejor su causa.

En el escenario, una mezcla entre una convención política en Estados Unidos con toda su parafernalia marketiniana (tres escenarios, pantallas gigantes, música atronadora, confetis dorados que vuelan desde el techo) y un mitin a la antigua usanza de los movimientos de liberación del tercer mundo (imágenes de mártires por la libertad, himnos folclóricos y referencias poéticas a la antorcha de una lucha que no se extinguirá jamás hasta que todos vuelvan a pisar las alamedas de un Irán libre).

Por momentos, cuando intervienen las delegaciones palestinas, egipcias, jordanas o magrebíes, la escena tiene ecos de aquello que debió ser el panarabismo de los sesenta y setenta. Hombres en traje de chaqueta que apelan a la unidad de los pueblos y rechazan el “intento de separar a la población por confesiones religiosas”, que se oponen a “todas las formas de opresión”, incluido el extremismo religioso.

En su programa político, el CNRI, creado en Teherán en 1981 por Masoud Rajavi, defiende la separación de la religión y el Estado, los derechos de las mujeres –incluido, el de elegir su vestimenta–, la libertad de asociación, de pensamiento, de prensa, de partidos; reconoce los derechos de todas la minorías étnicas y nacionales –incluida la autonomía del Kurdistán iraní–; y acepta el capitalismo nacional y la economía de mercado.

Más allá del escenario, el espacio está claramente dividido en dos zonas. Por una valla e, incluso, por el ambiente. Cerca, los más cercanos al Consejo. Ahí, los aplausos, los cánticos y las consignas resisten durante las casi nueve horas de discursos, proyecciones de vídeos y números musicales. Más allá, todo es más relajado. Hay aplausos, cánticos y consignas, pero también niños que corretean, personas que charlan e incluso unos cuantos que salen a echarse la siesta a la sombra del hangar.

Dos colores, sin embargo, lo unifican todo, el amarillo y el verde, de la bandera iraní anterior a la llegada al poder de los ayatolás en 1979, y de los miles de carteles que enarbolan los asistentes con el lema “1.000 Ashraf”, el más coreado durante el encuentro, en una reivindicación que advierte de que crearán mil focos de “lucha por la libertad” allá donde sea necesario.  

En su programa político, el CNRI defiende la separación de la religión y el Estado y los derechos de las mujeres 

Ashraf, la ciudad-campamento iraquí de refugiados y “militantes” de la Organización de los Muyahidines de Irán, el principal grupo de la oposición armada y uno de los integrantes del CNRI, desapareció en 2011 por orden del gobierno iraquí. Se había creado en 1986 con el permiso de Sadam Husein. Tras la caída de éste en 2003, pasó a estar bajo tutela norteamericana. Cuando los americanos se marcharon, las nuevas autoridades de Bagdad iniciaron los hostigamientos y ataques contra él.

Otra referencia constante es la del Camp Liberty, otro refugio de la “resistencia” en Iraq, que fue atacado durante la noche del pasado 4 de julio. Amnistía Internacional recoge en un comunicado que los cohetes causaron cerca de 50 heridos e importantes daños materiales, según los residentes de este campo ubicado cerca del aeropuerto internacional de Bagdad.

El padre de Fourough es uno de esos “héroes” de Ahsraf. Para esta joven vestida con vaqueros y camiseta, este mediodía está cargado de emociones. Por fin, a sus 27 años, ha conocido a su padre. Ella partió hacia el exilio en Estados Unidos cuando tenía dos años. Sus padres quedaron atrás. Su madre llegó a Europa hace un año. Su padre, recientemente. “Estoy aquí para apoyar a un movimiento que es la única solución viable. Estoy aquí por los derechos de las mujeres, por la democracia, para que las generaciones jóvenes puedan volver”, afirma rotunda.

Al anunciarse la intervención de Maryam Rajavi, la mujer que lidera la oposición en el exilio desde 1993, el público comienza a aplaudir enfervorecido. La mujer que encabezará el Gobierno provisional durante seis meses, el periodo de transición que se ha marcado el CNRI, aparece en escena vestida con una falda de vuelo y casi hasta los tobillos, y una chaqueta con ribetes dorados en las solapas y los puños, de color esmeralda. Los zapatos, de tacón bajo, y el pañuelo que cubre sus cabellos, de un verde un poco más oscuro.

Los aplausos, los vítores, los eslóganes a viva voz la interrumpen muchas veces durante su discurso de algo más media hora. Ella sabe hacer callar a sus seguidores con un suave gesto de la mano, tan discreto como la belleza e inteligencia serena que transmite.

“No a los turbantes blancos, no a los turbantes negros, no a la dictadura teocrática. El pueblo iraní irá a buscar la libertad si es necesario hasta en la prisión del dragón”, proclama. “Para llegar a una república democrática, no podemos esperar ni un milagro, ni la suerte. Tenemos que contar con nosotros mismos y nuestra determinación. Por eso, necesitamos un millar de Ashraf”, exhorta a los asistentes.

“Es posible y necesario. Es posible y necesario”, le responde el público a su líder, cuya misión es “la supervisión de la transferencia pacífica del poder al pueblo iraní después de la caída del régimen”. Ese es al menos el deseo, el ideal al que aspiran.

Entre los ponentes invitados, destaca la presencia de una delegación militar estadounidense y de integrantes de las filas republicanas y demócratas, incluido un par de miembros de la dinastía política más famosa, el congresista Patrick Kennedy y la presidenta del centro Robert F. Kennedy Human Rights, Kerry Kennedy. Resulta cuanto menos sorprendente en un movimiento que se declaraba anticapitalista y antiamericano en sus orígenes.

Más llamativa aún es la intervención de un príncipe saudí. Y más si éste es Turki Al Faisal Al Saoud, antiguo jefe de inteligencia de Riad durante más de 20 años y exembajador en los EE.UU. La casa de Saoud, la dinastía que rige los destinos de Arabia desde hace 250 años, no es muy conocida por su respeto de los derechos humanos o su secularismo. Demostrado está su apoyo financiero a la extensión por el mundo de una de las corrientes más rigoristas del Islam, el wahabismo.

También sorprende la presencia de un personaje implicado directamente en la invasión de Iraq en 2003, el anfitrión del trío de las Azores, Durao Barroso. “La gente de Irán no tiene el sistema político que se merece. Creo que si se les diera la oportunidad, elegirían la libertad y no la represión; la paz y no la confrontación”, afirma en un discurso que sonaba demasiado parecido a una operación de ‘libertad duradera’. Más aún, cuando se recuerda que el político portugués durante su mandato como presidente de la Comisión Europea no dudó en calificar en 2013 de “paso decisivo para la seguridad global y la estabilidad” el primer acuerdo sobre el programa nuclear iraní, aquel que congelaba éste durante seis meses, mientras se buscaba un pacto global y definitivo.

Un año después del acuerdo final, el balance del CNRI sobre el mismo es muy sombrío. Para ellos, la situación no sólo no ha mejorado, sino que incluso ha empeorado con “las políticas más represivas contra los trabajadores” y una restricción y presiones contra los artistas “sin precedentes”, bajo la administración de Hassan Rohani, presidente de la república iraní desde 2013 y gran valedor del pacto. Marjavi resalta además en su discurso que los ingresos generados por el levantamiento de sanciones y el aumento de las exportaciones de petróleo han sido “volcados en el infierno de la guerra siria”.

“Son personalidades independientes. Cuando están en el poder, no se posicionan de nuestro lado”, responde, en tono crítico, Mohsen, refugiado político en Francia, cuando se le pregunta por la presencia de alguien como el nuevo presidente no ejecutivo de Goldman Sachs o de miembros del partido del elefante o de la familia real saudí.

“Aprovechamos aquello que tenemos en común. No estamos de acuerdo en todos los temas”, justifica en un perfecto francés, aunque se excuse por no hablarlo bien. Llegó a París a finales de 2009. Sus padres pertenecían a los muyahidines de Irán. Por sus contactos con la oposición, con el campamento de Ashraf, donde vivían sus padres, el “régimen” le complicó la vida desde los 18 hasta los 28 años. Al cumplir esa edad, decidió huir.

En Irán, Mohsen, que siente que la integración en su nueva tierra es difícil, se crió con sus abuelos. A ellos precisamente es a quienes más echa de menos en su exilio. “Perdí a mi abuelo hace 40 días y no pude ir”, se lamenta mientras señala sus ropas negras por el luto. “Sueño con volver a Irán”.

 

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Nota: el Consejo Nacional de la Resistencia Iraní ha abonado los billetes de avión Madrid-París de la periodista enviada por CTXT.

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Amanda Andrades

De Lebrija. Estudió periodismo, pero trabajó durante 10 años en cooperación internacional. En 2013 retomó su vocación inicial. Ha publicado el libro de relatos 'La mujer que quiso saltar una valla de seis metros' (Cear Euskadi, 2020), basado en las vidas de cinco mujeres que vencieron fronteras.

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