1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Tribuna

Las limitaciones del concepto "populismo"

Vicenç Navarro 7/05/2017

<p>Bandera de humo.</p>

Bandera de humo.

LA BOCA DEL LOGO

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Necesitamos tu ayuda para realizar las obras en la Redacción que nos permitan seguir creciendo. Puedes hacer una donación libre aquí

-----------------------------------------------------------------------------------------------------

Una característica del tiempo que vivimos es el surgimiento de movimientos no solo de protesta, sino también de rechazo hacia las élites políticas y mediáticas que gobiernan a ambos lados del Atlántico Norte, así como hacia las instituciones llamadas representativas, que han dejado de percibirse como auténticamente representativas. El Brexit en el Reino Unido; el rechazo a las reformas constitucionales propuestas por Renzi en Italia; el surgimiento de partidos neonazis y neofascistas en varios países de Europa (Francia, Alemania, Holanda y Austria, entre otros) con posibilidades de llegar a gobernar (como en Francia) o de ejercer gran influencia política (como en Alemania, Austria y Holanda) en cada uno de ellos; la elección de Trump como presidente de EEUU o el notable surgimiento de Bernie Sanders en las elecciones primarias del Partido Demócrata (que casi las gana un candidato que se presentó como socialista, ideología prácticamente prohibida por el establishment político en aquel país); la aparición de un partido político –Podemos- que, en alianza con otro partido –Izquierda Unida-, se ha convertido en menos de tres años (según las últimas encuestas de apoyo electoral) en una de las mayores fuerzas políticas del país; todos ellos son indicadores del rechazo hacia el establishment político-mediático que ha gobernado cada uno de los países en los que tales movimientos han aparecido. 

¿Qué tienen estos movimientos en común?

En estos movimientos de rechazo hacia los establishments político-mediáticos del país encontramos varios elementos en común. Uno es la movilización de amplios sectores de la población, y muy en especial de las clases populares, y en particular, dentro de ellas, de un sector que había sido casi olvidado en el discurso dominante de los países en los que tal movilización ha estado ocurriendo. Me refiero a la clase trabajadora de estos países. La reaparición de tal clase como agente de cambio ha sido una de las novedades más significativas de esta época. Una clase que apenas había aparecido en la narrativa hegemónica del discurso político-mediático (habiendo sido sustituida por el término y concepto de clase media), ha pasado a ocupar una posición central en los movimientos de rechazo hacia las instituciones político-mediáticas. Y esta centralidad ha ido creciendo en la medida que tales movimientos de protesta están aumentando. En las presidenciales norteamericanas esta clase trabajadora jugó un papel clave en la elección que tomó lugar en el colegio electoral que puso a Trump en la presidencia. La mayoría de delegados de los Estados industriales como Pensilvania, Ohio, Wisconsin y Michigan que votaron por Trump representaban distritos de clase obrera, muchos de los cuales, por cierto, habían votado al candidato Obama en 2008, haciéndole Presidente. Y encuestas realizadas desde el día de las elecciones muestran que, después de la abstención, el voto más masivo a favor del candidato Trump procedió de la clase trabajadora de raza blanca, que es la gran mayoría de la clase trabajadora de aquel país.

Un tanto semejante ocurrió en las recientes elecciones francesas, donde se ha podido ver que el mayor atractivo del partido Le Pen se ha dado en la clase trabajadora de aquel país. Según las encuestas, del 40% al 50% de distintos sectores de la clase trabajadora, tanto industrial como de servicios, apoyan a Le Pen, siendo su partido el que ha sustituido a los Partidos Socialista y Comunista como principal fuerza entre este electorado. Una situación semejante está surgiendo en Holanda, en Austria, en Alemania y en Italia. En el Reino Unido el mayor rechazo hacia la continuación de tal país en la Unión Europea procedió de la clase trabajadora. Y en España, el mayor apoyo que obtuvieron Podemos y sus aliados fue en los barrios obreros en las grandes ciudades, situación que se vio con toda claridad en la ciudad de Barcelona, donde la fuerza política En Comú Podem ganó holgadamente en tales barrios en las elecciones generales, lo que ocurrió también en un gran número de los mayores centros urbanos de España.

El hecho de que tal clase trabajadora (con sus distintas composiciones y orientaciones políticas) jugara un papel determinante en el rechazo hacia el establishment político en cada uno de estos países no quiere decir que otras clases sociales y otros movimientos transversales no hayan participado en tales rechazos o que otros sentimientos además del de clase hayan actuado también como motores de tal rechazo. No ha habido un protagonismo único en la expresión de tal rechazo, pues hay tantos rechazos como intervenciones opresivas, explotadoras u ofensivas puedan derivarse de la enorme influencia que los poderes financieros y económicos tienen sobre los aparatos del Estado. Pero ignorar (como ha estado ocurriendo en círculos políticos, mediáticos e intelectuales que definen en el discurso hegemónico lo que es “responsable” y “aceptable” y lo que no lo es) que continúa habiendo clases sociales y que la clase trabajadora continúa existiendo (no habiéndose transformado o sustituido por las clases medias) es un profundo error. En realidad, en estas sociedades capitalistas a los dos lados del Atlántico Norte, lo que ha ido ocurriendo en las últimas décadas es que, en lugar de que la clase trabajadora se haya ido transformando en clase media, hemos visto el fenómeno inverso, que grandes sectores de las clases medias se han ido “proletarizando” como consecuencia de que las condiciones de trabajo de grandes sectores de tales clases medias se están asemejando más y más a las condiciones de la clase trabajadora. La clase trabajadora, en lugar de ir disminuyendo, ha ido, pues, aumentando en aquellos países. Ni que decir tiene que tal clase trabajadora es enormemente variada, pero constituye, junto con las clases medias de rentas medias y bajas, la gran mayoría de las clases populares.

El porqué del rechazo por parte de la clase trabajadora al establishment político

La causa de tal rechazo de la clase trabajadora al establishment político es fácil de entender, pues han sido tales clases las que más han sufrido el impacto de las políticas neoliberales aplicadas e impuestas por los partidos políticos gobernantes en cada uno de estos países. Tales políticas neoliberales incluían intervenciones públicas que dañaban el bienestar y calidad de vida de las clases populares y muy en particular de las clases trabajadora. Entre ellas destacaban la desregulación de los mercados laborales (encaminada a conseguir un descenso salarial –devaluación doméstica- con un aumento de la precariedad, un descenso de la ocupación y un notable aumento del desempleo); la desregulación de los mercados financieros y del comercio, que favorecieron la globalización de la actividad económica con plena movilidad de capitales, en busca de la mano de obra más barata, creando una gran destrucción de empleo en grandes empresas (particularmente en el sector manufacturero) en los países a los dos lados del Atlántico Norte, las cuales se desplazan a países con menores salarios, como México y otros países de Latinoamérica, así como al este de Europa y Asia. Tales medidas neoliberales, junto con la reducción del gasto público, han sido consecuencia de la instrumentalización del poder político-mediático por parte de los poderes financieros y económicos, estableciéndose un entramado de complicidades entre los primeros y los segundos que ha caracterizado la gobernanza de aquellos países.

La ideología promovida por este entramado de poder ha sido el neoliberalismo, iniciado por el presidente Ronald Reagan en EEUU y por la Sra. Margaret Thatcher en el Reino Unido, y posteriormente incorporado en las políticas públicas económicas y sociales de los partidos gobernantes, incluyendo los de tradición socialdemócrata. En realidad, estos últimos –los socialdemócratas- incorporaron rápidamente dichas políticas neoliberales en su argumentario de políticas públicas. El presidente Clinton en EEUU abandonó la identificación del Partido Demócrata (que antes de Clinton se autodefinía como el partido del pueblo) con la clase trabajadora y con los sindicatos, sustituyéndolos por una clara alianza con el capital financiero (impulsado por Wall Street) y con el capital industrial, promoviendo los tratados de libre comercio (iniciándose con NAFTA, el Tratado de Libre Comercio entre EEUU, México y Canadá), que habían sido ya propuestos por el presidente Bush padre, que precedió al gobierno Clinton. Un tanto parecido ocurrió con el gobierno Blair en el Reino Unido (que continuó con las políticas de la Sra. Thatcher), con el del Sr. Schröder en Alemania y, más tarde, con el del Sr. Hollande en Francia y con el del Sr. Zapatero en España.

La silenciada y nunca citada lucha de clases

Todos estos gobiernos aplicaron políticas contrarias a los intereses de la clase trabajadora, debilitando a los sindicatos, con la consiguiente bajada de salarios y el aumento de la precariedad laboral, que determinó un gran crecimiento de las rentas del capital a costa de las rentas del trabajo, que descendieron espectacularmente, alcanzando niveles nunca vistos desde principios del siglo XX. Los datos están ahí para los que quieran verlos. El porcentaje de las rentas derivadas del trabajo sobre el total de rentas del país pasó de ser un 70% (EEUU), un 72% (España), un 74% (Reino Unido), un 72% (Italia), un 74% (Francia), y un 70% (Alemania) en la década de 1970, a un 63% (EEUU), un 58% (España, siendo la cifra más baja en estos países), un 72% (Reino Unido), un 64% (Italia), un 68% (Francia) y un 65% (Alemania) en 2012. (Ver mi libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante. Anagrama, 2015). Estos datos muestran que el conflicto Capital-Trabajo (que solía llamarse lucha de clases, término y concepto raramente utilizados en el discurso hegemónico de estos países, desechándolo por ser supuestamente "anticuado") es esencial para entender qué ha estado pasando y el porqué del rechazo de la clase trabajadora al establishment político-mediático.

La transformación de las izquierdas tradicionales: políticas públicas centradas en identidad en lugar de clase social

El neoliberalismo fue, pues, una respuesta del mundo del capital a las conquistas laborales y sociales conseguidas por el mundo del trabajo durante lo que se llamó la “época dorada del capitalismo” (1945-1979). Su inclusión a partir de los años ochenta dentro del bagaje intelectual de las izquierdas significó un cambio muy notable del ideario, no solo económico y financiero, sino también intelectual y cultural de tales partidos de la izquierda (y muy en especial del Partido Demócrata de EEUU y de la socialdemocracia en Europa). Parte de esta transformación fue considerar la dicotomía izquierda versus derecha como “anticuada” e “irrelevante” (cambio facilitado por la conversión de los partidos mayoritarios de la izquierda al neoliberalismo con su consiguiente abandono de los programas de izquierda). Esta definición de “anticuado” se aplicó también a las categorías de análisis de poder (como la de clase social), redefiniendo la estructura social en categorías más basadas en el consumo y en la jerarquía social (como los niveles de ingresos, por ejemplo, hablando de clase alta, media o baja) que no en las relaciones de producción y distribución (clase capitalista, clase media y clase trabajadora), aceptando el orden económico y social existente. El proyecto socialdemócrata dejó de considerar el socialismo como su objetivo, centrando su estrategia de cambio en facilitar la movilidad vertical y el ascenso social mediante la integración de las minorías y otras poblaciones discriminadas (incluyendo a las mujeres) en tal orden económico, desarrollando políticas públicas antidiscriminatorias encaminadas a su integración en el sistema. Dichas políticas fueron exitosas en cuanto a la incorporación de mujeres y minorías en las estructuras de poder, pero tuvieron un impacto limitado en el bienestar económico y en el nivel de vida de la mayoría de las minorías y de las mujeres, que continuaban perteneciendo a las clases populares, cuyo nivel de vida y bienestar continuó descendiendo. Las políticas de identidad que priorizaban raza y género, sin considerar o incluir políticas de clase, dieron tal resultado como consecuencia (ver mi artículo “Las ocultadas causas políticas del crecimiento de las desigualdades”, Público. 04.05.17). 

El porqué del rechazo al lenguaje “políticamente correcto”

Estas políticas públicas, encaminadas a la integración de las minorías y de las mujeres, se basaron en una ideología que atribuía el nivel de vida más bajo que tenían a una falta de oportunidades, resultado de una discriminación. De esta lectura de la realidad surgió el ideario de lo “políticamente correcto”, que asumía una defensa del multiculturalismo y de la diversidad racial y de género, ideario promovido por la ideología dominante que, en su deliberado intento de abandonar cualquier narrativa de clase social y de lucha de clases, asumió como tema central de su agenda progresista la integración de los sectores discriminados en las estructuras de poder, integración que no implicaba un conflicto con la distribución de poder por clase social existente en cada país. El color y el género de las élites gobernantes cambió pero, por lo demás, la mayoría de la población (que pertenece, en cualquier país, a las clases populares) continuó sufriendo las políticas neoliberales impuestas por los mismos grupos que promovían dicho lenguaje políticamente correcto. Este abandono del discurso de clases, sustituyéndolo por el discurso de identidades, fue el triunfo del postmodernismo.

El presidente Clinton, el presidente Obama y la candidata a la presidencia, la Sra. Hillary Clinton, representaron este maridaje entre el desarrollo de políticas neoliberales, por una parte, y la promoción del “modelo políticamente correcto”, por el otro. Y la campaña electoral de la Sra. Clinton ejemplificó esta estrategia. Las políticas de igualdad de oportunidades y las políticas integradoras antidiscriminatorias, definiéndose a sí misma como la defensora de las mujeres (a la vez que mostraba una enorme insensibilidad hacia la clase trabajadora de EE.UU.), conllevaron que la mayoría de la población femenina votara en su contra. Las políticas de identidad, ignorando los intereses de clase, llevaron a una situación en la que los únicos candidatos que movilizaron a las clases populares –Sanders y Trump- fueron los que se referían explícitamente a las necesidades de la clase trabajadora, hablando a y de ella.

De ahí que no sea sorprendente que el rechazo de la clase trabajadora no solo fuera en contra de las políticas neoliberales, sino también en contra del lenguaje políticamente correcto. Este rechazo al lenguaje políticamente correcto no es un indicador, como erróneamente se ha definido, de un aumento del racismo o del machismo, pues los mismos barrios obreros de los Estados industriales (Ohio, Pensilvania, Wisconsin y Michigan) que votaron a Trump en 2016 habían votado a Obama en 2008. El rechazo fue a lo que se percibió como una mera defensa de los intereses de clase bajo la fachada del género y la raza. Por otra parte, la defensa de la multiculturalidad se percibió como una defensa de la inmigración en una situación de enorme inseguridad laboral, en la que el obrero veía al inmigrante como una amenaza a su estabilidad.

La redefinición del globalismo por parte de las izquierdas

En esta reconversión de las izquierdas al neoliberalismo se abandonaron también (en un proceso llamado de “modernización”) las categorías analíticas que habían sido parte del patrimonio de izquierdas (sustituyéndolas por las del patrimonio de derechas). Y uno de tales conceptos abandonados fue el de imperialismo, sustituyéndolo por el de globalización, proceso que pasó a valorarse como positivo, dejándose de lado el concepto de nación y Estado-nación. Incluso dentro del marxismo, los trabajos de Toni Negri aplaudieron tal proceso.

En paralelo a este abandono de la nación y del Estado-nación se desmereció el concepto de soberanía nacional, término que adquirió mala fama en los círculos intelectuales hegemónicos. También se consideró este concepto como “anticuado”, insensible o inapropiado en el siglo XXI, siendo identificado con el concepto de nacionalismo que las élites neoliberales de todos los colores definían como reaccionario. De ahí que el surgimiento de movimientos basados en los Estados-nación, opuestos a la globalización se considerara como algo retrógrado que iba en contra del progreso, identificando globalización con progreso y nacionalismo con reacción.

El error del concepto de globalización

Pero lo que se olvida en esta transformación es que la validez y progresividad del concepto de soberanía depende de quién la tiene. Y la validez y progresividad o regresividad del nacionalismo es el contexto que lo define. Las voces progresistas saludaron en el siglo pasado al nacionalismo argelino en contra del imperio francés, el cual motivó el deseo de liberación del pueblo argelino. Y lo mismo ocurrió en muchos países de América Latina que lucharon para no perder su identidad frente al imperialismo español y francés primero, y estadounidense después. Y el mundo obrero y su movimiento internacionalista apoyaron a tales movimientos nacionalistas. En realidad, en España la resistencia antifascista dirigida por las izquierdas, luchó para recuperar una visión del país y de la nación distinta y opuesta a la dominante entre las fuerzas de ocupación, que defendían un nacionalismo imperialista apoyado por el nazismo alemán y el fascismo italiano opuesto al nacionalismo de defensa de una identidad vulnerable a ser perdida. No hay que olvidar que incluso el PSOE durante la clandestinidad pedía lo que hoy se conoce como el derecho a decidir de los distintos pueblos y naciones su articulación con el Estado español, aceptando la plurinacionalidad de España. Debería ser obvio que tales movimientos de resistencia frente al fascismo fueron los que en realidad eran las fuerzas auténticamente patrióticas que querían defender una concepción progresista de nación y naciones, identificadas con las clases populares, frente a un nacionalismo imperialista que oprimía a esas mismas clases populares. Un tanto semejante ocurrió en Alemania, en Italia, en Grecia y en Portugal, donde el movimiento obrero lideró la lucha antinazi y antifascista, defendiendo los intereses nacionales a la vez que los intereses de las clases populares. El internacionalismo del movimiento obrero era, como su nombre indica, internacional, no supranacional, realidad que podría, en este último caso, reproducir un orden jerárquico y dependiente entre países, como ha estado ocurriendo en la Unión Europea, en la que se ha delimitado claramente la separación entre el centro y las periferias.

La excepcionalidad de España y de Unidos Podemos

El abandono del Estado-nación (o suma de naciones) por parte de las izquierdas “modernizadas” facilitó que la necesaria defensa de la identidad y soberanía de un país, ligándola al interés de las clases populares, desapareciera del ideario progresista, pasando a ser dominio de las ultraderechas, que es lo que ha ocurrido en gran parte de los países europeos, donde la defensa de los intereses de clase (entendiendo por ello la defensa de la gran mayoría de la población) y la defensa de la identidad nacional han sido utilizadas exitosamente como temas centrales por las ultraderechas. Una excepción ha sido España. El hecho de que en España el espacio de protesta lo haya ocupado Podemos y no los herederos de La Falange, por ejemplo, se debe en parte a que Podemos (junto con Izquierda Unida), que ha liderado la protesta frente al neoliberalismo en España, se ha presentado también como el defensor de los derechos nacionales, identificándolos con los derechos laborales, sociales y políticos de las clases populares. Ha contribuido a ello el claro descrédito del nacionalismo de derechas, heredero del nacionalismo fascista de la dictadura, que se ha visto que históricamente era la defensa de los intereses de una minoría frente a la mayoría de la población española. Y no es casualidad que la visión de España de las nuevas fuerzas progresistas (incluyendo la plurinacionalidad de España) sea opuesta y alternativa a la visión jacobina y uninacional del Estado borbónico defendida por las derechas, y hoy también por el PSOE.

Hoy en España hay unas relaciones de poder dentro del Estado que están afectando negativamente al bienestar y la soberanía de las clases populares, que representan la mayoría de la población española. Y lo mismo ocurre en cada país de la UE. Las instituciones de gobernanza de la UE y de la Eurozona reproducen un poder de clase resultado de una alianza de las clases dominantes en cada país miembro de la UE, dirigidas por la clase dominante del Estado alemán, siendo este Estado, gobernado por un bipartidismo neoliberal estancado en la defensa de las políticas neoliberales, el que (junto con el gobierno Macron, en el caso probable de que gane las elecciones francesas) continuará siendo el eje del malestar de las clases populares, no solo alemanas, sino de toda Europa. Es totalmente lógico que la clase trabajadora en cada país esté apoyando la oposición a esta Europa, que ya lo hizo en su inicio. Parece haberse olvidado que la mayoría de las clases trabajadoras votaron en contra de la Constitución Europea (y en los países en los que no hubo referéndum, la mayoría se opuso a tal constitución). Por ejemplo, en Francia un 79% de los trabajadores de la manufactura, un 67% de los trabajadores de servicios y un 98% de los sindicalistas votaron en contra de dicha constitución; en los Países Bajos lo hizo un 68% de los trabajadores, y en Luxemburgo un 69%. En cuanto a los países en los que no hubo referéndum, un 68% de los trabajadores de la manufactura en Alemania, un 72% en Dinamarca y un 74% en Suecia se oponían a ella.

El error de aceptar el término populismo para definir lo que está ocurriendo a los dos lados del Atlántico Norte

Los establishments político-mediáticos, receptores del enfado popular, son los que, a través de sus medios de información, han definido a tales movimientos de protesta como populistas. Ello en sí ya debería ser causa de que las nuevas fuerzas emergentes rechazaran ser definidas como tales. Para dichos establishments y sus medios, populismo es una protesta irracional, con tintes racistas y homófobos, claramente reaccionaria, que quiere destruir la democracia, el progreso y la globalización necesaria para garantizarlo, considerando que tales movimientos están dirigidos por demagogos que apelan al componente irracional que motiva a las masas. Y en una manipulación política destinada a desacreditar a las nuevas fuerzas progresistas, ponen, por ejemplo, a Trump, a Le Pen y a Pablo Iglesias en el mismo nivel. Y en su versión académica y literaria comienzan a aparecer seminarios, libros y artículos sobre el populismo, compitiendo en el nivel de frivolidad y mezquindad intelectual a la que nos tienen acostumbrados los medios de desinformación españoles.

Considero, pues, una exigencia de mera decencia y honestidad oponerse a la utilización de unos términos y conceptos que están creados para debilitar a fuerzas auténticamente transformadoras, como lo es hoy en España la coalición Unidos Podemos. Hoy hay una protesta generalizada de las clases populares frente a las políticas neoliberales impuestas por los partidos gobernantes, políticas que han causado una pérdida de legitimidad de las instituciones mal llamadas representativas (y digo mal llamadas porque la mayoría de la población española está de acuerdo con el famoso eslogan del 15-M “no nos representan”).

Los movimientos que el establishment define como populistas no son populistas

Ha contribuido al surgimiento de tales protestas la captación de los instrumentos tradicionales de defensa de las clases populares por parte de los intereses financieros, económicos, políticos y mediáticos del país, estableciéndose un entramado que obstaculiza su desarrollo democrático. La manera en que se expresan tales movimientos, sin embargo, depende del contexto político de cada país. En países como EEUU, donde es casi imposible crear una alternativa al bipartidismo, los poderes financieros y económicos tuvieron como tema prioritario en su respuesta a los movimientos de protesta popular, destruir a las alternativas de izquierda –Bernie Sanders- que podrían haber canalizado tal enfado. Ello facilitó que el movimiento de protesta lo canalizara el movimiento libertario (liderado por el Tea Party) que consideró al gobierno federal como el enemigo a batir. Tal movimiento y partido jugaron un papel clave en la redefinición del Partido Republicano y en la elección de Trump. Definir este movimiento como populista es una enorme simplificación. El Tea Party fue financiado por grupos económicos (como los hermanos Koch, entre otros) ligados al capital inmobiliario y especulativo, para los cuales el gobierno federal era y es el enemigo. Tal movimiento no fue creado por Trump, sino que fue Trump el creado por tal movimiento. En realidad, si Trump desapareciera habría otras personas esperando para ocupar su lugar. Trump es el intento de la clase dominante ligada al capital financiero y al capital especulativo de desmantelar el escasamente desarrollado Estado federal regulador e intervencionista, en alianza con grandes sectores de la clase trabajadora que ven al establishment político federal como el responsable de su pérdida de bienestar, estableciéndose una alianza de clases basada en un proyecto libertario sumamente reaccionario.

Este movimiento es muy distinto al movimiento pro fascista francés, donde un elemento importante del populismo, el caudillismo, es poco determinante. Es un movimiento que se ha ido convirtiendo en un movimiento con base obrera basado en una protesta contra el neoliberalismo promovido por las instituciones europeas, que ha transformado el nacionalismo imperialista del partido de Le Pen en un nacionalismo defensivo de una identidad y nación, que se ha ido radicalizando como consecuencia del apoyo de la clase obrera. En este movimiento el componente nacionalista, que en el caso del partido de Le Pen tenía un componente imperialista, racista y xenófobo importante, ha ido cambiando sus políticas económicas de corte thatcheriano a un estatismo que ha incluido dimensiones en la defensa de los derechos laborales, sociales y políticos de la población, aunque esta última ha ido aumentando a medida que se incrementaba el apoyo de la clase obrera a este partido. Definir este movimiento como populista es, también, una simplificación.  

Y en España, el gran descrédito de las derechas como consecuencia de ser continuadoras de un Estado dictatorial del cual la mayoría de las clases populares tienen un recuerdo negativo, explica que el gran enfado de estas clases haya sido canalizado por las nuevas izquierdas, también como consecuencia del enorme descrédito de la socialdemocracia debido a su conversión al neoliberalismo, y del surgimiento de un movimiento de protesta, el 15-M, que generó una protesta generalizada, canalizada por Podemos, en la que coincidieron dos demandas: una, la de las clases populares exigiendo una España diferente a la actual, más justa y más democrática; y la otra, la redefinición de España, con su plurinacionalidad y riqueza en su diversidad, en un deseo de recuperar su diversidad identitaria, a la vez que un deseo de recuperar su soberanía frente a los poderes de las clases dominantes que crearon una Europa para la defensa de sus intereses, dirigidos por las élites financieras y empresariales que dominan el Estado alemán. Esta articulación del significado de país, y de unas clases populares conscientes de su diversidad y, a la vez, de sus intereses comunes de clase y de género, en alianza con otras clases, pueden crear un nuevo proyecto auténticamente liberador en busca de un futuro que se ve ya realizable al alcance de la gran mayoría de la población.

El concepto de pueblo lo define el grupo social que domina tal definición

Una idea central del populismo es el concepto de pueblo, cuya definición depende de los grupos y de las clases sociales a los cuales tales grupos –consciente o inconscientemente- pertenecen y/o representan. La definición de pueblo por parte de los partidos de izquierda, mayoritarios en España y en Europa –los partidos socialdemócratas- se basaba en un pueblo cuyo elemento central eran las clases trabajadoras, expandidas para cubrir otros sectores y clases de la sociedad en la defensa de sus intereses frente a los intereses del mundo empresarial. No es por casualidad que las sedes sociales de los partidos socialdemócratas europeos, desde el partido socialista sueco al PSOE, se llamaran (y todavía se llaman) Casas del Pueblo.

El concepto de pueblo en el fascismo español, por el contrario, era un pueblo supuestamente sin clases y sin luchas de clases, pues éstas se consideraban sin conflicto posible, articuladas a través de los sindicatos verticales (dominados, en la práctica, por el mundo empresarial). Ahora bien, en ambos casos, no se definieron como populistas. Los socialistas definieron su programa como socialismo y los fascistas como fascismo. Definir estas categorías como populismo me parece, de nuevo, una simplificación. Populismo aparece así como un cajón de sastre en el que las élites gobernantes ponen todos aquellos movimientos que no les agradan, ocurriendo lo mismo con los dirigentes políticos de los movimientos contestatarios, que quieren diferenciarse de los partidos políticos existentes y/o de los términos y narrativas con los cuales se encuentran incómodos. Así de claro.

------------------------------------

Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra.

Necesitamos tu ayuda para realizar las obras en la Redacción que nos permitan seguir creciendo. Puedes hacer una donación libre aquí

El artículo solo se encuentra publicado para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Vicenç Navarro

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

3 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. Makarenko

    Este capitalismo ávido de riqueza y ciego políticamente nos lleva al abismo. Hoy después de las elecciones francesas donde las opciones eran votar a las causas, ( Macron), o las consecuencias, ( Le Pen) del desastre neoliberal sólo queda que las mayorías sociales tomen conciencia de la situación y se empoderen para superar esta etapa histórica en su favor, planteando altternativas concretas al capitalismo neoliberal que nos subyuga.

    Hace 4 años 5 meses

  2. francisco alcocer

    Magnífico análisis. Imprescindible.

    Hace 4 años 5 meses

  3. Albert

    Es algo curioso que determinados partidos de extrema derecha europeos como el Front national de Le Pen, donde no se toleran los saludos fascistas, sean calificados de neo-fascistas, mientras que otros partidos en los que los símbolos y gestos fascistas son ampliamente tolerados no sean mencionados a este respecto. Me quiero referir con esto al Partido Popular en España. Verlo en https://www.youtube.com/watch?v=i0SvRrL1tPM

    Hace 4 años 5 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí