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Radiografías de la 'recuperación' (V)

Gobernar la digitalización en favor de la mayoría

El proceso no va a tener lugar espontáneamente, requiere políticas públicas activas para promoverlo y no debemos dar por sentado que el propio mercado asegure un buen resultado

Jorge Uxó / Nacho Álvarez 21/02/2018

<p>Estado de bienestar en ruinas</p>

Estado de bienestar en ruinas

Malagón

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Más allá del debate –relevante– de cuál es el origen de la recuperación del crecimiento económico que está registrando España desde 2014, en esta serie de artículos nos ha preocupado sobre todo el tipo de crecimiento que se está desarrollando. Y hemos llegado a dos conclusiones: el crecimiento actual no está resolviendo los problemas sociales y económicos que la crisis nos dejó –cronificándose una fuerte precariedad y desigualdad–, al tiempo que la retórica de las “reformas estructurales” orientadas al mercado no se ha traducido en un cambio productivo real. 

Es necesario por ello un cambio de estrategia. Junto a medidas específicas dirigidas a corregir la precariedad laboral y la inequidad en el reparto de la renta y la riqueza, nuestra economía necesita una nueva política industrial más audaz, focalizada y proactiva. Esta nueva estrategia industrial debe ser capaz, involucrando al sector público junto al sector privado, de impulsar un crecimiento sostenible en términos medioambientales (verde), que asegure la igualdad de género (morado), y que mejore la productividad, entre otras vías a través del desarrollo del proceso de digitalización1.

El debate sobre los efectos de la digitalización está muy polarizado. Siguiendo a Dani Rodrick podríamos distinguir, por un lado, a los “tecno-optimistas”, que piensan que estamos en la antesala de una época en la que será posible observar grandes crecimientos de la productividad que permitirán un aumento de los niveles de vida sin precedentes. Normalmente, también piensan que los incentivos para que esta ola de progreso se produzca vendrán del funcionamiento de mercados desregulados y de la competencia, que son a la vez garantía de que la mejora del bienestar acabe beneficiando a la mayoría. En otro extremo, los “tecno-pesimistas” afirman que la digitalización no está produciendo los aumentos de productividad que se le atribuyen, y que es difícil que acabe ocurriendo, salvo en sectores muy específicos. Por último, los “tecno-preocupados” coinciden en que el efecto de las nuevas tecnologías sobre la productividad será de gran escala, pero piensan que, precisamente por eso y por sus características, acabarán provocando grandes pérdidas de empleo y de bienestar para una parte importante de la población.

Nuestro enfoque no se reconoce en ninguna de estas tres posiciones. Aunque aún está por ver su dimensión exacta, es previsible que este tipo de innovación acelere la productividad en los próximos años, y esta es una razón por la que España no puede quedarse atrás. Por otro lado, pensamos que no es inevitable la aparición de un desempleo tecnológico generalizado, aunque es imprescindible adoptar medidas para prevenir tal posibilidad. Finalmente, sí creemos que existe un alto riesgo de que el proceso afecte de manera desigual a los distintos grupos sociales, evidenciando la responsabilidad colectiva (y no estrictamente individual) de intervenir desde la esfera de lo público para que no aumente la polarización y las desigualdades.

En definitiva, pretendemos abordar la digitalización desde la perspectiva de la economía política, discutiendo cómo “gobernar el proceso” para asegurar no sólo que la productividad crece, sino que este aumento se reparte equitativamente a favor de la mayoría.

¿Qué efectos tendrá la digitalización sobre la productividad?

La digitalización es el resultado del abaratamiento y mejora en las tecnologías que obtienen y procesan información, y da lugar a dos grandes efectos complementarios. Por un lado, la automatización de la producción permite generar sistemas capaces de trabajar de forma autónoma y organizarse a sí mismos, reduciendo errores, actuando con más rapidez y recortando costes operativos. Esto se logra combinando tecnologías ya existentes (como los robots industriales) con la inteligencia artificial, que aporta la capacidad de interactuar en entornos cambiantes. Por otro lado, la computerización permite gestionar grandes volúmenes de datos, gracias a la mejora en la captura, tratamiento y análisis de la información digital a través de herramientas como la nube y el “Big Data”.

Aunque inicialmente parece que este tipo de procesos serían relevantes sobre todo para las manufacturas, su importancia radica precisamente en que pueden tener implicaciones en muchos sectores productivos. Por eso, se plantea en ocasiones que, como antes lo fueron la máquina de vapor y la electricidad, se trata de una nueva “tecnología de uso generalizado” (General Purpose Technology)2.

Consecuentemente, el efecto esperado es que, conforme se vaya generalizando este uso transversal y se exploten todas sus posibilidades “combinatorias”, la digitalización acabe dando lugar a una aceleración de la productividad media agregada.

La Figura 1 recoge el crecimiento de la productividad en Estados Unidos desde los años 50 (para cada año representamos la media de los últimos 10). Las líneas horizontales son las medias en los periodos 1950-1975 (2,6%), 1976-1995 (1,5%) y 1996-2008 (2,5%), y vemos que el crecimiento de la productividad se recuperó en los 15 años anteriores a la Gran Recesión, volviendo a registrar crecimientos anuales medios similares a los registrados en la “edad de oro” de las postguerra, pero sin llegar a superarlos (al menos por ahora). Después de la crisis, el crecimiento anual medio de la productividad ha vuelto a reducirse (desde 2011 no ha superado el 1%) aunque es pronto para saber si es algo más que el efecto de la propia desaceleración económica. 

Los datos desagregados ofrecidos por la OCDE muestran que el crecimiento de la productividad después de la crisis no se ha ralentizado para las empresas que se encuentran en la frontera tecnológica, pero sí que lo ha hecho en aquellas que están menos avanzadas tecnológicamente (generalmente más pequeñas) y en el sector servicios. Esto apunta más bien a una menor difusión, y a la falta de demanda agregada, y no a un estancamiento de los efectos de la tecnología sobre la productividad.

Figura 1: Crecimiento de la productividad en Estados Unidos (media últimos 10 años)

 Fuente: Federal Reserve Economic Data.

Si estos efectos de la digitalización sobre la productividad se confirman (recuérdese la “paradoja de la productividad” señalada por Robert Solow a finales del siglo XX, cuando pronunció la célebre frase de que “vemos ordenadores por todas partes, menos en las estadísticas de productividad”) estaríamos ante una oportunidad de la que podrían desprenderse efectos globales positivos: sería posible aumentar la producción con las mismas horas de trabajo (con lo que crecería la renta per cápita) o podríamos garantizar niveles similares de renta per cápita con jornadas laborales más cortas (alternativa que podría ser preferida socialmente, dada la aparición de límites ecológicos, entre otras posibles razones). También es posible, obviamente, una combinación entre ambos extremos.

Ahora bien, de este fenómeno también se derivan algunas amenazas que hay que abordar, como las que tienen que ver con los efectos sobre el empleo y la polarización social: cómo se distribuyen los crecimientos de la productividad, y cuál puede ser el efecto concreto sobre diferentes grupos sociales.

¿Qué efectos puede tener sobre el empleo?

Una idea que se ha popularizado en algunos ámbitos es que la digitalización puede suponer la sustitución a gran escala de horas de trabajo humano dedicado a determinadas tareas –que un robot podría ejecutar más eficientemente. Consecuentemente, el volumen total de empleo se reduciría, quedando una parte importante de la población sin ingresos.

En realidad, esta no es una idea nueva. Podemos recordar a los “luditas”, artesanos que a principios del siglo XIX destruían los telares industriales porque les hacían perder sus empleos o, más recientemente, el título escogido -¡en 1961!- por la revista Time para una crónica sobre el aumento del paro, The automation jobless. También Jeremy Rifkin –en 1995– eligió un título tan elocuente como desacertado para su famoso libro: El fin del trabajo.

En nuestra opinión, mientras una creciente robotización es probable, no tiene por qué producirse una destrucción masiva de empleo. De hecho, la experiencia histórica ha mostrado ya que las innovaciones tecnológicas que han tenido efectos sustanciales sobre la productividad no han supuesto a la vez una pérdida generalizada de empleo, sino lo contrario.

Sin ir más lejos, entre la Segunda Guerra Mundial y la crisis de los años 70, los países desarrollados vivieron años de crecimiento elevado de la productividad, pleno empleo y aumentos de los salarios reales. En la Figura 2 recogemos la evolución temporal del empleo agregado desde 1950, para la economía de Estados Unidos, y se confirma que este crecimiento de la productividad fue compatible durante 50 años (volveremos después sobre los últimos años) con un crecimiento muy similar del empleo, y sin que la tasa de paro haya seguido una tendencia creciente en este periodo.

Figura 2: Productividad y empleo (1950 = 100) y tasa de paro en Estados Unidos 

 

Fuente: Federal Reserve Economic Data.

Hay dos razones principales para explicar esta “compatibilidad” entre desarrollo de la productividad y crecimiento del empleo. La primera es que el número de empleos depende no sólo del volumen de la producción, sino también de la duración de la jornada laboral media, y ésta se ha ido reduciendo conforme iba creciendo la productividad. La segunda de las razones tiene que ver con el nivel general de demanda de la economía. 

En el caso de España, por ejemplo, la jornada laboral suponía unas 2.800 horas de trabajo al año a principios del siglo XX, y actualmente está ligeramente por debajo de las 1.700 horas. Vemos en la Figura 3, sin embargo, que si bien entre 1970 y 1990 hubo un intenso proceso de reducción del número de horas anuales de trabajo (casi un 13%), esta tendencia se detuvo entonces, y hoy la jornada anual es sólo un 3% más baja que hace 30 años. De hecho, en España se trabaja de media 118 horas más al año que en el conjunto de la UE-15. Hay buenas razones para recuperar esta tendencia a la reducción de la jornada laboral, y más aún si se materializan los efectos del proceso de digitalización sobre la productividad.

Figura 3: Horas anuales por persona empleada en España

 

Fuente: AMECO.

Aparte de lo que ocurra con la jornada laboral, en segundo lugar, la posibilidad de obtener la misma producción con menos horas de trabajo no tiene por qué suponer que el número total de horas de trabajo se reduzca… si tiene lugar simultáneamente un aumento de la demanda, y por tanto de la actividad económica. Este aumento de la demanda estaría explicado porque un aumento de la productividad también supone un aumento de los ingresos de los que “puede” (subrayamos esta palabra) originarse esta mayor demanda. Además, aparecen nuevas actividades, relacionadas con estas tecnologías (crear, programar y mantener las nuevas máquinas) o con nuevos bienes y servicios. La cuestión, claro, es que ni esto es un proceso automático –requiere políticas económicas adecuadas–, ni necesariamente tiene por qué “vaciarse el mercado”, ni dará lugar a la creación de empleos iguales a los que se destruyen –serán ocupaciones diferentes y posiblemente en sectores y lugares también distintos–, como veremos después.

En la Figura 2 anterior se puede ver no obstante un punto de inflexión en la “compatibilidad” entre desarrollo de la productividad y crecimiento del empleo. Desde principio de este siglo se ha producido, por primera vez, un desacoplamiento entre el crecimiento de ambas variables. La cuestión, sin embargo, es si esto se debe al carácter específico de las actuales innovaciones tecnológicas o si, por el contrario, obedece más bien a las políticas deflacionistas aplicadas durante la crisis, así como a una pérdida de peso de los salarios que provocan escasez de demanda agregada. Nosotros nos inclinamos por lo segundo3.

En resumen, con una adecuada combinación de políticas para impulsar la reducción de la jornada laboral y asegurar un crecimiento suficiente de la demanda, los aumentos de la productividad que pueden producirse en un futuro próximo como consecuencia de la digitalización no son una mala noticia para los trabajadores y trabajadoras, ni es inevitable un aumento del “desempleo tecnológico” a nivel agregado.

¿Puede dar lugar a una mayor polarización social?

Que la digitalización no suponga necesariamente un aumento de la tasa de desempleo no significa que no haya grupos concretos de personas que hoy tienen un empleo, y que sí se verán afectadas negativamente. Es muy posible que este fenómeno haga desaparecer determinadas ocupaciones. Sin embargo, es difícil anticipar exactamente cuáles.

El trabajo más citado en este sentido es el de C. Frey y M. Osborne, en el que se señala que el 47% de las ocupaciones están en riesgo de ser sustituidas por un proceso de automatización. Según este trabajo, los empleos relacionados con el transporte, la logística y la administración tienen mayor riesgo de ser sustituidos. Sin embargo, otros trabajos como el de M. Arnzt, T. Gregory y U. Zierahnet, ofrecen estimaciones mucho más bajas del volumen de empleo en riesgo: un 9% para el conjunto de la OCDE, un 12% para España. 

En cualquier caso, estos estudios sólo se limitan a calcular las ocupaciones que están en riesgo de ser sustituidas, pero no son capaces de estimar el efecto final sobre el empleo considerando que haya efectos de compensación en otros sectores. Y por citar solo otro de los trabajos más conocidos, D. Autor y otros sostienen que la automatización se aplicará más probablemente para sustituir los puestos intermedios de los estratos laborales, provocando una mayor polarización entre actividades de menor cualificación y coste laboral (para las que la inversión requerida probablemente no sería rentable), y otras ocupaciones de un elevado nivel de cualificación que requieren una cierta “creatividad”, que quedarían “a salvo” del proceso de automatización4.

Pero además de esta forma de polarización, la digitalización está teniendo ya importantes efectos sobre las condiciones laborales, como se está poniendo de manifiesto en el caso de los trabajadores de la “gig-economy”. Esta expresión se utiliza para definir, por ejemplo, la situación de personas que son “llamadas” para realizar puntualmente una tarea concreta, aportando incluso los medios necesarios para ello (la bicicleta del “rider” de reparto), y sin que se establezca legalmente una relación estrictamente laboral con la empresa “mediadora” con el cliente final5. Evidentemente, esta es una forma buscada por las empresas para trasladar a los trabajadores y trabajadoras una parte importante de su “riesgo empresarial” y privarles de sus derechos.

Como ejemplo, De Stefano recoge la declaración de un alto ejecutivo de una empresa de este tipo: “Antes de Internet, hubiera sido realmente difícil encontrar a alguien, sentarlo diez minutos para que trabajara para ti, y despedirle después. Pero con esta tecnología, sí puedes encontrarlos, pagarles una pequeña cantidad y deshacerte de ellos cuando ya no los necesitas”.

Este deterioro de las condiciones laborales se está produciendo también a través de vías como el fissured workplace (aumento de la distancia entre quienes realizan el trabajo y la empresa, mediante la separación y externalización de tareas que se realizan desde casa, dando lugar generalmente a un deterioro de la capacidad de los trabajadores de organizarse y a menores salarios). Otras vías, como el hierarchical outsourcing, permiten la conversión de parte de los trabajadores de la empresa en autónomos, con unas condiciones laborales similares a las de la plantilla, pero soportando gran parte del riesgo empresarial, y sin un salario fijado por convenio. La digitalización está permitiendo una suerte de retorno a las relaciones laborales individualizadas y desprotegidas, propias del siglo XIX.

Si estos problemas no son abordados con medidas económicas y regulaciones adecuadas, veremos cómo los efectos globalmente positivos de los aumentos de la productividad no se repartirán de forma justa, dando lugar a la aparición, por un lado, de personas cuyos empleos han sido desplazados por las nuevas tecnologías sin posibilidad de seguir obteniendo ingresos del trabajo. Además, por otro lado, veremos a otros grupos sociales que, aun conservando “algún” empleo, vivirán estructuralmente en condiciones precarias y con bajos ingresos. Ahora bien, esto último no es una consecuencia inevitable de la tecnología, sino el resultado de decisiones políticas, y por lo tanto perfectamente evitable.

¿Por qué es necesario “gobernar la digitalización”?

Utilizamos el término “gobernar la digitalización” en dos sentidos. En primer lugar, porque creemos que es importante para España participar activamente en un proceso de innovación tecnológica que va a influir –lo está haciendo ya– en la economía global, y que puede tener como resultado aumentos de productividad que, globalmente considerados, serían positivos. Pero este proceso, sin embargo, no va a tener lugar espontáneamente, y requiere políticas públicas activas para promoverlo. 

En segundo lugar, también es necesario gobernar la digitalización para asegurar que este proceso sea realmente beneficioso para la mayoría de la población, y no genere aumentos de la desigualdad o polarización social. Como muestra el ejemplo de la globalización, no debemos dar por sentado que el propio mercado asegura este resultado.

Podemos citar, en concreto, cinco propuestas que nos parecen especialmente significativas:

1. Como se señalaba recientemente en un interesante artículo de V. Alsina, E. González de Molina y D. Vila, frente a la retórica de que los mayores procesos de innovación se han producido con un papel pasivo y secundario del Estado (limitado a favorecer las condiciones adecuadas), la realidad nos muestra que “el Estado ha sido un emprendedor de ‘primera instancia’, dinámico, creador de mercados nuevos y de innovaciones radicales que han transformado el conjunto de la economía, como la invención de Internet, la biotecnología, la nanotecnología”. En definitiva, las administraciones públicas han asumido en muchas ocasiones el liderazgo de la innovación, y creemos que deben volver hacerlo para asegurar que España cambia su patrón de especialización internacional y abandona la estrategia de competir en sectores de bajos salarios. Esto implica organismos donde el sector público colabore activamente con el privado, y también mantener los niveles de inversión pública y gasto en I+D y educación.
2. Si la digitalización se traduce en incrementos significativos de la productividad se abre una oportunidad para retomar el proceso de reducción de jornada, que se ha interrumpido en los últimos 30 años. Esto permitiría evitar la aparición de elevados niveles de desempleo de una forma más compatible con la sostenibilidad del planeta; favorecería para la mayoría el disfrute del ocio y otras actividades no relacionadas con el trabajo asalariado; mejoraría la conciliación entre la vida laboral y los cuidados, contribuyendo a un reparto equitativo entre géneros de estos trabajos que el que resulta de la actual organización del trabajo; y en definitiva podría utilizarse también como una forma de compensación de la pérdida de peso de los salarios en la renta que se ha producido en las últimas décadas (siempre y cuando la reducción de jornada se produzca sin reducción salarial, claro).
3. Adicionalmente, para evitar la pérdida de puestos de trabajo es necesario abandonar las políticas deflacionistas y asegurar una gestión activa de la demanda agregada para asegurar que el nivel de actividad es suficiente. Especialmente, esto debería hacerse promoviendo –de forma simultánea– tanto el desarrollo de sectores donde la automatización es elevada como otros más intensivos en empleo (sanidad, educación, dependencia, servicios de atención personal).
4. El deterioro de las condiciones laborales y el aumento de la desigualdad no es una consecuencia inevitable de la tecnología, sino fundamentalmente el resultado de decisiones políticas concretas. Para asegurar que los aumentos de la productividad se reparten de forma equitativa es necesario restituir el equilibrio en la negociación colectiva, reforzando un marco de pre-distribución más favorable a las rentas del trabajo, y volver a conectar el crecimiento de los salarios respecto a la productividad, de forma que se cierre el “gap” que viene produciéndose hace décadas entre ambas macromagnitudes. Esto exige igualmente reforzar las políticas redistributivas y adaptar la legislación laboral para terminar con la generalización de la precariedad de quienes trabajan en los sectores más afectados por los recientes desarrollos de la tecnología digital, como el empleo a través de las plataformas.
5. A pesar de estas políticas, es probable que algunos grupos se vean afectadas negativamente por los procesos de automatización, por ejemplo por su formación o porque algunas ocupaciones se vean especialmente comprometidas. Debemos asumir la responsabilidad colectiva de establecer un sistema de Renta Garantizada que convierta ésta en un derecho ciudadano.

  1. ---------------------------------------------------

Notas 

1. Los aumentos de la productividad que requiere la economía española deben ser el resultado de un conjunto amplio de medidas, que pasan por ejemplo por una auténtica política de innovación científica, revirtiendo primero los recortes en I+D+i derivados de las políticas de austeridad, para converger después con los demás países europeos; la recuperación de la inversión pública y  educativa; o medidas para propiciar un aumento del tamaño medio de las empresas, un menor peso de los oligopolios y una mejora en la gerencia empresarial. Centrar la atención aquí en la digitalización no significa ignorar todos estos factores.

2. En cambio, Robert J. Gordon piensa que las actuales innovaciones tecnológicas no tienen la potencia que tuvieron la máquina de vapor y la electricidad para generar cambios estructurales en los patrones de vida.

3. Dean Baker analiza este fenómeno con más detalle.

4. Tampoco esto está completamente garantizado cuando se habla de la automatización de determinadas intervenciones médicas o de evaluación técnica (por ejemplo en el campo de los seguros). La automatización no se circunscribe a tareas puramente manuales.

5. La “gig-economy” incluye dos formas de trabajo: el “crowdwork” y el “work on-demand via apps”. Ambas son consecuencia de la digitalización y sobre todo de la aparición de Internet. El “crowdwork” hace referencia a las tareas que se realizan a través de una plataforma online, mientras que el “work on-demand via apps” afecta a actividades más tradicionales como el transporte, la limpieza y los recados, en las que el contacto entre empleador, trabajador y cliente se hace a través de una aplicación.

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Jorge Uxó /

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