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¿Qué pongo en el examen, lo del libro de texto o lo que he aprendido?

Hablar de la imposibilidad del crecimiento ilimitado en un planeta finito es no solo una necesidad sino la responsabilidad de cualquier docente

María Gonzalez Reyes 11/09/2018

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Una profesora, en un instituto, comienza el tema de Genética de la asignatura de Biología de 2º Bachillerato. “¿Habéis visto la película ‘El club de los poetas muertos’”? Les pregunta. Casi todas las alumnas y alumnos levantan la mano. “Yo estoy tentada a pediros lo mismo que pide ese profesor al comenzar su clase, que arranqueis del libro de texto las hojas que hablan sobre transgénicos ¿qué os parece?”. La miran entre incrédulos y sonrientes, dudando si es una profesora que va de guay o que va a plantear algo interesante. “En realidad haremos otra cosa: en vez de arrancar esas páginas, vamos a leerlas y después contrastaremos esa información con otras que provengan de fuentes diferentes al libro”. La siguen mirando, a algunos se les despierta el interés y se ponen a leer la información. “¿Qué os gustaría saber sobre los transgénicos?”, les dice. Preguntan muchas cosas: ¿Quién los inventó? ¿Son la solución para el hambre en el mundo? ¿Tiene alguna repercusión en el medio introducir genes que los ecosistemas no han creado? ¿Y en la vida de las personas que los cultivan? ¿Con qué tipo de políticas los comercializan las multinacionales? Después, tratan de responderlas. Buscan información, la comparten en grupos, la contrastan, debaten. Hacen una construcción colectiva del conocimiento. Aprenden que hay muchos puntos de vista sobre este tema, que hay distintas miradas. Al finalizar el tema, un alumno pregunta: “Si en la EvAU, la prueba donde nos jugamos la nota para entrar en la universidad, nos preguntan algo sobre los transgénicos ¿qué ponemos: la visión a favor que aparece en el libro de texto o lo que hemos aprendido de otros artículos?”

Valga esta anécdota para reflexionar sobre la posibilidad de que los procesos educativos que se dan en el sistema educativo formal sean neutros (podríamos hablar de cualquier proceso educativo, pero en este artículo nos referiremos a los que se dan dentro del sistema formal). En general (las generalidades indican eso, lo que casi todo el mundo cree, aunque haya excepciones) se da por supuesto que lo que aparece en los libros de texto es un conocimiento neutro y objetivo. Un conocimiento que no tiene intencionalidad más allá de mostrar una realidad que es así, tal cual está escrita en esos libros. Por lo tanto, generalmente (de nuevo con excepciones) se tendería a pensar que esta profesora, al facilitar el acceso a artículos que muestran una mirada diferente a la del currículo oficial, está alejándose de esa neutralidad y objetividad. Muchas personas (docentes y no docentes) opinarían que poner a disposición del alumnado informaciones que se salen de lo recogido en los libros de texto conduce a la manipulación, incluso al adoctrinamiento. Pero lo que planteamos aquí es que la premisa de partida es errónea: suponer que lo que se recoge en los libros de texto y los currículos oficiales es neutro y objetivo. ¿Por qué tendemos a pensar que hablar a favor de los transgénicos es neutro mientras que plantear opiniones que los cuestionan es manipular? ¿Por qué se concibe como adoctrinamiento mostrar una mirada diferente a la del pensamiento hegemónico mientras que aportar informaciones e ideas que lo sostengan se considera objetivo?

Lo que planteamos aquí es que la premisa de partida es errónea: suponer que lo que se recoge en los libros de texto y los currículos oficiales es neutro y objetivo

Quizás la respuesta esté en que todo aquello que suponga cuestionar la cultura hegemónica (capitalista, patriarcal, mecanicista, individualista) se considera ideológico, mientras que sostenerla y apoyarla no. Quizás ese es el problema, que hemos sido educadas y educados en una cultura que encumbra ciertos valores y menosprecia otros; por eso se considera neutro hablar de las bondades de los transgénicos mientras que es adoctrinar explicar los impactos que las multinacionales que los producen provocan en las vidas de muchas poblaciones campesinas. ¿Quién tiene interés en que en el sistema educativo formal no se hagan preguntas que cuestionen las “verdades” del pensamiento hegemónico? Quizás en la respuesta a esta pregunta se pueda encontrar la razón de que no esté bien acogido preguntarse por cosas cuyas respuestas no aparecen en los libros de texto. La escuela es uno de los lugares donde se disputa la hegemonía cultural.

Ninguna educación es neutra. No lo es la que muestra una mirada a favor de los transgénicos ni la que se posiciona en contra. No lo es la que se hace preguntas ni la que no se las hace. No hay neutralidad posible porque no posicionarse también es posicionarse, también muestra un modo de mirar el mundo y de actuar en él. La única manera de huir de una educación manipuladora es mostrar varias miradas de la realidad y construir un relato plural, un relato que muestre que la realidad es diversa y compleja. Es posible (y necesaria) una educación en la que las alumnas y alumnos no solo aprendan contenidos sino que aprendan y debatan sobre cómo se construyen los conocimientos, que les permita hacerse preguntas sobre aquello que aprenden. Se puede (y debe) debatir con el alumnado sobre si la postura protransgénicos que aparecía en el libro de texto es neutra, sobre si era necesario complementarla con otras informaciones, sobre si la educación está cargada o no de ideología. Sobre si la manera de construir una educación no manipuladora es mostrar distintos puntos de vista y sobre cómo construir sus propias opiniones y pensamientos. Se pueden plantear preguntas en las aulas que cuestionen el orden establecido, hay muchas profesoras y profesores que lo hacen porque saben que no plantearlas no es menos ideológico.

Es posible (y necesaria) una educación en la que las alumnas y alumnos no solo aprendan contenidos sino que aprendan y debatan sobre cómo se construyen los conocimientos, que les permita hacerse preguntas sobre aquello que aprenden

Las alumnas y alumnos agradecen que se les dé la oportunidad de pensar, de construir su pensamiento mediante el intercambio de ideas diversas, de que se les considere capaces de implicarse en su proceso de aprendizaje.

No habría problema en que se potenciaran desde los centros educativos estos valores culturales hegemónicos si no fuera porque este sistema cultural, basado en el capitalismo y el patriarcado, ha producido que la actividad humana haya superado la biocapacidad de la Tierra, y que esa situación de traslimitación suponga desigualdades brutales e impactos ambientales sin precedentes que se traducen en cambios a gran escala.

Es necesario (y urgente) plantearse cómo educar en el momento actual. Un momento atravesado por una crisis sistémica, ecológica, económica, de legitimidad política y de valores. Las educadoras y educadores no podemos actuar como si nada estuviese ocurriendo. Es nuestra responsabilidad hacerlo porque uno de los objetivos fundamentales de la escuela es ayudar al alumnado a comprender el mundo en el que vive y a desenvolverse satisfactoriamente en él. Hablar de cómo mirar de frente un mundo roto y buscar maneras de repararlo es el reto que tenemos por delante. Antes que saber los tipos de pronombres, cómo se clasifican los triángulos o los tipos de rocas, tenemos que aprender que nuestra vida depende de los cuidados (que somos interdependientes) y del resto de seres vivos (que somos ecodependientes). Hablar de la imposibilidad del crecimiento ilimitado en un planeta finito es no solo una necesidad sino la responsabilidad de cualquier docente (es de radical supervivencia saber qué ocurre con los materiales de los que dependemos). Cuando se abordan estas temáticas con el alumnado son los propios adolescentes quienes preguntan: “¿cómo es posible que los políticos no tengan en cuenta esto que es tan simple de entender a la hora de establecer sus políticas?”.

Es imprescindible, si queremos un planeta con vidas que merezcan ser vividas, plantear una transformación radical de nuestro sistema de valores y crear una nueva cultura, una “Cultura de la Tierra” que se base en la cooperación más que en la competitividad, en la sustentabilidad más que en el crecimiento, en los cuidados más que en la destrucción. Tenemos que hacer una alfabetización ecológica que nos permita comprender cómo funcionan los sistemas naturales y que nos permita percibirnos como una parte más dentro de ellos. Una cultura que se base en el amor a la vida, que persiga una vida buena no solo para los humanos, sino para toda la biosfera de la cual dependemos y formamos parte. La escuela es uno de los espacios centrales donde se construye nuestra comprensión del mundo, por lo tanto es un lugar clave para esta necesaria reconstrucción cultural.

El reto es tan necesario como difícil. Quizás el punto de partida para construir este cambio se base en hacerse preguntas y en buscar las respuestas no solo desde lo racional sino también desde lo emocional. Necesitamos sentir la destrucción ambiental y las desigualdades para implicarnos en la construcción de una cultura con valores diferentes. Si solo tenemos datos desde lo cognitivo ese cambio no será posible. Ver por la tele cómo se abandonan los barcos llenos de migrantes en el mar no puede compararse con ver cómo llega una patera a la playa cuando estás de vacaciones tomando el sol y un migrante se acerca a hablar contigo. No pasa por las mismas partes del cuerpo. No es lo mismo hablar de los datos sobre las desigualdades que convivir cada día en las aulas con estas desigualdades marcadas por el género, la clase, la etnia y las propias de una dinámica impuesta por las políticas del centro hacia las periferias. No pasa por las mismas partes del cuerpo.

Crear una nueva “Cultura de la Tierra”, un nuevo paradigma cultural que nos permita sobrevivir con dignidad y equidad, supone hacernos preguntas que desmonten las “verdades” del pensamiento único y, también, trabajar la empatía. Experimentar que lo que hacemos genera cambios que permiten que otras personas y otros seres vivos vivan vidas que merezcan ser vividas. Crear esos otros patrones culturales tan urgentes supone sentir la alegría, el dolor, el amor y, sobre todo, la esperanza.

“Pero entonces si en el examen me preguntan sobre los transgénicos, ¿pongo lo del libro de texto como haciendo que no he aprendido otras cosas?”.

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María González Reyes es activista de Ecologistas en Acción

Autora >

María Gonzalez Reyes

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  1. ander

    La pata de la que cojea este artículo no tiene mucho que ver con los comentarios de Antonio y Luís H. Refiriéndome a ambos comentarios diré que la evidencia científica es en muchos casos sesgada y subjetiva, y esto no es una opinión sino un hecho. Detrás de muchos informes e investigaciones científicas están los grandes monopolios transaccionales de la industria química y farmacéutica, que buscan por encima de todo el enriquecimiento y la rentabilidad de sus inversiones. Y esto es lo que llega a los grandes medios. Esta lógica, que es fundamento del sistema capitalista y causa de desigualdad y acrecentamiento del poder, nada tiene que ver con los antivacunas, los tierraplanistas o los avances médicos y científicos en general, Sí es causa de la desigualdad, del extractivismo que explota recursos y comunidades ya de por sí empobrecidos para favorecer los intereses económicos del mal llamado Primer Mundo (solo hay un Mundo y una biosfera irremisiblemente interdependiente, ecodependiente como dice la autora). Pretender mantener esta situación es suicida. La autora, por otra parte, nada ha mencionado sobre vacunas u homeopatía, cuestiones sobre las cuales cualquier persona informada tiene una posición clara de rechazo. Los avances médicos no pueden supeditarse al beneficio económico, los científico-técnicos tampoco. Es de primero de Tuiter utilizar falacias coma las planteadas por los anteriores comentarios. Toda inversión que no vaya enfocada al interés común, y la conservación de la biosfera y el ya demasiado precario equilibrio ecológico es una inversión tuerta, cortoplacista e interesada por unos pocos. El avance tecnológico es falso cuando produce desigualdad, acaparación de poder y merma de la situación de los trabajadores. Por contra debería suponer reducción de las jornadas laborales, mejora de la penosidad de los mismos y acortamiento de la desigualdad. Mientras nuestro confort occidental suponga la deforestación de los bosques, la explotación, aniquilación, y sometimiento de comunidades indígenas, el deterioro y aumento de las desigualdades humanas y animales en una comunidad mundial que debería tender al verdadero progreso de la civilización, es palpable que no hay progreso ni avance técnico o científico real, sino explotación y aumento de la desigualdad parejos al pretendido avance tecnocientífico. La pata de la que, a mi entender, cojea este artículo lleno de pasión y auténtica buena intención es olvidar que la escuela, el sistema educativo, tienen un papel cada vez menos determinante en un mundo repleto de cachivaches deformadores educativamente - tal como son utilizados-, empezando por la televisión y acabando por terminales telefónicos idiotizantes. Aquel que decía que educa la tribu (Marina creo que era) obvió que la tribu son aparte del sistema educativo y el entorno familiar, la niñera televisión o la tableta electrónica para que el niño esté distraído y acabe la cena. El poder manipulador de los medios es poderosamente atractivo y efectivo, y la familia y la escuela se quedan atrás de largo. El marketing y la publicidad son ubicuos, dominan los programas y series infantiles y juveniles, las redes sociales y las cabeceras de supermercados y grandes superficies. Y el resto de la tribu, tristemente, está afectado en una gran parte de la misma alienación. Educación y libertad de cátedra con el enfoque del articulo son imprescindibles. Consciencia social colectiva y global, acción política en la cocina, el comedor, la calle el parque y todos los ámbitos de la comunidad de la tribu no pueden obviarse. Y ni con esas.. ¿Quién puede con el Macdolnals y sus muñequitos, quién con la niñera televisiva que nos come la cabeza a los adultos y prepara a los niños para el consumo alienado y el vaciamiento de conciencia crítica. Hoy el telediario cerraba con la gran noticia de que un niño se había salvado, gracias a los avances médicos americanos, de un accidente en el que la varilla de metal de una barbacoa se había clavado en su cabeza. Se veía al equipo médico y imágenes impactantes del arpón en la cabeza radiografiada del pequeño. Si cada día cerraran los telediarios con la muerte cotidiana de miles de niños por falta de agua potable o de una vacuna que cuesta menos de un euro mostrándonos imágenes de estos niños o de los que mueren en las minas extrayendo tántalo u otros minerales para nuestro feliz orgullo tecnooptimista -sin apelaciones a la recaudación sino al concienzamiento político - daría por buena los anuncios que financian las noticias.

    Hace 2 años 6 meses

  2. Antonio

    Parece que la autora es una relativista para la que todo es subjetivo y opinable. Los hechos son irrelevantes. Es más, seguro que lo que viene en los libros refleja la cultura heteropatriarcal y por tanto sospechoso. Profesora, ¿ponemos que las vacunas son un gran invento que ha salvado millones de vidas, o que son malas y no hay que vacunar a los niños como dicen otras páginas web? Profesora, ¿ponemos que los avances médicos han salvado vidas, o que es mejor usar la homeopatía, como dice en otros sitios? Profesora ¿ponemos que la Tierra es redonda o que es plana como hemos leído en otros artículos?

    Hace 2 años 6 meses

  3. Luís H.

    “Pero entonces si en el examen me preguntan sobre los transgénicos, ¿pongo lo del libro de texto como haciendo que no he aprendido otras cosas?” Si la visión del libro se fundamenta en la evidencia científica, que respalda dichas técnicas, pues mejor poner lo del libro ya que con este tema en concreto muchos colectivos están diciendo cosas que no son ciertas. https://www.youtube.com/watch?v=tWKxvUVZ6mk

    Hace 2 años 6 meses

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