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Tecnología al servicio de la xenofobia

El modelo de negocio de las plataformas favorece la expansión de los sectores más ultras. En Europa, los comicios determinarán si la Unión deriva al autoritarismo

Pedro Fernández de Castro 8/05/2019

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En las elecciones generales del 28A España perdió su condición de excepción como dique institucional ante la ola de populismo xenófobo que recorre Europa (y el resto del globo). Ostentaba este rango junto a Irlanda, Luxemburgo y Portugal. En los demás países europeos o bien tienen ya presencia en los parlamentos nacionales –incluso como líder de la oposición en Alemania, Países Bajos y Suecia– o han alcanzado el poder ejecutivo en coalición con otras fuerzas políticas, como en Italia y Austria, o gobiernan en solitario con una mayoría arrolladora, véase el caso de Hungría y Polonia. Sorprende, entonces, la poca atención que se presta a la situación europea, más allá de un acicate del miedo al monstruo para incentivar la asistencia a las urnas, y, más aún, la inexistencia de propuestas para incidir en la Unión Europea. 

las elecciones serán fundamentales para determinar el rumbo que tomará la UE, con dos opciones poco halagüeñas: continuismo neoliberal mediante la Gran Coalición con el necesario apoyo de los liberales o un viraje hacia el autoritarismo

En este mundo interconectado (también hiperconectado) la necesidad de mirar más allá de las fronteras nacionales es una obligación de cara a revivir la política como espacio en el que se toman decisiones efectivas y soberanas. Por eso, las elecciones europeas serán un momento fundamental para determinar el rumbo que tomará la Unión Europea, con dos opciones poco halagüeñas: continuismo neoliberal mediante la Gran Coalición (socialdemócratas y populares) con el necesario apoyo de los liberales; viraje hacia el autoritarismo (no ya económico, algo común a ambas opciones, sino también político) con la conformación de un grupo populista xenófobo con el suficiente peso para bloquear ese camino y recalibrarlo hacia uno que levante aún más los muros de la Fortaleza Europa. Son las opciones que venimos barajando desde 2016, como atestiguan los resultados del brexit, con la victoria del Leave, y de las presidenciales estadounidenses, con la victoria de Trump. Ambas respuestas fueron una negación al proyecto de las actuales élites europeas y estadounidenses, respectivamente, y, por tanto, una impugnación de la globalización tal y como se diseñó en la década de los 90. En ambas tuvieron un papel fundamental un uso y aprovechamiento del funcionamiento de las plataformas digitales comerciales (Facebook, Instagram, Whatsapp, Youtube, Twitter) y de herramientas de análisis de datos, véase el escándalo de Cambridge Analytica como ejemplo más flagrante. En este texto, abordamos los elementos que están posibilitando la emergencia y expansión de estos movimientos, con especial foco en su estrategia digital.

La coordinación del populismo xenófobo 

El auge de este tipo de movimientos por todo el globo en los últimos años es más que notable. Basta echar un vistazo al panorama en lugares tan dispares como Australia, Filipinas, Turquía o Brasil para comprobarlo. Dos componentes esenciales les han permitido experimentar ese espectacular crecimiento. De una parte, el populismo utilizado más como una estrategia y un estilo que como una ideología política. La confrontación entre pueblo y élite con tintes nacionalistas tiene más de retórica que de realidad. Quienes lideran estos movimientos no son más que un determinado sector de la élite, embarcados en una operación de sustitución de una clase dominante por otra, cuya intención es (re)globalizar el planeta en sus propios términos, enfrentados más por valores morales y culturales que materiales y económicos. De otra, el rechazo del otro–excluido de una supuesta comunidad nacional mitológica, ficticia e idealizada– es el vehículo elegido. La xenofobia, materializada en una clara postura antimigración (el migrante como amenaza, como invasor, etc), es lo que vertebra las reclamaciones de identidad y soberanía de los territorios y poblaciones más afectados por la globalización, construyendo una identidad colectiva en negativo –por exclusión– y una soberanía en términos nacionales que desemboca en un cierre de fronteras miope y suicida. Esto se concreta en una fórmula que estas fuerzas políticas replican con descaro y que, hasta el momento, les está garantizando el éxito electoral.

Un reciente informe publicado por la Fundación porCausa explica este fenómeno mediante el concepto de la Franquicia Antimigración. Esta adaptación libre del modelo empresarial trata de profundizar en la coordinación de estas fuerzas políticas y cómo están logrando expandirse. Una fuerza política nacional haría las veces de franquiciado, llegando a un acuerdo con el franquiciador para que éste le proporcione una serie de herramientas para ganar terreno en el mercado, en este caso electoral. Así, por todo el mundo, y concretamente en Europa, observamos cómo partidos populistas xenófobos replican una serie de discursos y estrategias que, a pesar de su apariencia de espontaneidad y originalidad, no son más que la importación de un modelo externo cuyo objetivo es ganar el suficiente poder institucional para hacer virar la agenda política hacia sus intereses. El ejemplo más claro de franquiciador lo proporciona Steve Bannon, que no por casualidad antes de ser asesor político ya era empresario, y la fundación The Movement, creada por él mismo en Bruselas con el objetivo de expandir el nacionalpopulismo en Europa, tras probar con éxito su fórmula y colaborar activamente en las ya mencionadas victorias del Leave en el brexit y de Trump en 2016 –en ésta última como jefe de campaña. 

Este modelo, que no se reduce a Bannon y su círculo aunque sean su máximo exponente, utiliza la migración como eje central, en el que se posicionan claramente como antimigratorios. Así, Franquicia utiliza la (anti)migración como el producto “estrella” de su catálogo, al comprobar que le garantiza unos buenos resultados electorales. Esta postura se apoya en tres tipos de argumentos que estas fuerzas políticas repiten una y otra vez a pesar de carecer de cualquier fundamentación empírica: económicos (“nos quitan el trabajo”, “agotan los servicios públicos”); culturales (“no se integran”, “no respetan nuestras tradiciones”); y securitarios (“entre los refugiados puede haber terroristas”, “hay que cerrar las fronteras para recuperar nuestra soberanía”). Además, se compone de tres elementos: islamofobia (estigmatización de los musulmanes por encima de migrantes latinos, eslavos, etc); aporofobia (rechazo al migrante únicamente cuando es pobre); y crimigración (asociación entre migración y aumento de la criminalidad). El informe identifica una serie de elementos comunes, así como otros elementos flexibles a la adaptación de cada franquiciado para garantizar una implantación óptima. Uno de los que comparten es, como adelantábamos al comienzo, un uso concreto de las tecnologías digitales. En lo que sigue, realizaremos una aproximación a las dinámicas que el populismo xenófobo pone en marcha en el entorno digital para difundir estos mensajes, contagiar el discurso del resto de fuerzas políticas e influir en los procesos electorales. 

Economía de la atención, muros y trolls 

En estas condiciones, la sobresaturación informativa que copa nuestra atención aniquila la crítica, entendiendo a ésta como la capacidad de discernir entre lo verdadero y lo falso

El entorno comunicativo actual, cada vez más digitalizado, se rige por la economía de la atención. Con la emergencia y difusión de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC) la cantidad de información a la que podemos acceder aumentó exponencialmente, lo que provoca que el ecosistema comunicativo cambie radicalmente. El paso de una (relativa) escasez de información a una abundancia de la misma hace que pierda valor. Por contra, lo que adquiere valor es el recurso necesario para consumirla, la atención humana. Son los emisores de información los que compiten por captar la atención de los receptores, de modo que sus mensajes puedan tener efecto. Es necesario hacer hincapié en que para las plataformas digitales comerciales (en sentido literal, pues comercian con nuestros datos) se cumple la fórmula de “más vale cantidad que calidad”, es decir, cuanto más contenido, mejor. Sin embargo, esto no quiere decir que tengan que asegurarse de que lo que circula por su plataforma es verídico o no. Les vale con atiborrarnos de contenido sin mayor criterio que el de crearnos la necesidad de interactuar sin cesar. En estas condiciones, la sobresaturación informativa que copa nuestra atención aniquila la crítica, entendiendo a ésta como la capacidad de discernir entre lo verdadero y lo falso. Así, todos colaboramos en mayor o menor medida a que los bulos se propaguen por las redes y a que saquen provecho de ello los Trump, Bolsonaro, Vox y compañía, en lo que Víctor Sampedro denomina pseudocracia –régimen de la mentira–.

Dentro de este panorama general, como decíamos, las plataformas basan su modelo de negocio en la recolección y extracción masiva de datos personales, los cuales son vendidos a todo tipo de clientes que luego los utilizan para perfilar sus mensajes publicitarios y/o propagandísticos. Cuanto más tiempo pasemos atendiendo a la pantalla, más datos generaremos y más dinero ganarán. Pero, ¿cómo lograr que permanezcamos absortos en estas plataformas? Los algoritmos que hacen funcionar estas plataformas están diseñados para que nos devuelvan contenido similar a aquel con el que interactuamos (megusteamos, compartimos, retuiteamos, comentamos, etc). De este modo, fomentan que el ciclo de acumulación de datos no pare. Este sistema tiene una consecuencia indeseable: termina por encerrarnos en burbujas o cámaras de eco restringiendo la diversidad de informaciones y opiniones a las que accedemos. En otras palabras, el “muro” de Facebook acaba cobrando su significado original de “frontera” y nos encierra en un gueto con usuarios similares a nosotros –acorde con las etiquetas que nos otorga la plataforma en función de los datos que generamos. Esta dinámica favorece la polarización y el debate deja de ser público para componerse de una multiplicidad de comunidades cada vez más cerradas y homogéneas que dejan de compartir un suelo común con el resto de usuarios. Si la plataforma nos enclaustra en función de lo que entiende que son nuestros intereses se van generando realidades paralelas y “hechos alternativos” en los que cada grupo está convencido de estar en posesión de la verdad y acusa a la trinchera de enfrente de mentir. Es una forma de contribuir a la xenofobia en su sentido más literal de rechazo al diferente, sea quien sea. 

Los algoritmos que hacen funcionar estas plataformas están diseñados para que nos devuelvan contenido similar a aquel con el que interactuamos, fomentando que el ciclo de acumulación de datos no pare

En este entorno comunicativo, los nacional-populistas utilizan una estrategia casi imbatible: el trolleo. El troll es una figura que se caracteriza por absorber la atención de sus interlocutores, de ahí su éxito en el actual entorno digital. Su principal objetivo es la provocación mediante el lanzamiento de exabruptos discursivos. Escudados en su lucha contra lo “políticamente correcto” y amparados por una supuesta defensa de la libertad de expresión, los trolls polarizan e intoxican el debate, fijan su marco narrativo, obligando a sus adversarios a desmentir o rebatir sus afirmaciones, al tiempo que evitan que sus rivales expongan sus propias ideas. Por Internet corre una consigna que bien serviría para combatir estas prácticas: don’t feed the troll (no alimentes al troll). Si le prestas atención, si le contestas, ya han ganado, ignorarlos es mucho más efectivo. Basta con provocar lo suficiente para que su mensaje se difunda por la plataforma como un virus y que sean los propios adversarios los que, movidos por su ciega indignación, promocionen sus contenidos, y les hagan parte del trabajo. Ahí está una de las claves de la táctica respecto de los medios de comunicación tradicionales. Es posible esconderse de ellos para evitar su exposición directa al tiempo que se harán eco de cualquier memez que expresen en un medio más afín en sus propias cuentas. Trollean a los usuarios, a los medios de comunicación, a las propias plataformas e incluso, como apuntamos a continuación, a la propia democracia.

La industria de datos al servicio de la manipulación electoral 

Anteriormente mencionamos que las corporaciones tecnológicas dueñas de las plataformas hacen mucha de su fortuna mercadeando con los datos personales que generamos. Éstos se venden a empresas que los utilizan para “conocernos mejor”, es decir, para poder insertarnos la publicidad más adecuada e incitarnos al consumo. Cambridge Analytica, y otras muchas empresas similares, son el resultado de aplicar esas técnicas de análisis de datos orientados al marketing hacia la arena política, formando una industria dedicada a la influencia electoral. Por supuesto, no es la primera vez que hay interrelaciones entre el marketing y la política. Esta no es la novedad. La diferencia radica en la precisión y en la magnitud. En la precisión, porque antes esta propaganda se limitaba al ámbito socio-demográfico (mediante información sobre nuestra clase social, posición económica o lugar de residencia los partidos o las empresas que les hiciesen la campaña podían intuir hacia dónde nos decantaríamos); mientras que, en la actualidad, se le añade el ámbito psico-biográfico (información muy personalizada sobre nuestros gustos, inquietudes, miedos, etc). En la magnitud, porque potencialmente cualquier usuario de una de las plataformas es susceptible de ser perfilado e influenciado, además, de manera imperceptible. De hecho, la inserción de mensajes personalizados para orientar el voto no se limita a tratar de convencer a indecisos que posiblemente simpaticen con una determinada opción. Al contrario, se trata de desincentivar a los oponentes indignándolos mediante mensajes manipulados que apelen a sus más profundos instintos. Con esta estrategia, invirtiendo específicamente en enviar mensajes propagandísticos a votantes que el análisis de datos estimaba que serían determinantes logró Trump hacerse con la victoria con tres millones de votos menos que Clinton. 

El populismo xenófobo tiene las herramientas técnicas, los recursos financieros y los pocos escrúpulos para llevar a cabo este tipo de estrategias con tal de hacerse con el poder. Por si esto fuera poco, trata de hacerlo pasar como un movimiento de base, indignado con la élite actual, cuando quienes lo impulsan son una parte de la élite que pugna por imponer su visión del mundo. Sin ir más lejos, y por profundizar en el ejemplo de Bannon y Cambridge Analytica, quien impulsó financieramente esta empresa es Robert Mercer, un multimillonario estadounidense conocido por apoyar causas relativas a la derecha radical y que hizo su fortuna mediante una empresa que emplea algoritmos para influir en los mercados financieros. Obviamente fue uno de los mayores donantes de la campaña de Trump, curiosamente –o no tanto– junto a Peter Thiel, fundador de PayPal, inversor y parte del consejo de administración de Facebook y actual CEO de Palantir, una empresa que se dedica al análisis de Big Data y a proporcionar servicios de software en materia de Defensa (también de vigilancia y control fronterizo).

Una alternativa europea 

La alternativa pasa por un tercer polo consciente y capaz de reconfigurar la Unión Europea para hacer efectivo su carácter social y federal al que tanto se alude con nostalgia

Esta conjunción entre populismo xenófobo y tecnologías digitales tiene remedio. No pasa, desde luego, por el continuismo neoliberal que representaba Hillary Clinton en Estados Unidos y que en Europa encabeza Emmanuel Macron en Francia. El polo de la globalización, con su persistencia en imponer el mismo modelo que nos ha traído hasta la situación actual, solo logrará alimentar al polo nacionalpopulista. La alternativa pasa por un tercer polo consciente y capaz de reconfigurar la Unión Europea para hacer efectivo su carácter social y federal al que tanto se alude con nostalgia. Para ello, y si la prioridad es poner freno al populismo xenófobo, desarrollar políticas en torno a las tecnologías y plataformas digitales se antoja esencial. No sería tanto una cuestión de evitarlas (algo sin sentido en los tiempos que corren) si no de plantear una estrategia de acción al respecto. El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) es un primer paso. Sin embargo, un escudo legal es de fácil ruptura si no va acompañado por estructuras comunicativas públicas a escala europea cuyo diseño –enfocado en lo social y no en lo comercial– esté enfocado en el intercambio de ideas y la reflexión, de modo que los trolls queden silenciados y olvidados, así como que anime a actuar fuera de las pantallas. Además, realizar propuestas en torno al uso y propiedad de los datos es una cuestión ineludible en vistas a la enorme importancia que ha cobrado en el desarrollo de los procesos electorales. ¿Escucharemos algo relacionado a estas cuestiones en estas campañas? Parece descartado a nivel nacional. La incógnita está en la batalla continental. Aunque da la impresión de que tampoco será el caso.

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Pedro Fernández de Castro es periodista y co-autor del informe La Franquicia Antimigración: cómo se expande el populismo xenófobo en Europa.

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Pedro Fernández de Castro

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