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Reportaje

“No te preocupes, ya me pagarás a tu manera”

La realidad de las niñas que migran solas: invisibles, vulnerables y expuestas a la violencia sexual

Nerea Balinot 23/10/2019

<p>Niña migrante detrás de una valla fronteriza.</p>

Niña migrante detrás de una valla fronteriza.

Antonio Sempere / APDHA

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En el mundo hay más de treinta millones de niños y niñas migrando. Los que lo hacen solos, sin referentes familiares ni redes de apoyo, son los más vulnerables. Especialmente las niñas, cuyo proyecto migratorio está marcado por la invisibilidad y, en muchas ocasiones, la violencia sexual.

En 2018, ellas fueron el 7% de los menores extranjeros no acompañados en nuestro país: 971 niñas migrantes, según datos oficiales de la Fiscalía. Pero las cifras, alertan desde Save The Children, no son fiables. Migran menos que sus compañeros, sí; pero también son más invisibles. Que no sean detectadas no significa que no existan.

Lo poco que sabemos es precisamente esto, que se encuentran en una “situación de invisibilidad”, insiste Jennifer Zuppiroli, experta en migraciones de la organización. O no son identificadas, o desaparecen sin dejar rastro. A veces, el problema es la forma en que llegan: ocultas en un coche, fingiendo ser hijas de alguien o a través de aeropuertos, con pasaportes falsos. También hay fallos humanos en la frontera: un descuido en el proceso de identificación basta para  que una menor pase desapercibida. Pero hay peligros mayores. Auténticos agujeros negros que eliminan a las niñas de cualquier estadística: las redes de trata.

El origen: ¿por qué migran menos?

Entre las causas, Sara Collantes, especialista en migración e infancia de UNICEF, señala los roles de género. En muchos países, explica, las niñas son las encargadas de realizar las labores domésticas y de cuidado: limpian la casa, recorren kilómetros para encontrar agua y crían a sus hermanos menores. Su vida está ligada al hogar y a la familia. En cambio, sobre los adolescentes varones recae un peso diferente: salir adelante, encontrar trabajo y contribuir a la economía doméstica.

Esta disposición de roles provoca que muchas ni si quiera se planteen la posibilidad de migrar. Para hacerlo, deben superar algunas violencias específicas que en ocasiones sufren solo por ser niñas: desde el matrimonio forzado a edades tempranas hasta su venta para realizar tareas domésticas en otras casas. En estos contextos, afirma Zuppiroli, las niñas son una “fuente de riqueza” para sus familias. Pero dejarían de serlo si se embarcan en su propio proyecto migratorio.

está creciendo el número de niños y niñas en los flujos migratorios con destino a España. la causa principal es el empeoramiento de la situación de la infancia en su lugar de origen

Así lo hacen muchas de ellas. Migran menos que los niños, pero cada vez son más. Y no tienen una única razón para marcharse, aunque todas están relacionadas con las condiciones de la infancia en sus países de origen. La lista de motivos que enumera Zuppiroli incluye guerras, persecuciones y grupos armados; también, falta de acceso a servicios básicos, como sanidad y educación. Muchas niñas huyen de violencias específicas por ser mujeres, apunta Collantes: “Mutilación genital femenina, matrimonios infantiles, violencia intrafamiliar y redes de trata”. Otras, solo buscan la posibilidad de estudiar y trabajar para mejorar sus condiciones de vida.

Desde la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA), Ana Rosado y Ángel Madrid denuncian que solo se está visibilizando una parte de esta realidad: la que viene marcada por la tragedia y tiene mayor impacto mediático. No todas las menores que llegan a España han sido víctimas de trata, explican. Muchas se desplazan porque tienen un proyecto migratorio propio para estudiar o trabajar en Europa. Limitar sus circunstancias a ese único modelo es “revictimizarlas”.

Actualmente, está creciendo el número de niños y niñas en los flujos migratorios con destino a España y, como afirma Zuppiroli, la causa principal es el empeoramiento de la situación de la infancia en su lugar de origen. El año pasado, los principales puntos de salida fueron Marruecos, República de Guinea, Mali y Argelia, según la Fiscalía. Países que, tanto en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) –elaborado en función de la salud, la educación y el nivel de vida digno– como en el Índice de Desarrollo de Género –que mide las desigualdades entre hombres y mujeres–, ocupan las posiciones 123 (Marruecos), 175 (Guinea), 182 (Mali) y 85 (Argelia), situadas a la cola de un ranking de 189 países. 

Son datos, indicadores y medias aritméticas que no alcanzan a explicar la dimensión de un fenómeno complejo, en el que también intervienen otros factores más humanos. Por ejemplo, las redes sociales, que están jugando un papel esencial en el aumento de la migración infantil; especialmente, en el caso de las niñas. Así lo apuntan Rosado y Madrid desde APDHA: “Antes, casi ninguna niña se planteaba migrar y ahora todas están interesadas”. Las redes se han convertido en herramientas “de empoderamiento” que les permiten conocer nuevos referentes y decidirse a emprender su propio viaje.

En el camino: ¿qué violencias sufren?

El trayecto migratorio, un camino que las menores recorren solas, no es una línea recta. Entre el lugar de origen y el destino surgen diferentes posibilidades; otros escenarios, previstos o imprevistos, que muestran la dificultad del desplazamiento. Pueden instalarse en estados fronterizos al suyo, quedar varadas en los llamados países tapón o, incluso, regresar a casa. Así lo explica Rosado, y añade que, mientras están en la ruta, las niñas sufren todo tipo de violencias. Físicas, económicas, institucionales, laborales y, por supuesto, sexuales: una amenaza que atraviesa todas las demás.

Para una niña que viaja sola, la ruta es un “riesgo infinito”, coincide Zuppiroli. Al ser vulnerables, están más expuestas a cualquier tipo de abuso. Empezando por el coste económico de su migración. A veces, pagan más que el resto y, otras, ellas son la moneda de cambio. Mientras que a los niños se les exige el dinero inmediatamente, añade, a las menores les dicen: “No te preocupes, ya me pagarás a tu manera”.

No es esta la única violencia sexual que enfrentan. Rosado recuerda a los “novios del camino”: hombres con los que mantienen relaciones sexuales a cambio de protección, para no tener que lidiar con el resto. También, los “intercambios de favores” con la policía: acostarse con ellos para evitar la redada, al menos por una noche. Son estrategias de supervivencia, explica: mecanismos que utilizan mujeres y niñas para poder continuar su proyecto migratorio.

Un camino que, a menudo, se detiene irremediablemente cuando llegan a los países tapón, donde deben esperar para poder cruzar a Europa. Marruecos es uno de los principales. Allí, las niñas viven algunas de las situaciones más difíciles de toda la ruta, afirma Zuppiroli: a medida que pasa el tiempo, se quedan sin dinero y están mucho más expuestas. Para mantenerse, recurren a la prostitución –“lo que las deja en la clandestinidad, con una mayor exposición a violaciones”, explica Rosado– y al trabajo de hogar, donde son explotadas laboralmente. Incluso encerradas en casas sin pagarles el salario, aunque, denuncia, “eso también lo hacemos aquí”.

En España: ¿un futuro mejor?

Cansadas. Así llegan las niñas a nuestro país. Ha sido un viaje largo, cargado de violencias que han tenido que asumir para poder continuar. Su estado en la frontera es de alerta y desconfianza. Especialmente, ante los adultos, pues todos aquellos que iban a ayudarles han terminado abusando de ellas, explica Zuppiroli. Ya no tienen “ningún tipo de expectativa de ayuda”.

Si las mujeres y niñas no denuncian, nadie les ayuda. Y, como migrantes, tienen motivos para no hacerlo

Tampoco la reciben. Rosado enumera las violencias que pueden sufrir los menores en nuestra frontera: ser “esposados con bridas, como delincuentes”, trasladados en furgones de detenidos y llevados a estancias habilitadas como calabozos, donde pasan su primera noche. “Eso solo en las primeras 72 horas”, puntualiza. Después, viene el hacinamiento, la falta de higiene y la privación de libertad de algunos centros, entre los que señala el Hotel Ávila (Jerez), recientemente desmantelado.

En el sistema de protección de la infancia, las niñas siguen siendo invisibles porque no existe “un fuerte enfoque de género”, denuncia Collantes. Como la mayoría de niños migrantes son varones, los programas están orientados a su perfil. Pero es imprescindible acordar políticas de género, defiende: crear proyectos formativos de inserción laboral para niñas y tener, en definitiva, respuestas adecuadas a sus necesidades.

También, en cuanto a violencia de género y sexual. El gran problema del sistema de protección en España, explica Rosado, es que necesita el testimonio de la víctima para ponerse en marcha. Si las mujeres y niñas no denuncian, nadie les ayuda. Y, como migrantes, tienen motivos para no hacerlo. Algunas deben favores personales o dinero a sus abusadores; otras temen que una denuncia conlleve la deportación y, en ocasiones, han normalizado tanto la violencia que no son conscientes de esa posibilidad.

No todas las niñas que llegan son acogidas por el sistema y, a veces, son ellas mismas las que escapan de los centros de protección para continuar su trayecto migratorio. En parte, porque el sistema no se adapta a sus necesidades, afirma Zuppiroli: si tienen familiares o amigos en otra comunidad autónoma, las instituciones no facilitan el traslado. Así, los menores reanudan el viaje, una vez más, “solos, sin referentes ni protección, en un país desconocido”. Y eso solo beneficia a las redes de explotación y trata que existen en España, añade.

En el momento en que salen del centro de protección, comienza a correr el tiempo, explican desde APDHA. Si pasan seis meses sin que la administración conozca su paradero, la tutela y la protección cesan. Nadie sabe qué pasa con ellos. El último registro de su existencia es en el informe de personas desaparecidas. Desde 2015, cerca de cinco mil menores migrantes han huido de los centros de acogida: más de la mitad del total de menores desaparecidos en España.

Volver a localizarlos no implica siempre un final feliz. En ocasiones, afirma Collantes, se han identificado a niñas que pasaron por centros de menores en nuestro país vinculadas a redes de trata y explotación sexual en Francia.

Desde Save the Children, Zuppiroli denuncia la doble invisibilización de las niñas migrantes. Primero, desde el Estado, que no tiene “mecanismos rápidos para detectar sus necesidades”. Después, socialmente: ocultas tras la palabra MENA. Un término jurídico que deshumaniza a niños y niñas, anteponiendo su condición de migrantes a los derechos de la infancia. También, unas siglas que borran a las niñas del imaginario colectivo. Cuando hablamos de MENA, explica Rosado, no pensamos en ellas. Existen ciertos estereotipos –varón, marroquí, delincuente y en situación de calle– que no solo criminalizan a los niños, también olvidan a las niñas. Así, concluye Zuppiroli, se perpetua su invisibilización. Pero están llegando, afirma: “Y necesitan nuestra protección”.

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