1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Un derrumbe en La Habana

Tres niñas cubanas

Reportaje galardonado con una mención especial del jurado en la categoría mejor historia o investigación periodística de los premios Ortega y Gasset

Carlos Manuel Álvarez Rodríguez (El Estornudo) 30/05/2021

<p>Vecinos del barrio improvisan un altar en homenaje a las tres niñas.</p>

Vecinos del barrio improvisan un altar en homenaje a las tres niñas.

Evelyn Sosa

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Caen las murallas y los techos dejando ver pueblos enteros desnudos en diversas actitudes, las más de las veces implorando misericordia. Asoman brazos y piernas entre escombros. Hubo también un derrumbe en el cielo.

Vicente Huidobro

La niña Lisnavy discutía con el señor del helado en la calle ruidosa del parque del barrio. Su frozen chorreaba y quería que se lo cambiaran. Es difícil que alguien pueda tomarse en La Habana un helado con consistencia, pero a los 11 años uno todavía lo cree posible.

Su madre, sentada al otro extremo del parque, cerca de las dos casetas de correo ubicadas en la esquina de Vives y Águila, “acababa de darle un menudo para que fuera a comprar platanitos y tomates para la comida”, dice a duras penas la abuela Margarita Rodríguez, quien también merodeaba por la cuadra en ese momento.

Lisnavy no llegó a comprar nada. Sus amigas de aula, Rocío y María Karla, la llamaron antes desde la acera del frente, quién sabe para qué. Eran casi las cinco de la tarde cuando el balcón sin apuntalar de la casa 102, esquina Vives y Revillagigedo, se vino abajo. El barrio pobre de Jesús María –la desoladora postal de guerra de un conflicto bélico que nunca sucedió– enfrenta el mayor déficit habitacional y deterioro de viviendas del municipio de La Habana Vieja. Este, a su vez, es uno de los municipios más densamente poblados de la ciudad.

Niñas fallecidas por derrumbe en La Habana Vieja / Foto: Katiuska Gay Aranguren-Facebook

Las tres niñas, de 10 y 11 años, quedaron sepultadas bajo una maleza de muerte. Rejas, cosas contundentes, escombro, trozos letales. Una piedra, que eran dos vigas de hierro en cuyo medio se funde la losa, deshizo el cuerpo de María Karla.

“La piedra que yo cargué no sé ni cómo la cargué, no me cabe en la cabeza cómo pude quitar eso”, dice Sergio Gutiérrez, vecino de la casa 104 y custodio de la escuela Quintín Banderas, donde estudiaban las niñas. “Más o menos tendría sesenta centímetros por sesenta, y diez centímetros de grosor. Pesaba”.

Sergio llegó desde la otra esquina –Revillagigedo y Esperanza– porque pensó que se trataba de una pelea en los bajos de su casa, donde vive con su madre, su hijo y la novia de su hijo. Temió por ellos. Todo el mundo cree que un estruendo así le habla directamente a uno. Minutos después corría en dirección al derrumbe una madre que Sergio conoce. “Oye, tranquila, que no es la tuya”, le dijo él. “Lo sé, lo sé”, contestó ella, “pero igual déjame verlas”. 

Sergio Gutiérrez / Foto: Evelyn Sosa

La maestra Ramona, una señora respetada en la escuela y el barrio, bajó por la calle Vives en puntas de pies, y más tarde subió a su casa “hecha una bola de nervios, pero una bola”, dice Jorge Ortega, un hombre flaco y locuaz. Días más tarde, la maestra Ramona sigue en ese estado de estupefacción.

La escena es fragmentada; el horror lo es. “¡Lisnavy!”, gritó su madre Magdaly, desde la otra esquina del parque. Fue ella quien sacó a su hija de los escombros y la acostó en la acera del frente. “La única que salió con vida, mi nieta”, dice Margarita. Se detuvieron carros en la calle, cargaron los cuerpos inertes de las niñas y arrancaron con la puerta abierta. Alguien recuerda haber visto cómo acomodaban en el asiento trasero un pie colgante, un pie pequeño.

Mujeres y hombres empezaron a gemir. Preguntas al aire, celulares encendidos. ¿Quiénes son? Madres descontroladas, algunos que filmaron y tomaron fotos. Chillidos, ¿quiénes son? Llantos, sus nombres, ¿qué niñas son? Voces, más madres. El barrio entero desembocando en las afueras de la casa 102 como una legión movida de igual manera por el espanto y el morbo, chupados por el tragante de la tragedia. ¿Quiénes son, quiénes eran? La gente hablando de ellas ya en pasado, haciendo en directo el cambio de una dramática conjugación verbal. “Todo rápido”, lo define alguien, “una cosa muy rápida”, y aún los presentes sin saber, puesto que poco aún se definía.

“Entre el polvo, cuando uno se fijaba, ya se veía una niña desmembrada”, dice Sergio. “El cráneo abierto, el cuerpo molido, muy maltratada, como si la hubieran machacado. Estaban destrozadas, llenas de polvo, caras desfiguradas. Eran piedras muy grandes”.

A esa zona entra el rescatista, pero no su cabeza. El pensamiento se interrumpe en el socorro justo para que el socorro sea posible. Luego el pensamiento, acumulado, se derrama. Sergio ha intentado taponearlo e igual se le desborda. “No he soñado porque yo no soy de soñar, pero sí me viene la imagen a la mente en cualquier momento, cuando estoy conversando, cuando miro para ahí, cuando estoy solo”. Lo que se le aparece de golpe, eso que Sergio llama “la imagen”, esa especificidad, ¿qué es? “Prefiero no pensar”, añade, “porque todo el que estuvo ahí está medio jodido de la cabeza con eso”.

Son hombres de más de cuarenta y menos de sesenta de edad. “Con 57 años que tengo, yo he visto lo que es y lo que no es”, dice Jorge, “y este caso me sacó las lágrimas”. Hace una pausa. “A mí sacarme las lágrimas no es fácil, y me las sacó”. Tiene un rostro arrugado y seco como una semilla gris. ¿Cuándo fue la última vez que Jorge lloró? “Baf, ¿quién se acuerda de eso? La última vez fue en 2010, cuando enterré a mi madre, a una tía y a mi padre con 37 días de diferencia. Podrás imaginarte. Obligado había que llorar”.

Parado en el límite del llanto, turbado, Dayán Poutú habla con silencios, y sus palabras son apenas el matiz agudo de una consternación que en él se expresa con más fuerza y pesar que en ningún otro. De su cara sin vigas, a punto de desprenderse, penden unos ojos arrasados, dos bulbos de tristeza.

También custodio en la escuela Quintín Banderas, Dayán se encontraba de guardia donde siempre suele estar, sentado en el quicio de la puerta de fondo que da a la calle Águila, cuando sintió el estruendo al doblar y pensó en su hija de 15 años. Llegó enseguida, la gente levantaba bloques. Ya Lisnavy estaba en la acera, Rocío también. Sergio cargó la losa y Dayán sacó a María Karla.

Hace un gesto de desgajamiento, las manos endebles, como si María Karla se le escurriera entre los dedos. “Tú me ves así conversando, pero yo no puedo dormir”, dice. “Lo mismo me despierto a las dos que me despierto a la una”. Dayán repite cada pregunta que se le hace. “¿Cómo se siente? En ese momento no se siente pesado ni se siente nada. Ese cuerpo es para salvar la vida, eso no es como si fuera un deporte. Cógelo y que se te caiga en tus manos. Eso es un salvamento y rescate, y yo no soy bombero”.

Dayán Poutú / Foto: Evelyn Sosa

Rocío y María Karla murieron al instante. Todavía en el hospital Calixto García, a unos tres kilómetros y medio de allí, Lisnavy peleaba sus últimos sorbos de aire, como si no supiera ya hacerlo, desaprendiendo, entrando en la apnea definitiva.

Vestía su uniforme de primaria, la blusa blanca, la saya y la pañoleta rojas. Era 27 de enero, vísperas del natalicio de José Martí, y Lisnavy acababa de ensayar en el parque el acto conmemorativo de los pioneros para el día siguiente, lo que llaman la parada martiana.

Enseguida llegó la policía al lugar, oficiales del Ministerio del Interior (Minint), y no se marcharían hasta mucho después. Según la gente, era ya algo tarde para la redención que el gobierno quería ensayar. Si no vas, eres indolente. Si vas, eres oportunista. “Vinieron una pelota de descarados con carros cómicos todos”, dice Jorge. “No vi a ninguno en un Lada o en un jeep Uaz. Los vi a todos en carros cómicos”. La plana mayor de eso que Jorge define con inmejorable precisión como “una pelota de descarados” estaba compuesta por el Primer Secretario del Partido y el gobernador de La Habana, Luis Antonio Torres Iríbar y Reynaldo García Zapata, respectivamente.

Delante de ellos, Dayán se desató. “Me puse a gritar allí en la esquina que mis hijos estaban en la calle, que miren lo que había pasado, que por culpa de esto”. “Y había coroneles y generales de la policía”, apunta Jorge, para resaltar el valor de los gritos de su amigo.

“Ah, y a mí no se me puede tocar”, les dijo Dayán. “No se me puede tocar”. “No, estos no son momentos de eso”, dice que le dijeron.

El balcón desplomado en la casa 102 daba a la calle Vives, pero aún quedaba otro hacia Revillagigedo en estado similar. Esa misma noche una brigada de la constructora Secons apuntaló el balcón y recogió los escombros del otro, mientras los vecinos organizaban una vigilia por las niñas. Hubo velas, coronas de flores, cartas de amigos de la escuela, osos y otros animales de peluche, un unicornio inflable.

En la esquina, pintada de verde, la casa número 102 de la calle Vives / Foto: Evelyn Sosa

En la casa que había en los altos del número 102, ahora un hueco, vivió Dayán por casi veinte años, justo antes de que Secons comenzara la demolición del inmueble hacia noviembre de 2019. Ahí vivían 11 personas, casi todos niños. Según las últimas cifras oficiales, publicadas en 2017, en Cuba había un déficit de 883 mil viviendas y casi un cuarto de ellas se encontraban en La Habana, donde, para 2016, unas 34 mil 400 personas vivían en hogares en los que sus vidas peligraban. Desde entonces estos números han aumentado.

Primero cayó una viga de la parte delantera de la casa, y la familia de Dayán se arrinconó en el fondo, hasta que tuvieron que dispersarse. Algunos pararon en albergues, otros bajo el techo de otros familiares, y así. Ahora Dayán vive, o más bien duerme, en Nuevo Vedado con dos de sus hijos.

“El contrapeso es la estructura interior que calza la viga y no deja que se desprenda y se caiga. Al quitar toda la pared de arriba, la viga quedó en el aire”, dice Jorge, refiriéndose a la viga que sostiene los balcones y que solo se adentra un tramo en la estructura interior. “La mañana siguiente yo estaba en el bar de la esquina”, cuenta. “Había un compañero del Minint, y vi cómo movieron una de las vigas del balcón que quedaba y la sacaron con la mano. La tiraron al medio de la calle y le tomaron todas las fotos habidas y por haber. Ese era, coincidentemente, el tramo que se cayó y mató a las niñas”. Los balcones estaban sueltos.

Una nota publicada en un medio de propaganda oficial poco después del accidente pone en boca de un entrevistado cierta versión que atenúa la responsabilidad del Estado y culpa directamente a los paseantes. “Venían un día, tumbaban tres ladrillos y se iban. Después colocaban la cinta amarilla para que las personas no pasaran. Pero la gente es negligente, las cortaban, incluso los choferes, para no dar una vuelta de más, pasaban por encima. Después no quedaba nada que señalara el riesgo”, dice el testimonio.

La experiencia, en cambio, dicta que no parece haber gente menos negligente con las señales de derrumbe, ni que conozca más del asunto, que quienes saben que el derrumbe puede en cualquier momento caerles encima. Una enfermera, de pie en la acera bajo un balcón de Águila y Misión, brinca a la calle en un rapto y se dice en voz alta que cómo se le ha olvidado, que ahí no puede pararse. Otro, un policía amigo de Sergio, cuenta que por Monte unos carros le pitaron y le dijeron: “Oficial, coja la acera”, pero que él no coge la acera para nadie. El susto cuelga sobre las cabezas desprotegidas. “Por aquí vas a tener dos o tres derrumbes en estos días. Creo que por allá alante había uno hoy”, dice Sergio al cabo, con cierto desdén, acostumbrado. Tanto riesgo potencial destroza la idea ligera de que hechos de este tipo son solo resultado del azar.

La versión oficial de la demolición en la casa 102 no le gustó nada a los residentes de Jesús María. “Ahí nunca hubo apuntalamiento, jamás”, se exalta Alberto Naranjo, cocinero de la escuela Quintín Banderas y vecino de la calle Águila. “Vino la gente de la brigada y nunca puso nada ahí. Jamás se puso una tira amarilla de esas que dicen ellos. Los trabajadores nunca tuvieron cascos, y esa noche les pusieron cascos para que apuntalaran el otro balcón. Tuvo que pasar todo eso para hacer lo que hicieron ahí. Hubo que esperar la muerte de las tres niñas para poner… en fin, una cosa increíble”.

Alberto Naranjo / Foto: Evelyn Sosa

La última vez que Alberto vio a Rocío, la niña estaba sentada en los bajos de su casa con su larga saya negra, a punto de salir para sus clases de baile español.

“Las tres eran lindas, las tres eran lindas, las tres eran lindas”, repite Dayán, y se pasa la mano por la cara como si se quitara una suciedad. “Sexto grado, las tres de la misma aula”.

El duelo

Días después las gentes se paseaban mirando las ruinas. No quedó una sonrisa en pie. Pasaban los fantasmas con los ojos cubiertos aullando, y un hombre enloquecido saltaba de cabeza con el puñal en la mano buscando a un Dios culpable.

Vicente Huidobro

Las niñas vivían casi equidistantes del lugar de sus muertes, un punto central a menos de 200 metros de cada una de sus casas. Rocío, en la calle Esperanza; Lisnavy, en Águila; María Karla, en Vives y Factoría.

Cerca de la casa 102 hay en una ventana varios racimos de plátanos colgados de una reja abierta. También hay lechugas de un color anémico y guayabas maduras y verdes amontonadas dentro de unas caretas de ventiladores devenidas cestas metálicas.

Una rara quietud sobrevuela Jesús María. En el parque hay tres, cuatro ceibas, y la estatua de un tal Manuel Jesús Doval, “eximio orador y sabio maestro de la juventud habanera”. La escuela tiene un campanario de iglesia. Paredes amarillas, techo de tejas, cúpula marrón. Los charcos de agua insalubre en la calle Vives, con pésimo sistema de alcantarillado, reflejan como un espejo turbio ese paisaje que parece de otro tiempo, pero que es de este, rematado por un cielo solemne y plomizo.

Calle Vives en el barrio de Jesús María / Foto: Evelyn Sosa

Pareciera que le fue sacado el sonido al lugar, manteniendo, sin embargo, la gestualidad estridente. Es la cinta muda de un carnaval de tristeza. Dos adolescentes pasan por el parque y no parecen escuchar nada, o lo escuchan solo para ellos, pero se mueven como avezados bailarines de “reparto”, la versión más radical del reguetón cubano; un estilo desaliñado, descaradamente ruidoso y con una base rítmica muy identificable que ha surgido en barrios habaneros pobres como este.

La cultura oficial odia el “reparto”, quiere esconderlo, así como la política oficial quiere esconder Jesús María, esa postal incómoda de miseria y vicisitudes evitables. “No se admite música”, dice Sergio, “el barrio se paró, y este barrio es el día entero con una bocina puesta afuera. Aquí la bulla es algo serio. Ensayos de rumba, un culto con sus cantos religiosos”.

Los vecinos pensaron diseñar una tarja y ponerla en el lugar del accidente, pero la idea se diluyó. El domingo siguiente al derrumbe, la Iglesia de las Mercedes ofreció una misa a las niñas; se escucharon canciones infantiles. Dayán asistió, como también asistió al velorio y al entierro. Sobre esos eventos dice unas palabras cargadas inconscientemente de una ironía feroz, palabras de dos verdades: “El gobierno atendió muy bien en la funeraria. No hay queja del gobierno ahí. Lo que fue la funeraria, el cementerio… el gobierno se comportó muy bien con la familia y con los que estaban. Esa parte sí no nos podemos quejar”. Sergio, en cambio, decidió no ir a nada. Dayán visita todos los días a las familias. Sergio no sabe cómo mirarles las caras.

Vecinos del barrio de Jesús María consternados tras el derrumbe / Foto: Evelyn Sosa

De manera paralela, el Minint había comenzado sus investigaciones para encontrar un responsable. También se hablaba de un celular y una cadena supuestamente perdidos tras el accidente. Los rescatistas no vieron nada. “Eso seguro se fue cuando recogieron los escombros”, dice Sergio. “¿Quién va a ponerse a robar algo a esa hora?”. A él ya lo habían citado para una conversación en la estación de Picota. Todavía faltaba Dayán. Lo buscaron en su horario de guardia, pero Dayán logró posponer el encuentro.

“Esa gente viene a buscarme a mí, para hacerme las preguntas que me van a hacer. Yo no sé por qué, si yo lo que hice fue recoger a una niña que se me caía de las manos”, dice. “A ver, ¿explícame tú? ¿Qué preguntas me van a hacer?” “No tengas miedo”, le dijeron los oficiales. “Miedo ninguno”, contestó él.

El martes 4 de febrero, par de días después de la misa, se organizó espontáneamente un acto de homenaje en el parque del barrio. Iban a leerse algunos poemas, y un joven reguetonero, un repartero vecino, iba a cantar el tema que les compuso a las niñas y que ya los muchachos de la zona y también varios adultos se pasaban de celular en celular. El sitio se repletó.

“Este es un barrio que, cuando lo miras a la primera, tú piensas que es un barrio marginal”, explica Jorge, “un barrio donde cada quien vive su mundo. No. Cada quien vive su mundo hoy. Pero si existe un problema de esa índole, es un solo barrio, es un solo mundo y es una sola persona. Un marco muy unido, demostrado estuvo ahí. Demostrado más que demostrado”.

La policía movió el homenaje de las dos de la tarde para las cuatro, luego de las cuatro para las seis, y finalmente lo suspendió. “Dijeron que porque estaban las Damas de Blanco aquí, escondidas. Y aquí no había nadie. Eso era mentira. La policía estuvo hasta las doce menos diez de la noche y nadie se apareció”, dice Alberto, el cocinero. ¿Entonces no vino ninguna Dama de Blanco? “Yo no vi ni blanca ni negra”, suelta Dayán, todavía ofuscado. “Lo que había era cinco patrulleros en el parque”, aclara Jorge.

Las Damas de Blanco son uno de los principales grupos de la disidencia política en el país. Invocar sus probables presencias le funciona al gobierno para suspender el acto organizado de manera colectiva porque ningún vecino quiere politizar las muertes, es decir, diluir en consignas la experiencia concreta.

Si bien eventos así en Cuba siempre traen una relativización de la tragedia en la pugna ideológica convencional, donde las víctimas pasan a un segundo plano y se instrumentalizan de modo grosero en función de defender al gobierno o de atacarlo con el lenguaje inflamado de costumbre, estas muertes sí tienen una carga política, en el sentido primero de que detrás de ellas hay una responsabilidad pública. No asumir eso supone un sesgo de tintes únicamente melodramáticos que, al despojar las muertes de su contexto puntual (niñas negras, clase baja, barrios cuasi abandonados), rebaja la magnitud y desvirtúa las causas de la tragedia, da rienda suelta a la impunidad y maneja una idea abstracta del dolor.

“Que me citen delante de Díaz-Canel. Él ahí y yo aquí, para que después me manden a dar un tiro en el cielo de la boca”, dice Jorge. “Porque juzgo mi pellejo por el ajeno. Pudo haber sido la nieta mía, un hijo mío, la mujer mía. Pude haber sido yo”.

En un celular modesto que le cabe en el hueco de la mano, Jorge pasa unas fotos difusas, diapositivas granulosas de varias de las fachadas y edificios de la zona con peligro de derrumbe que él ha ido pacientemente registrando en los últimos meses; una suerte de conciencia popular, de memoria cívica que nadie escucha. “Yo le dije al jefe de sector: «¿Tú eres jefe de sector? Entonces ocúpate de esto, de esto y de esto”, y señala las imágenes.

Acto seguido, como un cicerone de las ruinas, Jorge recorre algunos de los lugares del barrio que ha documentado. Columnas caídas de un almacén de la policía, balcones cuarteados, edificios inhabitables y siniestros como bocas de muertos en los que de noche se meten a dormir, junto a las ratas, emigrantes del oriente del país que no tienen un techo y mantienen un estatus ilegal en La Habana; también un inmueble ubicado en Cárdenas y Gloria cuya pared dice: “¡Viva el 26 de Julio!”, un cartel que según Jorge habría que sustituir por otro que diga: “¡Ojalá llegue al 26!”. De todos esos lugares, ninguno le importa más a Jorge que el frente, verdaderamente tenebroso, de la bodega ubicada en la esquina de Vives y Florida.

Una grieta profunda recorre la pared de arriba abajo, y de los ventanales superiores apenas cuelgan unos pocos cristales dispersos. “Yo ya estoy cansado de hablar con Pedro, el jefe de Atención a la Población en el Gobierno, y estoy cansado de hablar con Marlén, la encargada de Construcción”, dice. “Ahí hay también un almacén de la ANAP [Asociación Nacional de Agricultores Pequeños] y, según tengo entendido, el administrador o el director del almacén fue a Vivienda, y de ahí lo mandaron para Planificación Física, y de ahí para Vivienda, y de ahí para Planificación Física. Lo pelotearon, y se trata de un señor mayor que no puede darse el lujo de corretear La Habana”.

Otras construcciones en peligro de derrumbe en el barrio de Jesús María / Fotos: Evelyn Sosa

A Jorge le molesta de modo particular que uno de estos días, después del derrumbe del balcón de la casa 102, un camión de la empresa eléctrica con una grúa Tadano demolió dos columnas de una casa ubicada justo frente a la bodega, y luego no trabajaron más. Él protestó. “Marlén me dijo, vía telefónica, que se estaba haciendo el estudio, porque para demoler el bodegón hay que apuntalarlo. Mi santa, yo no te digo que no lo apuntales, lo que no puede ser en 2022. Tiene que ser la semana que viene”. Toma aire y vuelve: “Seguimos con la indolencia de decir que el bodegón no se ha demolido porque hay que hacer no sé qué documento y tiene que autorizarlo no sé quién. Los clientes de la bodega y la carnicería van a ser cadáveres de la estructura del edificio. Porque algún día se tiene que caer, no hay fallo. En un final, no hay respuesta. Ya no hay forma, no hay adónde ir”.

No se trata de una perversidad gratuita, sino de la maldad de la ineficiencia.

De puertas para adentro, las situaciones no son muy distintas. Alberto, el cocinero, vive en los altos de Águila 918, entre Misión y Esperanza. Hay que subir unas escaleras angostas, y luego pasar una serie de espacios abiertos, entre ellos un puente estrecho de vértigo y cemento, para llegar a su vivienda derruida. Derrumbaron al lado de su casa y a él lo dejaron sin techo y sin pared lateral.

Alberto culpa al gobierno y se queja de una serie de funcionarios municipales y provinciales que no lo escucharon nunca y le sugirieron que se olvidase del asunto. Su casa, ese día, estaba inundada de un agua infecta que él sacaba con palas y botaba al patio para que escurriera. Había ido a todas partes, hasta al Consejo de Estado, y había pernoctado afuera de cada una de las instituciones –Partido, Gobierno, Atención a la Población. Largas esperas de sesenta días, luego de tres meses. Su expediente de albergue lo habían botado, pero, según él, “si llevo los 200 dólares, me lo dan”. Es el cocinero de la escuela, y duerme a la intemperie, con unas mal puestas planchas de zinc encima.

La religión yoruba tampoco parece haberlo ayudado mucho, pero es una especie de refugio. Su padrino, el babalawo Angelito, es justo el padrastro de la niña Rocío, a quien adoptó desde que ella tenía dos años. Como buen ahijado, Alberto pasa cada vez que puede por la casa de la calle Esperanza y cruza palabras con Angelito. Por ahora la familia no quiere hablar con nadie más. Desde el cuarto de arriba, solo se escuchan los gritos de Gloria, la madre, una mujer de 35 años. En un ambiente de duelo generalizado, las madres son el estado último del lenguaje, ahí donde la palabra se deshace y todo queda dicho.

Vecinos del barrio improvisan un altar en homenaje a las tres niñas / Foto: Evelyn Sosa

Esa seguramente sea la razón por la que ahora la casa de María Karla está cerrada. Sus familiares volvieron, por lo pronto, al lugar del que salieron antes de mudarse a La Habana hace unos pocos meses. La niña llevaba en la escuela apenas desde septiembre.

A su vez, Magdaly, la madre de Lisnavy, se fue a dormir a la casa de su marido, porque acostumbraba dormir en el cuarto con su hija y ahora no puede permanecer ahí. Ella le entregó a la maestra de Lisnavy los libros de texto de la escuela para que otro alumno pudiera aprovecharlos el curso entrante. También botó las libretas a medio terminar de su hija. Páginas en blanco, ejercicios abruptamente interrumpidos, lecciones que ya nadie iba a escribir.

En el tercer piso de un edificio al fondo de la escuela Quintín Banderas, la familia había improvisado en la sala, al lado de una mesa de mantel blanco, un altar íntimo, modesto, austero en su representación del sufrimiento. Se veía una foto de Lisnavy en un marco rosado, una piedra severa y encima una copa de agua con una cruz dentro. Había un búcaro con girasoles y margaritas. El retrato y la piedra se apoyaban sobre una edición verde chillona con letras rosadas de Alicia en el País de las Maravillas, quizá un libro que a Lisnavy le gustaba.

“Es mentira eso que se comenta, que nos dieron dinero”, dice Margarita desde su sofá, compungida, la voz raspada. “No nos han dado un peso, pero el Estado se portó muy bien con nosotros”. La acompañaban otra hija, una nieta y otro familiar. Todos serios, medio desfallecidos. Unos minutos después, Margarita volvió sobre el mismo punto: “El Estado nos dio de todo. Hubo buenas atenciones”. ¿Qué cosa era buenas atenciones? “Nos llevó y nos trajo del velorio y del cementerio. Nos puso carros, nos puso café, nos puso meriendas”.

Justo cuando Margarita contaba que había vivido sus 65 años en Jesús María, Magdaly entró por la puerta como un aluvión de rabia que barrió con todo. Mulata, no muy alta, ojos verdes, el pelo corto pintado de amarillo. Gritó que no quería a nadie allí. Gritó más cosas, muchas. Un grito ahogaba al otro en su garganta y a veces dos gritos se mezclaban y una serie de sonidos atarugados le salía a trompicones desde las entrañas, la lengua de la furia batiéndose sola en un remolino de improperios. Cuando respiraba parecía tragarse todo el aire de Jesús María. Hasta que gastaba esa reserva y se apagaba, y de nuevo volvía.

Pero ese mismo viernes, un poco más tarde, en una casa de Vives entre Florida y Alambique, algunos ya empezaron a escuchar el irresistible himno del “reparto” llamado Normalmente, un tema interpretado por el reguetonero Wildey y el dúo de Yomil y el Dany. Nadie mandó a quitar la música ni dijo nada. En el umbral de la noche, hundidos en la luz opaca de un garaje de puerta verde, niños y niñas del barrio bajaban hasta el suelo y bailaban sonrientes. Estaban vivos, llenos de energía. Era una fiesta pequeña entre globos amarillos y coches de bebés.

Habían pasado 11 días. Algo empezaba a quedar atrás.

Caen las murallas y los techos dejando ver pueblos enteros desnudos en diversas actitudes, las más de las veces implorando misericordia. Asoman brazos y piernas entre escombros. Hubo también un derrumbe en el cielo.

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Carlos Manuel Álvarez Rodríguez (El Estornudo)

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí