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PAISAJE VISUAL

El arte es mi trinchera

Recorrido por las representaciones ocultas de la intimidad LGBTQ+

Deborah García 16/09/2021

<p><em>The Green Bar.</em></p>

The Green Bar.

Salman Toor

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En este septiembre se cumplen veinte años desde que me trasladara desde Vitoria a Madrid para estudiar Historia. En aquel trayecto, que ante todo fue mental, existía en mí la gran esperanza de poder descubrir quién era y quién quería ser. Siempre supe que no era heterosexual pero lo cierto es que desconocía cuáles eran mis posibilidades y también desconocía el precio que hay que pagar por ser la persona que quieres. Dejaba Vitoria, mi familia, el colegio religioso y por delante tan solo existía una imagen a perseguir la de quién quería ser. Daba por hecho que todo en Madrid jugaría a mi favor, que nadie en ese intento por descubrirme me pondría trabas, ejercería violencia, me haría volver a sentir miedo, o me provocaría ganas de dejar de perseguir esa imagen de mi misma. Y así fue, al menos en parte. En Madrid no solo fui quien quería ser, en Madrid sentí por primera vez el precio de ser quién eres. Allí descubrí también las pequeñas violencias cotidianas: las negativas a alquilarnos un piso por ser una pareja de chicas, los trabajos precarios de nuestras amigas trans y las agresiones que no han dejado de sucederse a personas del colectivo. Desde que dejé la ciudad han pasado años ya, y todas esas violencias han seguido produciéndose y multiplicándose. Nuestra lucha es continua y diaria. Mi manera de luchar es compartir arte. Escribir de arte. Mirar y analizar obras, conectar las antiguas y las nuevas, ver el gesto que comparten: de resistencia y también de abrazo.

Hace unos meses me topé con la obra del artista Salman Toor, captó rápido mi atención. Conocido sobre todo por sus obras figurativas a pequeña escala, que combinan la técnica académica y un estilo rápido, similar a un boceto, Toor ofrece escenas intimistas de la vida de hombres jóvenes y asiáticos que como él residen en una gran ciudad. Pinta exuberantes escenas interiores que muestran a amigos bailando, viendo programas de televisión, jugando con perros o mirando los me gusta que reciben en sus teléfonos. En estos escenarios idealistas, las figuras de Toor se liberan de las imposiciones que les llegan desde el mundo exterior. En contraste, sus cuadros más apagados resaltan momentos de pasividad para transmitir nostalgia o alienación. La solidaridad y la ternura son elementos clave en la obra de Salman Toor, y aún es más fundamental si tenemos en cuenta como su cultura de origen (y no me refiero a la pakistaní, sino a la patriarcal) disuade a los hombres de mostrarse vulnerables y necesitados.

How Will I Know, de Salman Toor.

Salman Toor coloca a jóvenes musulmanes queer en escenas de amor, amistad y soledad en sus espléndidas pinturas al óleo. Todo el corpus de su obra desafía la exclusión sistemática de los hombres no-blancos queer de la Historia del Arte.  Aquí, sus figuras reclaman el primer plano con sus cuerpos, vistiendo atuendos extravagantes sobre sus delicados físicos. Los personajes elegantes de Toor, beben cócteles despreocupadamente, se balancean felices con la música o se relajan perezosos en sus apartamentos del centro.  Belleza, vulnerabilidad y poder brillan a través de cada una de sus pinturas.

She Represents (Carnival Scene), de Jeanne Mammen.

Siempre que veo una obra de Toor pienso en Jeanne Mammen. Los cócteles compartidos en la obra de Toor me llevan a los clubes berlineses de los años 20. Jeanne Mammen es una pintora fundamental para las lesbianas. Durante décadas su obra permaneció oculta, pero gracias a los círculos feministas alemanes su pintura se recuperó a partir de los años noventa. Su obra es importante por su manera de observar un período fundamental de la historia alemana: abre un espacio para lo que está al margen, para lo latente y lo contra-cultural. Entre mediados de la década de 1920 y mediados de la década de 1930, Mammen comenzó a pintar muchos bocetos y acuarelas que capturaban los ruidosos clubes nocturnos, cafeterías y cabarets de la ciudad. Aquí Mammen podía observar, esbozar y representar en silencio una floreciente escena lésbica. El trabajo de Mammen destaca especialmente por su forma de presentar a las mujeres.  La mirada de la pintora es profunda, no se conforma con mostrarlas como seres accesorios y poco profundos, además de pasivos, sino como sujetos. Las mujeres de Mammen están vivas y son fuertes y valientes. Se abandonan al sexo y a la sexualidad.  Su interpretación de lo lésbico es innovadora porque lo hace desde una perspectiva de mujer, al tiempo que ignora los tabúes de la época y rompe con el cliché de la mirada masculina. Las acuarelas de Mammen a menudo reflejaban una calidad narrativa muy humorística, al retratar a las mujeres simplemente disfrutando de la compañía de otras mujeres. Están ahí y existen para ellas mismas, ajenas a las retóricas y lecturas masculinizantes.

Secretamente me desprecias, de Jeanne Mammen

En estos días difíciles en los que reflexiono mucho me vienen a la cabeza los personajes de Hernan Bas. Personas que a menudo están solas, en un momento reflexivo, como queriendo saber quiénes son. Podría decirse que Hernan Bas retrata el amor propio. Además, los protagonistas de los cuadros de Bas suelen ocupar espacios extraños, ambientes raros, como en el cuadro Secretamente me desprecias de 2004, en el que unos amigos conversan tras la sombra de un perro en la pared. Su obra también celebra lo queer. Pero lo que más me interesa de la obra de Bas es que existe una oscuridad que sobrevuela sus cuadros, pienso que son los relatos que no han sido abordados por la Historia del Arte más tradicional.

Girl with a Basket of Flowers, de Hilary Harkness.

A diferencia de Bas, Hilary Harkness usa sus pinturas para reapropiarse de la historia a través de una lente LGBTQ+. Para ella el amor es una cosa particular en cada ser humano. El ciclo de encontrarlo o buscarlo, como el de perderlo o mantenerlo, o comenzar el proceso nuevamente, es algo que debe experimentarse. El trabajo de Hillary puede verse como parte de un work in progress donde sus creaciones reflejan ese amplio espectro de diversas experiencias en torno al acto de amar. En esa misma línea se encuadra la obra de TM Davy que dice pintar lo que ama, a ese hombre concreto y a esos compañeros gais. Su gesto es una forma de devoción del aquí y del ahora. Me gustaría resaltar, sobre todo, Epitalamio que fue pintado hace diez años, cuando las personas LGTBIQ+ no podían casarse todavía en muchos países, y revela una realidad que va por delante de las instituciones.. Cuando veo los cuadros de Davy que dice pintar lo que ama, pienso en el verso de Cernuda “si el hombre pudiera decir lo que ama”, y siento un poco de justicia poética.

Louis, Tristan, and Sarah, de Doron Langberg.

En la obra Louis, Tristan y Sarah de Doron Langberg se perciben el amor y la sexualidad como parte de la vida cotidiana. Todos ellos visten ropa unisex y sus rostros están algo oscurecidos: su identidad es una incógnita. La relación entre ellos no está clara pero no nos importa. Encontramos calidez y amor, y ahora no necesitamos más. La pintura de 2017 contiene suficientes detalles para sugerir que las figuras están cómodas en un espacio seguro, pero permanece lo bastante abierta como para permitir múltiples lecturas sobre la relación que los une. Su trazo tiende a la abstracción, los cuerpos se desdibujan y se desconocen sus límites, dónde acaban y dónde empiezan. No se trata de desdibujar para fundir, sino de emborronar para liberar las múltiples posibilidades.

Obra de Domingo el Chino (sin título).

En ese sentido la obra de Langberg conversa con la de Domingo el Chino, sus personajes están perfectamente definidos y sus genitales y lo sexual cobran una fuerza reveladora. Pocas veces habíamos visto a los cuerpos conversando así: la línea que perfila es el punto de partida. Es curioso como mientras que el deseo masculino heterosexual puede usarse como un dispositivo simbólico, como en La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix, o como un dispositivo formal para construir composiciones abstractas como sucede en de Kooning o en Picasso, las imágenes eróticas construidas a partir de la mirada masculina gai  se perciben como pornográficas a simple vista, una tendencia histórica que Langberg y El Chino están interesados en desafiar. Es precisamente esto que denuncian lo que llevó al pintor pre-rafaelita Simeon Solomon a la cárcel y después al olvido. En el año 1873, en la era victoriana, Solomon era una figura que vivía abiertamente su sexualidad, y fue arrestado tras haber sido sorprendido en unos baños públicos con otro hombre, acusado de sodomía. Sus compañeros, amigos y clientes le abandonaron, y su trabajo fue rechazado y olvidado acusado de pornográfico.

The patience of Saint, de Simeon Solomon.

Dentro del mundo prerrafaelita, Simeon, es en mi opinión el que produce una obra más interesante. En ella muestra personajes andróginos, o del mismo sexo, en actitudes abiertamente eróticas. Si la mayoría de los prerrafaelistas nos muestran figuras de mujeres rayando la pasividad más absoluta, incluso la muerte (no olvidemos el gusto casi enfermizo que sienten por representar a Ofelia); Simeon se decanta por los cuerpos vivos que desean y son deseados. Los temas tienden a menudo a lo onírico y melancólico, ensalzan la belleza andrógina de las figuras y los amores tristes y desolados, acaso porque como diría en un verso Lord Alfred Douglas, «no se atreven a decir su nombre».

Men on Wet Bed, de Jonathan Lyndon.

En Men on Wet Bed, Jonathan Lyndon Chase elimina por completo la distinción entre los cuerpos de dos amantes, representando las figuras como un vórtice de energía sexual. Lyndon Chase se vale de las formas cubistas y futuristas para enseñarnos varios puntos de vista de la figura en movimiento. La habitación explota en colores vivos con los cuerpos alcanzando el éxtasis, evocando sin duda la obra de Francis Bacon en la que las formas y las figuras se convierten en espacios abstractos como sucede en Two figures. Ambas pinturas representan un encuentro sexual satisfactorio entre hombres, pero en el caso de Lyndon Chase, se trata de negros queer, una comunidad marginada, cuya representación Chase explora en la mayor parte de su obra.

Two Lovers, de Francis Bacon.

Pienso a veces en las palabras del fotógrafo Sunil Gupta que siempre enfatizaba lo importante que es el arte como generador de referentes. La obra de Gupta hace hincapié en las relaciones de poder, de clase y de raza, y en cómo estas condicionan las relaciones sentimentales. El contrapunto a este tipo de representaciones lo encuentro en los cuadros de Lotte Laserstein a los que vuelvo una y otra vez.  En la obra Mi estudio, 1928, Laserstein representa a su amante, Traute, como si fuera una venus reclinada sobre la cama, y su cuerpo contrasta con los tejados nevados de Berlín. Entre el fondo de la obra y el primer plano, Lotte está presente dentro del cuadro, trabajando sentada en su caballete. Si lo pensamos con detenimiento nos daremos cuenta de que es una composición imposible. El reflejo es un recurso usado habitualmente por Laserstein, aparece también en varios autorretratos, que ambas mujeres protagonizan juntas. En esta obra dedicada a Rose Traute, la artista rompe con esa clásica representación del desnudo femenino para la mirada masculina, al integrarse Laserstein en la obra, parece que se rompe esa jerarquía o relación objeto-sujeto, hay mucho más sentido de igualdad entre la artista y su modelo. Para finalizar, volvamos al gesto de Lotte Laserstein de En mi estudio, al gesto de insertarse a sí misma en la pintura. Una elección que podría leerse como un gesto triunfal, una representación orgullosa de su propia libertad dentro de su profesión elegida.  Además, el desnudo femenino, a menudo el territorio de la mirada masculina, se convierte en el territorio de la modernidad femenina en un proceso de recuperación.

In my studio, de Lotte Laserstein.

Todas estas obras y artistas se me antojan fundamentales en un mundo cada vez más polarizado, donde los grupos más conservadores y ultras pretenden obstaculizar no sólo las políticas de igualdad y reparación, sino que intentan restaurar un canon único y dominante. Yo que siempre estoy compartiendo imágenes para aliviar, para inspirar, imágenes que consuelen y sean casa, a veces me quedo muda de colores y de formas, y, sin embargo, otra vez, el gesto de la búsqueda que me hace ser. Creo que en tiempos que nos exigen ser más combativas y generosas que nunca, traer a artistas LGTBIQ+ es mi manera de luchar contra los relatos de odio, excluyentes y violentos.

Paisaje, de Jenny Saville.

Hay tantos artistas alucinantes haciendo arte desde el que tejer redes de apoyo ante la ignorancia y la agresión del mundo exterior, que no puedo, no podemos, dejar de celebrarlos, de compartirlos. Siempre estuvieron, aunque aquellos que escribieron la Historia, decidieron ignorarlos.  No cejo en mi empeño de ampliar mi atlas mnemosyne mental y me he dado cuenta mirando la obra de todos estos artistas, de que el gesto que atesoro en estos tiempos es el del abrazo. Imágenes con esa sensibilidad y con ese poder absoluto para hacerme creer que no estamos solas. El arte es mi alegría y consuelo, mi manera de seguir adelante. Explicarme el arte, compartirlo y escribirlo es mi manera de estar presente y de abrazar. El arte es mi trinchera. Me quedo con las palabras de Jenny Saville: “Buscaba un cuerpo que estuviera entre los géneros. Había explorado un poco esa idea en Matrix. Yo estaba buscando una especie de arquitectura contemporánea del cuerpo. Quería pintar un paisaje visual a través del género —una suerte de paisaje.”

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Déborah García Sánchez-Marín es historiadora, apasionada del mundo audiovisual y nómada. Desde esa periferia, de padrón y de espíritu, busca completar los huecos de la historia oficial y escribir sobre las voces que no encontraron su espacio a través de los siglos. Fue cofundadora de Visual404, un espacio digital de contracrítica que libera las formas tradicionales del audiovisual.

 

En este septiembre se cumplen veinte años desde que me trasladara desde Vitoria a Madrid para estudiar Historia. En aquel trayecto, que ante todo fue mental, existía en mí la gran esperanza de poder descubrir quién era y quién quería ser. Siempre supe que no era heterosexual pero lo cierto es que desconocía...

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Autora >

Deborah García

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