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UN AUTOR INCÓMODO

Agustín Gómez Arcos, libre y malquerido

El Instituto Cervantes de París acoge la exposición ‘Agustín Gómez Arcos. Entre memoria y olvido’ a partir del 28 de abril. En sus obras, los perdedores siempre consiguen imponerse al sistema y a la sociedad

María D. Valderrama 27/04/2022

<p>Agustín Gómez Arcos en una imagen de los años 50. </p>

Agustín Gómez Arcos en una imagen de los años 50. 

Colección particular de Antonio Duque

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En 1968, poco después de los estallidos del Mayo del 68, llegó a París Agustín Gómez Arcos, que a sus 35 años se veía obligado a empezar de cero fregando platos en los bares de la capital francesa. Dejaba a sus espaldas años de penurias en los teatros de Madrid, donde sus obras llevaban casi una década capadas y torturadas por la censura franquista.

Antes de irse, Agustín Gómez Arcos (Enix, 1933) mandó una carta al ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, exponiendo las razones de su partida, a saber: la censura de varias de sus obras, la anulación del premio Lope de Vega, que le otorgaron en 1962 y de nuevo en 1966, y el encargo de varios trabajos que nunca le fueron pagados. Se leía entre líneas el hartazgo, la precariedad, la frustración y la fatiga ante la hipocresía de una sociedad que vivía en el silencio y en la desmemoria.

Con la rabia de la juventud y la furia de los que han nacido en la miseria, convencidos de que no hay nada que perder, Gómez Arcos se fue a Inglaterra en 1966, junto a su amigo, el actor Antonio Duque, y dos años más tarde a Francia, empeñado en vivir en libertad, aunque fuera en el destierro. Allí se dedicó, como había adelantado a Fraga, “a actividades totalmente ajenas a sus deseos personales y profesionales”. Pero nunca dejó de escribir.

Allí se dedicó, como había adelantado a Fraga, “a actividades totalmente ajenas a sus deseos personales y profesionales”

Ya en París adaptó algunos de sus escritos para los cafés-teatros de la capital, como el de Odéon. También escribió nuevas obras como Pre-papa o Mi adorado Alberto, que sorprendieron a la crítica literaria, como muestra el artículo que le consagró Raymond Gérome en 1969 en la revista L’Avant-Scène: “No tenía muchas ganas ni necesidad de pasar una noche en el café teatro del Odéon. Me equivocaba. Las dos obras de Gómez Arcos me encantaron. Un auténtico dramaturgo, unido a un verdadero director, es –como sabemos, las pruebas son abundantes– extremadamente raro. Gómez Arcos nos trae un universo coherente, una suma de observaciones críticas a menudo irresistibles, a veces inquietantes –pienso en el final de Pre-papa–, siempre agudas”.

Algunas de esas obras en un acto llegaron a ser representadas en más de 70 ocasiones, y en una de ellas un editor francés, prendado, se acercó al camarero buscando al autor, para descubrir que era el mismo hombre que le servía. Una anécdota digna de una novela de Dickens que a Gómez Arcos le gustaba narrar y que permitió al dramaturgo explorar un nuevo terreno que lo haría libre: la novela y, sobre todo, la lengua francesa.

Un editor francés, prendado, se acercó al camarero buscando al autor, para descubrir que era el mismo hombre que le servía

Su primera e iconoclasta obra fue El cordero carnívoro. Después vinieron Ana no, en la que al parecer pudo inspirarse en la trama de Marcos Ana sobre una madre del sur que atravesó la Península para visitar a su hijo encarcelado y murió de frío a las puertas de la prisión; María República, el relato de venganza de una prostituta internada en un convento de monjas; o Escena de caza (furtiva). Todas ellas tuvieron un éxito encomiable en Francia, le valieron entrar en las listas del Premio Goncourt –principal reconocimiento de las letras francesas– hasta en seis ocasiones, llegando a ser finalista en dos: en 1978, frente a un joven Patrick Modiano que triunfó finalmente con su Rue des boutiques obscures, y de nuevo en 1984, con Un oiseau brûlé vif, que perdió frente a El Amante, de Marguerite Duras.

Un año más tarde, Gómez Arcos fue condecorado como caballero en la Orden de la Artes y las Letras, condecoración que por entonces solo tenían algunos genios cuyos nombres quizás les suenen: Luis Buñuel, Salvador Dalí, Rafael Alberti o Pablo Picasso. Corre el rumor de que Gómez Arcos era además uno de los escritores favoritos del presidente François Mitterrand, que al parecer mandaba a su chófer al apartamento del escritor para recibir su ejemplar firmado. No he podido verificarlo, pero hay un buen indicio de que podría ser cierto en la Biblioteca de Nevers, cerca del feudo del socialista y donde se conserva buena parte de su biblioteca particular. “Al Sr. François Mitterrand, Presidente de la República, escritor, con todos mis respetos. P.D. Disculpe la fórmula, Sr. Presidente, pero no estoy acostumbrado a dirigirme a personas de alto nivel, ¡yo mismo empecé en lo más bajo de la escala social! A. Gómez-Arcos”, se lee en uno de los numerosos libros del almeriense allí guardados.

Corre el rumor de que Gómez Arcos era uno de los escritores favoritos del presidente François Mitterrand

En España, el escritor tenía algunos huecos en la prensa, donde solía ser descrito como un escritor maldito. A él aquello debía de indignarle, pues sus respuestas denotan cierto fastidio: “Mi nombre, si por casualidad lo has visto en los periódicos, te sonará como el de un fantasma (…) Fantasma en mi propio país. Escritor fantasma…”.

Esto fue lo que escribió en la versión española de Un pájaro quemado vivo, publicada por Debate en 1986, en una edición que salió después de varios intentos frustrados de traducir sus propias obras y dejar al público español que decidiera por sí mismo si aquello le interesaba o no. De esa primera tirada sobraron más de 3.000 ejemplares que la editorial quemó poco después, anunciando a la editorial francesa Stock que rompían el contrato y que el libro no había funcionado. Ana no, por poner otro ejemplo, había vendido en Francia más de 400.000 ejemplares, había sido reeditado en versión de bolsillo y adaptado a la televisión, en una película dirigida por Jean-Emmanuel Prat en la que Paco Ibáñez puso la música y su hermano, Roger, tuvo uno de los papeles protagonistas junto a Germaine Montero.

Me llama la atención la respuesta que recibió la productora de la cadena francesa TF1 cuando pidió a Televisión Española en 1984 que coprodujera el filme: “Lo verdaderamente inaceptable para TVE es el marco histórico en el que se desarrolla la acción. Le aseguro que la España de los años 70, nada tiene que ver con lo que narra Ana no. Tampoco se ayudaría a la normalización de la sociedad española trasladando la acción a los años 40.”

Buscando en los archivos de Gómez Arcos, encontré una postal de 1984 que un amigo le enviaba desde Ronda. Me fijé por cuestiones personales –esta es mi ciudad– y porque tiendo a ver señales del destino allá donde probablemente solo viva el azar, pero la imagen revelaba la incoherencia de la época. El productor de TVE consideró que aquella madre miserable, paria en su propio país, no representaba a la España moderna y europea en la que decían que nos habíamos convertido. En la postal, donde quedan reflejados los clichés y el atractivo con el que buscamos a los turistas, aparecía una anciana de negro ante la antigua muralla de Ronda. Al emisor de aquella imagen, esa mujer le había recordado a Ana Paucha, la heroína desafortunada de Gómez Arcos.

También me sorprende que las autoridades españolas buscaran con tanto empeño desmarcarse de una obra que en mi opinión es menos fantasiosa de lo que Gómez Arcos quería hacer creer. Por muy surrealista que sea la historia que sufre la protagonista de La enmilagrada (L’enfant miraculée, 1981), no se aleja mucho de la desgracia de Josefina Vilaseca, la niña de 12 años que la España católica de la época convirtió en heroína de estampas religiosas, revistas de sucesos, programas de radio y cómics tras quedar a las puertas de la muerte por el intento de violación de un mozo con el que trabajaba. Murió como una mártir tras 21 días de agonía mientras la prensa se despedía de ella. “Prefirió la muerte antes que pecar”. Esto sucedió en 1952 y Gómez Arcos escribió en 1959 Verano o Santa Juliana, obra de teatro inédita y también censurada en la que más adelante se basó para su novela. En ella, la protagonista toma las riendas de su vida al vengarse, un final un tanto victorioso que, al menos yo, encuentro más liberador y menos bochornoso que el de la pobre Vilaseca, nuestra particular Goretti.

Podría contarles muchas cosas más de Gómez Arcos, que empezó a ser formalmente traducido en España a finales de 2006 por la editorial Cabaret Voltaire. Desde entonces, esta empresa independiente ha recuperado la mitad de las novelas del autor, aunque otro tanto sigue descatalogado, también en francés, así como su teatro, prácticamente inédito. Se salvan un par de obras que Carme Portaceli llevó a los escenarios de Madrid a principios de los 90, como Interview con Mrs. Muerta Smith por sus fantasmas, con Julieta Serrano y Manuel de Blas, o Los Gatos, con Héctor Alterio y Paco Casares. A mí me queda, entre otras, la espinita de que María Casares no llegara a ponerse en la piel de Ana Paucha, en la obra que la dramaturga Anne Delbée quiso llevar a los escenarios en los años 80.

No esperen un final feliz en esta historia. No lo hay. Gómez Arcos murió en 1998 en un hospital de París tras años haciendo frente al sida. Está enterrado en el Cementerio de Montmartre, el barrio en el que vivió durante los últimos 20 años de su vida, y donde ahora también vivo yo. Hace unos meses fui a visitarlo con la hija de una antigua amiga suya, que lo conoció bien y que sigue llevando un anillo que Agustín le regaló por su 18 cumpleaños. Le dejamos flores rojas, amarillas y moradas. En su lápida se lee: “Un hombre libre”.

Y creo que este, en realidad, puede ser el único motivo de alegría en esta historia. A nosotros nos han quedado sus libros, provocadores, vanguardistas, difíciles de clasificar entre otras corrientes literarias. Nos han quedado esos gritos contra el silencio que fueron El cordero carnívoro o El niño pan, de una España pobre y fratricida donde la Guerra Civil era el origen del daño, un trauma del que los vencidos no podían hablar.

Nos ha quedado su adoración por los personajes marginales: mujeres y niños condenados a la miseria y víctimas de abusos

Nos ha quedado su adoración por los personajes marginales: mujeres y niños condenados a la miseria y víctimas de abusos, fosas comunes, criadas maltratadas que guardan los secretos de una casa y de un país; transexuales y víctimas del racismo en una Francia que también dio la espalda a Gómez Arcos cuando se atrevió a apuntar sus propias miserias. Gómez Arcos no fue un escritor maldito, sino un autor tremendamente incómodo. Profundamente libre.

No crean que las novelas de Gómez Arcos hablan de perdedores. En sus novelas y en su teatro, los perdedores siempre consiguen imponerse al sistema y a la sociedad, que sigue sumisa leyes injustas. Acaban venciendo e imponiendo en el lector una sonrisa de satisfacción. Es como si al ver a Ignacio y a Antonio casados una voz interior nos susurrara: se ha hecho justicia.

Algunos de estos pasajes quedan recogidos en la exposición en la que he estado trabajando, Agustín Gómez Arcos. Entre memoria y olvido, que abre sus puertas en el Instituto Cervantes de París este 28 de abril y hasta el próximo 18 de junio. Es un intento, respaldado por la Embajada de España en Francia, de dar a conocer a un autor malquerido y en gran parte olvidado.

Busco en redes sociales, entre los numerosos nuevos admiradores que van llegando a la obra de Gómez Arcos, y doy con una publicación del actual director del Museo de Artes Decorativas de París, Olivier Gabet. Cuenta que leyó El cordero en carnívoro en 1996 y de nuevo en 2021. Una decena de usuarios alaban la novela, se proponen también releerla y alguno se pregunta por qué ya no se habla de este autor. Va siendo ya hora de cambiar esto.

En 1968, poco después de los estallidos del Mayo del 68, llegó a París Agustín Gómez Arcos, que a sus 35 años se veía obligado a empezar de cero fregando platos en los bares de la capital francesa. Dejaba a sus espaldas años de penurias en los teatros de Madrid, donde sus obras llevaban casi una década capadas y...

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