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MUNDO RURAL

Somos malos, ‘semos’ agricultores

Para algunos no somos ni suficientemente campesinos ni suficientemente cultivados. Nos ven como un lodo, como una mezcla de líquidos por decantar

Pedro Lópeh 18/10/2022

<p>Manifestantes en defensa del mundo rural en Madrid, el 20 de marzo.</p>

Manifestantes en defensa del mundo rural en Madrid, el 20 de marzo.

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Este verano he asistido en Twitter a un festival de odio contra eso que vamos a llamar, en aras de abreviar las frases, agricultores. Aunque la red social del pájaro azul no representa la realidad (no veo a mucha gente con capa y florete por la calle), sí es un buen medio para tomarle el pulso a la izquierda cibernética, puesto que muchas de sus cabezas visibles adoptan a diario posturas vehementes sobre múltiples asuntos. Queramos o no, la cultura del esfuerzo a veces funciona con la gente vocinglera y cansina. Y, así, resulta que los que invierten cientos de horas en impartir doctrina web acaban al final marcando tendencia, dibujando el clima de prejuicios con el que inevitablemente nos enfrentamos a los temas políticos, sobre todo a los que no conocemos de primera mano.

El paseo por algunas de esas cuentas y sus comentarios más glosados nos muestra un preocupante desprecio, cuando no clasismo rampante u odio explícito hacia el colectivo de agricultores, ganaderos y trabajadores de la tierra por cuenta propia. Muchas veces esos ataques vienen de parte de personas a las que considero, sin ambages, compañeros de trinchera, así que a mí me dan unas ganas terribles de llorar. No sólo porque sea injusto, como lo son todas las olimpíadas morales que establecen los que se creen ilustrados, sino porque sé que los que pisan la tierra huelen ese desprecio a la legua (estamos entrenados desde chicos para detectar el listosplaining) y están virando en masa hacia la derecha tóxica. Existen otros motivos y más profundos que explican ese viraje, lo sé, pero haríamos mal en subestimar el poder del sentimiento de abandono como movilizador de voluntades electorales. Es fácil irse con el único que no cuestiona permanentemente tu forma de vida, aunque su proyecto político vaya contra la vida en mayúsculas. Es fácil irse con quien no cuestiona tu ética desde sus rutinas cosmopolitas y consumistas. Es fácil y yo, si me perdonan, hasta lo comprendo, aunque lo sufra con las carnes abiertas.

Haríamos mal en subestimar el poder del sentimiento de abandono como movilizador de voluntades electorales

Los motivos y los despliegues de ese desprecio hacia agricultores y ganaderos siguen caminos inescrutables, cuya cartografía nos obliga a mezclar hipótesis políticas y sociológicas con otras más psicoanalíticas, porque de lo contrario, no se entiende. Algo de eso debe haber en la génesis de imágenes distorsionadas, criminalizaciones baratas y leyendas urbanas sobre los agricultores, además de una buena dosis de clasismo barato, concepto que depreda también las mentes de los que dicen luchar contra las desigualdades sociales. El clasismo no bebe sólo de la fuente del dinero. Un buen diván pondría de manifiesto que aquellos que han contaminado medio mundo con sus viajes iniciáticos consideran a los de pueblo como seres más brutos. El formidable resurgimiento de la palabra “cateto”, insulto del que creíamos habernos liberado tras el invierno nuclear del desarrollismo franquista, isidoro y aznarino, da buena cuenta de ello.

El moderno desprecio del campo a menudo se fundamenta en una herida que algunos usan como látigo. Para esos que se las dan de marvins harris de la vida, ni siquiera podemos denominarnos campesinos, “porque habéis dejado de serlo”. Nos niegan la identidad y la conciencia de sujeto colectivo al tiempo que nos castigan por ello. La gente del agro ha dejado de ser lo que era, cierto, pero ha cambiado en la misma medida en que lo ha hecho la gente del asfalto, ha introducido modernas técnicas de laboreo por influjo de la mano invisible que a todos nos acogota, ha abrazado el capitalismo con similar pasión inconsciente y se ha disgregado como casi cualquier grupo social. Pero no por ello deja de tener algunas pulsiones distintivas y una historia socioeconómica común. Tener tractor en lugar de mula nos convierte, si acaso, en un tipo de campesinado específico del primer mundo que debería merecer la misma curiosidad intelectual que las sociedades campesinas tradicionales (recomiendo a este respecto el epílogo del Puerca Tierra de John Berger o el soberbio Vidas a la intemperie de Marc Badal). En lugar de eso, nada: para algunos no somos ni suficientemente campesinos ni suficientemente cultivados. Nos ven como un lodo, como una mezcla de líquidos por decantar.

Para mi sorpresa, me he enterado de que no todos los trabajadores del medio rural son igual de ladinos, no. He leído algún hilo donde una docena de tuiteros dejaban claro que los pescadores son diferentes, menos agresivos, más respetuosos. “No se les puede meter en el mismo saco”. Ante tamaña categorización moral, investigué un poco y encontré chicha: la inmensa mayoría de pescadores viven en eso que algunos llaman naciones históricas o pueblos con no sé qué características propias (quiten Cantabria, si acaso), así que en el desprecio al campo también subyace, cómo no, un odio a todo lo que parezca de interior y, por tanto, muy español. Yo también desearía que mis colegas de la tierra tuvieran el mismo sentimiento nacional que los topillos del huerto, pero no podemos juzgar a la gente por la bandera con la que le han enseñado a arroparse.

Por si fuera poco, el campesino español parece que tampoco atesora capital simbólico para la izquierda, como sí lo tienen los mineros, por poner un ejemplo. Debo reconocerles que los agricultores envidiamos el cariño, las excepciones y las tragaderas que merecen los mineros. A estas alturas, no vamos a reivindicar ya como propios los hitos del campo contestatario (las colectivizaciones agrarias antes y después del golpe de Estado), pero agradeceríamos, al menos, que fueran tan comprensivos con nuestras subvenciones. A los ya míticos ataques del nacionalismo periférico contra el PER, se suma ahora un creciente enfado por las ayudas de la PAC. Desconocen, ignorantes, que la PAC no sólo sustenta a duras penas a un sector económico clave al borde del colapso permanente, sino que también contribuye a abaratar los precios de productos de excelente calidad que ellos llevan a su mesa tres veces al día. Las subvenciones, en muchos casos, suponen de facto un trasvase de renta hacia el consumidor, que no paga lo que cuestan de verdad las cosas, mientras que el agricultor mantiene los mismos márgenes de beneficio, haya subvención o no. El aumento de calidad de vida y de los índices de salud ligado a la mejora de la dieta en la Europa reciente se debe en buena medida a la implementación de un sistema injusto que empobrece el campo para nutrir las ciudades. Las subvenciones conforman la estructura metálica de este chiringuito, compañeros. Muchos productos agrarios tienen más valor de uso que valor de cambio porque se producen al albur de ese totalitarismo que es el mercado libre. Otra cuestión insoslayable es que la PAC infla las cuentas, básicamente, de las grandes fortunas, pero da igual: el que odia al agricultor va a Twitter y nos llama subvencionados, apesebrados, mantenidos. Y se mete una tosta con aceite virgen extra de 3 míseros euros el litro entre pecho y espalda.

El campesino español parece que tampoco atesora capital simbólico para la izquierda, como sí lo tienen los mineros

Tampoco entiende alguna gente que no nos hagamos agricultores ecológicos o en extensivo, circunstancia que provoca verde indignación. No comprenden –¡lógico!– que no queramos ser terratenientes, el tipo de agricultor respetuoso con el medio ambiente por excelencia. Sin ánimo de generalizar, en el sitio del que vengo la mayoría de las explotaciones extensivas y/o ecológicas pertenecen a grandes capitales o a neorrurales con capital heredado, snif, ¡quién pudiera! La tierra es cada vez más cara y las explotaciones respetuosas a las que debemos tender requieren a menudo (para ofrecer al agricultor las mismas cuatro perras) extensiones superiores de un bien escaso y costosísimo o inversiones tecnológicas u horas de trabajo a las que la mayoría de catetos no podemos aspirar. En consecuencia, los agricultores seguimos ganando el pan con el sudor de nuestros usos antinaturales, así que merecemos el desprecio de aquellos que declinan entender el porqué de las cosas.

Por si fuera poco, el verano siempre es buena época para culpar de los incendios a los oscuros intereses agrarios, porque han descubierto que queremos plantar soja en los pinares quemados como hacen en el Amazonas. También es tiempo para que gente que censura el consumo de leche o de chuletillas de cabrito reclame rebaños de cabras limpiadores del monte. La solución ha de ser entonces, digo yo, un montón de cabras montesas funcionarias introducidas a la fuerza en bosques impropios. O millones de venados, de esos que luego se te tiran en la carretera comarcal contra el coche nuevo que has comprado con tu inocente trabajo cognitivo.

Con el calor también se nos recuerda que los agricultores excavamos muchos pozos de sondeo ilegales, cuando lo cierto es que quien tiene pasta, legaliza el pozo, salvo casos flagrantes, porque cualquier normativa ambiental se esquiva legalmente con un par de agrónomos que hagan proyectos gordos. Se da el caso, fíjate qué gracia, de que a menudo son las modernas explotaciones ecológicas (de monocultivo, por ejemplo) las que reciben los parabienes técnicos a disparates ambientales en zonas protegidas. Pero, ¡ay!, el sello verde, qué bien queda en la etiqueta y qué bien blanquea sus muertos.

La criminalización de agricultores y ganaderos actual también está vinculada a las fatigas del lobo, el lince y otros animales, a quienes negamos la vida por unas cosas o por otras. Salvo que sea una invención de mi cerebro infantil, yo juraría haber visto imágenes en televisión de una terrible cosechadora aplastando un nido de perdiz con polluelos. Como aquí estamos a favor de la perdiz, del lince y del lobo (también de los pobrecitos corderos que este se cepilla, de los que nadie se apiada), nos fastidia que esos tópicos alimenten aún más el odio contra los otrora campesinos.

El penúltimo de los asuntos que quería tratar hoy pasa por algo que podría demostrar Tezanos el día que se quiera poner a ello con sus encuestas. Y es que mucha gente se forma su idea de los agricultores sobre la base de una galería de fotos terribles protagonizadas por cazadores, toreros de pueblo, señores a caballo, machotes con patillas y caciquillos en todoterreno. Otra vez más, la herida usada como látigo, la sal escupida sobre la llaga.

Y lo que no falta nunca en las prédicas de internet, para acabar, es ese leit motiv que dice que la gente del campo es muy victimista. “Todo el día quejándose por todo”. Lo indignante del caso no es que haya gente autoproclamada de izquierdas que se moleste por las reclamaciones legítimas, sino que algunos son los mismos que quisieron impugnar el sistema porque su ascensor social no pasaba de la entreplanta, porque sus títulos y sus idiomas de clase media no les servían para no sé qué proyecto utópico que nos iba a beneficiar a todos.

Con estos y otros motivos se está levantando la imagen del perverso agricultor, que no tiene estómago, hijos ni proyecto de vida, sino codicia y tormenta. Esa ficción que algunos andan escribiendo, como toda historia de buenos y malos, también contiene mitos de contraparte. Se trata de una saga de héroes del medio rural protagonizada, entre otros, por ecologistas, veterinarios, guardias forestales, ¡guardias civiles del SEPRONA! y técnicos varios. Pero de ellos, si queréis, hablamos en otra ocasión, porque hoy tengo la tensión alta y el corazón blandito.

Este verano he asistido en Twitter a un festival de odio contra eso que vamos a llamar, en aras de abreviar las frases, agricultores. Aunque la red social del pájaro azul no representa la realidad (no veo a mucha gente con capa y florete por la calle), sí es un buen medio para tomarle el pulso a la izquierda...

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Autor >

Pedro Lópeh

Musicólogo especializado en folclore, cultura popular y flamenco. Hombre del campo que escribe y toca el acordeón.

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