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RACISMO ESTRUCTURAL

¿Quién protegerá a las minorías étnicas francesas de la policía?

El asesinato racista de un adolescente por un agente debería alertar sobre la incapacidad de los sucesivos gobiernos de reformar las fuerzas de seguridad y contener a sus sindicatos, cada vez más vinculados a la extrema derecha

Philippe Marlière 5/07/2023

<p>La policía registra a dos jóvenes negros durante una de las manifestaciones en Francia por el asesinato racista de Nahel. / <strong>YouTube (DW Español)</strong></p>

La policía registra a dos jóvenes negros durante una de las manifestaciones en Francia por el asesinato racista de Nahel. / YouTube (DW Español)

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El asesinato a bocajarro de Nahel M., de 17 años, en un suburbio de París a manos de la policía, solo es el último de una serie de incidentes mortales de este tipo en Francia. Es el tercer asesinato en un control de tráfico este año. En 2022 se registraron trece asesinatos. Hace dos semanas, en Angulema (suroeste de Francia), un hombre negro de 19 años murió a manos de la policía en circunstancias similares. La noticia no llegó a los titulares porque nadie estaba allí para grabar la escena.

En Nanterre (región de París), un transeúnte grabó el asesinato de Nahel. Las imágenes contradicen el informe de la policía, que subrayaba que el comportamiento de Nahel representaba una “amenaza directa” para los dos policías que se encontraban en el lugar de los hechos. Este relato es falaz. Nahel recibió un disparo mortal porque se negó a acatar la orden de detenerse.

No es un “momento George Floyd”

En la legislación francesa, la negativa a detenerse no da derecho a la policía a matar. Por este motivo, el agente que disparó a Nahel está siendo investigado oficialmente –lo que equivale a ser acusado– por homicidio voluntario. Esto no significa que al final sea declarado culpable. El sistema judicial francés rara vez condena a los agentes de policía.

En la legislación francesa, la negativa a detenerse no da derecho a la policía a matar

El presidente Macron declaró rápidamente que el asesinato era “inexcusable”. Es muy poco habitual que un jefe de Estado condene a un agente. En la mayoría de los casos, nadie se atreve a criticar a la policía, y mucho menos a cuestionar su versión de los hechos. Fueron palabras de apaciguamiento. Macron temía que el espantoso asesinato pudiera desencadenar escenas de protestas violentas en toda Francia. Y, de hecho, así ha sido.

No se trata de un “momento George Floyd” para Francia. La brutalidad policial racista lleva décadas en el país. Los disturbios actuales recuerdan los sucesos de 2005. Entonces, dos adolescentes franceses de origen árabe, Zyed Benna y Bouna Traoré, murieron electrocutados tras esconderse en una subestación eléctrica de un suburbio de París cuando huían de la policía, que los perseguía. Pensemos también en el emblemático caso de Adama Traoré: era un hombre negro de 24 años que murió bajo custodia policial en circunstancias que siguen sin aclararse. Una autopsia y un informe médico independientes apuntaron a la asfixia. Siete años después, los policías implicados aún no han sido acusados. La lista de casos menos conocidos sería demasiado larga para incluirla en este artículo.

¿Por qué la violencia policial solo ha sido noticia recientemente? Hasta hace unos años, solo las personas racializadas que vivían en los suburbios eran víctimas de la violencia policial. Por lo tanto, los medios de comunicación no se hacían eco de ello, y los principales políticos de derechas, aunque también de izquierdas, lo negaban, argumentando que la policía pertenece a las “fuerzas republicanas que actúan por el bien común”. Por tanto, la policía, como institución, no podía hacer nada malo.

En los últimos diez años aproximadamente, las fuerzas policiales empoderadas han utilizado cada vez más tácticas agresivas para gestionar las manifestaciones políticas del centro de las ciudades. Esto fue notable a partir de 2018, durante el movimiento de los Chalecos Amarillos, y de nuevo en 2022-23, durante las protestas contra la reforma de las pensiones. Cientos de manifestantes fueron víctimas de la brutalidad policial y de detenciones arbitrarias. Algunos quedaron ciegos por las flash-balls (balas de defensa) de la policía o perdieron una mano después de que los agentes utilizaran granadas antidisturbios. Las víctimas eran en su mayoría ciudadanos blancos de clase media. Ahora la gente se da cuenta de que cualquiera puede ser víctima de la brutalidad policial. Amplios sectores de la izquierda se han vuelto más críticos con la policía, y en los medios de comunicación ahora se utiliza la expresión “brutalidad policial”.

Nahel recibió un disparo mortal por ser un joven francés de origen argelino. Su madre, entrevistada en la televisión francesa, declaró que el policía que disparó a su hijo “vio un rostro árabe, un niño pequeño, y quiso quitarle la vida”. En los barrios obreros, donde muchos jóvenes racializados son intimidados, acosados y golpeados a diario por los agentes, esta declaración tocó una fibra sensible. Esta terrible situación puede resultar familiar al público estadounidense, pero resulta excepcional y chocante en la mayoría de las democracias europeas.

Racismo endémico

En efecto, el racismo es endémico en los cuerpos de policía franceses. La brutalidad policial sucede todos los días, especialmente si eres árabe o negro. Los agentes de policía elaboran de forma generalizada perfiles étnicos que constituyen una discriminación sistémica. En una sentencia poco frecuente pero significativa, el Tribunal de Apelación de París dictaminó en 2021 que la discriminación estaba detrás de los controles policiales de identificación de tres estudiantes de secundaria de origen marroquí, maliense y comorano en una estación de tren en 2017.

El racismo es endémico en los cuerpos de policía franceses

A pesar de las numerosas pruebas de esta práctica y de los múltiples informes de ONG pro derechos humanos que subrayan que estos controles de identidad abusivos tienen como objetivo “humillar” a los jóvenes racializados, ningún gobierno ha tomado medidas para resolver el problema. Tras el asesinato de Nahel, la Oficina de Derechos Humanos de la ONU ha vuelto a señalar a Francia y ha instado a sus autoridades a “abordar seriamente los profundos problemas de racismo y discriminación en la aplicación de la ley”.

Como siempre, el Gobierno francés lo negó argumentando que “cualquier acusación de racismo o discriminación sistémica en las fuerzas policiales es totalmente infundada”. Esto es muy irónico: las élites francesas creen que la política de “daltonismo” en el corazón de la ideología republicana francesa es un antídoto contra el racismo institucional. Es uno de los legados de la Revolución Francesa, que rompió con el Antiguo Régimen clasista al afirmar que todos los hombres nacen iguales. El Estado, por tanto, no tendrá en cuenta el origen de las personas (ya sea étnico o religioso) para evaluar si algunas poblaciones son objeto de discriminación. Por consiguiente, nadie en la política dominante está dispuesto a cuestionar esta concepción tan abstracta de la igualdad. Muchos saben que es una fantasía, pero todos callan porque la “República” y sus “valores” son sacrosantos en Francia.

La brutalidad policial y las víctimas mortales han aumentado desde que se aprobara un proyecto de ley de 2017. Ahora, los agentes de policía están autorizados por ley a disparar si argumentan que un conductor o los ocupantes de un vehículo “se considera que suponen un riesgo para la vida o la seguridad física del agente”. Los sindicatos policiales presionaron al gobierno socialista de entonces y consiguieron lo que querían. Un gobierno de centro izquierda modificó la ley sobre el uso de armas de fuego por parte de los agentes y reescribió el código penal para adaptarlo a los deseos de la policía.

La ONG francesa Ligue des droits de l’Homme (Liga de Derechos Humanos) sostiene que la ley ha permitido a los agentes desinhibirse con sus armas de fuego, ya que les da protección legal para disparar y matar. Lo cierto es que, desde que se modificó la ley, el número de personas que recibieron disparos mortales de la policía (la mayoría son personas racializadas) no ha dejado de aumentar: 27 personas fueron asesinadas en 2017, 40 en 2020 y 52 en 2021.

La policía francesa y la extrema derecha

El asesinato de Nahel debería plantear la cuestión crucial sobre la situación de la policía francesa y la incapacidad de los sucesivos gobiernos para reformarla, así como para contener a sus sindicatos, cada vez más vinculados a la extrema derecha. Tras la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los sindicatos policiales eran afines al Partido Comunista francés. En la década de 1980 apoyaron a los gobiernos socialistas. Ahora comparten la agenda de la extrema derecha en materia de ley y orden. En 2022, la mayoría de los policías votaron a Marine Le Pen.

En una reforma de 1995, el Gobierno otorgó amplios poderes de cogestión a los sindicatos policiales. Desde entonces, los sindicatos han ido pactando con los sucesivos ministros del Interior, tanto de derechas como de izquierdas. Los sindicatos se han convertido en organizaciones poderosas y politizadas que garantizan la lealtad de sus empleados. Pueden socavar a cualquier ministro del Interior que intente reformar la policía. En 2020, Jean-Christophe Castaner, entonces ministro del Interior, planeó prohibir el controvertido uso de la llave de estrangulamiento durante las detenciones, reformar el organismo de vigilancia policial IGPN (compuesto por policías que evalúan a sus compañeros) e introducir políticas de tolerancia cero para el racismo en la policía. Los sindicatos protestaron con vehemencia y Castaner fue sustituido rápidamente por Gérald Darmanin, un derechista de línea dura que, en un debate televisado, dijo a Marine Le Pen que era “demasiado blanda con el islam”.

En 2022, la mayoría de los policías votaron a Marine Le Pen

En resumen, el Gobierno parece recelar de los sindicatos policiales de extrema derecha que quieren gestionar la ley y el orden en Francia a su antojo. Hablar de la “policía de Macron” es, por tanto, infravalorar la tremenda autonomía que ha adquirido la policía en los últimos veinte años.

Como dijo una vez el historiador británico Edward P. Thompson: “Los disturbios son un desastre social” para los sometidos. En las circunstancias actuales, de nuevo, la marea ya se está volviendo en su contra. Las escenas de destrucción de edificios públicos (comisarías, pero también escuelas, bibliotecas, ayuntamientos y autobuses), así como el saqueo de comercios o la quema aleatoria de coches en la calle, no granjearán a sus autores ninguna simpatía por parte de la opinión pública. Los residentes de los suburbios dicen que entienden la ira de los jóvenes, pero que desaprueban sus acciones. Porque las víctimas de esos destrozos serán las clases trabajadoras que viven en esas zonas desfavorecidas. En las redes sociales, las personas racializadas expresan su preocupación: ¿qué tiene que ver el incendio de una escuela con recordar o rendir homenaje a Nahel? Temen que estas acciones den la razón a sus detractores racistas y a Macron un pretexto para otra vuelta de tuerca represiva con la aprobación de nuevos proyectos de ley que recorten las libertades públicas.

Marine Le Pen y Éric Zemmour se beneficiarán plenamente de la situación argumentando (ya han empezado a hacerlo) que esa “chusma no respeta a Francia” y “no quiere integrarse”. Afirmarán que “el multiculturalismo francés ha fracasado”, cuando en realidad la situación es tan tensa desde el punto de vista racial porque la clase política y la policía rechazan la noción misma de que Francia sea un país multicultural, lo cual es un hecho. La izquierda, bajo el liderazgo del movimiento populista La France Insoumise (Francia Insumisa) de Jean-Luc Mélenchon, es demasiado débil y no tiene ninguna influencia sobre las poblaciones obreras de esas zonas desfavorecidas. Todo esto es desalentador, ya que los alborotadores parecen menos concienciados políticamente que sus predecesores de 2005. Los jóvenes parecen enfadados, disgustados, temerosos y sin puntos de referencia políticos. Entretanto, ¿quién protegerá de la policía a esos chicos que pertenecen a minorías étnicas?

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Philippe Marlière es catedrático de Política Francesa y Europea en el University College de Londres (Reino Unido).

Este artículo se publicó originalmente en inglés en Counterpunch.

Traducción de Paloma Farré.

El asesinato a bocajarro de Nahel M., de 17 años, en un suburbio de París a manos de la policía, solo es el último de una serie de incidentes mortales de este tipo en Francia. Es el tercer asesinato en un control de tráfico este año. En 2022 se registraron trece asesinatos. Hace dos semanas, en Angulema (suroeste...

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Philippe Marlière

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