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EL SALÓN ELÉCTRICO

Por el Imperio (romano) hacia Vox

¿Cine rancio? Ya no, porque está de moda el estilo imperial y en España lo lleva en su programa la extrema derecha

Pilar Ruiz 17/10/2023

<p>Fotograma de la serie <em>Roma</em> (2007). <strong>/ HBO</strong></p>

Fotograma de la serie Roma (2007). / HBO

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“No me gusta el cine que viene a tocarnos las narices y a producir películas para que nos sintamos mal (…) Creo que el Estado tiene que conceder subvenciones solo a las películas que fomenten el patriotismo. Las de Garci, por ejemplo, y sobre todo las que evocaran la Reconquista, la Hispanidad y la guerra contra los franceses”. Santiago Abascal a Fernando Sánchez-Dragó (España vertebrada).

“Voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”, cantaban en las nevadas montañas del Frente de Juventudes, repitiendo el lema nacionalcatólico de “Por el Imperio hacia Dios” (Reivindicaciones de España​, Areilza y Castiella, 1941) en reivindicación llorica y beata de la España donde no se ponía el sol y más se perdió en Cuba. Con sus militares derrotados en África devenidos victoriosos golpistas, y rojos no nacionalistas abonando los campos, Franco as himself decide censurar moderneces y subvencionar –¡anda!– un cine de género históricotriunfalista para educar a la ciudadanía. Ejemplos como Locura de Amor (Orduña, 1948), Alba de América (Orduña, 1951), Jeromín (Lucia, 1953) y demás bodrios de época. 

Pareja de reyes y pintan bastos

¿Cine rancio? Ya no, porque está de moda el estilo Imperio y en España lo lleva en su programa el partido de Abascal, señor de apellido pasiego pero aspecto de Almanzor, desasosegante muestra de multiculturalidad hispánica. 

“Queremos enriquecer el FICX, si bien velaremos por dejar atrás limitaciones ideológicas, militancias activistas y sectarismos”, decía la aplicada y nada sectaria concejala de Festejos que intentó imponer los gustos del partido de las tres letritas al veterano y prestigioso Festival de cine de Xixón, extirpando del palmarés el Premio Rambal y la sección de cortometrajes en asturiano. También pretendía otorgar manu militari un galardón a una “película concreta o persona que represente el esfuerzo y el respeto a los demás”, a su juicio, valores de Vox.  La gloriosa idea, sorprendentemente, salió mal

Un fiasco, como el tan cacareado biopic de Blas de Lezo que el desopilante Abascal quería proponer a –agárrense– ¡Mel Gibson! Pero sin subvenciones, por supuesto. No como Sangre de Mayo (Garci, 2008), récord de subvenciones de todos los tiempos: 16,5 millones de euros salidos del dedo de la reina neoliberal Esperanza Aguirre AKA Telemadrid, que apenas consiguió recaudar 700.000 euros en taquilla. Pero no pasa nada, porque “Napoleón estuvo ciego por querer invadir una nación con 2.000 años de historia”. (Ayuso AKATelemadrid segunda parte).

Sangrando al erario público 

La batalla cultural sigue. Resulta que mola mucho todo lo Imperial, incluso la Inquisición, porque llevamos el cristianismo –cosa romana– allende los mares. Y de la mano de la Iglesia Católica, su heredera directa, todos los caminos llevan a Roma. Y todas las nostalgias al saludo romano. Así que no confíen ni siquiera en los inocentones turistas que se hacen selfies delante de las ruinas de una excavación arqueológica: puede que alguno sea un obseso del Imperio, con lo que eso conlleva. Porque la machosfera lleva muy honda en su corazoncito la Roma clásica. Pero no la Roma republicana, no; esa solo trajo guerras civiles. Hablamos de la Roma buena; la del Imperium o dominio sobre los territorios conquistados por vía militar, en sentido literal. Por esa vía es como se llega a la ciudadanía, las termas, calzadas, puentes y cloacas de la vida de Brian. Todo bueno. Lo malo es que ese Imperio ideal de la pax romana es pura fantasía. Un constructo cultural idéntico a la idea de nación con la que suele asimilarse la vieja Hispania. Lo sentimos por los romanófilos como Elon Musk –vaya pista–, pero Astérix, ficción verdadera, les da para el pilum. (Perdón por el pobre homenaje al gran Víctor Mora, traductor de los juegos de palabras de Goscinny).

Todos los caminos llevan a Goscinny/Uderzo

Estos romanos están locos, decían los galos que nos enseñaron a desconfiar de todos los imperios. Incluso para una individua como la aquí firmante, fan absoluta de todo lo romano tanto en versión péplum –Messala: crush infantil– como en letra escrita. Imaginen a una adolescente friki leyendo la poesía verde de Catulo y La vida de los 12 césares de Suetonio, propagandista máximo con permiso de Julio César y su Guerra de las Galias –la de Astérix– que nos hacían traducir del latín en el BUP. Ya entonces los profes nos decían que Julio se había marcado un autobombo populista, porque también nos enseñaron que la palabra “propaganda” era latina. Roma nos había hecho a su imagen y semejanza por los siglos de los siglos, amén. Para más inri, años después la adulta friki fue a parar a la Ciudad Eterna rodeada de historiadoras, arquitectos, restauradoras y especialistas de la Academia de España que pensaban mucho en Roma antes de que la cosa se hiciera viral.

“¿Los romanos? Eran una mierda comparados con los etruscos”, decía una compañera italiana arqueóloga y especialista en siderurgia etrusca –sí: hay de eso–. Nos gustan los etruscos, pero ellos no han tenido los impresionantes decorados en Cinecittà de la serie Roma de HBO, una ficción apasionante y tan cara que casi se lleva por delante a HBO, igual que la Cleopatra de Mankiewicz (1963) estuvo a punto de arruinar a la 20th Century Fox.

Frases y momentos de Yo, Claudio 

Todo es falso salvo alguna cosa y se llama propaganda desde antes de que Suetonio escribiera su panfleto. Verbigracia: Cleopatra fue una de las primeras mujeres importantes de la Historia masacrada por los bulos de un enemigo acérrimo como Augusto. Al correr de los siglos, a la reina egipcia –que no podía ser negra– le pusieron los ojos color violeta de Liz Taylor y en Super Panavision 70mm, porque Roma no cabe en otro formato. Claro, como siempre, toda la culpa es de la ficción. ¿O creen que estos hombres blancos romanófilos son todos licenciados en Filología Clásica? ¡Qué va! Si hasta repudian a Mary Beard por mujer vieja, fea y sabihonda. No, hombre, no. Esta indigestión –mala digestio, nulla felicitas– tiene que ver con el atracón de pelis de romanos y documentales ad hoc infestando las plataformas. Algunos muy buenos, como los de Ingeniería Romana en TVE. Megaestructuras; el sueño húmedo de todo macho con falta de algo mega –del griego “grande”– en su vida. “Dios santo, hemos caído en manos de ingenieros”; la frase de Jurassic Parkdebía de ser muy repetida en las minas donde curtían el lomo a Espartaco (Kubrick, 1960) o Barrabás (Fleischer, 1961). Hombres nostálgicos: ¿alguien con ganas de ser esclavo o esclava en el Imperio Romano? ¿Gladiador apaleado un domingo sí y otro también? ¿Legionario con una mili de 25 años? Incluso la imagen que tenemos de las famosas orgías se parece demasiado a las de El Satiricón (1969) de Fellinus, digo Fellini. Eso de estar todo el día dale que te pego tiene mucho de cuento pasadito de rosca, tan falso como lo de los leones comecristianos.

Orgías, queremos orgías

Y cachis, están las mujeres romanas. En la serie El corazón de Roma (Movistar, 2021) se narra la vida de las pocas que han llegado a contar para la Historia. Supervivientes –o no– que encontraron algún resquicio para detentar el poder enfrentándose al Pater Familiae; patriarcado de ayer, hoy y siempre. Mujeres vilipendiadas, claro, como la citada Cleopatra o la mala malísima esposa de Augusto, Livia; protagonista en la sombra –ellas siempre en las sombras– de Yo, Claudio. La novela de Robert Graves, adaptada elegantemente a serie por la BBC (Wise, 1976), en la que el enorme poeta y escritor reconocía la ficción de la ficción en un diálogo entre historiadores romanos: “Confiesa, Livio: adjudicas a los romanos de hace siete siglos motivos, costumbres y lenguaje imposiblemente modernos. Sí, por cierto, que es legible. Pero no es historia”.

En fechas recientes, el cine muestra una Roma aún más oscura, en crisis, intentando idealizar lo menos posible el pasado. Véanse Centurión (Marshall, 2010), La legión del águila (McDonald, 2011), Gladiator (Scott, 2000) y sobre todo El rey Arturo (Fuqua, 2004), donde el mito británico por antonomasia resulta ser un mercenario sármata romanófilo que, ante la deriva corrupta y decadente del Imperio, se pasa al lado oscuro, o sea, a los bárbaros. Están estos romanos de toma pan y moja con su mugre de atrezo y salen icónicos, guapísimos y testosterónicos, favorecidos por la cámara, las corazas y las grebas. Sabemos que estos señores son actores, bellos ficticios, fantasmas de luz que desaparecen una vez se acaba la sesión. Lo malo es cuando un vecino de butaca sale a la calle creyéndose Máximo Décimo Meridio, sin ser guapo como Russell Crowe haciendo de extremeño –cosas del cine–, y gritando “¡Hispano, hispano…!”. O traducido del latín: “¡¡Yo soy español, español, españooool...!!”. De nuevo se muestra aquí la falta de comprensión del lenguaje audiovisual de una mayoría –incívico, inurbanus– que no sabe diferenciar realidad de ficción, y ni siquiera entiende una narración que cuenta justo lo opuesto a esos cánticos belicosos. Solo queda reaccionar como el mismísimo protagonista, quien lleva un rato de metraje dándose cuenta de que el Imperio Romano es una milonga destructiva y asesina, y que el panem et circenses oculta una realidad más negra que el culo de Plutón. “¿Os habéis divertido a la romana? Cómo se nota que no habéis vivido esta mierda de Imperio como yo, ¡por Júpiter! Hala, tirad para la domus, atajo de bobos”.

Escena de Gladiator (2000). / Ridley Scott

“No me gusta el cine que viene a tocarnos las narices y a producir películas para que nos sintamos mal (…) Creo que el Estado tiene que conceder subvenciones solo a las películas que fomenten el patriotismo. Las de Garci, por ejemplo, y sobre todo las que evocaran la Reconquista, la Hispanidad y...

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Autora >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y cada tanto publica novelas. Su último libro es "La Virgen sin Cabeza" (Roca, 2003).

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