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Historias del pellizco

El Chozas de Jerez, el flamenco dadaísta que daba de beber a los toros

El cantaor componía sus propias letras y reformulaba y combinaba antiguas estrofas a su aire. Ya fuera por intención poética o por puro azar, paría versos de belleza deslumbrante y onírica

Esteban Ordóñez 24/05/2017

Seisdedos

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Habría que hablar del Chozas de Jerez como si hubiera sido un pájaro. Juan José Vargas Vargas es un personaje de ficción que fue real. Pasó por la vida lleno de polvo del campo. No dejó un relato cerrado que nos ayude a describirlo y a darle una forma definida a su identidad. El Chozas cruzaba de pronto, se le veía pasar por Jerez o por Lebrija (donde nació realmente), ceremonial, alzándose el sombrero para saludar, y la gente acudía y lo escuchaba con la misma extrañeza, escepticismo o incluso el mismo rechazo con que reaccionaríamos ante un ave que nos mirase con inteligencia por primera vez y empezara a hablar. Escucharlo era, más bien, experimentar fenómenos minúsculos de la naturaleza. Cuando cerraba las estrofas, a veces, el Chozas se convertía en un gorrión recién mojado: se sacudía y se le quedaban las plumas erizadas de risa. También, por ejemplo, apagaba los tonos como un galgo muerto de hambre dando de comer a otro galgo muerto de hambre.  

Cuando cerraba las estrofas, a veces, el Chozas se convertía en un gorrión recién mojado: se sacudía y se le quedaban las plumas erizadas de risa

El Chozas nació en 1903 y murió en 1974. Se dedicó a trabajar en el campo y a inventar unos cantes anárquicos que suscitaron admiración, pero también todo lo contrario. Cuentan que lo tomaban por lunático. Su imagen se encuentra en un puñado de fotografías y unos pocos vídeos. Es un anciano puro con boina al que no se le imagina en sus años de frescura adulta; parece una criatura hecha para vivir en el territorio de la ingenuidad y de la libertad irredenta que sólo habitan los niños y los viejos. El Chozas debió de saltar de un estadio a otro o nacer arrugado como Benjamin Button. Los párpados agachados por el sol, los ojos cansados o borrachos, una mella entre las dos palas, dedos duros como leños, muñecas como tobillos de mula. Para marcar el compás, le gustaba palmearse la rodilla como si fuera el lomo de una jaca.  

Nunca se le terminó de tomar en serio. En sus creaciones, traspasaba límites intocables para muchos: se saltaba el compás, alteraba las estrofas habituales, añadía versos o los alargaba. En cambio, los niños, que aún tenían un gusto sincero y sin barrotes, lo adoraban. Chiquillos de entonces, hoy adultos maduros, recuerdan al Chozas llegando al bar Volapié, en la barriada de la Asunción de Jerez, aproximándose a ellos para cantarles sus historias.

Por el Volapié pasaron Tío Pacote, Mairena, el Moneo; era un foco de pureza. Contó el Gasolina, admirador de El Chozas, que en una fiesta, un gitano mutilado de la guerra al que llamaban El Moro se arrancó a bailar como un loco y rodó por el suelo en cuestión de segundos. Fueron a por él y le preguntaron qué le pasaba. Él soltó: “Que no me acordaba de que no tenía piernas”. En ese lugar de arrebatos, los niños escuchaban al Chozas y se encandilaban.

El cantaor componía sus propias letras y reformulaba y combinaba antiguas estrofas a su aire. La historia de cómo las inventaba cabría perfectamente en el cauce de una fábula infantil. Él mismo la relató ante una cámara de televisión a principios de los setenta. Se refería a sí mismo en tercera persona, como si las cosas, una vez sucedidas, quedaran flotando, sin pertenecer a nadie: “El Chozas se va ahí con las ovejas, de noche, el Chozas va con las vacas, las novillas. Y yo solo por la madrugada, para que el sueño no me rindiera, estudiaba yo a la vislumbre de las estrellas los cantes. Y me salían bien”. Ya de mañana se iba por el monte con los perros, rodeado, seguido por perros hasta que llegaba el pastor y se los llevaba. También daba de comer a los toros bravos. “Era un peligro de muerte” al que merecía la pena condecorar con una soleá. Orientaba a los morlacos hacia el pilar para que bebieran y entonces, sin perder de vista que la traición de una fiera es imprevisible, esparcía la voz y el agua: “Si a ti te duelen tus carnes, a mí me duelen las mías”.

Ser gañán implicaba vivir en un cuarto grande todos apiñados y trabajar hasta molerse; suponía, también, inventarse la libertad, extraerla de los detalles mínimos que escapaban del poder del amo

Cuando trabajaba de gañán, antes de salir a la intemperie, bebía agua que hervía primero en un jarro de hojalata. Luego practicaba una serie de ejercicios físicos. Los compañeros alucinaban con sus despertares de monje oriental. Era un extraterrestre desde primera hora de la mañana. Uno de los que observaban era Manuel Soto Sordera. Ser gañán implicaba vivir en un cuarto grande todos apiñados y trabajar hasta molerse; suponía, también, inventarse la libertad, extraerla de los detalles mínimos que escapaban del poder del amo: el aroma a café de malta que preparaban las mujeres de buena mañana (café y voces femeninas subiendo en un mismo vapor) o la imagen larga del paisaje al frente mientras se dirigían a la faena. La tierra pertenecería al señorito, pero no el aire sobre la tierra. Cuando llovía, se recogían durante todo el día y cantaban y comían guisos de garbanzos gordos y bebían vino y compartían tabaco y jugaban: fingían casar a un mozo y una moza para echar unos cantes de casorio y, a veces, los protagonistas se enamoraban de verdad. En una atmósfera como esa, el Chozas cantaba como “para andar a gatas”, que diría Sordera. También se contaban historias y romances. Un relato entonces no valía por su novedad, sino por su capacidad de ofrecer, una vez tras otra, un mundo lejano en una espuerta de tiempo que casi se palpaba. La gente, entonces, se escuchaba de verdad. Fuera llovía. Pudo suceder a través de esas noches de tormenta: las historias de la España mora viajaron siglo tras siglo hasta tocar los oídos del Chozas, que las hizo suyas y las cantó como nadie.

El cante del de Jerez escondía siempre el impulso del romance. Sus letras tienden a la narración y a la escena. El Chozas quebraba los moldes de la estrofa porque tenía cosas que contar. Y, aunque ciertas historias existían previamente, se nacían de nuevo en su boca con cada interpretación. Improvisaba y, probablemente sin saberlo, obligaba a las palabras a ganarse su significado. A eso se mezclaba que sus creaciones nacían de una lucha contra el sueño (el insomnio de las vacas). Hay quien ha calificado sus letras como surrealistas, y lo cierto es que, ya fuera por intención poética o por puro azar, paría versos de belleza deslumbrante y onírica: “Que las campanas de aquel pueblo, que se quejaban a pedazos”,  recita en el Romance de la Cristiana Cautiva. El Chozas significaba vanguardia. Una vanguardia rural y, por tanto, menos celebrada. En sus invenciones se captaban incluso orzas de dadaísmo: un sacrificio del concepto a favor de la expresividad del sonido súbito e improvisado.

El Chozas significaba vanguardia. Una vanguardia rural y, por tanto, menos celebrada. En sus invenciones se captaban incluso orzas de dadaísmo

Para algunos críticos, la temática de sus canciones se enfocaba en el rencor hacia la mujer. Sin embargo, sucede algo extraño en algunos tercios. De pronto, habla en femenino. No sabemos cuál era el motivo de este cambio de género, pero implica una empatía, una aceptación de la voz de la mujer en la historia por sí misma, sin tamizarla a través de la interpretación del hombre.

Una de las últimas veces que se le escuchó, el Chozas estaba contento. Era el bautizo de un hijo de Curro Malena y se concitaron en la fiesta varios cantaores. Le alegraría la jarana entre amigos, el correr del cante, de la comida y de la bebida. Entre los artistas circulaba un micrófono para grabar los cantes; cuando llegó a manos del Chozas, creyó que era una copa de vino y trató de bebérselo. La gente se descoyuntó de la risa. Estaba contento ese día. Fue siempre un bohemio y no le sobraba el dinero. Cuando el Gasolina lo conoció, vivía en las naves de un antiguo matadero donde se habían afincado familias sin recursos; algunas veces, al verlo necesitado, lo invitaba a comer a su casa. Es muy fácil imaginar al Chozas terminando de masticar el pan muy calladito y luego cantando una soleá agradecida con su mella en medio de los dientes y su gorra puesta. Para contar la historia del Chozas es mejor hablar de un pájaro silbando, feliz, en el borde de un plato vacío.

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BIBLIOGRAFÍA:

- ‘Canciones de Lebrija en el recuerdo’, de Ricardo Rodríguez Cosano

- Conversación con David Pérez Merinero

- ‘Manuel Soto Sordera de Jerez. La elegancia del cante’, de José María Castaño Hervás

- Rito y Geografía del Cante (RTVE). Capítulo Soleares II

- Entrevista a El Gasolina en Diario de Jerez

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Autor >

Esteban Ordóñez

Es periodista. Creador del blog Manjar de hormiga. Colabora en El estado mental y Negratinta, entre otros.

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2 comentario(s)

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  1. Guillermo

    Buen artículo, gracias por tratar el flamenco tan bien.

    Hace 4 años 2 meses

  2. Antonio.

    Me gusta el cante del Chozas, también que esta publicación dedique espacio al flamenco. Esa es la razón por la que colaboro con ctxt.

    Hace 4 años 4 meses

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