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TRIBUNA

La gestación del capitalismo del siglo XXI

Para caminar hacia una sociedad inclusiva hay que enfrentarse a una ruptura estructural

Jacinto Vaello 18/10/2018

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En los años ochenta del siglo XX se inició el proceso de liquidación del pacto social de la posguerra mundial. Ese pacto consolidó la democracia liberal y abrió la época de implantación y extensión del estado de bienestar. Fueron Margaret Thatcher, en el Reino Unido, entre 1979 y 1990, y Ronald Reagan, en los Estados Unidos, entre 1981 y 1989, los líderes políticos que encabezaron el movimiento y descabezaron a todas las fuerzas capaces de obstaculizar la ingente doble tarea que acometieron: la destrucción del capitalismo social y la construcción del nuevo orden.

Treinta años más tarde, el nuevo orden ha tomado forma, se extiende por el mundo y produce nuevos estertores propios de su crecimiento convulso. La quiebra de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, se identifica de manera unánime como causa inmediata de la crisis (presunta) del sistema, a la que se le ponen apellidos que resumen la incapacidad o la falta de voluntad de penetrar en el fondo de la cuestión: "financiera", "económica", cada vez más "política", y, sobre todo, cada vez más próxima a repetirse. 

En la última conferencia de la OCDE, que ha tenido lugar los días 13 y 14 de septiembre de 2018, han vuelto a aparecer los interrogantes que desvían la atención desde lo estructural a lo coyuntural: "dónde", "cuándo" y "por qué causa inmediata" se va a "repetir la crisis". 

las causas de esta "burbuja" de deuda no residen en una gestión global irracional ni en una acumulación de errores parciales sino en la hegemonía del capital especulativo

Ahora los temores se dirigen hacia la gigantesca acumulación de deuda, pública y privada, cuya dimensión varía según las estimaciones pero anuncia un estallido inevitable: entre 250 y 300% del PIB mundial, es decir, una masa ingente de deuda que puede aplastar al conjunto de la economía mundial. Pero la cuestión esencial, con ser muy relevantes estas cifras, está en lo que ellas ocultan: las causas de esta "burbuja" de deuda no residen en una gestión global irracional ni en una acumulación de errores parciales sino en la hegemonía del capital especulativo.

Efectivamente, algunas variables económicas parecen simplemente desbocadas. Se hace referencia de manera reiterada a los bajos tipos de interés, que explican muy directamente la proliferación de inversiones inviables y, desde luego, esas tasas de endeudamiento (es 'tan barato' endeudarse), pero parece que muy pocos están dispuestos a llamar la atención sobre la contradicción de fondo, que puede sintetizarse en una pregunta sencilla: ¿cómo alguien piensa (un ciudadano cualquiera, no necesariamente un economista o un financiero) que un sistema económico puede funcionar con una única mercancía global cuyo precio se fija por decisión administrativa, se sitúa cerca de 0 y no experimenta los vaivenes propios del mercado, es decir, no responde a desajustes entre oferta y demanda? Parece lógico pensar que los factores de ruptura del sistema se sitúan ahí, en el precio del dinero y en la multitud de variables que se organizan a su alrededor.

Hay que volver a ello, pero conviene recuperar para esta reflexión otras dos referencias determinantes del rumbo actual del capitalismo: la fiscalidad y las condiciones laborales. En términos resumidos, la fiscalidad se ha ido acomodando a la conveniencia del gran capital, que practica un fraude generalizado, multiplica los paraísos fiscales y extrema su ubicuidad impositiva. En los mismos términos, las nuevas condiciones laborales se pueden sintetizar a través de la precariedad, la temporalidad, el desplazamiento masivo de actividades hacia territorios de bajos salarios, la caída generalizada de las remuneraciones y la sustitución creciente de trabajo actual (empleo) por trabajo pasado (aparataje diverso disponible; el proceso que para simplificar se denomina robotización). 

Pagar menos impuestos significa menos recursos para el sector público, al que se obliga a restringir su capacidad de inversión y de consumo. Comprimir el mercado laboral reduce la capacidad de consumo de la mayor parte de la población, precisamente aquella que tiene una mayor propensión al gasto. Si las variables críticas para el funcionamiento del capitalismo muestran semejantes tendencias descendentes, todo conduce a pronosticar un 'encefalograma plano'. Sin consumo público y privado, sin inversión pública y con una inversión privada que privilegia las operaciones irracionales gracias al dinero barato, el sistema camina hacia el colapso. 

Quienes forman parte de él en posiciones subordinadas, como las clases medias que entran en pánico y votan por Trump o escogen a la extrema derecha en Europa, o como la "clase trabajadora" que retrata Owen Jones en "Chavs", tienen pocas opciones de defensa y, desde luego, todas ellas pasan por hacer frente de manera organizada a la deriva descrita. Quienes, como los grandes operadores del capital especulativo, ocupan la posición hegemónica, disponen de unos medios que son cada día más numerosos e identificables, con un núcleo central que es la ubicuidad: la libertad de movimientos de los capitales a escala mundial, la libertad para remitir sus ganancias a los paraísos fiscales, la libertad para reubicar sus actividades allí donde encuentran las condiciones más favorables, e incluso la libertad de instalarse a vivir lejos de los avatares y las tensiones de sus sociedades de origen en proceso acelerado de empobrecimiento.  

La organización política que ha amparado la construcción del Estado de bienestar dentro del estado-nación ha sido la democracia liberal. El elemento de cohesión de todo el conjunto ha sido el pacto social entre patronos y trabajadores

Llegados a este punto surge necesariamente la cuestión político-institucional. La institución clave de toda la primera época del desarrollo capitalista ha sido el estado-nación. La organización política que ha amparado la construcción del Estado de bienestar dentro del estado-nación ha sido la democracia liberal. El elemento de cohesión de todo el conjunto ha sido el pacto social entre –simplificando– patronos y trabajadores. ¿Qué queda hoy de todo esto y, sobre todo, qué necesidad tiene el capital especulativo de mantener estos parámetros?

¿Pacto social? Su papel ha sido el de garantizar la armonía entre la supervivencia de los trabajadores y los intereses del capital, intentando generar una corriente continua de aumento del bienestar social y de crecimiento de los beneficios de las empresas. Cuando estas últimas se pasan masivamente a los negocios especulativos y relocalizan sus actividades productivas en países con mercados laborales sin protección alguna, el único ámbito en el que propulsar alguna forma de pacto social es el de aquellas actividades que siguen produciendo bienes y servicios in situ, sin relocalizarse en lejanos territorios. Pero este segmento capitalista opera en unos mercados marginales, en los que la ausencia de regulación y la masiva disponibilidad de mano de obra facilitan la imposición de condiciones ajenas a cualquier entendimiento entre las partes. Aquí surgen ahora los conflictos sociales entre capital y trabajo, pero nada de lo que acontezca tiene por qué resolverse en el marco de un acuerdo global; si acaso, basta con negociaciones parciales y ocasionales. El pacto social, tal como se ha conocido, deja de ser funcional para el capital y su contraparte, desprovista además de sus herramientas de lucha tradicionales –los sindicatos –, lleva todas las de perder. Fin del pacto social. 

¿Democracia liberal? Si la democracia representativa ha permitido situar la negociación política como eje de la vida social y como vía de instrumentalizar acuerdos, la desaparición de la necesidad de pactar las formas de generación y de distribución de la riqueza nos acerca de manera muy rápida a la obsolescencia de las prácticas democráticas. No hay nada que negociar, por tanto para qué establecer un marco que regule esas negociaciones inútiles. Si el marco existe, como es el caso en los países occidentales, no tiene interés su pervivencia y se lo puede dejar languidecer hasta su completa extinción, o, al menos, hasta que solo conserve la apariencia tras cuya fachada se esconde un vacío real y una evidente inutilidad práctica. En último extremo, nuevas formas de representación política, como las que propugna la extrema derecha, pueden dar por liquidado este sistema. Fin de la democracia representativa.

¿Estado-nación? Finalmente, el envoltorio que se inventó para acoger estas formas de vida social avanza inexorablemente hacia su extinción. La pérdida de la democracia liberal y la inutilidad de los pactos son un preaviso de que el estado-nación está dejando de ser útil. La puntilla se la da la ubicuidad de los capitalistas especulativos del siglo XXI. Si ellos se mueven por el mundo y todos sus intereses son extremadamente volátiles desde el punto de vista de las fronteras nacionales, ¿qué función cumplen éstas en la nueva época del capitalismo? Para los especuladores tales fronteras son un obstáculo ya superado, con lo que su utilidad se va limitando cada vez más a los campos de la 'seguridad nacional' y del mantenimiento del orden social. Ni siquiera es ya el ejército el aparato del estado que ejerce de núcleo duro, sino más bien las fuerzas del orden y los servicios de inteligencia, cuyas funciones están nítidamente dirigidas hacia el interior, hacia esa estructura social cuya vida languidece pero puede dar origen a revuelos peligrosos. Desde luego, cualquier revuelta contra las consecuencias de esta  deriva del capitalismo del siglo XXI tendrá que nacer dentro de los estados-nación, organizarse a escala supra-nacional y promover respuestas internacionales, de manera que el desafío que el capital puede temer es ante todo materia policial y de inteligencia, no militar. Fin del estado-nación. 

¿cómo le explican a una persona de 45 años, por ejemplo, que es al tiempo muy joven para jubilarse y muy mayor para trabajar?

Panorama complejo, pero sobre todo malla inextricable de elementos cuya apariencia es a menudo suficiente para esconder lo esencial: parece que vivimos temporalmente peor, como consecuencia de 'la crisis', pero teóricamente esto se supera y asunto resuelto. Sin embargo, el tiempo pasa y la realidad combina dos caras complementarias que componen otro panorama, diferente de eso que se denomina 'crisis'. Por un lado está la propia vivencia de la gente: ¿cómo le explican a una persona de 45 años, por ejemplo, que es al tiempo muy joven para jubilarse y muy mayor para trabajar? La explicación de las consecuencias de tal cosa, aparentemente en el terreno de la psicología, tiene que construirse verdaderamente en términos de sociología: no se trata de una posible depresión individual sino de un proceso sostenido y masivo de exclusión, que se prolongará de manera indefinida en el tiempo. Por otro lado están los especialistas, los que entienden de la cosa, que van multiplicando últimamente las advertencias pero no se atreven a ir más allá de una descripción lineal: "la crisis puede rebotar en cualquier momento", es decir, la crisis de 2008, de la que vamos saliendo poco a poco, puede mostrar de nuevo su cara, quizás algo diferente. Prácticamente ninguno de esos especialistas quiere advertirnos de la existencia de un fenómeno de ruptura, que abre una nueva época del sistema, no una crisis circunstancial. Se atreven a ir enunciando en una lista desordenada una serie de factores críticos pero se niegan a organizarlos en un todo coherente y asumir que es una nueva época, que esos factores configuran una nueva realidad y han venido para quedarse.  

Y en España nos encontramos con una de las versiones más extremas, no en términos de transformación estructural, que es más o menos la misma en todo el mundo, sino en el ritmo y la intensidad del empobrecimiento y de la exclusión. No es extraño, puesto que arrancamos desde una posición menos sólida, más vulnerable y de inferior riqueza material acumulada que en otros países del entorno europeo. 

Si se quiere avanzar en la comprensión de la situación carece de sentido enredarse en variaciones ocasionales del crecimiento, en cifras sin contexto cuyo aumento se toma como indicador de buena salud económica, o bien en la peor condición de otros países o en la aparición de tendencias adversas generales. Para España, la descripción del momento social es fácilmente condensable en pocos términos: los beneficios de las grandes empresas crecen sin freno, los presupuestos públicos se someten a permanente escrutinio para impedir que suban, todos los programas sociales en consecuencia se comprimen, la remuneración del trabajo disminuye, el empleo se contrae y el empobrecimiento invade ya el espacio de las clases medias. Pero lo más importante está en algo que hay que repetir hasta la saciedad: esto no es el "legado de la crisis", esto constituye la esencia de la prolongada primera fase de la nueva época del capitalismo, esa que iniciaron Reagan y Thatcher en los primeros ochenta del siglo XX.

El pacto social no está en la agenda de los países ni en la de la Unión Europea. El retroceso democrático es cada día más visible, en los países miembros y en la UE

Desde esta óptica, tiene todo el sentido avanzar hacia la internacionalización. El pacto social no está en la agenda de los países ni en la de la Unión Europea. El retroceso democrático es cada día más visible, en los países miembros y en la Unión. El estado-nación termina por ser el territorio en el que el empresariado hegemónico se limita a mantener el control y también por convertirse en un corsé para quienes intentan superar las consecuencias más temibles de la nueva situación. De hecho, cada vez menos cuestiones cruciales se dirimen dentro de los límites de los estados, mientras los poderes supra-nacionales se dividen entre el que ejerce la UE como vigilante del orden establecido y el que ejerce el 'cuartel general de la oligarquía financiera internacional' para determinar qué se puede y qué no en el espacio económico-financiero. 

Solo un contrapoder de los perjudicados organizado a escala internacional puede situarse en posición de fuerza para revertir las tendencias descritas. Van apareciendo y multiplicándose los intentos de ir por este camino, pero por ahora no pasan de ser esbozos sin concreción real. La necesidad de avanzar en la gestación de una sociedad inclusiva es cada vez mayor y nos interpela a todos, a quienes ya estamos comprometidos con ello y también a quienes tienen que ir asumiendo el reto de frenar una transformación estructural que nos empobrece y nos excluye.

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Jacinto Vaello es economista, colaborador del Banco Mundial, del Banco Europeo de Inversiones y de consultoras internacionales.

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3 comentario(s)

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  1. Emigrante

    Brillantísimo artículo, señor Vaello, le felicito por su espléndido análisis y su clara redacción. Sólo discrepo en su conclusión final. Coincido en que la solución final deberá ser necesariamente internacional, pues así se ha organizado el enemigo a batir. Pero de momento el ámbito internacional es absolutamente estéril a la hora de tejer los acuerdos necesarios, sólo genera frustración. Y aunque destartalado, el estado-nación es el único ámbito en el que, hoy por hoy, se puede construir el consenso necesario, la empatía, para iniciar la lucha. Una vez que los cuidadanos se hayan re-apoderado de su estado-nación (ahí es nada la utopía), podrán ir caminando en la lucha y encontrar las complicidades con otros ciudadanos de otros estados. Un afectuoso saludo.

    Hace 4 años 3 meses

  2. matriouska

    Muy buen artículo, de acertado diagnóstico y claves focalizadas... Quizás, falte alguna alusión al gigantesco desastre bio/ecológico que paralelamente enfrentamos.

    Hace 4 años 3 meses

  3. cayetano

    ¿Dónde radica la revolución gestante del capitalismo en este milenio y balbuceos alternativos? El artículo es valiente mojándose y arriesgando, aporta visiones de fondo, estructurales a un debate centrado más en síntomas que causas. Abordar la radicalidad del cambio sistémico en curso, desde análisis más estructurales que sintomáticos requiere definir el fundamento común de toda sociedad, su funcionalidad estructural básica. Una sociedad no es más que relación cuya interacción requiere de valores para el intercambio. Nordhauss, el recién premio Nobel de Economía, mostró al trabajo como único valor universal y atemporal para medir el coste de producción del lumen de luz. Incido mostró por encima de precios, monedas, conchas, o palos de conteo, al trabajo como único valor universal y atemporal que media el intercambio, la relación social. Ahora pensarás que hace tiempo el trabajo dejó de ser el medio de valor, o el único medio de valor. Pero acaso no era esa la pregunta, ¿a qué cambios estructurales responden el proceso crisálido del capitalismo? Os parecen pocos los cambios que operaría en el conjunto de las relaciones cambiar la piedra angular, clave de toda relación. Creéis que es posible sin revolucionar toda la estructura y relieve humano. El artículo nos trae algunas reflexiones y ejemplos: “el sistema camina hacia el colapso”, “proceso acelerado de empobrecimiento”, “Fin del pacto social”, “Fin de la democracia representativa”, “Fin del estado-nación”. Esa contradicción interna del Capitalismo que establece la relación, al tiempo proceso de producción y/o distribución, entorno al valor trabajo; acelerando su marginalización y/o automatización, la exclusión del propio valor trabajo-capital en la ecuación económica y social, es la mayor contradicción endógena del sistema. Cuando Marx predijo la depauperación de los trabajadores, lo hizo por entender que la plusvalía menguaba por mor de la productividad, explicando lo que llamó Ley de la Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia. Dicho decrecimiento, acabaría por empobrecer al conjunto de la población, uniformando a los parias de la tierra en su miseria, el proletariado mundial. Sin embargo, Marx que vivió el desarrollo del capitalismo industrial, no pudo imaginar que la diversificación de industrias y actividades generarían plus valor del trabajo. Marx, no pudo atisbar en su tiempo que el conocimiento (cuya trascendencia económica estudiaron los nóbeles recientes, Nordhauss y Romel), intervendría sistémicamente valorizando al trabajo y generando diversificación industrial con productos exnovo, con una doble dimensión y dos resultados: la incorporación masiva de mujeres al trabajo y el conocimiento, así como la diversificación de una producción masiva; que serían posibles en el marco de una sociedad de consumo y el crecimiento de las clases medias. En el proceso actual de marginalización y sustitución del trabajo, del valor de estatus y relación social, respecto del volumen de producción, dicha desvalorización es un mar de fondo que cada vez aflora más, como si de los fenómenos extremos del Cambio Climático se tratara. Desgraciadamente ante la caída de dicha tasa de ganancia en los 70, como diagnosticaron Magdoff y Foster, el sistema optó por el neoliberalismo, al sustituir a la economía productiva (valor trabajo-capital) por la especulativo-financiera como motor de crecimiento(en lugar de abordar cambios estructurales que recuperaran la capacidad de valorización productiva y no especulativa). O lo que es igual, se optó por una dinámica de estructuras Ponzi o Estafas de burbujas, que al explotar, socializan perdidas y desposeen a amplias capas sociales. Al tiempo que la incapacitación del Estado pretendía y pretende, no sólo acabar con su intervención y/o regulación de la economía, sino también apropiarse del ingente capital social del Estado vía privatizaciones, una jibarización doblemente interesada. Ya que dicho traslado o desposesión social de capital, sea del Estado o de las clases medias y populares alimentaría al capitalismo en su actual etapa de fisión endógena, y logró abrir vía a la desregulación de la economía. Al valorar que modificó y liberó al capitalismo de la depauperación vaticinada por Marx, encontramos como condición sine qua non –no única- al conocimiento, que diversificaba industrias y revalorizaba al trabajo (valor añadido, lo llaman hoy). En la lógica seguida y compartida con Jacinto, liberarnos de la financiarización económica, devolver el proceso de valorización a la economía productiva, recuperar su papel como motor del crecimiento económico, es condición necesaria para desestimar del horizonte la fisión nuclear sistémica. Recuperar el protagonismo de la economía productiva, del valor trabajo, en su proceso de marginalización, como hoy lo es la artesanal, es una realidad contradictoria que implica la reformulación de la actividad económica, sus estructuras y relaciones. Su recuperación requiere añadir al circuito de valor económico actividades nuevas y viejas, que desde la perspectiva del capitalismo neoliberal hoy son improductivas. Hablamos de los cuidados a la naturaleza que cuantifica Nordhauss, y con perfiles propios defiende desde tiempo el español José Manuel Naredo y otr@s. Hablamos de actividades recreativas, formativas, de cuidados a tercer@s, de diversión, artísticas… Y necesariamente, pasan por reasignar la cosmogonía de lo social, asumiendo que la riqueza es producto social y no aislado, que es la sociedad preexistente al individuo quien realmente construye y es cuerpo social, vivo. Sólo la reasignación experimental puede discernir entre opciones mediadoras de valor para la relación social, en este proceso de marginación del trabajo y su automatización. De ahí la importancia internacional que cobran iniciativas como la RBU o el TSG. Por ello, que desde el partido demócrata norteamericano y otras fuerzas, incluso conservadoras, se planteen su implementación, muestran la realidad a la que responden, más allá de que compartamos o no sus fórmulas concretas. Si bien en la agenda internacional se ha avanzado mucho, aunque insuficientemente, en la lucha contra el calentamiento climático global, la labor de los científicos y el movimiento ecologista ha sido titánica. A diferencia de la labor de economistas y otros científicos sociales, que imbuid@s un@s de dogma y otr@s sierv@s de los intereses inmediatos a que sirven, no se atreven a asumir la denuncia del colapso sistémico, y se limitan a los síntomas. Quizás por entender inútil el conocimiento de la verdad frente al interés y rememorando el fin de Casandra, y no sólo por parte de los llamados a menguar sus beneficios inmediatos, sino del público en general que se vería conminado a ser titán y abandonar su rol de rebaño (tal lo define Roubini en el compartamiento financiero). Y ello, posiblemente al verse impotentes no para acometer cambios estructurales, sino incapaces de paliar los daños más inmediatos de estos cambios. Pero el capitalismo neoliberal sólo sabe aumentar su medicina ante sus fracasos, asfixiando posibles sinergias de crecimiento. De ahí el fenómeno novedoso de la menguante clase media, que recordemos nacía de la incorporación al valor trabajo del conocimiento y de ampliar el consumo, junto a una expansión de diversificación de bienes y servicios exnovo. El neoliberalismo imposibilita generar tasa de ganancia productiva suficiente para sustituir al motor especulativo-financiero. Las condiciones que establece éste último de objetivos inmediatos, dominados por la remuneración de dividendos y la financiarización de la economía estratégica. Reorientan la mayor parte de los recursos a objetivos inmediatos, siendo el horizonte de 5 años considerado estratégico para la financiarización. De forma que la impronta neoliberal y su alternativa trumpera o ultraderechista europea (que deja intacta las relaciones descritas) en la dinámica actual del capitalismo, contextualizada junto a la Crisis ecológica y geoestratégica internacional, hace plausible una espiral de fisión nuclear al colapso por concentración desposesiva y empobrecedora, el humanicidio. Compartiendo la conclusión sobre el empobrecimiento como fenómeno estructural de la presente fase sistémica. La internacionalización de la respuesta por parte de l@s perjudicad@s, creo que existe, al menos en gran parte de las izquierdas. ¿Quién desde las izquierdas, con independencia del peso analítico sobre las radicales causas de la involución social, no sitúa en el centro estructural a la financiarización económica? El problema de la alternativa no lo es sólo en orden a centrar en el SFI el foco, sino a los cambios estructurales y formateo de la actividad económica, que permita tasas de ganancias productivas que recuperen su rol como motor de crecimiento. Y hacerlo en el marco de experimentación sobre nuevos modelos de relación con valores de mediación distintos al concepto actual de trabajo, en la aceleración capitalista a su marginación. Como bien dice el autor, en la agenda de las instituciones internacionales o supraestatales no está dicha cuestión, al contrario domina el dogma liberal. Y ya sería un paso de gigantes que científicos sociales, lograran visibilizar dicho debate. Desgraciadamente, no sabemos si al hablar de internacionalización nos referimos sólo al mundo desarrollado, o incluso a la UE, EE.UU., China, Japón, Rusia, Canadá y alguno más. Pero con independencia de ello, las estrategias y articulaciones se construyen desde los Estados, como Jacinto plantea en el artículo “cualquier revuelta contra las consecuencias de esta deriva del capitalismo del siglo XXI tendrá que nacer dentro de los estados-nación, organizarse a escala supra-nacional y promover respuestas internacionales”. Pero descartar de partida que entre los capitalistas, sean gestores financieros internacionales o no, no podrían encontrarse aliados para evitar el colapso de su propio sistema económico es arriesgado. Hasta Trump se ha visto obligado a reconocer el cambio climático, aunque todavía las encuestas no le han obligado a aceptar su aceleración por la acción humana, aunque todo parece indicar que es más parte del problema que solución. Ante una situación de convulsión radical cuyas tensiones pueden llevarnos a la fisión nuclear del sistema, a la implosión por concentración. Añadir presión o tensión sin salida o alternativa que relaje la misma, es coadyuvar al humanicidio. Curiosamente Jacinto termina así la cita anterior: “de manera que el desafío que el capital puede temer es ante todo materia policial y de inteligencia, no militar”. Reconociéndose el temor propio a desafiar al capital en su perspectiva militar (guerra mundial), que interpreta soportable al limitarse a los estados (policial y de inteligencia). Pero que plantearía a la postre el conflicto supraestatal para la consecución del objetivo, ergo guerra mundial. Interpretándole libremente y partiendo de su análisis certero, sobre la deriva neoliberal del capitalismo hacia el colapso, vía concentración por depredación intrahomine y del ecosistema. Es presuponer que intentar en dicho proceso de tensión el objetivo de alternativa al capitalismo, más que pactar el cambio de modelo, introduciría más presión coadyuvante a una Guerra Final. Cuando hablamos de la supervivencia de especie, y la realidad internacional acompaña dichos análisis, los elementos de reflexión deberían no ser sólo de orden económico. También debieran acompañarse de movimientos por la Paz, como están vigentes los movimientos ecologistas contra el cambio climático y la depredación natural. Al mismo tiempo, por concentrados que estén los núcleos decisorios en redes corporativas transnacionales, contemplarlos monolíticamente institucional e individualmente es apresurado. Sobre todo porque en tiempos de convulsiones radicales para todo el conjunto social, las mutaciones que afectan a todo el conjunto social y económico no les son ajenas. El propio diablo puede abrirte las puertas del cielo cuando se trata de compartirlo y la alternativa es el fin. Ahora bien, como dices, actualmente la agenda institucional pública y privada está dominada por el neoliberalismo y sus hijos no reconocidos, el populismo trumpero y su ultraderecha internacional. Situar al SFI como centro del desposeimiento en la actual fase, como causa directa de un intercambio que es origen de la menguante clase media y depauperación de las clases populares, es certero. Pero debatir los cambios estructurales que recuperen a la economía productiva como motor del crecimiento sostenible (para el decrecimiento demográfico), es necesario para no sólo negar el origen de la Crisis de Civilización, sino para proponer también alternativa alguna que permita la subsistencia de Civilización humana. Por todo ello, y aunque haya algunas diferencias de acentos, no puedo menos que felicitar un artículo que enfoca el cambio en curso desde las perspectivas estructurales y radicales, sin marear la perdiz con síntomas, consecuencias que no dejan de serlos, por graves que sean. Abordar dicho debate puede ayudarnos a situar y comprender la radicalidad del mar de fondo, que asoma temporalmente, construyendo un horizonte alternativo que evite al colapso final. Un cordial saludo.

    Hace 4 años 3 meses

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