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Evelyne Hübscher / profesora e investigadora

“Los partidos tradicionales se han vuelto casi indistinguibles entre sí. Eso ha hecho aumentar el voto radical”

José Luis Marín 1/05/2021

<p>Evelyne Hübscher.</p>

Evelyne Hübscher.

Imagen cedida por la entrevistada

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“Es un error abandonar el estudio de los fenómenos económicos si queremos entender los cambios que se están dando en los resultados electorales y los sistemas de partidos”. Evelyn Hübscher (Viena, 1975) reconoce el interés y el valor de los estudios culturales y sobre conflictos identitarios que, en los últimos años, han florecido a lomos de la nueva gran ola de populismo que recorre muchas partes del mundo occidental.

Pero cuando se trata de explicar el (re)surgimiento de un voto radical y polarizado tras la crisis de 2008, esta profesora en la Central European University de Viena tiene claro que el análisis de los consensos económicos que condicionan de forma directa la vida diaria de la población lleva tiempo descuidado, relegado a un discreto segundo plano.

En tiempos de crisis encadenadas, no son pocos los ejemplos. Pero quizá nada mejor que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca para mostrar un desequilibrio donde los interminables debates sobre una clase blanca empobrecida y abrazada a un multimillonario misógino contrastan poderosamente con una realidad bastante más resbaladiza: estadísticamente, la base electoral que más ha nutrido al expresidente han sido unas clases medias, altas y altísimas que han encontrado en el avispero identitario del magnate el lugar ideal para defender intereses económicos bastante más terrenales.

Lejos de las tesis que dedican enormes espacios a esta “psicología victimista de los que poseen dos coches e invierten en bolsa”, como definió recientemente el sociólogo Richard Sennett en una entrevista en CTXT, Hübscher, junto con otros colegas de varias universidades centroeuropeas, acaba de publicar un estudio en el que se ofrece un argumento bastante más compacto: la austeridad que lleva lustros dominando la agenda económica internacional es una de las causas centrales, si no la principal, de la polarización y la desestabilización democrática que recorre nuestras sociedades.

La docente, que ya está enfrascada en otros estudios donde se mantiene el foco en la económica política, ha hablado con CTXT sobre los resultados de esta investigación –donde se incluyen datos de más de 160 elecciones celebradas en la OCDE desde 1980–, de las motivaciones materiales que están transformado el voto y de los terremotos económicos que, a golpe de ajuste fiscal, están generando grandes bolsas de abstención y moviendo el sistema de partidos hacía opciones más radicales. 

¿Es la polarización un riesgo de primer orden para las democracias? 

En sentido estricto, lo que hace la polarización es crear un escenario en el que cada vez es más complicado encontrar un consenso mayoritario del que puedan salir gobiernos estables. Esto es lo evidente y lo que se deduce de los resultados de nuestro estudio: con la polarización aparecen más actores que compiten por votos que, en muchas ocasiones, no suman mayorías capaces de tomar decisiones políticas. Sin embargo, y aunque los datos de nuestro trabajo solo llegan hasta los años ochenta, también existen otras investigaciones que han encontrado un vínculo estrecho entre la austeridad de los años veinte y treinta del siglo pasado y el éxito del régimen nazi en el proceso de polarización que vivió la Alemania de entreguerras...

La polarización crea un escenario en el que cada vez es más complicado encontrar un consenso del que puedan salir gobiernos estables

Esto no quiere decir que la polarización surgida de la austeridad de los últimos años pueda ser hoy tan devastadora como lo fue en aquella época. No lo creo. Las democracias están más consolidadas, las instituciones son más estables, los sistemas de partidos tienen numerosos instrumentos de control... Pero esto no quita para que la polarización actual no pueda conducir a situaciones dramáticas y puntos de inflexión definitivos en nuestras democracias.

Si hablamos de los años ochenta, es imposible no hacer referencia al neoliberalismo que, si por algo ha destacado, es por las políticas de austeridad, las privatizaciones y los recortes fiscales... ¿No se puede considerar el proceso de polarización como un efecto directo de aquellos años? 

Es cierto que asociamos el neoliberalismo con la austeridad, la desregularización o la agenda de reformas, pero el concepto hace más referencia a una narrativa política dominante que a una característica específica de un solo partido o una familia política. Para nuestro estudio necesitábamos un marco más concreto: partidos tradicionales, tanto de centro-izquierda como de centro-derecha, que han tomado decisiones claramente reconocibles en materia económica y política durante los últimos años. 

Solo quieren que estas políticas lleguen a la población nacional que, según ellos, son los que merecen la protección. Es lo que se llama Estado de bienestar chauvinista

Y una de las principales razones por la que estamos viendo ese fortalecimiento de la radicalidad en los márgenes del tablero político es que los partidos tradicionales que se situaban en el centro se han vuelto prácticamente indistinguibles entre sí. Es decir, que apenas han tenido desacuerdos en materia macroeconómica durante el periodo de neoliberalismo que ha dominado la agenda durante los últimos 25 años. Esto ha decepcionado a muchos votantes, especialmente a los perdedores de este proceso, que han buscado alternativas y ofertas políticas, tanto a izquierda como a derecha, de los partidos tradicionales que estaban amalgamados en el centro.   

Hay muchas formaciones de extrema derecha que, sin embargo, han surgido con una agenda mucho más cercana a las medidas neoliberales que a las políticas de gasto público y bienestar. Es lo que está sucediendo, por ejemplo, en España. ¿Cómo se puede explicar esta paradoja?

Puede ser una paradoja a primera vista. Pero también hay muchos casos en los que estos partidos de extrema derecha han comenzado a proponer, cada vez con más fuerza, políticas sociales o incluso medidas redistributivas. La cuestión es que solo quieren que estas políticas lleguen a los autóctonos o a la población nacional que, según ellos, son los únicos que merecen la protección. Es lo que se llama Estado de bienestar chauvinista, y es la diferencia fundamental con los partidos radicales de izquierda, que tienen un enfoque más holístico o integral del bienestar y la política social.

Desde luego, un partido de derecha radical no sería la primera opción política para alguien desfavorecido o que necesita protección, pero también es cierto que estas formaciones cada vez tienen un menú más amplio de políticas chauvinistas para captar este tipo de votantes.

Como el Frente Nacional en Francia...

Es un ejemplo. No conozco exactamente las propuestas de Vox, un partido radical y antiinmigración, en materia económica y de bienestar, pero es algo que también se puede observar en casos como el de AfD, en Alemania, o de la derecha dura de Países Bajos. 

En Francia, sin embargo, lo que ha terminado triunfando es un nuevo partido o movimiento, encabezado por Emmanuel Macron, que no destaca especialmente por su radicalidad...

Es cierto, el partido de Macron no es radical si se asume el eje izquierda-derecha. Es un partido reformista y que ha hecho campaña por la desregularización. En otras cuestiones, se ha presentado simplemente como tecnócrata. Pero en Francia el desconecto con los partidos tradicionales no solo se ha limitado al voto a Emmanuel Macron. También ha surgido un movimiento muy combativo como el de los “chalecos amarillos”, y electoralmente está la sombra cada vez más alargada del Frente Nacional. 

Si la austeridad conduce a la polarización y la radicalización del voto, ¿se podría asumir que el gasto social y la expansión del bienestar conduce a la moderación y el consenso?

Eso creo. Si tuviera que escribir unas recomendaciones políticas basadas en los resultados de nuestro estudio, diría que las políticas que, en un sentido amplio, compensan a la población desfavorecida y que ofrecen estabilidad en términos de protección social son las mejor forma de recuperar a la población abstencionista o que opta por opciones radicales. Pero para esto es importante que los partidos que prometen estas medidas finalmente las lleven a cabo cuando están el gobierno. Y sabemos que hablar es muy fácil y, sobre el papel, se pueden prometer muchas cosas, pero si no se cumplen esos programas se volverá a alimentar el descontento y la polarización. 

Si la UE decide dar la vuelta y volver a las lógicas de austeridad, esta vez sí que estaríamos ante un problema irreparable y sin retorno

Veamos, por ejemplo, lo que han hecho en los últimos tiempos organizaciones como el FMI o la OCDE, que han cambiado su narrativa sobre la austeridad, la deuda y el gasto público. Sus documentos, publicaciones y recomendaciones se parecen poco a las de la crisis de 2008. Esto puede ser algo que quite presión sobre los gobiernos para aplicar medidas que mejoren la situación de las personas que sufren de forma desproporcionada. Es un cambio de narrativa que ofrece más margen de maniobra a los gobiernos y, de paso, calma a los mercados financieros que especularon con la deuda en el pasado. 

El cambio en las retóricas de muchas instituciones y gobiernos no ha evitado que en los últimos meses las palabras 'ajustes' o 'recortes' hayan vuelto a asomar. ¿Realmente se ha tensado tanto la cuerda de la polarización para asegurar que  estamos en un escenario completamente nuevo respecto de las decisiones que se tomaron en la última década?

Es complicado hacer predicciones, sobre todo cuando aún parece lejano que esta situación se pueda solucionar o estabilizar. De momento, creo que la UE ha hecho un trabajo bastante mejor esta vez, con un enfoque más sensato. Sobre todo teniendo en cuenta que muchas de las debilidades que están demostrando los países como España o Italia, especialmente en sus sistemas de salud, son una consecuencia de los duros ajustes que se implementaron tras la crisis financiera de 2008. Mi sensación es que, si la UE decide dar la vuelta y volver a las lógicas de austeridad, esta vez sí que estaríamos ante un problema irreparable y sin retorno. 

Precisamente, el voto radical ha parecido funcionar de forma distinta cuando se trata de las elecciones europeas, con resultados más abultados que suenan a castigo para los partidos tradicionales...

Sí, es posible que los votantes vean las elecciones europeas como unas elecciones de segundo orden donde dar un toque de atención a los gobiernos locales. Pero también es posible que los gobiernos hayan usado las instituciones internacionales como chivos expiatorios para justificar los programas de austeridad diciendo, “bueno, no teníamos otra opción, fue la troika o el FMI quien nos lo impuso”.

Sin embargo, tras la crisis de 2008 no todos los países implementaron las mismas medidas, ni tampoco con la misma intensidad. ¿Ha conducido esto a un proceso distinto de polarización en cada país, una radicalización a dos velocidades?

La encuesta que realizamos para el estudio muestra que la polarización ha sido más acentuada allí donde tanto los partidos tradicionales de derechas como los de izquierdas han aplicado medidas de austeridad de forma simultánea. Pero esto no quiere decir que el descontento no haya sucedido en otros sitios. De hecho, también hemos comprobado, sin muchas diferencias, que ha habido un crecimiento de la polarización en países que no fueron tan golpeados por la austeridad como Alemania. Y esto es bastante destacable, porque lo que subyace es un mecanismo de reacción de la población en el que hay poca diferencia entre la percepción de la austeridad y su verdadero nivel de aplicación.

Fuera de la Unión Europea, la llegada de Trump al poder en Estados Unidos ha demostrado que la población rica también se decanta por opciones radicales, aunque en principio sean mucho menos sensibles a la austeridad. ¿Puede esto explicarse a través de otros vectores económicos o efectivamente se ha impuesto el voto identitario?

Yo no soy experta en la política norteamericana, pero está claro que Estados Unidos tiene bastantes particularidades. Una de ellas es que dentro de los propios partidos ya existe un nivel de polarización alto, como el que se puede percibir dentro del partido Demócrata, entre los izquierdistas y el ala moderada. El sistema institucional allí no permite el surgimiento de nuevos partidos, por lo que el triunfo de propuestas más radicales se tiene que dar dentro de las propias formaciones.

Por otro lado, muchos colegas de investigación destacan que a las clases ricas no les interesa tanto los aspectos radicales del candidato de turno, como que se implementen las políticas neoliberales que son beneficiosas para ellos: la desregulación, la bajada de impuestos, la protección de los mercados financieros o la salvaguarda de los activos. El barniz más o menos populista con el que se adorna esto no les importa tanto mientras los políticos cumplan. Y Trump cumplió. 

Entonces, ¿se ha dado demasiado peso a los estudios culturales y al análisis de las identidades frente otros enfoques más centrados en la economía política?

No creo que sean dos cosas que se puedan separar. Mi punto de vista es que no se debe abandonar el estudio de las cuestiones económicas si queremos entender los cambios que se están dando en los sistemas de partidos y en la forma de hacer política. Los estudios sobre identidades han crecido mucho y están muy bien, creo que se ha descuidado durante bastante tiempo el análisis de medidas que impactan de forma directa y tangible en la vida de la población. 

“Es un error abandonar el estudio de los fenómenos económicos si queremos entender los cambios que se están dando en los resultados electorales y los sistemas de partidos”. Evelyn Hübscher (Viena, 1975) reconoce el interés y el valor de los estudios culturales y sobre conflictos identitarios que, en los últimos...

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