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Afganistán, dos retiradas (y II)

La debacle del imperio del caos

La espantada de Estados Unidos de Afganistán de este agosto ha sido una debacle sin paliativos, pese a que su contexto y circunstancias eran incomparablemente más favorables que las que rodearon a la exitosa salida de los soviéticos hace 30 años

Rafael Poch 7/09/2021

<p>Presos talibán en el Valle del Panshir. Diciembre 2020.</p>

Presos talibán en el Valle del Panshir. Diciembre 2020.

R. Poch-de-Feliu

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Los soviéticos tenían entonces en contra a una superpotencia que financiaba a sus adversarios con mucho más dinero y medios de los que ellos mismos dedicaban a su ocupación y su apoyo al gobierno laico y modernizante de Kabul. Estados Unidos no ha tenido a ninguna superpotencia en contra. Más allá de las complicidades tribales al otro lado de la frontera paquistaní, los talibán han luchado, y han ganado, prácticamente solos. 

La segunda razón tiene que ver con el entorno geopolítico: en los años ochenta el entorno de Afganistán estaba dominado por potencias hostiles a la presencia militar soviética; desde Pakistán, hasta Arabia Saudí, Irán y China. Hoy, la retirada de Estados Unidos viene rodeada por la voluntad de todo el entorno para que la situación en ese desgraciado país se estabilice. Pese a sus diferentes intereses, la actitud de Irán, Pakistán, China, Rusia, India, por no hablar de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central, converge en el deseo de pacificar y estabilizar definitivamente el país. 

No sabemos si eso bastará, pero sí que China lo está organizando a través de la Organización de Cooperación de Shanghai que, con diferentes estatus, engloba a todos ellos. Hay una fuerte y general voluntad de que todo llegue a buen puerto. Mucho dependerá de la habilidad de China y del interés de los talibán por integrarse en el eje comercial chino de la Nueva Ruta de la Seda, la Belt & Road Initiative (B&RI), pero también de la actitud de Estados Unidos.

 ¿Cuanta energía pondrá Washington en desestabilizar el régimen que le ha humillado de forma tan manifiesta? Como dice Michael Hudson, después de que sucesivos presidentes, desde Carter hasta Obama, crearan y financiaran Al Qaeda, para luchar por los objetivos geopolíticos de Estados Unidos y por el petróleo en Irak y Siria, “el verdadero miedo de Estados Unidos no es que los talibán resuciten la legión extranjera wahabita de América, sino que lleguen a un acuerdo con Rusia, China y Siria para servir de vínculo comercial desde Irán hacia el Oeste”.

A lo largo de 40 años, la acción del imperio del caos en Afganistán ha sido nefasta. Ahora no lo tiene fácil, pero puede seguir siéndolo. Por ejemplo, creando una situación “a la siria” que mantenga la inestabilidad del país e impida los planes chinos de corredores comerciales y explotación de sus ricos recursos minerales. Los instrumentos están ahí: el misterioso Estado Islámico de Jorasán (ISIS-K), los rebeldes tayikos del Panjshir, donde se encuentran el vicepresidente Amrullah Saleh, que fue discípulo de la CIA en los noventa, y el hijo del comandante Masud en busca de padrinos. Pero no será fácil. 

Economía de recursos

Otra diferencia fundamental es el propósito último de la actual retirada. En su discurso del 31 de agosto, el presidente Biden lo explicó de forma meridianamente clara: no se trata de acabar con la “guerra eterna” que alimenta a su complejo militar industrial y promueve el imperialismo de su “estado profundo”. De lo que se trata es de una economía de esfuerzos: 

“El mundo está cambiando, estamos metidos en una seria competencia con China y nos las vemos con desafíos en múltiples frentes con Rusia. Debemos apuntalar la competitividad de América para afrontar esos nuevos desafíos en la competición por el siglo XXI (...) no hay nada que China o Rusia deseen más en esta competición que ver a los Estados Unidos empantanados otra década en Afganistán”. Resumiendo: el desgaste de la “guerra eterna” de Afganistán ya se había convertido en problema para el objetivo principal del siglo que es la guerra con China, Rusia y otros emergentes.

El cálculo de Gorbachov sobre la retirada no propugnaba economizar fuerzas para nuevos desafíos bélicos, sino para el desarme en el orden externo y la democratización en el interno

Los chinos son perfectamente conscientes de esta realidad y desconfían profundamente de las intenciones de Estados Unidos. Se sabe que los guerrilleros del Estado Islámico derrotados en Siria, y que ahora forman el núcleo del llamado “Estado islámico de Jorasán” (ISIS -K), misteriosamente surgido de repente en Afganistán, fueron aerotransportados desde Siria a remotas zonas de Afganistán cuando la OTAN controlaba el espacio aéreo del país. El propio Hamid Karzai ha mencionado ese oscuro capítulo. Por eso, cuando a finales de agosto el secretario de Estado, Antony Blinken, telefoneó a su homólogo Wang Yi, pidiéndole “colaboración” en los apuros de la retirada, Wang le dijo que tal cooperación es inseparable del marco general de las relaciones de Estados Unidos con China. 

Wang mencionó el hecho de que Washington no considere “terroristas” a los islamistas del movimiento uigur del Turkestán Oriental, mencionó la campaña sobre el “virus de Wuhan” como origen de la pandemia. La desestabilización de Honk Kong, la campaña sobre el ‘genocidio’ uigur” y los movimientos políticos y militares de Estados Unidos en Taiwán y el Mar de China meridional, están ahí. “Estados Unidos no puede perjudicar deliberadamente a China y socavar sus legítimos derechos e intereses, por un lado, mientras que, por el otro, espera apoyo y cooperación de China. Tal lógica nunca ha existido en las relaciones internacionales”, le dijo.

De la retirada soviética a los Talibán

Sin pretender santificar a la Unión Soviética, las cosas eran muy diferentes en la retirada soviética. El cálculo de fondo de Gorbachov sobre la retirada no tenía que ver con la guerra, sino con la paz. No propugnaba economizar fuerzas para nuevos desafíos bélicos, sino para el desarme en el orden externo y la democratización en el interno. Respecto al clima diplomático, los acuerdos de Ginebra de abril de 1988 abrieron, ciertamente, un marco de negociación internacional favorable para la retirada, pero sin compromiso por parte de Estados Unidos y Pakistán de cesar el suministro de armas y dinero a sus protegidos (es decir a los padres generacionales de los talibán). De hecho, los incrementaron para sangrar al gobierno de Kabul e ignoraron el principio de no interferencia en los asuntos internos del país, en la confianza de que Kabul caería como un castillo de naipes en cuanto se largaran los soviéticos. No fue así.

Miles de guerrilleros asediaron inmediatamente Jalalabad en 1989, pero se rompieron los dientes, ante la resuelta y eficaz defensa de las fuerzas de Kabul, ahora ya en solitario. Los paquistaníes compraron a un general, el ministro de Defensa del gobierno de Kabul, Shahnawaz Tanai, para un golpe de Estado que fracasó. Hubo que esperar tres años para que el gobierno de Najibullah cayera. Eso solo ocurrió cuando la Rusia de Yeltsin, en pleno idilio con Washington, cortó, de la forma más rastrera, sus últimos suministros de carburante a Kabul, en 1992. Cuando finalmente los mujaidines se impusieron, comenzó la guerra entre ellos. Kabul y otras ciudades quedaron devastadas. Tres años después, los talibán pusieron orden en aquel caos de país. Un orden bárbaro, resultado directo de la barbarie sembrada y financiada por Estados Unidos y sus aliados en el atávico pudridero afgano durante largos años. Najibullah se refugió en la sede de la ONU y vivió allí hasta 1996, cuando los talibán tomaron por asalto el edificio, lo torturaron, asesinaron y castraron, colgando su cadáver de una farola. Cinco años después, los americanos regresaban a Afganistán en nombre de la guerra contra un terrorismo wahabita que ellos mismos contribuyeron a desarrollar y en nombre de la libertad. Demasiado para una mente racional no intoxicada.

Mitos y leyendas

Desde que la CIA puso pie en Afganistán, el país se convirtió, según la ONU, en el suministrador del 90% del opio ilegal con el que se fabrica la heroína que circula en el mundo

En 1979, la explicación de la intervención de Moscú en Afganistán era el mito del “expansionismo soviético”. En la prensa española, analistas de renombre repetían lo que leían en la prensa de Estados Unidos: consideraciones sobre el deseo de los soviets de “mojar sus botas en las cálidas aguas del Océano Índico” y otras memeces (repasen la hemeroteca). En el relato periodístico de entonces, los “buenos” eran, evidentemente, toda aquella banda cruel de bárbaros integristas forrados de dólares y armados por Estados Unidos y sus aliados. La simple realidad es que, con todos sus defectos, Afganistán no ha tenido un mejor gobierno que aquel liderado por Najibullah en la última etapa. Entonces, la mitad de los universitarios eran mujeres, el 40% de los médicos, el 70% de los maestros y el 30% de los funcionarios. Todo eso era entonces irrelevante y “propagandístico” para la misma ortodoxia periodística que hoy hace de la opresión de la mujer afgana y la barbarie que la rodea, el motivo principal de preocupación e incluso de justificación de la intervención militar de Estados Unidos en Afganistán a partir de 2001, olvidando inocentemente que la invasión de Estados Unidos ha dejado centenares de miles de muertos, entre ellos decenas de miles de mujeres y niños. 

Las escuadras de la CIA y del ejército han creado centros de detención y tortura, y han llevado a cabo miles de asesinatos extrajudiciales en el país. Desde que la CIA puso pie en Afganistán, el país se convirtió, según la ONU, en el suministrador de más del 90% del opio ilegal con el que se fabrica la heroína que circula en el mundo. En 2007, tras seis años de ocupación militar occidental, Afganistán dedicaba más superficie al cultivo de drogas que Colombia, Perú y Bolivia juntos. Después del petróleo y la venta de armas, el narcotráfico es la principal fuente global de ingresos y un tradicional medio de financiación de la CIA. Esta enormidad se ha mantenido en Afganistán durante veinte años, dos décadas, lo que no ha impedido el cuento de la “causa justa” que justificó la intervención: los atentados con aviones de Nueva York y Washington por parte de 19 integristas islámicos, 15 de los cuales eran saudíes y ninguno afgano o iraquí; sin embargo, los países invadidos por Estados Unidos fueron Afganistán e Irak, países importantes por el petróleo y por su posición para la contención estratégica de adversarios (China, Rusia e Irán), respectivamente.

Castigo a los reventadores del relato

Quienes con más eficacia y claridad expusieron el absurdo de estos cuentos y mentiras, aportando reveladores documentos y filtraciones al respecto, están hoy en la cárcel, cumpliendo con el objetivo general, definido por el ex director de la CIA Leon Panetta en declaraciones al canal alemán ARD, de “enviar un mensaje para que otros no sigan su ejemplo”. Julian Assange, calificado por Biden de “terrorista tecnológico” (“high-tech terrorist”), y cuyo destino es una vergüenza para la izquierda europea, es uno de ellos y lleva recluido la mayor parte de la presente década. El ex diplomático británico Craig Murray ha sido encarcelado este agosto por ocho meses en lo que tiene toda la pinta de una venganza judicial por su actividad como uno de los más activos denunciantes del ‘escándalo Assange’. Un mes antes, en julio, el ex analista Daniel Hale fue condenado a casi cuatro años de cárcel por filtrar 150 documentos sobre el programa de asesinatos extrajudiciales con drones estrenado por Obama y ejecutado desde la base aérea afgana de Bagram.

“Con los drones, muchas veces, nueve de cada diez muertos son inocentes”, declaró Hale ante los jueces. Sus palabras fueron confirmadas este agosto cuando la acción de un dron americano, en represalia por el último atentado contra fuerzas de Estados Unidos en el aeropuerto de Kabul, acabó con diez civiles, nueve de ellos de una misma familia, incluidos siete niños de entre 2 y 12 años de edad... 

Derrumbe súbito

Estados Unidos ha ido dejando un enorme arsenal de tanques, aviones y vehículos blindados a los talibán, incluidos sistemas de identificación biométrica (HIIDE) con sus bancos de datos de los que los talibán harán, sin duda, un uso apropiado. La base y centro de detención y tortura de Bagram fue abandonada en una noche sin avisar siquiera a sus aliados. Su gobierno títere y su ejército y fuerzas de seguridad de 300.000 efectivos se ha fundido en una semana y han tomado por sorpresa a los aparatos de inteligencia más sofisticados del mundo. Su presidente huyó a Dubai con 169 millones de dólares en maletas, dejando en el parking dos Toyota cargados de billetes que no hubo tiempo de cargar. Cualquiera de estos asuntos convierte la segunda retirada en una debacle, y uno no puede evitar pensar en qué habría pasado mediáticamente si los protagonistas de tal espectáculo lo hubieran protagonizado los rusos o cualquier otro adversario de Occidente y no los propietarios de la mayor fabrica de mentiras duraderas de la historia. Incluso sin esa ventaja, la pérdida de posiciones para el imperio del caos será cuantiosa. 

Oficialmente, el gasto de Estados Unidos en la guerra ha sido cifrado en más de 2,2 billones de dólares, pero mucho de ese gasto se ha financiado con créditos, por lo que el gasto publico real, lo que se deberá devolver, ascenderá a 6,5 billones contando los intereses. “Siempre pensé que eran los fabricantes de armas quienes promocionaban estas guerras, pero quién sabe, a lo mejor son las instituciones financieras”, dice el analista americano Juan Cole.

¿Y España?

España se ha gastado 3.500 millones de euros en la intervención en Afganistán, es decir, “en expandir las múltiples violencias que ya se padecían antes en Afganistán”

Oficialmente, España se ha gastado 3.500 millones de euros (El País mencionaba 3.700 millones en 2015) en la intervención en Afganistán, es decir, “en expandir las múltiples violencias (directa, estructural y cultural) que ya se padecían antes en Afganistán”, como dice Juan Carlos Rois, en un raro y clarividente artículo. A ese dinero habría que sumar, como dice ese autor, el valor de las 17.000 toneladas de armas que Aznar donó al ejército y los más de 500 millones gastados en cooperación entre 2001 y 2014. España ha enviado 27.000 soldados de los que 102 murieron en la “operación más larga, masiva y cara que ha llevado adelante”. Desde Felipe González, dice Rois, los gobiernos del PP y del PSOE (y ahora del PSOE con Podemos) nos han involucrado en nada menos que 91 intervenciones militares en el exterior (actualmente 15), con un coste cercano a los 18.000 millones de euros de gasto y más de 127.000 militares implicados”. ¿Para qué? El ministro de Exteriores español, José Manuel Albares, explicó el domingo su balance afgano en una entrevista en La Vanguardia: “La crisis afgana ha puesto a España en el centro político de Europa”. “Somos solidarios y así lo percibe hoy Estados Unidos”. El pobre hombre no lo podía expresar mejor: “La mayor crisis geopolítica de los últimos años ha dado la justa medida de lo que somos”.

Preguntas

¿Qué habría sido de Afganistán si hace cuarenta años Estados Unidos no hubiera armado y financiado a los guerrilleros integristas, adoctrinados por el fundamentalismo que los amigos saudíes siguen irradiando por todo el Islam desde la Universidad de Medina? ¿Donde estaría el país si hace veinte años Washington hubiera negociado la entrega de Bin Laden con los talibán, o se hubiera limitado a enviar a uno de sus comandos de matarifes, en lugar de invadir el país? No lo sabemos, pero Afganistán se habría ahorrado varios millones de muertos y tendría muchas más posibilidades de haber salido del agujero sin la desastrosa intervención militar extranjera de sus últimos cuarenta años. 

Los soviéticos tenían entonces en contra a una superpotencia que financiaba a sus adversarios con mucho más dinero y medios de los que ellos mismos dedicaban a su ocupación y su apoyo al gobierno laico y modernizante de Kabul. Estados Unidos no ha tenido a ninguna superpotencia en contra. Más allá de las...

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Autor >

Rafael Poch

Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona) fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

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