Bengalas después del fin
La derecha excesiva
Podemos convenir en que ya solo hay una derecha aunque se presente a la manera de la santísima trinidad: nabo, nabiza y grelo
Manuel Rivas 23/05/2023
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La más inteligente declaración de autoestima que recuerdo en un escritor fue la que le oí formular a Caballero Bonald: “No estoy capacitado para escribir mal”. La frase es una pieza maestra de ironía. Hacerlo mal, en la literatura o en cualquier otro oficio, exige también una cierta capacitación. Incluso exige, a veces, una gran vocación y mucha dedicación. En la política, por ejemplo, hay gente muy capacitada para hacerlo mal. Y en esa tarea de hacer bien el mal, hay quien obtiene magníficos resultados.
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Hay gente que puede estar en un mitin maldiciendo el calor, echando humo por la cabeza, nunca tal se vio, las calderas del infierno, mientras aplaude a rabiar a su candidato Fenómeno que está negando la emergencia ecológica y atribuye el cambio climático a un avión marroquí tripulado por Pedro Sánchez. Conviene matizar. Lo que la gente aplaude no es lo que el Fenómeno dice, sino que sea capaz de decirlo. Aplaude la capacidad de decir, no la calidad de lo que se dice. Y la ovación llega al clímax cuando el Fenómeno advierte: “¡Y esto que digo solo es la tumba del iceberg!”.
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Esa situación no es nueva. “Hubo ovación, pero no fue indescriptible”, dijo algo frustrado Eugenio D’Ors después de una conferencia. Las ovaciones indescriptibles, a lo largo de la historia, van destinadas casi siempre a los dictadores, gente muy capacitada para su profesión. Lo que me hace recordar aquel western en que le preguntan al jefe de la banda de forajidos: “¿Por qué eres tan mala persona?”. Y él responde: “Porque lo soy. ¡Y estoy en la cima de la profesión!”.
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En los oficios delictivos lo que más se valora es esa capacidad de hacer bien el mal. Es lo que da prestigio. Ahí tenemos el caso de Villarejo, el emprendedor más cotizado en el Ibex 35 y en las élites del Círculo Vicioso español. ¿Por qué cayó Villarejo? No por hacer bien el mal, que hizo mucho, sino probablemente por hacer mal el bien en el caso Emérito.
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Hacer bien el mal suele estar muy remunerado en la política vinculada al Círculo Vicioso. Corren más riesgos los malos que van por libre. De eso se quejaba Laureano Oubiña, que pasó de “rey del hachís” a vendedor de feria. En su autobiografía Toda la verdad denuncia con amargura la precariedad del auténtico capo, el laborioso, forjado a sí mismo, frente a la competencia de “oportunistas” y de “parásitos vividores”. El capo competente, el profesional, ni siquiera descansa cuando hace turismo: “Puedes estar en una playa en el Caribe, pero no disfrutas. Piensas en cómo harías un buen desembarco. La cabeza, siempre maquinando. No hay peor trabajo que el puto contrabando”. Los “oportunistas”, ¡esos sí que disfrutan!
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Caballero Bonald también dijo: “Puedo perder la salud buscando un adjetivo”. Estoy de acuerdo. Hay quien levanta la nariz del papel después de escribir un artículo y se hace un selfie o una paja. Yo reconozco que salgo lleno de hematomas como si escribiese en un box de Urgencias. Muchas veces, por culpa de ese adjetivo huidizo. Hay escritores que reniegan de los adjetivos y de los adverbios rematados en mente y lo proclaman con fervor minimalista. Está bien el lema de “menos es más”, pero como bien dice el diseñador Pablo Mestre: “Más es más”. Me gusta “Una rosa es una rosa es una rosa” de Gertrude Stein, pero todavía más la manera de Borges: “Incesantemente la rosa se convierte en otra rosa”.
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El caso es que estuve a punto de perder la salud buscando un adjetivo para definir a la derecha española, porque podemos convenir en que ya solo hay una derecha aunque se presente a la manera de la santísima trinidad: nabo, nabiza y grelo. No se acierta al definirla precisamente por esa condición mutante, una paleo-derecha que es post-derecha, reaccionarios futuristas de la política game, fanáticos de Recaredo y de la Inteligencia Artificial… En fin, un exceso. ¡Ah, ahí está el adjetivo! La derecha española es una derecha de más. Una derecha excesiva.
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Esto del exceso ya tiene su precedente. Incluso como dictadura, la dictadura española fue excesiva. Desde el primer momento. Lo vio con claridad un jefe de los “viriatos” portugueses que acudieron como voluntarios a apoyar el golpe franquista en 1936. Se había ido entusiasmado, pero a las dos semanas volvió apesadumbrado a Lisboa. No tenía ganas de cháchara. Caminaba en oblicuo. Pero todo el mundo le preguntaba lo mismo: “Pero, ¿qué pasó, Teotonio?”. Hasta que un día respondió: “¡Son fascistas de más!”. Excesivos.
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Este artículo se publicó en gallego en la edición impresa de la revista mensual Luzes.
La más inteligente declaración de autoestima que recuerdo en un escritor fue la que le oí formular a Caballero Bonald: “No estoy capacitado para escribir mal”. La frase es una pieza maestra de ironía. Hacerlo mal, en la literatura o en cualquier otro oficio, exige también una cierta capacitación. Incluso exige, a...
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Manuel Rivas
Es escritor y periodista. Premio Nacional de Narrativa por su libro de relatos “¿Qué me quieres amor?”. Su última obra publicada es “La tierra oculta” (Alfaguara, 2023). Es co-director de la revista mensual en lengua gallega "Luzes".
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