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Alternativas para combatir la guerra que hemos declarado a la vida

Yayo Herrero 9/10/2018

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Hace unos meses en un programa de noticias vi unas imágenes que me afectaron de una forma que ni yo misma sabía explicarme. Se trataba del rescate en el mar de varias personas que viajaban en una barca prácticamente deshinchada. Parece que rescataron con vida a todas, menos a un niño de meses que se ahogó. Lo que me dejó tocada no fue la imagen del bebé muerto en brazos de un hombre con chaleco reflectante que le miraba horrorizado. Lo que me impactó es que al pequeño la cadena de televisión le habían pixelado la cara.

Los protocolos que protegen la imagen de los menores habían funcionado a la perfección pero ¿qué mierda de seguridad es la de un sistema que no falla en proteger la intimidad de un bebé muerto y, sin embargo, no es capaz de garantizarle la vida? Según lo escribo vuelvo a sentir el revoltijo de sentimientos que tuve.

Seguridad es una de las palabras más escuchada en los discursos de los poderes políticos y económicos. Seguridad frente el terrorismo y los fanatismos religiosos; las migraciones, no como un problema político y ético, sino como una amenaza a la seguridad; seguridad para los inversores y los negocios; compañías aseguradoras para todo,.. Y creo que necesitamos darle una buena vuelta a eso de la seguridad, disputar el concepto.

La humanidad se encuentra en una difícil situación. Los últimos informes sobre cambio climático señalan la posibilidad de que los ecosistemas ya estén colapsando, Es imposible seguir ocultando los signos de agotamiento de energía y materiales que se encuentran en el origen de las guerras formales y no formales actuales. Ya no es creíble, además,  que la destrucción del hábitat sea el precio que hay que pagar para conseguir un bienestar generalizado. Más bien, se aceleran las desigualdades en todos los ejes de dominación –género, clase, procedencia, edad… y las dinámicas que expulsan a las personas a los márgenes o de la propia vida, mientras que sectores privilegiados retuercen la legalidad o la vulneran para blindar la seguridad de su posición  

La precariedad es la falta de estabilidad o seguridad. La vida de muchos seres humanos es cada vez más precaria pero, a pesar de la manifiesta gravedad de la situación, de las evidencias y los datos, la crisis pasa política y socialmente desapercibida.

Necesitamos comprender cuáles son los mecanismos económicos, políticos, culturales y simbólicos, cuáles son los mitos y creencias que apuntalan una forma de progresar que destruye las bases materiales que hacen posible vivir vidas seguras.

Los seres humanos obtenemos lo que precisamos para estar vivos de la naturaleza: alimento, agua, cobijo, energía, minerales… No hay economía ni vida posible al margen de lo que proporciona la tierra, por ello, decimos que somos seres ecodependientes. La dependencia material de la naturaleza nos lleva directamente a tomar conciencia de los límites físicos. Nada puede crecer de forma permanente –ni un bosque, ni un arrecife de coral, ni una ciudad, ni la economía capitalista– mientras para hacerlo necesite extraer cantidades crecientes de materiales y energía, usar lo que regeneran las ciclos naturales o generar residuos.

La dinámica expansiva de la acumulación capitalista ha convertido la economía en una especie de aparato digestivo que devora recursos finitos y excreta residuos a una velocidad tan grande que ha terminado por translimitar la biocapacidad de la tierra.

Y lo ha hecho de una forma muy desigual. Las economías “avanzadas” no se sostienen con los recursos que hay en sus propios territorios, sino que se mantienen sobre la extracción y el despojo de los territorios de otros pueblos, en los que la vida se transforma en precaria e insegura.

Y además, cada ser humano presenta una profunda dependencia de otros seres humanos. Durante toda la vida, pero sobre todo en algunos momentos del ciclo vital, las personas no podríamos sobrevivir si no fuera porque otras dedican tiempo y energía a cuidar de nuestros cuerpos. En las sociedades patriarcales, quienes se han ocupado mayoritariamente del trabajo de atención y cuidado a necesidades de los cuerpos vulnerables son mayoritariamente las mujeres, porque ese es el rol que les impone la división sexual del trabajo. Este trabajo se realiza en el espacio privado e invisible de los hogares, organizado por las reglas de la institución familiar o resuelto a partir del trabajo precario de mujeres, sobre todo migrantes que vienen de los mismos lugares que las materias primas que sostienen las economías “ricas”.

Construir vidas seguras para las mayorías sociales requiere la transformación radical de un metabolismo social que potencia el crecimiento de los agregados monetarios y esconde el agotamiento y deterioro de las bases materiales y la explotación del trabajo fundamentalmente feminizado de sostener la vida, mientras el sistema la ataca.

Los muy ricos lo tienen claro. Tal y como nos contaba Rushkoff en el artículo “La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco” que publicamos en CTXT, los sectores más poderosos se están preparando para afrontar la nueva situación. Después del huracán Sandy en 2012, lo único que se mantenía iluminado en Manhattan era la torre de Goldmann Sachs, adaptada para resistir ante eventos climáticos extremos.

Si queremos perdurar, la economía y la política tienen que situar la seguridad de las vidas concretas y cotidianas como una prioridad. No la seguridad de las inversiones, ni la de los negocios. No la seguridad concebida como el blindaje de las élites ni como el aislamiento de la miseria.

Si se considera que la acumulación o el crecimiento son sagrados, independientemente de qué se produzca, a costa de qué y para quién se produzca, entonces se asume una lógica sacrifical. Merece la pena sacrificar la seguridad de las mayorías sociales con tal de que la economía crezca.

Lo que se produce tiene que satisfacer necesidades humanas con criterios de equidad. Distinguir entre las producciones socialmente necesarias y las socialmente indeseables es imprescindible y los indicadores monetarios al uso no lo permiten.

Queremos ayudar a desvelar cómo la economía capitalista se sostiene destruyendo naturaleza y explotando el trabajo humano, también el de las mujeres en las tareas de reproducción cotidiana y generacional, y aportar caminos y alternativas para reconfigurar lógicas económicas que garanticen la seguridad de las mayorías.  

Hay demasiada realidad pixelada delante de nosostros. Mirar la realidad de forma nítida, mirar Esa Escandalosa Cosa, como decía Donna Haraway, y sus consecuencias no es un ejercicio agradable pero es indispensable para reconstruir algo alternativo a esta declaración de guerra a la vida.

Es una tarea política hermosa para realizar, también proporcionando información rigurosa, veraz y comprometida.

Un fuerte abrazo y gracias por estar ahí.

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Yayo Herrero

Es activista y ecofeminista. Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y diplomada en Educación Social.

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1 comentario(s)

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  1. cayetano

    Realmente inquietante y desgarrador artículo, tan así que leí el artículo enlazado de Rushkoff que preocupa más aun. Pues constata que los cinco gestores internacionales de los más importanes fondos de riesgo, creen que es prácticamente imposible corregir las dinámicas sistémicas que nos llevan inevitablemente al fin de la especie. Coincidiendo con científicos que plantean que a estas alturas, sólo podríamos plantearnos resilencia de algo de civilización humana geográficamente localizada. A finales del Siglo XIX, grandes banqueros norteamericanos ante la situación de continuas crisis financieras y caidas de grandes corporaciones (que operaban sobre el coste marginal), se reunieron para establecer pautas de comportamiento que ajenas al liberalismo económico y la competencia, sorteaban dichas situaciones. Conocer que grandes gestores internacionales de fondos de riesgo, se sienten impotentes ni tan siquiera para abrir puentes de diálogo con los gobiernos de potencias, para arbitrar medidas que solucionen el problema, nos situa ante la dificultad real. La democratización económica del accionariado o inversores, junto a la cultura de la financiarización, se ha convertido en un obstáculo para la acción de los propios gestores que se deben a sus juntas de accionistas y dividendos. En el Siglo XIX las grandes corporaciones tenían un vínculo más personal con sus directivos, que ejercían más como propietarios plenos que gestores, lo que permitía una mayor libre albedrio al romper inercias, de pretenderse. De forma que el SFI si bien opera como rebaño de ovejas, y opácamente por la manipulación de mercados junto al tráfico de información privilegiada, al mismo tiempo, sus directivos obedecen a la presentación de balances y dividendos ante las juntas generales, que aun agregándose por carteras los accionistas ejercen presión sobre la maximización de dividendos a los gestores, que de contrario son sustituidos. Lo que nos lleva a una paradoja, pues cuando tenemos a un Sistema Financiero Internacional muy fuerte, requerimos de una capacidad mayor de los Estados y su confluencia para cambiar las dinámicas económicas. Ello sólo podría ser posible de recobrar su papel regulador e interventor el Estado, por recuperar unas tasas de ganancias positivas la economía productiva sin intervención de la especulación como motor de crecimiento. Lo que nos llevaría al principio, se requeriría un nuevo avance social en el que se implementara el Estado de los cuidados a los dependientes menores o mayores, para hacer entrar en el circuito de valor dicha actividad; al tiempo que se necesitaría implementar otros circuitos de valorización, como los cuidados a la regeneración y conservación ambiental, así como otras actividades hoy fuera de los circuitos de valor. La valorización de estas actividades (serían trabajos) permitirían el crecimiento económico, pero su valorización directa sería producto de los cuidados a las personas y al medio, aunque provocaran como efecto indirecto un aumento del consumo general del resto de sectores económicos (en el mundo desarrollado, sobre todo de servicios). Esta acción del Estado en cooperación con grandes gestores de las finanzas internacionales, debiera implementar las energías renovables, los transportes públicos e individuales limpios, así como la investigación en nuevos materiales que ayuden a la regeneración ambiental, y a frenar la depredación. Al tiempo, debieran implementarse políticas de RBU y TSG para andar el camino de sociedades en que el trabajo de bienes y servicios, cada vez será más automatizado (los japoneses estan desarrollando cuidados robóticos a la tercera edad). Pues sólo la combinación de la productividad tecnológica en proceso de automatización, con actividades de valorización que no perjudiquen directa ni indirectamente al medio ambiente, nos permitirian impedir el humanicidio e implementar el decrecimiento económico, que hoy por hoy, requiere como condición indispensable el decrecimiento demográfico que permitiría el mantenimiento vía productividad de poblaciones envejecidas. Son demasidas variables, con avances tecnológicos que debieran implementarse a escala masiva, con incrementos de la productividad sin negatividad ecológica, sino al contrario; modificar la dinámica sistémica recuperando el circuito de valor la economía productiva y no especulativa, contando para ello con la cooperación de gestores internacionales de fondos y Estados(para evitar la hecatombe nuclear); andar el camino de nuevos valores de relación y organización social distintos al trabajo en automatización, con RBU y TSG, que debieran dirigir el aumento del consumo más a servicios que bienes; todo con la premisa de conseguir el decrecimiento económico por viabilidad productiva del decrecimiento demográfico. Y todo esto en una mapa geográfico que vive siglos diferentes en relación al circuito de valorización del Capital y desarrollo social, que requeriría del acuerdo multilateral de las grandes potencias económicas... Es difícil evitar la hecatombe nuclear y ambiental, tanto que los multimillonarios sólo piensan en salvarse ellos. Pero cuidado, piensan en ello por que se sienten impotentes, nadie quiere transferir su inteligencia a un ordenador, o vivir en una estación espacial y artificial, o un bunker cinco estrellas. Y en ese sentido, pensar en la impotencia de los financieros internacionales que buscan huir, es también pensar en que si encontraran la manera, preferirían no huir y vivir en la madre Tierra, una Tierra que pudiera reconocerse. Pensar que si los pueblos tomaran conciencia y sus gobernantes nota de su responsabilidad, con la cooperación de algunos financier@s internacionales, cupiera la posibilidad de modificar las dinámicas económicas actuales y dar esperanza a la vida en la Tierra. Una Tierra que al levantarte se pueda reconocer como madre de toda la naturelaza, naturaleza viva. Quizás en el convecimiento de la necesidad de su huida, vaya la posibilidad de nuestro rescate, del rescate de la Tierra, Gaia, un sistema que como tal es un organismo vivo. Un cordial saludo.

    Hace 3 años

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