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Salvar los cuerpos

Conviene defender y alimentar la mirada atenta, porque en su intensidad selectiva se cobija el poder de valorar y proteger cualquier objeto y, por lo tanto, todos los objetos del mundo

Santiago Alba Rico 21/11/2018

<p>Cascada del Sorrosal, </p>

Cascada del Sorrosal, 

WIKIPEDIA

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Junto a Broto, en el Sobrarbe aragonés, está la cascada del Sorrosal, una vertiginosa caída de agua de 110 metros que, procedente de la edad del hielo, se vierte en el río Ara. Desmaya contemplar desde abajo la escarpada pared vertical por la que sube la mirada mientras la espuma baja, saltarina, chispeante y fragorosa, como midiendo y ampliando este abismo invertido que se hunde en el cielo. El agua cae, la mirada sube, pero también pueden subir los cuerpos a través de la vía ferrata, una sucesión de asideros de hierro clavados en la piedra que –a través de pliegues rocosos y breves y escabrosos remansos– llega hasta el mirador del Pueyo, al que se accede a través de la boca de una cueva altísima, ya en la cumbre.

Nos pasó hace unos meses. Ana y yo contemplábamos desde abajo el Sorrosal y, de pronto, hicimos un descubrimiento banal y decisivo. Esa vía ferrata, ajustada a la orografía del terreno, era un itinerario, algo así como la estructura de toda narración posible: con su sintaxis, sus subordinaciones, sus nudos, sus peripecias, su desenlace. Sin hombres era un esquema, un ritmo y una métrica; cuando los escaladores se colgaban de sus raíles devenía un relato concreto. Ana y yo los vimos ahí con el corazón encogido: como notas en una partitura, como pájaros en un cable eléctrico, como personajes en una trama novelística, sus cuerpos puntuaban el recorrido y lo volvían emocionante al tiempo que ellos mismos –los cuerpos– se volvían valiosos y vinculantes.

Me explico. Nuestro banal descubrimiento tenía que ver con la conciencia repentina de que la pared del Sorrosal se había convertido en un libro. Estábamos leyendo la roca. Por la vía ferrata, en hilera y en dos grupos separados por algunos metros de distancia, ascendían, en efecto, cinco personas. Más que la caída del agua, más que la subida de la piedra, eran esos cinco cuerpos trabajosamente rampantes los que alumbraban el vacío y agravaban nuestra sensación de vértigo. Estaban muy lejos, muy arriba, y apenas se los distinguía por el color de las mochilas o de los chalecos; y por la posición que ocupaban en la fila ascendente. Pues bien, Ana y yo, sin decirnos nada, nos pusimos de acuerdo para prestar una especial atención al segundo de ellos; fue una decisión arbitraria y azarosa que, sin embargo, determinó de inmediato tiránicos efectos narrativos en cadena. Fijamos nuestra atención en ese bulto y la pared y la cascada cobraron vida ante nuestros ojos. A partir de ese momento, mientras la contemplábamos o la leíamos desde lejos, la estructura de la ferrata desplegó su sintaxis al servicio del punto indiscernible que nuestra mirada había privilegiado. Y enseguida se desplegó el relato: el segundo escalador, el elegido, adquirió personalidad en la insistencia de nuestros ojos y con él también, por contagio, los otros cuatro, aunque subordinada y subsidiaria. De repente todos esos cuerpos –manchas lentas en la pared rocosa– estaban vivos, pero no porque se movieran por sus propios medios sino porque, sin rostro visible ni conocimiento previo, nuestra mirada caprichosa los había vivificado, ordenándolos –en torno a su eje– en una relación jerárquica y personal. Encima de una línea quebrada nos contaban una historia compleja que Ana y yo seguimos con ansiedad -con qué ansiedad- durante más de una hora.

El segundo, el de la mochila verde, era nuestro héroe. Lo habíamos escogido, como digo, al azar, pero nuestra atención prolongada convirtió ese azar en un destino. Su suerte nos interpelaba, nos comprometía, nos angustiaba no menos que si se tratase de la de nuestro propio hijo. Con el ánimo suspendido, lo veíamos dudar antes de llegar a la Brincona; con un respingo irreprimible lo veíamos tantear el aire alargando un pie ciego; con un alivio feliz lo veíamos superar un estrecho alfeizar que nos había parecido infranqueable. El compañero que lo precedía, el de la mochila amarilla, tampoco nos era indiferente. Lo habíamos puesto nosotros ahí para ayudar a nuestro héroe; lo queríamos, nos importaba y le agradecíamos que a veces tendiese una mano o indicase una grieta; pero nos irritaba si no se mostraba lo bastante diligente y hasta lo odiábamos si se adelantaba con agilidad dejando atrás a nuestro héroe.

En cuanto a los tres miembros del otro grupo, unos metros por debajo, eran asimismo importantes a su manera. También habían adquirido personalidad, pero por su relación con el elegido, al que llamaremos precisamente el Elegido. Su posición rezagada iluminaba el logro superior del héroe, la conquista ya consumada de su esfuerzo y, en general, el trazado y dureza del itinerario. Sin ellos, no habríamos sido conscientes del pasado del Elegido; no habría tenido “biografía”; habría carecido, por así decirlo, de recorrido vital. Sin ellos, además, la trama hubiese estado incompleta, en el sentido de que habría sido un mero desafío físico individual y no una pugna psicológica articulada. El grupo trasero iba a tardar más, lo estaba haciendo peor, era menos simpático; y si uno de sus miembros se hubiese precipitado al vacío nos habría espantado, claro, pero no nos hubiese asombrado y quizás tampoco dolido.

La suerte del Elegido, en cambio, estaba ligada a la nuestra por una empatía total. Durante una hora seguimos su trabajosísimo ascenso, tensos, sin aliento, con un sufrimiento creciente, incapaces de alejarnos ni de apartar la vista, casi rezando para que no le pasara nada, unidos a él por un parentesco íntimo e inesperado. Cada vez que resbalaba se nos nublaba la vista; cada vez que renunciaba a un asidero nos oprimía el desaliento. Cuando alcanzó la cima y lo supimos a salvo, respiramos aliviados. El Elegido había sobrevivido. No esperamos a que los rezagados llegasen hasta él; eran personajes secundarios y el relato había concluido. Agotados por el suspense pero mejores y más felices, dejamos de leer la pared rocosa del Sorrosal, con su sintaxis de hierro, ahora de nuevo silenciosa, y nos marchamos a beber unas cañas. 

Lo comentamos luego en el bar, casi asustados. Este descubrimiento decisivo y banal es el del poder de la atención, con sus límites y sus peligros: una atención arbitraria y constante –digamos– puede convertir a un extraño en hijo nuestro; y convertir un desorden de puntos en un relato. Creo que lo que llamamos narratividad consiste básicamente en esto y, si bien admite muchas variantes, estilos y ritmos –diferentes vías ferratas– sus límites, para bien y para mal, son insuperables. Esa insuperabilidad, aventuro, no revela un rasgo cultural, aunque la cultura puede anular o activar su vigencia –y manejar distintos carriles–; ilumina más bien un lecho antropológico común del que sólo podemos librarnos empeorando las cosas. Hollywood y La Ilíada beben en él; Cervantes y Joyce recorren una y otra vez sus raíles.

Del descubrimiento que Ana y yo, fascinados y aterrorizados, hicimos leyendo la pared del Sorrosal podemos extraer dos lecciones.

La primera, muy bonita, es que cualquiera –cualquiera– puede importarnos. “Basta mirar un objeto fijamente”, escribía Flaubert, “para que se vuelva interesante”. O lo que es lo mismo: basta mirar un objeto fijamente para que se vuelva un sujeto. ¿Cuántas veces no hemos sufrido un ataque de piedad incontenible contemplando largamente un dedal, una caja, un zapato, un árbol, una piedra? La opción religiosa que llamamos “animismo” reconoce el poder humano, inscrito en la mirada, de divinizar cualquier cosa, pero sólo es posible, en rigor, porque reconoce el poder humano, previo y más profano, de humanizar, a fuerza de atención, cualquier objeto o criatura. Aún  más: reconoce el poder humano, mucho más realista, de humanizar incluso ¡a un ser humano! A favor de la adopción en un mundo de huérfanos, conviene recordar que cualquier niño puede ser querido, no importa cómo haya llegado a nuestras vidas, a condición de posar en él los ojos el tiempo suficiente; y en contra de la indiferencia inscrita en la velocidad rapsódica de las mercancías, conviene recordar que cualquier desconocido –e incluso cualquier granuja– puede ser querido o al menos salvado de la muerte si lo miramos con un poco de atención. El odio fulmina con la mirada; el amor edifica, restaura, sostiene, dignifica con los ojos. Los cuentos no mienten: un beso largo puede convertir un sapo –¡y hasta un príncipe!– en el Elegido. Pero no sólo los besos, también las cuchilladas deben ser largas: si matamos a alguien que sea al menos porque lo hemos mirado fijamente, después de haberlo mirado fijamente, y no como desde un avión, sin verlo, a la ligera, mediante un interruptor y desenfadadamente.

La primera lección es de poder; la segunda, un poco más triste, de impotencia: cualquiera puede importarnos, sí, pero no todos al mismo tiempo. Uno es cada vez el Elegido. La estructura narrativa de la mirada, constreñida por sus límites anatómicos, salva de uno a uno y en la duración; necesita concentrarse y prolongarse antes de agotar y cambiar el relato. No podemos mirar largamente –ni dar un beso largo– a diez personas a la vez, a diez mil personas a la vez, a la humanidad entera; por eso el amor a la humanidad, tan ambicioso e inútil, compromete mucho menos que el amor a los hijos o el amor a los enamorados (o incluso a los animales a los que hemos puesto nombre). Ese amor abstracto no tiene sintaxis –vía ferrata en la que enganchar los cuerpos– y no se puede relatar; ni, en consecuencia, vivir. “Dos que quieren estar solos allí donde hay mucha gente; dos que quieren estar juntos allí donde hay mucho espacio”, dice el andalusí Ibn Hazm de los amantes. Sospecho que el poliamor no es en realidad amor; y que, por las mismas razones, los amigos en las redes no son amigos, hasta el punto de que podrían desaparecer o ser reemplazados por otros sin que su nombre dañado –o su ausencia– nos produjera la menor sacudida emocional. La noble, heroica, desesperada tentativa de extender la sedimentación visual del Elegido al conjunto de mis seguidores de twitter o de la humanidad en su conjunto acaba en el vacío, sin ningún pie en ninguna vía ferrata, y sólo produce intensidades breves solubles en alcohol: el sentimentalismo, que es lo contrario del amor y que siempre deja resaca.

Pero hay –¡albricias!– una tercera lección, de nuevo positiva y poderosa: cualquiera puede importarnos, pero no todos al mismo tiempo, es verdad, pero sí puede importarnos a todos al mismo tiempo. Cualquiera que leyera el Sorrosal habría elaborado el mismo relato a partir del Elegido; a partir de un Elegido. La vía ferrata, fuera de nosotros, mundana y pedregosa, objetiva y arbitraria, activa en el espectador una maquinaria –humanitaria– universal. Más o menos eso es lo que quería contar Kant en la Crítica del juicio sobre lo que él llamaba estética: todos podemos ponernos de acuerdo para salvar el mismo cuerpo. Sin ese criterio común el relato sería sólo una prevaricación salvaje o un indulto despótico.

La atención narrativa, según estas tres lecciones, es al mismo tiempo salvífica e injusta. Salva uno por uno los cuerpos, en los límites universales de nuestra patética y chapucera anatomía, y por eso mismo deja fuera muchos cuerpos, la mayor parte, o los reconoce y aprecia solo en relación con el Elegido. Esta jerarquía es, en realidad, lo que llamamos relato y la única manera de impugnarla es renunciando a él. No es fácil y quizás no es bueno. Es cierto: no todo tiene que ser relato ni atención constructiva. Conviene, desde luego, seguir pensando –además de narrando–; se impone, aún más, elaborar y defender principios abstractos, a modo de balizas en el aire que detengan el contagio arbitrario, azaroso e injusto de los besos largos; pero no conviene hacerse la ilusión de un mundo poblado de abstracciones encarnadas o de abstracciones sin cuerpo. Del mismo modo, conviene defender y alimentar la mirada atenta, porque en su intensidad selectiva se cobija el poder de reconocer, dignificar, valorar y proteger cualquier objeto y, por lo tanto, todos los objetos del mundo; pero no conviene limitar el ámbito de las propias lealtades y compromisos al cuerpo del Elegido o de los sucesivos Elegidos de nuestros relatos. El dilema entre principios y relatos no se resuelve suprimiendo uno de los dos polos o los dos al mismo tiempo. De hecho –mucho me temo– no se resuelve de ningún modo; y es justamente de ese dilema universal, y de su irreductibilidad universal, de lo que se nutren la mayor parte de nuestras narraciones. De eso tratan Antígona, El Quijote, El idiota, El rey Lear, todo Kurosawa, todo Ford, todos los tangos y todos los boleros; y toda la pequeña chismorrería cotidiana en la que se ha refugiado, en bares y puertas de colegio, como en una vieja iglesia, la activa, antigua, prevaricadora y benéfica moral de los humanos. 

La narratividad, en todo caso, se impone allí donde hay un cuerpo. Es una negociación entre cuerpos en pie sobre un terreno pedregoso, como en el caso de esa pared del Sorrosal convertida ante nuestros ojos en la página de un libro (o en la letra de una canción o en la trama de una película). El fin de lo que he llamado el paradigma letrado tiene que ver con el desplazamiento del cuerpo como eje o centro de nuestra experiencia vital y, por lo tanto, con el debilitamiento del poder de la mirada para humanizar los objetos (para convertirlos en sujetos). Nuestros cuerpos han sido extirpados del solar de la percepción. En su lugar no son los principios los que rellenan el hueco sino el sentimentalismo de las redes con sus resacas rabiosas y sus identidades hepáticas. Ni principios abstractos ni atención narrativa; ni moral ni simpatía; ni reflexión ni vía ferrata: el bombardeo y el haiku, ésas son las únicas armas que tenemos para defendernos de –cómo llamarlo– los cuentos anti-universales del destropopulismo (o neofascismo).

Lo que aprendimos Ana y yo leyendo la escalada del Sorrosal es que apenas distribuimos los objetos en el espacio, es imposible escapar a la narratividad y sus vías ferratas; es decir, a la atención injusta y al mismo tiempo salvífica de unos cuerpos detrás de otros y unos cuerpos sobre otros. Como es cosa de cuerpos, de cuerpos supervivientes, de cuerpos resistentes, de cuerpos amenazados, no es extraño –dicho sea para acabar– que la narratividad atávica se haya refugiado en las clases populares –entre el reguetón y el Gran Hermano– y la Gran Literatura la protejan con sus letras las mujeres: de Margaret Atwood a Lucia Berlin, de Elena Ferrante a Chimamanda Ngozi Adichie, de Hania Yanagihara a Neli Leyshon, de A.S. Byatt a Ava Ólafsdottir. Todo lo demás es resaca. 

Junto a Broto, en el Sobrarbe aragonés, está la cascada del Sorrosal, una vertiginosa caída de agua de 110 metros que, procedente de la edad del hielo, se vierte en el río Ara. Desmaya contemplar desde abajo la escarpada pared vertical por la que sube la mirada mientras la...

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Autor >

Santiago Alba Rico

Es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

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13 comentario(s)

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  1. Godfor Saken

    «The expression of rare things and complex ideas, which requires considerable elaboration in mundane languages, is straightforward in unlanguage. For example, there is a single void noun which means "the presence of the absence of a certain human being being intimately known to the one who senses it, and who was once the object of a passionate attachment which has since lapsed, prior to the disappearance of that person, and which may yet return in modified form as a consequence of the sensed presence of the absent person." Adjustments to this noun's particles may alter the meaning to express the present absence of an animal, a building, a moment or interval, an abstraction, and/or to adjust the relation of the one sensing to the absent thing sensed, and potential overtones of future changes of constancies in that relation.» -Michael Cisco, "Unlanguage" (Unit Five: Void Nouns) https://eraserheadpress.com/2018/04/01/new-release-unlanguage-by-michael-cisco/

    Hace 2 años 10 meses

  2. cayetano

    Entre el pensamiento místico-artístico: Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero. Vivo ya fuera de mí, después que muero de amor, porque vivo en el Señor, que me quiso para sí; cuando el corazón le di puso en mí este letrero: «Que muero porque no muero». Esta divina unión, y el amor con que yo vivo, hace a mi Dios mi cautivo y libre mi corazón; y causa en mí tal pasión ver a mi Dios prisionero, que muero porque no muero. ¡Ay, qué larga es esta vida! ¡Qué duros estos destierros, esta cárcel y estos hierros en que está el alma metida! Sólo esperar la salida me causa un dolor tan fiero, que muero porque no muero. Acaba ya de dejarme, vida, no me seas molesta; porque muriendo, ¿qué resta, sino vivir y gozarme? No dejes de consolarme, muerte, que ansí te requiero: que muero porque no muero. Santa Teresa de Ávila Un cordial saludo.

    Hace 3 años

  3. Godfor Saken

    Las imágenes brotan de las ideas. Las palabras ilustran las imágenes. Para dar cuenta de las ideas, nada mejor que las imágenes; para dar cuenta de las imágenes, nada mejor que las palabras. Las palabras nacen de las imágenes y, por tanto, se meditan las palabras para observar las imágenes; las imágenes nacen de las ideas y, por tanto, se meditan las imágenes para observar las ideas. Por medio de las ideas se da cuenta de las imágenes, y éstas se hacen explícitas en las palabras. En consecuencia, como las palabras son aquello mediante lo cual se ilustran las imágenes, una vez que se ha obtenido la imagen, se olvidan las palabras; y, como las imágenes son aquello de lo cual dependen las ideas, una vez que se han obtenido las ideas, se olvidan las imágenes. De la misma manera, “la trampa sirve para cazar conejos, pero una vez cazado el conejo, se olvida la trampa; la nasa sirve para pescar peces, pero una vez atrapado el pez, se olvida la nasa”. Siendo esto así, las palabras son la trampa para las imágenes, y éstas, la nasa para las ideas. Por tanto, quien se mantenga preso de las palabras no podrá obtener las imágenes y quien se mantenga prisionero de las imágenes no podrá obtener las ideas. Las imágenes nacen de las ideas, pero si uno se mantiene fijado en las imágenes mismas, en realidad, aquello en lo que está fijado no serán las imágenes tal y como las entendemos aquí. Las palabras nacen de las imágenes, pero si uno se mantiene preso por las palabras, en realidad, aquello en lo que se fija no serán las palabras tal y como las entendemos aquí. Si esto es así, quien se olvide de las imágenes obtendrá las ideas y quien se olvide de las palabras obtendrá las imágenes. Obtener las ideas dependerá de olvidar las imágenes y obtener las imágenes dependerá de olvidar las palabras. Así, aunque las imágenes se establecen para dar cuenta de las ideas, las imágenes pueden olvidarse. Wang Bi (226-249 d. C), ‘Observaciones generales sobre El Libro de los Cambios’, extraído de YIJING (‘I Ching’ o ‘Libro de los Cambios’), Ediciones Atalanta, 2006.

    Hace 3 años

  4. Godfor Saken

    Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores. Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva; pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la misma idea de ‘salida’ es incorrecta; no podemos salir porque al mismo tiempo no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde salir, porque la selva es uno mismo, y una salida implicaría alguna clase de muerte o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de muerte de apariencia inofensiva, hoy sabemos que aquellas muertes eran las semillas que sembramos de esta selva que hoy somos. Sin embargo hoy vi, hacia la caída del sol, el reflejo de unos rayos rojizos del sol en unos ladrillos de cerámica barnizada, y me di cuenta de que aún estoy vivo, en el verdadero sentido de la palabra, y de que aún puedo llegar a situarme en mí mismo: todo es cuestión de encontrar cierto punto justo, mediante cierta voltereta espiritual; no puedo evitar la maraña de consecuencias, no puedo pretender ser el protagonista, otra vez, de mis acciones, pero sí me es posible rescatarme dentro de esas nuevas pautas, aprender a vivir otra vez, de otra manera. Hay una forma de dejarse llevar para poder encontrarse en el momento justo en el lugar justo, y este ‘dejarse llevar’ es la manera de ser el protagonista de las propias acciones ––cuando uno ha llegado a cierta edad. Mario Levrero, 'El discurso vacío'.

    Hace 3 años

  5. Godfor Saken

    Contemplada durante el tiempo suficiente, cualquier cosa acaba por convertirse en un acontecimiento. El mero transcurrir muda la naturaleza de lo banal en trascendental. Por humilde que sea, un hecho sometido a una atención desmesurada acaba por resultar fascinante: un rastro de saliva sobre la madera; una bolsa de plástico movida por el viento; las idas y venidas de una mosca en un frutero. Estos tres sucesos, admirados con penetración y paciencia, resultan tan mágicos y resonantes como la contemplación de la constelación de Andrómeda. El oficio de mirar es el más venerable. También la actividad preferida del sedentario. No hay que moverse para hacerlo. Es suficiente con abrir los ojos y contemplar lo que sucede. Ricardo Menéndez Salmón, ‘El Sistema’.

    Hace 3 años

  6. Godfor Saken

    A raíz de una serie de contrariedades intelectuales que no vale la pena recordar, el señor Palomar ha decidido que su principal actividad será mirar las cosas desde fuera. Un poco miope, distraído, introvertido, no cree pertenecer a ese tipo humano que suele ser calificado de observador. Y sin embargo, siempre le ha ocurrido que ciertas cosas –una pared de piedra, una conchilla, una hoja, una tetera– se le presenten como solicitándole una atención minuciosa y prolongada: se pone a observarlas casi sin darse cuenta y su mirada comienza a recorrer todos los detalles y no consigue desprenderse de ellos. El señor Palomar ha decidido que en adelante redoblará su atención: primero, no pasando por alto esos reclamos que le llegan de las cosas; segundo, atribuyendo a la operación de observar toda la importancia que merece. Llegado a ese punto sobreviene un primer momento de crisis : seguro de que de ahora en más el mundo le revelará una riqueza infinita de cosas que mirar, el señor Palomar trata de fijarse en todo lo que encuentra a tiro: no saca ningún placer y abandona. Sigue una segunda fase en que se convence de que las cosas para mirar son sólo algunas y no otras, y que él debe ir a buscarlas; para eso debe enfrentarse cada vez con problemas de elección, exclusiones, jerarquías de preferencia; en seguida comprende que lo está echando a perder todo, como siempre que hace intervenir el propio yo y todos sus problemas con el propio yo. ¿Pero cómo se hace para mirar una cosa dejando de lado el yo? ¿De quién son los ojos que miran? Por lo general se piensa que el yo es alguien que está asomado a los propios ojos como al antepecho de una ventana y mira el mundo que se extiende delante en toda su vastedad. Por lo tanto: hay una ventana que se abre al mundo. Del otro lado está el mundo, ¿y de éste? Siempre el mundo: ¿qué otra cosa va a haber? Con un pequeño esfuerzo de concentración Palomar consigue desplazar el mundo de allí adelante y acomodarlo asomado al antepecho. Entonces, fuera de la ventana, ¿qué queda? También el mundo, que en esta ocasión se ha desdoblado en mundo que mira y mundo mirado. ¿Y él, llamado también «yo», es decir, el señor Palomar? ¿no es también él un fragmento de mundo que está mirando otro fragmento de mundo? O bien, dado que está el mundo de este lado y el mundo del otro lado de la ventana, tal vez el yo no sea sino la ventana a través de la cual el mundo mira al mundo. Para mirarse a sí mismo el mundo necesita los ojos (y las gafas) del señor Palomar. Por lo tanto, no basta que Palomar mire las cosas del lado de fuera y no del de dentro; de ahora en adelante las mirará con una mirada que venga desde fuera, no desde dentro de él. Trata de hacer de inmediato la experiencia: ahora no es él quien mira, sino el mundo de fuera que mira afuera. Establecido esto, gira la mirada en torno esperando una transfiguración general. Pero no. La habitual grisalla cotidiana lo rodea. Hay que volver a estudiar todo desde el principio. Que sea el fuera quien mira el fuera, no basta: de lo mirado es de donde debe partir la trayectoria que lo liga a lo que mira. De la muda extensión de las cosas debe partir una señal, un reclamo, un guiño: una cosa se separa de las otras con la intención de significar algo... qué? Ella misma, una cosa está contenta de ser mirada por las otras cosas sólo cuando se convence de significarse a sí misma y nada más, en medio de las cosas que se significan a sí mismas y nada más. Las ocasiones de este tipo no son desde luego frecuentes, pero antes o después han de presentarse: basta esperar que se verifique una de esas afortunadas coincidencias en que el mundo quiere mirar y ser mirado en el mismo instante y que el señor Palomar pase justamente por allí. Es decir, el señor Palomar no debe siquiera esperar, porque estas cosas ocurren solamente cuando menos se lo espera. Italo Calvino, "Palomar"

    Hace 3 años

  7. Godfor Saken

    Hoy leí casi dos páginas del libro de un poeta místico, y me reí como quien ha llorado mucho. Los poetas místicos son filósofos enfermos, y los filósofos son hombres locos. Porque los poetas místicos dicen que las flores sienten y dicen que las piedras tienen alma y que los ríos tienen éxtasis bajo la luz de la luna. Pero las flores, si sintiesen, no serían flores, serían gente; y si las piedras tuviesen alma, serían cosas vivas, no serían piedras; y si los ríos tuviesen éxtasis bajo la luz de la luna, los ríos serían hombres enfermos. Es preciso no saber qué son las flores y las piedras y los ríos para hablar de sus sentimientos. Hablar del alma de las piedras, de las flores, de los ríos, es hablar de ti mismo y de tus falsas ilusiones. Gracias a Dios que las piedras son sólo piedras, y que los ríos no son sino ríos, y que las flores son solamente flores. Fernando Pessoa

    Hace 3 años

  8. Godfor Saken

    Mientras cenábamos esa noche me sentí incómodo, como si escondiera un secreto. Un par de veces me pareció que me mirabas de una forma extraña. Estudié el salero, que tenía el mismo aspecto de siempre, pero con una ligera diferencia que no sabía señalar. En mitad de la noche me desperté de golpe y pensé: Me está pasando algo, las cosas nunca serán como antes. Luego sentí en la parte inferior del estómago una primera oleada de miedo. En el transcurso de los siguientes días empecé a escuchar con gran atención. Escuchaba cada parte de lo que se me decía y escuchaba las palabras individuales que componían cada parte. ¡Palabras! ¿Alguna vez las había escuchado? Las palabras como crujidos de celofán, las palabras como moscas gruesas e indolentes que zumbaban en los alféizares soleados. La más simple observación empezaba a parecerme sospechosa, un acertijo no desprovisto de significado pero con una difusa aura de significado que se volvía más difusa a medida que trataba de atraparla. “En toda tu vida”. “¡Qué te apuestas!”. “Supongo”. Avanzaba a través de la jornada cuando de pronto me topaba con una de ellas, una palabra trampa, un obstáculo en mi camino. Un grupo de palabras que se desprendían por sí solas del habla, y parecían ponerse firmes y sacar pecho, como diciendo: ¡Aquí estamos! ¿Quién eres tú? Era como si se hubiera abierto un espacio, una pequeña fisura, entre las palabras y lo que fuera que se suponía que hacían. Yo me tambaleaba en ese espacio y caía. En la oficina seguía teniendo dificultades con mi informe. Las palabras que siempre había utilizado de pronto me producían extrañeza. Me parecía necesario interrogarlas, averiguar sus intenciones. A veces eran escurridizas como pequeños peces plateados. Otras veces adquirían una dureza mineral, como si se hubieran convertido en objetos en sí mismos, pero unos objetos extraños, como corales. No quiero exagerar. Sabía lo que significaban más o menos las palabras. Una taza era una taza y una ventana era una ventana. Hasta ahí estaba claro. ¿Estaba claro? Empezó a haber momentos de duda, fracciones de segundo durante los cuales todo lo que miraba se negaba a aceptar cualquier lenguaje. O, mejor dicho, entre el objeto y la palabra había aparecido una pregunta, una ligera pausa, una ruptura. Recuerdo que una noche, debió de ser varias semanas después, fui del comedor a oscuras a la cocina intensamente iluminada. En la mesa blanca de la cocina vi un objeto blanquecino. En ese instante la blancura encima de la mesa blanca era misteriosa e inalcanzable. Parecía derramarse sobre ella como un líquido. Sentí una oleada de miedo. Al cabo de un momento todo cambió. Reconocí una taza, una simple taza blanca. La palabra le dio forma, la separó –como a golpe de hacha– de todo lo que la rodeaba. Ahí estaba: era una taza. Me pregunté qué había visto antes de que la palabra se tensara alrededor. (…) Todavía era capaz de trabajar algo por el día, aunque miraba mucho por la ventana. Dominaba un vocabulario preciso y especializado que podía recordar más o menos a voluntad. Pero había surgido la duda que corroía mi fe. Empezaron a desintegrarse grupos de palabras bajo mi mirada penetrante. Era como un hombre que pierde la fe, sin un sacerdote a quien acudir. Siempre había tenido la sensación de que las palabras ocultaban algo, que si lograba abolirlas descubriría lo que había realmente allí. (…) Empecé a intuir que había otro lugar, un lugar sin palabras, y que si lograba concentrarme lo suficiente podría llegar a él. (…) Cuando un monje hace un voto de silencio es para dejar el mundo fuera y dedicarse exclusivamente al espíritu. Mi voto de silencio buscaba renovar el mundo y hacerlo aparecer ante mí en toda su plenitud. Sabía que todos los elementos del mundo –una taza, un árbol, un día– eran inagotables. Sólo las palabras que lo expresaban eran vagas o limitadas. Las palabras menoscababan el mundo. Arrancaban algo de él y se colocaban en su lugar. Cuando uno sabe algo así, Elena, también sabe que no es posible seguir viviendo como antes. Empecé a preguntarme si algo de lo que había dicho alguna vez era lo que había querido decir. Empecé a preguntarme si algo de lo que había escrito era lo que había querido escribir, o si lo que había querido escribir estaba debajo, tratando de salir a la superficie. (…) Escúchame, Elena. Escúchame, tengo que decirte algo que no se puede decir. Mientras me entreno para repudiar las palabras y aprendo a borrar los pensamientos verbales, empiezo a sentir cómo un nuevo mundo surge alrededor. El viejo mundo de las casas, las habitaciones, los árboles y las calles tiembla, parpadea y desaparece, dejando ver otro universo tan asombroso como el fuego. Nos quedamos fuera de la plenitud de las cosas. Las palabras nos ocultan el mundo. Mezclan elementos que existen por separado, o los desintegran, vendan el mundo y lo contraen en duros fragmentos de percepción. Pero el mundo sin vendas, el mundo que hay detrás del mundo…, qué flexible es, qué encantador y peligroso. En los raros momentos de claridad logro penetrarlo. Luego veo. Veo un lugar donde no se conoce nada porque nada ha sido moldeado previamente por las palabras. Ahí nada se me oculta. Cada objeto se presenta por entero, en toda su existencia. Es como si al contemplar una casa fuéramos capaces de ver los cuatro lados y los dos tejados inclinados. Pero no hay ‘casa’, no hay ‘objeto’, no hay forma que se detenga ante una frontera, sólo un torrente de múltiples sensaciones precisas y sin nombre que se intercambian unas por otras, pululan, una plenitud, un flujo. Desprovisto de palabras e indomado, el universo se derrama sobre mí desde todas direcciones. Me convierto en lo que veo. Soy tierra, soy aire. Soy todo. Mis ojos son soles. Mi pelo flota entre las galaxias. (…) En mi mundo silencioso, mi mundo de prodigios extenuantes, no hay lugar para las viejas palabras con las que me engañaba a mí mismo en mi jardín artificial. Creía que las palabras eran instrumentos de precisión. Ahora sé que devoran el mundo sin dejar nada en su lugar. Steven Millhauser, ‘Historia de un trastorno’ (del libro 'Risas peligrosas')

    Hace 3 años

  9. Godfor Saken

    Pero en los buenos tiempos se le veía poco en su casa; huía ocultamente y se quedaba lejos, pescaba, cazaba, buscaba raíces, se tendía en la hierba o se acurrucaba sobre un árbol, olisqueaba, espiaba, imitaba las voces de los animales, encendía pequeñas fogatas y comparaba la formas de las nubes de humo con las de las nubes en el cielo, saturaba su piel y su cabello de niebla, lluvia, aire, sol y luz lunar, y coleccionaba además, como lo había hecho en vida su maestro y predecesor Turu, los objetos en que el ser y las formas externas parecían pertenecer a distintos reinos, en que la sabiduría o el capricho de la naturaleza dejaba revelarse una partícula de sus reglas y de sus misterios generativos; objetos que reunían en sí, en el parecido, cosas muy separadas, como nudos de ramas con caras de hombres o animales, piedras limadas por el agua con vetas parecidas a las de la madera, formas petrificadas de animales del mundo primitivo, carozos de frutas deformados o mellizos, piedras con la forma de un riñón o de un corazón. Leía los dibujos en la hoja de bambú, las líneas en forma de red en el sombrerito de las setas y deducía cosas misteriosas, espirituales, futuras, posibles; la magia de los signos, una intuición o presciencia de números y escritura, condensación de lo infinito y multiforme en lo simple, en el sistema, en el concepto. Porque todas esas posibilidades estaban en la concepción del mundo alcanzada por él, por su espíritu; carecían de nombre, eran desconocidas, pero no imposibles, no ajenas a un presentir, germen y yema todavía, pero esenciales, propias y orgánicas en él y en constante crecimiento. Hermann Hesse, ‘El juego de los abalorios’.

    Hace 3 años

  10. Godfor Saken

     Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos, y los otros mil similares sobre los que suele vagar un ojo con natural indiferencia, pueden de pronto adoptar para mí en cualquier momento, que de ningún modo soy capaz de propiciar, una singularidad sublime y conmovedora; para expresarla todas las palabras me parecen demasiado pobres. Es más, también puede ser la idea determinada de un objeto ausente, a la que se depara la increíble opción de ser llenada hasta el borde con aquel caudal de sentimiento divino que crece suave y súbitamente. (…) En esos momentos, una criatura insignificante, un perro, una rata, un escarabajo, un manzano raquítico, un camino de carros que serpentea por la colina, una piedra cubierta de musgos, se convierte en más de lo que haya podido ser jamás la amada más apasionada y hermosa de la noche más feliz. Esas criaturas mudas y a veces animadas se alzan hacia mí con tal abundancia, con tal presencia de amor, que mi mirada dichosa no es capaz de caer sobre ningún lugar muerto alrededor de mí. Todo, todo lo que existe, todo lo que recuerdo, todo lo que tocan mis pensamientos más confusos, me parece ser algo. (…) siento en mí y alrededor de mí una equivalencia maravillosa, absolutamente infinita y entre las materias que juegan contraponiéndose no hay ninguna en la que yo no pudiese transfundirme. Entonces es como si mi cuerpo estuviese compuesto de claves que me lo revelasen todo. O como si pudiésemos establecer una nueva y premonitoria relación con toda la existencia, si empezásemos a pensar con el corazón. Pero cuando me abandona ese extraño embelesamiento, no sé decir nada sobre ello; y entonces no podría describir con palabras razonables en qué había consistido esa armonía que me invade a mí y al mundo entero no como se me había hecho perceptible, del mismo modo que tampoco podría decir algo concreto sobre los movimientos internos de mis entrañas o los estancamientos de mi sangre. (…) tampoco el año que viene, ni el otro, ni en todos los años de mi vida escribiré un libro en inglés ni en latín; y eso por un solo motivo cuya rareza, para mí embarazosa, dejo a la discreción de su infinita superioridad mental el ordenarla, con mirada no cegada, en el reino de los fenómenos espirituales y corpóreos extendido armónicamente ante usted: es decir, porque la lengua, en que tal vez me estaría dado no sólo escribir sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni un sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez desconocido. Hugo Von Hofmannsthal, ‘La carta de Lord Chandos’.

    Hace 3 años

  11. Godfor Saken

    In truth, the human experience of magic – our ancestral, animistic awareness of the world as alive and expressive – was never really lost. Our senses simply shifted their animistic participation from the depths of the surrounding landscape toward the letters written on pages and, today, on screens. Only thus could the letters begin to come alive and to speak. As a Zuni elder focuses her eyes upon a cactus and abruptly hears the cactus begin to speak, so we focus our eyes upon these printed marks and immediately hear voices. We hear spoken words, witness strange scenes or visions, even experience other lives. As nonhuman animals, plants, and even “inanimate” rivers once spoke to our oral ancestors, so the ostensibly “inert” letters on the page now speak to us! This is a form of animism that we take for granted, but it is animism nonetheless – as mysterious as a talking stone. And indeed, it is only when a culture shifts its participation to these printed letters that the stones fall silent. Only as our senses transfer their animating magic to the written word do the trees become mute, the other animals fall dumb. (…) In the absence of any written analogue to speech, the sensible, natural environment remains the primary visual counterpart of spoken utterance, the visible accompaniment of all spoken meaning. The land, in other words, is the sensible site or matrix wherein meaning occurs and proliferates. In the absence of writing, we find ourselves situated in the field of discourse as we are embedded in the natural landscape; indeed, the two matrices are not separable. We can no more stabilize the language and render its meanings determinate than we can freeze all motion and metamorphosis within the land. -David Abram, "The Spell of the Sensous" (existe edición en castellano: "La magia de los sentidos", en la editorial Kairós).

    Hace 3 años

  12. Godfor Saken

    “Y con ellos, o después de ellos, aunque al principio no más que como aventurero osado, aparecerá la figura del geolingüista, que, ignorando, casi despreciando, el delicado tránsito hacia la lírica liquen, querrá aprehender lenguajes todavía menos comunicativos, todavía más pasivos, enteramente atemporales: la fría y volcánica poesía de las rocas, cada una de las cuales será una palabra lanzada por la tierra desde tiempos inmemoriales, en la inmensa soledad, inmensa confraternidad del cosmos.” Ursula K. Le Guin, “El autor de Las Semillas de Acacia y otros extractos del Diario de la Sociedad de Zoolingüistas” (The Author of the Acacia Seeds and Other Extracts from the Journal of the Association of Therolinguistics, 1974)

    Hace 3 años

  13. cayetano

    SAR, con independencia de qué diga, cuando place, escribe atrapándote en su lectura, deslizándonos por chorraera grácil con ritmo trepidante y bello, disfrutando como niñ@. Algunas de sus reflexiones no son baladíes, pero lo que ocurre y es cierto, es que la concentración o atención necesaria para el conocimiento mutuo entre humanos, alcanza a un número de 250 miembros. La comunidad de conocimiento mutuo en la interacción social, plenamente realizadora de las filias y fobias. Esa atención y concentración acerca o aleja a quiénes conforman diferentes anillos simbólicos, identificándonos en función de las introyecciones que provocan en nos, sea por acción directa del tercero o por proyección de un@ mism@. Pero vistas como cualidades no sólo la atención o concentración permite la vivificación; con chascarrillo conocido, diríamos que el árbol no deja ver al bosque, verlo, requiere atención dispersa. Hombre y mujer vivifican al objeto, humanizándolo para establecer relaciones fantasiosas, fetichismo, una forma de proyección vivificadora de la cosa, lo inánime. Pero tras la cascada argumental, llega lo que se antoja leitmotiv de los acordes clavados en la abigarrada barranquera, protagonizados por el segundo que al instante ensombrecía o alumbraba nuestro Mundo: “Ni principios abstractos ni atención narrativa; ni moral ni simpatía; ni reflexión ni vía ferrata: el bombardeo y el haiku, ésas son las únicas armas que tenemos para defendernos de –cómo llamarlo– los cuentos anti-universales del destropopulismo (o neofascismo).” Después vendrá la reflexión sobre lo aprendido en relación a la vivencia de la atención sobre los cuerpos humanos. Olvidando que de las clases populares también son los raperos con su “narratividad atávica”, y que las mujeres mayoritariamente también forman parte de las clases populares. Pero aunque sus reflexiones escalen acordes y taludes diferentes, coincido en que ni la abstracción, ni la actual moral (hipócrita en su universalidad efectiva), serán dique de contención del neofascismo. La abstracción moral hipócrita y deformada de la vivencia social, sólo confirma los inoculados miedos y odios, al no dar respuesta concreta y palpable, corpórea, a los fantasmas corporeizados en los relatos neofascistas. De forma que finalmente consiguen corporeizar sus fantasmas y respondiendo con abstracción moral, presentamos fantasmas evanescentes y difuminados como adalid, vapores fáciles de atravesar por cualquier cuerpo. La respuesta debiera informarse, beber en la fuente de la abstracción moral, pero no hipócritamente; sino reconociendo nuestra cotidianidad y a partir de ella, plantear respuestas corpóreas, concretas, con escudo y armadura que demuestran cuan vacuos y fantasmagóricos son los miedos y odios que nos inoculan. Un cordial saludo.

    Hace 3 años

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