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EL FLAMENCO SEGÚN SILVERIO (V)

De las guerras frías en el cante

La pugna entre Antonio Mairena y Pepe Marchena a menudo es tomada a pitorreo por la joven afición, pero bien haríamos en indagar sobre aquel conflicto que movió a dos de los mayores genios de la música española

Pedro Lópeh 20/02/2022

<p>Los cantaores Antonio Mairena (izquierda) y Pepe Marchena (derecha).</p>

Los cantaores Antonio Mairena (izquierda) y Pepe Marchena (derecha).

Ayto. de Mairena / Biografiasyvidas.com

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¡Cómo estará el patio para que echemos de menos el tradicional enfrentamiento de bloques, la Guerra Fría de toda la vida! Aquello era mucho más fácil, más práctico, más operativo. No costaba tanto posicionarse y podías dedicar el resto del tiempo a buscar prosélitos para la causa. Pero ahora no hay quien se entere, menudo jaleo. Mi amigo Silverio, que anda descabalgado del mundo multipolar, me pregunta cada poco:

–¿Lo de Kazajstán es bueno para los rusos o para los americanos?

–¿Y lo de Ucrania? ¿Con qué bando vamos ahí, Perico?

A mí me entran tremendas fatigas de tener que explicarle un panorama que tampoco entiendo, así que tiro de cante para que se haga una idea.

–Eso ya está pasado de moda, Silverio. Lo mismo que la guerra entre mairenistas y marcheneros. ¿Porque dónde ubicas a Israel Fernández, la Macanita, Pedro el Granaíno, Poveda, María Terremoto…? El mundo ya no funciona así, macho. ¡Estamos en el siglo veintitantos!

Él asiente y calla durante unos tragos, pero al rato suelta: 

–¡Pues alguna guerra habrá, porque esto es así! Además, tampoco me creo que las ascuas de antaño se hayan apagado del todo. 

Cambiarán los ropajes, los ecos y los modos, pero el combate estético, que muchas veces sólo es la fachada del combate por el prestigio o, diría menos, por las habichuelas, sigue hoy en pie

Y no le falta razón, la verdad, lo que pasa es que la bisagra también se ha adaptado a los tiempos. La pugna entre Antonio Mairena y Pepe Marchena, que más bien fue entre los seguidores de ambos, a menudo es tomada a pitorreo por la joven afición, pero bien haríamos en indagar sobre los motivos, las maniobras y los efectos de aquel conflicto que movió a dos de los mayores genios de la música española y a sus respectivos séquitos. Porque ahí está casi todo. Cambiarán los ropajes, los ecos y los modos, pero el combate estético, que muchas veces sólo es la fachada del combate por el prestigio o, diría menos, por las habichuelas, sigue hoy en pie. Y no crean que con menos violencia. 

Antonio Mairena pateó el tablero y salió de la segunda fila flamenca a finales de los cincuenta con una puesta en escena multiplataforma. La estratagema incluía una supuesta aportación musicológica en forma de Historia del cante que privilegiaba la aportación gitana, no tan asumida hasta entonces como podríamos pensar ahora; también se sacaba de la manga una denominación propia y excluyente: “Cante gitano-andaluz”, el auténtico, consanguíneo y profundo, frente al “flamenco”, degeneración lírica y paya que había causado furor en los años de la Ópera flamenca; se acompañó de una retórica fascinante y medio mística, donde la famosa “razón incorpórea” (una suerte de imperativo racial o espíritu santo) se lleva la palma; y lo regó todo con un marketing potente e ingenioso, porque hay que tener talento para buscar un premio extinto, la Llave de Oro del cante, reunir a unos amigos intelectuales para autoconcedérsela y no dejar de darle lustro al premio hasta la muerte. Por si no fuera suficiente, Mairena se vendió como un rescatador de cantes en peligro de muerte, como un recopilador de decenas o centenas de variantes estilísticas que sólo él había podido escuchar, grabar y atribuir porque tenía acceso al corazón de la hermética cultura gitana. Hoy sabemos que la mitad eran creaciones y recreaciones, lo cual es aún más deslumbrante, pero su apuesta pasaba por inmiscuirse en una tradición milenaria y erigirse en el último bastión, en un artista con una misión histórica. Lo mires por donde lo mires, el mairenismo fue una orfebrería retórica que nació en el momento justo. Y arrasó. 

En frente se encontraba Pepe Marchena, otrora rey indiscutible de los espectáculos bautizados como Ópera flamenca, que apenas pudo resistir el primer asalto. Su estilo lírico, acuoso y melismático, fue ridiculizado hasta el extremo. No perdió nunca el favor del público masivo, pero sí el fervor de algunas minorías flamencas. Intentó imitar las maniobras de Mairena, grabó antologías de cantes, se autoconcedió el título de Maestro de Maestros, defendió el “flamenco de esmoquin” frente a al cante de “baja estofa”, pero apenas pudo repetir como farsa lo que Mairena desplegó como tragedia histórica. 

Desde entonces, seguidores de uno y otro se han atizado con ganas. Silverio, que siempre vio los toros desde la barrera, jura haber presenciado algún guantazo bien dado, aunque a compás. A él le hacía gracia y siempre hacía por picar al personal, noble entretenimiento, qué duda cabe. Muertos ambos maestros, aupados Morente, Camarón y compañía, la contienda degeneró en vagos recuerdos, terribles simplezas: “Aquello fue una cosa de cante gitano contra cante payo”, “fue tradición contra mercado” y desvaríos similares. Lo más común es oír que Mairena engañó a todo el mundo con sus teorías raciales (hoy desmentidas por la musicología), en lugar de intuir que el cantaor escenificó una grandiosa performance vital con los trajes que tuvo a mano.

En la actualidad es fácil intuir reminiscencias de ambas estéticas, mairenista y marchenera, en los jóvenes cantaores y cantaoras, aunque puede que estos ni siquiera sepan que siguen personificando viejos arquetipos. La guerra, en cambio, se verbaliza con obscena prepotencia en torno a otro asunto, el de la modernidad, sobre todo por parte de los que se proclaman renovadores del cante, visionarios, artistas totales o flamencos reconvertidos. Cantar bien una soleá, para los prebostes del futuro, es rancio y anodino, cuando no despreciable. Rancio como Beethoven, como el gazpacho, como bailar de pie. ¿Por qué carajo seguiremos repitiendo las cosas que nos gustan? ¿Por qué no renovaremos La Flauta mágica? ¿Alguien concibe que se siga tocando con la misma partitura? ¿Qué gusto hay en eso?, vienen a decirnos. 

Iconoclastas de chichinabo ha habido siempre, de todos modos, pero no sé si siempre han contado con el apoyo de los medios, los mercados y los canallitas. ¿Ustedes se imaginan a los periodistas deportivos decidiendo que Fulanito o Menganita ha renovado el arte contemporáneo de pintar cuadros? Pues algo así está sucediendo con el flamenco, casi siempre, para más inri, con dinero público y exabruptos, sin talento ni humanidad. La guerra fría ha dividido a la gente en dos supuestos bloques: los modernos y los clásicos. Y los clásicos no merecen vivir, ha dicho la prensa generalizada, ni su juicio merece tenerse en cuenta, aunque sean los únicos que mantienen vivo el hilo de un arte que lleva dos siglos viviendo en el descampado. 

Cantar bien una soleá, para los prebostes del futuro, es rancio y anodino, cuando no despreciable. Rancio como Beethoven, como el gazpacho, como bailar de pie

El flamenco no necesita ninguna solemnidad, por supuesto que no, pero tampoco una caterva de burgueses de la noche decidiendo cuál es el pasado digno y el que no, cuál es el futuro que nos van a regalar y de cuál nos van a librar. El flamenco se ha renovado siempre, desde la cuna, porque nació con vocación de muerte, y aquí seguimos todavía. Cuando un intérprete ejecuta un cante, supuestamente, según la tradición, no se engañen y háganme caso: sólo se trata una salvaguarda simbólica para emboscar el miedo, la timidez o la responsabilidad ante el horizonte pavoroso de tener que levantar una obra de arte imperecedera. Eso hizo Mairena, por ejemplo, inventarse un puñado de cantes antiquísimos, pero algunos piensan, pobres idiotas, que fue un loro repetidor, la antítesis de artista para el futuro. Sin embargo, qué le vas a decir a gente que piensa que despelotarse en escena, a estas alturas del milenio, es moderno. A ver, qué le dices. Pues ese es el nivel.  

–De todos modos –interrumpe Silverio mis disquisiciones–, en la guerra entre Antonio Mairena y Pepe Marchena, a la chita callando ganó Manolo Caracol, puesto que entre canon gitano y creación paya, todos tiraron por creación gitana, que era lo que él hacía.

–¡Pues eso es China, Silverio! ¡Por fin lo has pillado!

¡Cómo estará el patio para que echemos de menos el tradicional enfrentamiento de bloques, la Guerra Fría de toda la vida! Aquello era mucho más fácil, más práctico, más operativo. No costaba tanto posicionarse y podías dedicar el resto del tiempo a buscar prosélitos para la causa....

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Autor >

Pedro Lópeh

Musicólogo especializado en folclore, cultura popular y flamenco. Hombre del campo que escribe y toca el acordeón.

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