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Día contra el racismo

Nunca más violencia contra las mujeres y sus hijos (“Ni jekvar chingarimos kontra romnia thaj lenqi chaja”)

Los líderes políticos de los diferentes partidos machistas olvidan que en el siglo XXI hay muchas Hipatias de Alejandría, Ceija Stojka de Austria, Carla Camacho, Loli Fernández y muchas gitanas más que seguimos siendo la bandera de nuestro pueblo

Mari Carmen Carrillo Losada 21/03/2022

<p>Cadena de presos gitanos. Grabado del s. XVIII.</p>

Cadena de presos gitanos. Grabado del s. XVIII.

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Me inducen a escribir estas líneas el odio hacia los gitanos, el antigitanismo y los prejuicios hacia nuestro pueblo a lo largo de la historia, que, lejos de disminuir, desde 2020 van en un terrorífico aumento. Es evidente que todo tiene un objetivo marcado por la realeza ancestral y los políticos de turno. No voy a hacer un resumen de la historia de las pragmáticas represivas en contra del pueblo gitano en España desde el siglo XV al siglo XX. Es mucho lo que se ha escrito sobre nuestra historia por personas no gitanas. Afortunadamente, en este momento hay gitanos y gitanas capacitados y con conocimientos académicos para contar lo que somos, dónde estamos y cuál es nuestra historia. Desde la primera pragmática represiva en el siglo XV, de Isabel la Católica, con el objetivo encubierto de exterminarnos como pueblo, lo más desconocido y que más trabajo se han tomado en ocultar es que lo que querían conseguir era mano de obra esclava y la expropiación de bienes. Otra pragmática, el holocausto a la española, fue la Gran Redada de 1749, donde el Marqués de la Ensenada y Fernando VI, con un trabajo minucioso y propio de la era de las nuevas tecnologías, tuvieron la capacidad de apresar en una sola noche a gran parte de los gitanos de España, un 31 de julio, rodeándolos de cadenas, conduciéndolos a los terribles penales que crearon. Las gitanas se enfrentaban con uñas y dientes a sus carceleras y defendían salvar sus vidas, las de sus maridos e hijos, pero ahí está la conspiración urdida con un carácter económico para conseguir remeros encadenados a los barcos del viaje a América, en las minas de uranio en Almadén, o en las casas de la misericordia a las mujeres, y el tráfico de menores. De estos hombres y mujeres somos descendientes los gitanos y gitanas del siglo XXI que hemos conseguido nuevas luces.

Desde la germinación de odio institucional difundido a la sociedad española hasta el reglamento de la Guardia Civil en la dictadura de Franco, llegamos a la luz que fue la democracia de 1978 y la Transición, cuando gitanos y gitanas pusimos en marcha las herramientas que el gobierno dictaminó, como la constitución del sistema asociativo.

Es posible que nunca haya habido en la historia de la humanidad un pueblo con la resistencia y resiliencia para no ser eliminado como la comunidad romaní

Los gitanos españoles se han visto relegados a los últimos escalones de la estrategia social. La incomprensión y desconocimiento entre los no gitanos y los calés se traduce en recelo por la conspiración de la legislación real y municipal durante siglos. Esto ha impedido a los gitanos convivir en igualdad, convirtiéndonos en proscritos de la justicia, y en objeto de las persecuciones oficiales desde el siglo XV hasta el siglo XX. Esto se llama razón de Estado maquiavélica. Es posible que nunca haya habido en la historia de la humanidad un pueblo con la resistencia y resiliencia para no ser eliminado como la comunidad romaní. No hay que olvidar que el asunto gitano es una cuestión política.

A partir de los años 80, gitanos y gitanas nos constituimos en asociaciones y federaciones, donde las mujeres gitanas no tenían una participación visible: en la Transición las mujeres gitanas fuimos pioneras en el trabajo fuera del hogar, en la defensa de la igualdad de nuestras familias e hijos, herencia de aquellas mujeres descendientes del holocausto a la española, como fueron las gitanas cigarreras de Sevilla, las gitanas que desde el flamenco tuvieron la posibilidad de luchar por ellas y sus familias para sobrevivir –como Juana la Macarrona, Merced la Serneta, Pastora Imperio, la matriarca del cante Anica la Periñaca–; y a estas les siguieron las valientes mujeres gitanas del siglo XX, Carmen Amaya, la tía Rona, y otras tantas que lucharon por visibilizarse en la sociedad mayoritaria.

Las políticas llevadas a cabo en la comunidad andaluza, a finales de los 80, marcaron un antes y un después en las estrategias inclusivas para los andaluces gitanos. Una de las organizaciones pioneras, donde tuve la posibilidad de participar como mujer gitana, fue en la asociación de Palma del Río (Córdoba), y más tarde como miembro de la junta directiva de una de las ONGs gitanas más importantes de España, FARA, cuyo presidente, José Carrillo, propició la participación en igualdad de las mujeres gitanas. Una de las estrategias más favorables que se realizaron en el territorio consiguió una plantilla de más de 100 trabajadores gitanos en las ocho provincias andaluzas.

Hubo, bajo mi punto de vista, dos mujeres gitanas que rompieron moldes en Andalucía, y esto se debió a la herencia de lucha incansable y fortaleza que nos habían dejado nuestras madres. Una fue Loli, Dolores Fernández, en Granada, y su madre, la tía Antonia, que en gloria está (inmigrante en Alemania, propició que Loli fuera maestra y su hermana abogada). La otra fue mi humilde persona, con la fortaleza de mi madre, la tía María Losada, de Palma del Río, que propició con sacrificio lo que soy. Loli, y otras mujeres en Granada crean la primera asociación de mujeres gitanas, propiciando el encuentro de todas en la ciudad de los gitanos. Por otra parte, yo fui presidenta de FARA en Jaén, una de las ciudades más racistas y con más estereotipos hacia la población gitana. Fuimos nosotras junto con otras primas las que pisoteando todos los barrios, puerta por puerta, hablábamos con las madres de la importancia y la necesidad de que vencieran el miedo justificado de tantos años por el daño que pudieron sufrir sus hijas al ser escolarizadas, comprometiéndonos, junto con nuestros equipos, a trabajar en la educación a través del primer proyecto de escolarización infantil gitana creado en Andalucía. Y me vais a perdonar, pero cuando hablo de racismo, y de discriminación hacia los gitanos en Jaén, o en otra provincia, nadie me lo ha contado, he estado presente porque lamentablemente esta violación de los derechos humanos no tiene color político, ni de derechas, ni de izquierdas, ni de extrema derecha, ni de extrema izquierda; todos son iguales ante el racismo. Uno de los actos racistas más terribles sobre el pueblo gitano ocurrió en Jaén, en un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme. Desde un balcón del Ayuntamiento, el alcalde animó a los ciudadanos a quemar y echar a todos los gitanos del pueblo. Junto con los varones de la junta directiva de FARA, iba yo, la única mujer gitana: los racistas nos perseguían con puñales a la comitiva. Curiosamente, fue la Guardia Civil quien en esa terrible madrugada salvó a las familias del tío Antonio de morir abrazadas en el incendio que destruyó sus casas. Esto, no podemos olvidarlo, fue una conspiración política y económica. En aquella época aún no teníamos la ley que nos ampara de los delitos de odio, pero se consiguió depurar responsabilidades, sentar en el banquillo al gobernador civil de Jaén, y hacer justicia encarcelando al alcalde del pueblo... Esto me trajo consecuencias a mí y a mi familia en Jaén: tuve que recibir protección desde Delegación del Gobierno por las amenazas de muerte que recibimos yo y mis hijos. Mi implicación como líder y defensora de mi pueblo ha tenido un alto coste en mi familia, como les ha ocurrido a otros activistas.

El trabajo incansable que hicimos las mujeres gitanas en los años 90, en Jaén y en otros lugares de Andalucía, no era realizado por gitanas doctoras en Derecho u otras ramas, en una mayoría eran sabias semi-analfabetas, que con su esfuerzo consiguieron que sus hijos e hijas terminaran la universidad y la educación obligatoria con la formación que desde la asociación de mujeres gitanas “Sinando Kalí’’ y otras asociaciones gitanas de mujeres comenzamos en los años 90. Estas mujeres solo sabíamos de levantarnos al clarear el día, vender en los mercadillos, trabajar como temporeras y regalar nuestro tiempo a las demás.

Entre luces y sombras hoy nos encontramos en el comienzo de una gran oscuridad, enfrentándonos al recrudecimiento del racismo

La formación a partir del año 93 en patronaje industrial, obtención del carnet de conducir, peluquería, corte y confección, mediadoras interculturales, graduado escolar para adultos, entre otros, no fue suficiente. Nos enfrentábamos al racismo y los prejuicios que sufrían las mujeres gitanas para obtener un puesto de trabajo y una vivienda digna en la zonas donde la pobreza se cebaba. Éramos portada de periódicos denunciando, en los años 95 y 96, las condiciones infrahumanas en las que vivían las familias de Antonio Díaz y de la provincia, donde en ocasiones no se disponía de lo más elemental en higiene, como es un retrete. Fue un gran avance el trabajo realizado en red en la escolarización infantil gitana y la obtención de graduado escolar en adultos, y la mejor etapa de gitanos y gitanas universitarios de la historia en España. Lamentablemente la participación en política de gitanos en el siglo XX era escasa. Juan de Dios Ramírez Heredia como primer diputado y eurodiputado, y yo, como la primera concejala en un Ayuntamiento de provincia, concretamente en Jaén. Tendríamos que esperar a principios del siglo XXI para tener representación de gitanos/as en el Congreso de los Diputados y por primera vez una senadora gitana, Carla Camacho.

Entre luces y sombras hoy nos encontramos en el comienzo de una gran oscuridad, enfrentándonos al recrudecimiento del racismo. La pobreza tiene una cara infantil y sobre todo femenina. Se nos avecinan políticas retrógradas de partidos como Vox, según se leía en el Heraldo-Diario de Soria del 16 de marzo, donde señalan que pretenden eliminar a las pequeñas asociaciones de mujeres señalándolas como “chiringuitos’’ subvencionados. ¡Qué lengua más larga tienen! La referencia a los “chiringuitos” significa que están pensando en continuar con la violencia sobre las mujeres y sus hijos/as a golpes, o como botines de guerra, violando sus cuerpos como ha ocurrido desde el principio de los tiempos hasta la actual guerra de Ucrania; y que piensan continuar con la educación sesgada, siguiendo los patrones de hace 2.000 años, en los que las mujeres eran las culpables de la inmundicia y maldad del hombre. Se olvidan los responsables políticos de los diferentes partidos machistas de que en el siglo XXI hay muchas Hipatias de Alejandría, Ceija Stojka de Austria, Carla Camacho, Loli Fernández, Amara Montoya, Carmen Santiago, Beatriz Carrillo, Pilar Clavería, Mª Carmen Carrillo, y muchas gitanas más que seguimos siendo la bandera de nuestro pueblo y no cabrían en este artículo.

La solución a la cuestión gitana debemos plantearla, en primer lugar, con un reconocimiento político que debe plasmarse en una Ley Orgánica que recoja un Estatuto del pueblo gitano; en segundo lugar, es necesaria la creación de una delegación del Gobierno para el pueblo gitano o un alto comisionado; y en tercer lugar, además de la necesaria representación política en el Senado, la creación de una Fiscalía especial contra el antigitanismo.

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Mari Carmen Carrillo Losada es presidenta de la asociación de mujeres gitanas Sinando Kali.

Me inducen a escribir estas líneas el odio hacia los gitanos, el antigitanismo y los prejuicios hacia nuestro pueblo a lo largo de la historia, que, lejos de disminuir, desde 2020 van en un terrorífico aumento. Es evidente que todo tiene un objetivo marcado por la realeza ancestral y los políticos de turno. No...

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Mari Carmen Carrillo Losada

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