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RACISMO

Ir de compras es una pesadilla para las mujeres gitanas

Una investigación demuestra la criminalización sistemática y las humillaciones que enfrentan

June Fernández 2/12/2021

<p>Una de las mujeres gitanas voluntarias de AMUGE compra en un supermercado de Bizkaia mientras es seguida por un vigilante de seguridad.</p>

Una de las mujeres gitanas voluntarias de AMUGE compra en un supermercado de Bizkaia mientras es seguida por un vigilante de seguridad.

AMUGE

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Imagina que vas con tu hermana al supermercado. En cuanto entráis por la puerta, se os clavan en la espalda las miradas de desconfianza y los cuchicheos. En seguida notáis que un trabajador os sigue de pasillo en pasillo. Cuando llegáis a los estantes de perfumería, pide refuerzos por megafonía. Camináis hacia la charcutería y retiran el jamón del mostrador. Algunas clientas se agarran el bolso cuando pasáis junto a ellas. No lleváis ni veinte minutos en la tienda, pero el personal está cada vez más nervioso. “Uf, ¿todavía siguen aquí?”, le dice una dependienta a otra. Suena a pesadilla, pero es la realidad que ha demostrado la asociación de mujeres gitanas de Euskadi, AMUGE.

Esta entidad puso a prueba a 15 supermercados y 5 centros comerciales de Bizkaia entre los días 26 de octubre y 15 de noviembre. Siguiendo una técnica de investigación llamada testing, organizaron grupos de voluntarias de edades similares, uno compuesto por mujeres gitanas y el otro por mujeres blancas, que entraron a los establecimientos al mismo tiempo. Miraron, probaron y compraron productos con total naturalidad, acompañadas de forma disimulada por observadoras independientes y por una técnica audiovisual que registró los incidentes. En 16 de los 20 establecimientos, las mujeres gitanas recibieron un trato discriminatorio, lo que supone el 80% de la muestra. Las 14 voluntarias gitanas que han participado en el testing han sido discriminadas en alguna visita y no hubo un solo día sin incidentes. 

La persecución por los pasillos ha sido la práctica criminalizadora más recurrente, pero también se han registrado acusaciones verbales, cuchicheos, comentarios ofensivos, expresión de nerviosismo y peticiones de refuerzos. El incidente del jamón es real y, cuando las voluntarias gitanas se alejaron, una trabajadora del supermercado les dijo a otras que dieran una vuelta para ver si faltaba algo. En una tienda de ropa, la trabajadora que atiende el probador pasó solo la mochila de la voluntaria gitana por el detector. Esa misma voluntaria fue la que expresó que dos clientas se habían agarrado el bolso a su paso. 

Otras dos voluntarias intentan hacer la compra mientras el vigilante se pone detrás. | Fuente: AMUGE

Las voluntarias blancas, por su parte, pudieron hacer sus compras tranquilamente en todas las tiendas. Es más, su principal observación es que se sintieron ignoradas por el personal de tienda, ya que su atención estaba centrada en las voluntarias gitanas. La encargada de una franquicia de cosmética llegó a explicitarlo con la siguiente frase a una observadora: “Perdona que no te atienda bien, es que vienen a liármela”. Gloria Alhambra, voluntaria blanca, reflexiona sobre el hecho de que el personal verbalice sus prejuicios “sin cortarse, sin ocultar nada”. “En algún establecimiento las dependientas se han puesto a cuchichear diciendo ‘Pues persíguela tú por aquí, yo por aquí’, y claro, no tienen ningún problema en decir eso delante de mí, que no soy gitana. Es como que si fuera su cómplice”, expresa.

A las voluntarias gitanas, en cambio, todo esto no les ha pillado por sorpresa: “Este es nuestro día a día. Tal cual. Nos siguen desde pequeñas, ha sido así desde siempre”, lamenta Sheila Aguilar. “El hecho de ir de compras nos crea estrés. Tienes que entrar y salir rápido, porque es lo que ellos quieren también. Cuando sales, es como que se liberan. Preferimos ir al mercadillo, porque conocemos a todo el mundo, compramos más tranquilas”, añade. Pero que estén acostumbradas no significa que no les duela. Preguntadas en las fichas de recogida de datos por cómo se han sentido, las voluntarias gitanas han descrito emociones como la rabia, la impotencia, la decepción o la vergüenza. “No todo el mundo somos igual. Ya vale, estamos en pleno siglo XXI. No nos dejan avanzar. Y queremos un futuro mejor para nuestros hijos”, expresa Aguilar. 

Desprotección jurídica

El testing es una prueba empírica que se desarrolló a mediados del siglo XX en Estados Unidos, en el contexto de la lucha contra la segregación racial, y que se utiliza tanto en el activismo como en la investigación social. Consiste básicamente en comparar el trato recibido por grupos de personas afines, cuya única diferencia es el eje de discriminación que se pretende analizar: género, origen racial o étnico, discapacidad, etc. SOS Racismo Francia lleva desde finales de los noventa organizando testing nocturnos para denunciar el abuso del derecho de admisión en discotecas y los ha usado para llevarlas a juicio. En marzo de 2011, propuso a varias entidades antirracistas europeas la organización simultánea de uno de esos testings nocturnos, entre ellas a SOS Racismo Bizkaia. A partir de esa experiencia, la Federación de SOS Racismo del Estado Español ha organizado distintas investigaciones basadas en esta técnica para demostrar la discriminación racista en el acceso a la vivienda, al empleo y al ocio nocturno.

AMUGE decidió organizar un testing en grandes superficies a raíz de lo ocurrido en el centro comercial Zubiarte en octubre de 2019: un grupo de niñas de en torno a 13 años fueron al cine acompañadas de tres educadoras, y a la salida fueron perseguidas insistentemente por tres vigilantes de seguridad, hasta que abandonaron el recinto. Las educadoras sintieron impotencia; las niñas miedo y rabia, porque fueron conscientes de que habían sido perseguidas solo por ser gitanas. AMUGE denunció públicamente ese incidente, escribió a la empresa Prosegur y se asesoró sobre las posibles respuestas legales. Tuvieron que aceptar que el caso no tenía recorrido judicial, porque el artículo del Código Penal español relativo a los delitos de odio no contempla este tipo de situaciones cotidianas y la Ley de Igualdad de Trato sigue en tramitación. “La única herramienta que tenemos es poner hojas de reclamaciones, pero no sirve de nada”, afirma Tamara Clavería, responsable de la asociación.

Por otro lado, las identificaciones racistas siguen normalizadas, empezando por las que realiza la policía en la vía pública, en estaciones de bus o en aeropuertos, pese a que Naciones Unidas dictaminó en 2009 que el perfil racial o étnico no puede ser el único elemento que guíe el control a ciertas ciudadanas o ciudadanos. Se trata del caso de Rosalind Williams, quien batalló durante 17 años en juzgados españoles a raíz de que un policía de extranjería la había identificado en la calle en Valladolid solo por ser negra.

Las tiendas son un espacio más al que hay que sumar lo que viven en la escuela, en el trabajo o en el ambulatorio

Con la difusión de los resultados de AMUGE, la asociación de mujeres gitanas quiere denunciar esa desprotección jurídica y reclamar también “medidas positivas de reparación y formación antirracista para que cambie la mirada del personal de los comercios y de las empresas de seguridad privada”. La contundencia de los datos indica que no se trata solo de actitudes individuales, sino que el personal recibe instrucciones basadas en prejuicios antigitanos. De hecho, cuando las mujeres gitanas llaman la atención a un empleado o empleada que las está siguiendo, una respuesta habitual es “Estoy haciendo mi trabajo”. En 2017, la cadena de comida rápida McDonald’s tuvo que  pedir disculpas por la colocación de un cartel en uno de sus locales en el País Vasco con la siguiente indicación al personal: “¡¡¡IMPORTANTE!!! No se atiende a gitanos/rumanos”. “El argumento para discriminarnos es que han tenido muchos problemas con personas gitanas, ¿pero cuánto roba la gente blanca? Ni lo saben, porque a la gente blanca no la vigilan como a nosotras”, arguye Clavería. 

Una construcción histórica

El prejuicio de que las clientas gitanas son ladronas o timadoras potenciales hunde sus raíces en “una construcción histórica que responde a intereses ideológicos y políticos”, expone Tamara Clavería. “Atribuirnos delitos que no hemos cometido ha sido una estrategia para justificar las políticas de persecución contra el pueblo gitano”. En el caso de las mujeres, ese arquetipo está muy presente en la literatura europea, empezando por La Gitanilla de Miguel de Cervantes o la Esmeralda de Victor Hugo. 

Los testimonios de las voluntarias gitanas dan cuenta de cómo las humillaciones públicas que viven cuando se las trata como sospechosas afectan a su autoestima, a su salud y a su participación social. Las tiendas son un espacio más al que hay que sumar lo que viven en la escuela, en el trabajo o en el ambulatorio, pero es un contexto especialmente cotidiano y que afecta más a las mujeres porque suelen ser ellas las que hacen la compra. “Interiorizamos que ser gitana es malo, y eso nos deja pocas opciones: o disimular nuestra identidad para no ser reconocidas o asumir ese estereotipo y convertirnos en las gitanas que quieren que seamos”, abunda Clavería.

AMUGE ha recopilado previamente testimonios de sus socias para justificar la necesidad del testing, que se publicarán junto con los resultados en una investigación que publicarán próximamente. Varios relatos señalan que la criminalización se acentúa cuando las mujeres van acompañadas de sus hijas e hijos, más aún si van con carricoche, debido al prejuicio de que los usan para robar. Una de las mujeres contó el siguiente episodio: cuando terminó de pagar la compra en el supermercado, el vigilante le dijo que tenían que ir al cuartillo porque había visto algo raro por las cámaras de seguridad. “Me metió al cuartillo y me registró el carro. Muy fuerte. Si me pasa ahora hubiera denunciado, pero como me pilló así en shock, no hice nada. Dijo ‘perdón, perdón, que ha sido un error’. Digo ‘ha sido un error, majo, pues vaya’. Pasé una vergüenza, porque el mundo me miraba, y los niños estaban muertos de miedo”. 

En la mayoría de tiendas las atosigaron con preguntas que no hicieron a las voluntarias blancas; por ejemplo, cuando fueron a oler perfumes

Tamara Clavería llama a la ciudadanía a concienciarse y dejar de pensar “algo habrá hecho” ante este tipo de escenas. También reclama solidaridad a las feministas y aliadas antirracistas: “Utiliza tu privilegio blanco para apoyarnos, para legitimar nuestra voz”.

Sheila y Desi, las participantes más jovenes del testing (16 años), visitaron juntas varias tiendas de ropa y de cosmética en un centro comercial de Leioa. La periodista que firma esta crónica las acompañó como observadora. En la mayoría de tiendas las atosigaron con preguntas y toques de atención que no hicieron a las voluntarias blancas; por ejemplo, cuando unas y otras fueron a oler perfumes. En la tienda de una conocida multinacional de moda, el hecho de estar charlando animadamente mientras miraban abrigos puso nerviosa a una dependienta y escuchamos cómo llamaba a seguridad. Se formó un corrillo de cuatro trabajadoras de la tienda que mantuvieron el siguiente diálogo:

– Pero ¿por qué estás tan nerviosa? 

– Porque yo no puedo controlarlas. 

– Estate tranquila, chica, ese no es tu trabajo. Llegarán pronto. 

Un vigilante de seguridad corpulento irrumpió en seguida con mirada desafiante; otro se quedó en la puerta junto con un tercer hombre, trajeado, quien identificó por el walkie-talkie a las dos jóvenes. Se quedaron desconcertados cuando vieron cómo las voluntarias salían de la tienda y se unían al grupo de participantes blancas. 

Al día siguiente, Desi contó al equipo de AMUGE lo que había soñado: que la habían metido presa.

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*June Fernández ha participado en este proyecto de AMUGE en calidad de asesora e investigadora independiente. 

Imagina que vas con tu hermana al supermercado. En cuanto entráis por la puerta, se os clavan en la espalda las miradas de desconfianza y los cuchicheos. En seguida notáis que un trabajador os sigue de pasillo en pasillo. Cuando llegáis a los estantes de perfumería, pide refuerzos por megafonía....

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June Fernández

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