1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

  281. Número 281 · Febrero 2022

  282. Número 282 · Marzo 2022

  283. Número 283 · Abril 2022

  284. Número 284 · Mayo 2022

  285. Número 285 · Junio 2022

  286. Número 286 · Julio 2022

  287. Número 287 · Agosto 2022

  288. Número 288 · Septiembre 2022

  289. Número 289 · Octubre 2022

  290. Número 290 · Noviembre 2022

  291. Número 291 · Diciembre 2022

  292. Número 292 · Enero 2023

  293. Número 293 · Febrero 2023

  294. Número 294 · Marzo 2023

  295. Número 295 · Abril 2023

  296. Número 296 · Mayo 2023

  297. Número 297 · Junio 2023

  298. Número 298 · Julio 2023

  299. Número 299 · Agosto 2023

  300. Número 300 · Septiembre 2023

  301. Número 301 · Octubre 2023

  302. Número 302 · Noviembre 2023

  303. Número 303 · Diciembre 2023

  304. Número 304 · Enero 2024

  305. Número 305 · Febrero 2024

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

capitalismo

Cómo se mueve a votar a las personas que no votan (y viceversa)

Sobre lo cool, lo cute, lo vacío y lo pretty

Víctor Pueyo 13/09/2023

<p>Los usuarios de las redes han comparado el peinado de Trump con una pieza de sushi. / <strong>Internet</strong></p>

Los usuarios de las redes han comparado el peinado de Trump con una pieza de sushi. / Internet

En CTXT podemos mantener nuestra radical independencia gracias a que las suscripciones suponen el 70% de los ingresos. No aceptamos “noticias” patrocinadas y apenas tenemos publicidad. Si puedes apoyarnos desde 3 euros mensuales, suscribete aquí

En 1957, Leon Festinger realizaba el famoso experimento que daría nombre al concepto de disonancia cognitiva. Se asignaba una tarea tediosa a setenta y un estudiantes de la Universidad de Stanford en varios turnos y se les hacía creer que esa tarea iba a ser evaluada. Acto seguido, se pedía a los participantes que salieran de la sala y dijeran a los que aguardaban su vez que el experimento les había parecido divertido. Los estudiantes se dividían en dos grupos: los que recibían veinte dólares y los que recibían un solo dólar por contar la misma mentira. Los primeros, en una segunda entrevista (“ahora en serio, qué te ha parecido la actividad”), admitían que el experimento les había aburrido sobremanera. Los segundos, sin embargo, se aferraban a la falsedad como un gato a las cortinas del salón. La recompensa no había sido lo suficientemente cuantiosa como para compensar el rato anodino que habían pasado y tendían a convencerse a sí mismos de que su decisión de participar en el experimento había merecido la pena. Así, a priori, la reacción de los engañados parece un caso de lo que Marx llamaba, en La Ideología alemana, “falsa conciencia”. Cuando la tasa de recompensa difiere enormemente del esfuerzo empleado para obtener un beneficio concreto, un surplus de goce acude raudo a rellenar ese hueco traumático (no-me-puedo-quejar, ya sabía lo que me esperaba, un dólar es un dólar, así es la vida, más se perdió en La Habana, etc.).

No cabe duda de que el nombre que la psicología social da a este autoengaño, disonancia cognitiva, apuntala los mitos de la llamada 'meritocracia'

A nadie le puede extrañar, entonces, que las clases medias-altas voten más a la izquierda que los pobres, o que, por decirlo de otro modo, las clases populares transijan fácilmente con una “cultura del esfuerzo” que no paga las facturas. El problema no es que, cuando te esfuerzas mucho, el triunfo tenga un dulce sabor a merecimiento. El problema es que también la hiel del fracaso sabe mucho mejor. Te has dejado tantas cosas por el camino. Te has cansado, desgastado, hundido. La miseria debe ser deliciosa. Y no cabe duda de que el nombre que la psicología social da a este autoengaño, disonancia cognitiva, apuntala los mitos de la llamada “meritocracia”. Por eso el billonario medio, llámese Warren Buffett o Bill Gates, raramente es meritócrata. Al contrario: cada vez con más frecuencia, las clases extractivas se entregan a la filantropía (la tintorería de la conciencia) para denunciar que la meritocracia son los padres. ¿Por qué iba a creer en el mérito quien obtiene veinte veces más rendimiento que otra persona por hacer lo mismo o por no hacerlo? La disonancia cognitiva, curiosamente, no funciona en la otra dirección. A mantener un discurso meritocrático cuando se ha heredado un banco o una mina de esmeraldasno se le llama, ni en psicología social ni en ninguna otra área del conocimiento conocida, disonancia cognitiva. Se le llama disimulo.

Ocurre, sin embargo, que ya no estamos en 1957. La disonancia cognitiva sigue operando, pero ya no es necesaria para sostener el edificio de lo social, sencillamente porque la relación con el trabajo ya no define la subjetividad de la manera en que solía hacerlo. El capitalismo tradicional era un modo de producción en que el sujeto se configuraba en el interior del proceso de extracción de plusvalías. En otras palabras: te sentías libre porque podías vender “libremente” tu fuerza de trabajo en el mercado. Pero el capitalismo financiero habría traído una nueva manera de concebir la ecuación subjetividad / trabajo en virtud de la cual la primera quedaría parcialmente desvinculada del segundo. Si el experimento de Festinger se repitiera hoy, lo característico del experimento es que nadie se percataría de estar participando en uno, pues no hay apenas espacio para el autoengaño. Todo el mundo asume naturalmente que las rentas del trabajo tienen un peso testimonial con respecto a las rentas del capital. Todo el mundo asume que desempeñamos funciones que una inteligencia artificial ha declarado obsoletas. ¿Qué conciencia de clase puede emerger de un trabajo que sobra?

Todo el mundo asume que desempeñamos funciones que una inteligencia artificial ha declarado obsoletas

Vivimos, por lo demás, en un mundo en el que se puede ganar mucho más dinero haciéndote fotos en la cama que levantándote de ella para ir a trabajar. Como notan los teóricos del capitalismo cognitivo (Michael Hardt, Antonio Negri, Paolo Virno o Franco Berardi), la ideología ya coincide con la vida, lo que significa que nuestros impulsos, nuestro procesamiento sensorial de la realidad y nuestros gustos no están menos automatizados que los de esa inteligencia artificial a la que tanto tememos. La diversión ya no es diversión (desvío) con respecto al trabajo. Generamos cantidades ingentes de valor constantemente mientras hacemos todas esas cosas que no son trabajar: mientras masticamos los anuncios que preludian nuestra serie favorita o mientras la comentamos en nuestras redes sociales, mientras vestimos el logo de la marca que nos viste o mientras surcamos el planeta dejando huellas de carbono en la arena. “Capitalismo cognitivo” no debería significar otra cosa que capitalismo sin disonancia: lo que Marx llamaba plusvalía relativa (estoy simplificando, pero a veces es bueno hacerlo) se extrae directamente de nuestro lenguaje, de nuestros sentimientos, de nuestras relaciones y descuidos, casi sin solución de continuidad. Más que disonancia cognitiva, lo que tenemos es una cacofonía que funciona como la música de las esferas de Pitágoras o como la música de fondo en un ascensor: la escuchas, claro que la escuchas, pero no la escuchas. El truco de magia ya es magia. El autoengaño ya es convicción y la disonancia cognitiva es ya un interminable acorde.

Entre los múltiples ejemplos del alcance significativo de este prolongado acorde, me veo obligado a mencionar uno muy concreto por lo que se refiere a la comunicación política: el progresivo reemplazo del paradigma derecha/izquierda por nuevos paradigmas axiológicos. Pienso, por supuesto, en el paradigma que viene dado por un doble vector inherente a la economía afectiva del neoliberalismo: el vector cool/cute (o “chulo/cuqui”, si se prefieren las palabras en español). Pienso en esto:

En el canal Fox News se publicitaba el oso de peluche Trumpy Bear. / Internet

Lo primero que habría que notar acerca del hilarante anuncio del Osito Trumpy es que no es hilarante a posta. No hay ironía, ni se trata de un sketch del SNL, ni nada parecido. Es auténtico. A partir de ahí, ¿cómo compaginar el tono épico-castrense del anuncio (retos, tormentas, animales salvajes) con el hecho de que el objeto que se promociona es un osito de peluche? ¿Cómo calificar a Michael Rufino, marine anabólico y perfecto pelagatos, cuando, montado en su Harley, abraza a un peluche con una corbata? ¿Qué feliz combinatoria explica la aparición de adjetivos como fearless y plushy (temerario y acolchadito) en la misma secuencia? En realidad, nada de lo que Trumpy Bear despliega ante nuestros ojos debería sorprendernos, porque lo habíamos visto ya muchas veces en la piel craquelada del propio Donald Trump. El ex-POTUS también se había exhibido ante sus constituyentes como un candidato temerario y acolchadito. Temerario como candidato transgresor y antisistema, reminiscente del Reagan de los ochenta; acolchado por su obcecación en realzar aquellos aspectos de su físico y personalidad que lo hacían abrazable, entrañable, mullido y afelpado: su tez naranja, su cuerpo orondo, su boca redonda como un esfínter; su pelo fluffy, que nunca ha perdido la oportunidad de reivindicar. No por mor del azar, siempre que Trump se somete a una parodia, la parodia resalta un cierto tenor cuqui de su persona. Es comparado con un simpático troll despeluchado, con un pajarito, con una pieza de sashimi a la que la casualidad ha pintado ojitos con semillas de sésamo. Cómo no recordar el inmenso globo-protesta que se infló con motivo de la visita de Trump a Londres en 2018 y que representaba un adorable baby Trump, enfurecido y en pañales.

¿Casualidad? No lo creo. El pliegue entre rebeldía y cuquismo constituye una de las claves de la eficacia de todo significante político hoy. Por supuesto, esto no implica que el eje sintagmático cool/cute (comoquiera que decidamos llamarlo) haya directamente obliterado al eje sintagmático izquierda/derecha. Esta estructura, de la que la pareja demócrata/republicano es sólo otra fecunda iteración, sigue funcionando como armazón o como casquete del discurso del ágora por defecto. En España, sin ir más lejos, Pedro Sánchez siempre se ha esforzado en calificar a su partido como un partido de izquierdas. Su tesis reformista, lubricada por lo que Juan Andrade llamaría “usos opacos del lenguaje”, es que el PSOE debía resignarse a ser lo que siempre había sido desde Suresnes y Tinduf: el partido de izquierdas que atrae al centro a las clases medias. Sánchez, en su frugal pragmatismo, ha apostado siempre por una política de bloques que necesitaba de la dicotomía izquierda-derecha para subsistir. De ahí los juegos de palabras (“clases medias trabajadoras”, “ampliación de derechos vs. ampliación de derechas”) en que se cifraba el éxito de sus sucesivas campañas electorales. No hay, pues, tal cosa como la desaparición del enclave izquierda-derecha.

A veces olvidamos que el grito con el que Trump incendiaba sus mítines en 2016 era precisamente este: drain the swamp

Lo que ha sucedido, en todo caso, es su drenaje, el efecto succión de una realidad política que se percibía como empantanada. A veces olvidamos que el grito con el que Trump incendiaba sus mítines en 2016 era precisamente este: drain the swamp (“drenemos la ciénaga”). Tal vez Sánchez, imitando a Obama o a Trudeau delante del espejo, interpretara mejor la huelga de identidades del 15-M que los partidos de la llamada nueva política, que se limitaron a surfear la ola de la indignación y a crear franquicias ad hoc de posiciones ya existentes (con Podemos pareciéndose cada vez más a la izquierda zorrocotroca de IU y dilapidando el capital político de Sol, con Ciudadanos cada vez más Pollito de Troya ante la expectativa del sorpasso y emulando a sus socios de Colón). Tal vez no. Pero el hecho claro es que poco a poco, y a medida que la retórica de bloques hacía su trabajo, Sánchez perseguía una izquierda vaciada de izquierda. Vaciada de campo, de chaquetas de corduroy, de obrerismo descamisado; de todo ese ajuar de símbolos que había asfaltado el camino hacia la transición y que fueron definitivamente evacuados con la derrota de Susana Díaz. Twitter, siempre alerta, sellaba esta realidad apodando a Sánchez como “Vacío”. El presidente era un traje que habla, un cuello almidonado, una compostura, un cuerpo que pasear por la tierra: la marca blanca de un producto que no existe. Qué duda cabe de que este efecto succión o vaciado permite la eclosión de un nuevo paradigma axiológico dragandoal anterior de su contenido, pero en modo alguno lo explica por sí solo.

Un paradigma axiológico no es, como su propio nombre indica, sino un eje simbólico que vertebra nuestra capacidad de valorar. Siempre hay uno. Si el viejo paradigma axiológico izquierda/derecha no parece un paradigma axiológico es porque se confunde con la axiología misma en los dos sentidos de la palabra: el sentido direccional (las cosas sólo pueden estar a la derecha o a la izquierda) y el sentido moral (el sentido en que la izquierda se ha convertido en su propio hacia dónde, o lo que la derecha ha dado en llamar “la superioridad moral de la izquierda”). Pero no existe ninguna razón para pensar que este criterio posicional que establece la oposición izquierda/derecha vaya a ser el único campo en que desde siempre y hasta el fin de los tiempos se librarán todas las batallas políticas. Antes bien, el capitalismo tardío habría inaugurado un escenario de acuerdo con el cual todo parámetro de valoración estaría ya directamente asociado a una serie de afectos inseparables del acto de valorar y privilegiados por su racionalidad. ¿Qué significa, a fin de cuentas, que algo sea cool? Dentro de los ciclos de consumo acelerado del mercado-mundo, esta palabra sólo subraya la capacidad que una mercancía tiene de producir valor por el mero hecho de ser refrescante o nueva. Algo parecido podríamos decir del vector cute. Una pizza con forma de corazón late de una manera determinada, pulsa registros, dispone un ecosistema de goce dentro del cual la pizza sabe mejor.

Para conocer una cultura, primero debemos prestar atención a sus más ínfimas manifestaciones

Hoy cuesta, de hecho, imaginar algo que no pueda evaluarse con arreglo a esta relación cool/cute. Una cupcake es cute; un muffin (más moderno que su pariente pobre, la magdalena) es cool. Una hamburguesa es cool; el sushi es cute. Atrás quedaron los tiempos en los que sólo la ironía podía ser cool; ahora también la sinceridad (“ir de frente”) lo es. La candidez, mientras tanto, es cute. Camarón es cool; Pitingo es cute. La guitarra eléctrica del rock n’roll es cool. El ukelele indie es cute. Guerra de consolas en los 90: Sonic (Sega) es cool y Mario (Nintendo) es cute. No hay una tercera opción. Los relatos del hombre-eficiencia de IBM acentuaban cualidades intrínsecas a las mercancías (el ordenador más potente, el que más rápido procesa los datos), pero el neoliberalismo las convirtió en impresiones subjetivas: el PC era cool (personal, auténtico: como tú); Apple (la manzanita) es cute. ¿Quieren entender la “evolución” del capitalismo contemporáneo? No sigan la pista del dinero. Sigan el consejo de Walter Benjamin: para conocer una cultura, primero debemos prestar atención a sus más ínfimas manifestaciones. Donde el capitalismo occidental nos ofrecía hip-hop, superhéroes y Pepsi-cola (un refresco), el capitalismo asiático contraatacaba con Doraemon, Pikachu, Kim Jong-Un y esos gatitos cripto-maoístas que levantan el puño en los bazares de tu barrio. Obama entonando a Al Green es cool; Xi Jinping bailando con un oso panda en el aniversario del PCCh es cute. No en vano, el régimen chino ha procedido a censurar cualquier alusión a una comparación que devino meme: la comparación entre Xi Jinping y Winnie the Pooh.

 Un videojuego comparó a Xi Jinping con la caricatura de Winnie the Pooh. / Internet

Pero esta clasificación no responde a una casuística estética; hablamos de marcos de percepción integrados, de condiciones a priori de nuestro discernimiento que tienen una explicación histórica. ¿Cómo surgió y cómo se impuso el marco constituido por estos dos vectores? El primero de ellos es el más claro. Fue estudiado por Thomas Frank en su excelente The Conquest of Cool. Para Frank, long story short, el neoliberalismo surge cuando la derecha se vuelve rebelde y contestataria, cuando los publicistas de Park Avenue descubren que el mensaje puede amotinarse contra la mercancía que vende o cuando Margaret Thatcher advierte que se puede ser directa y tory al mismo tiempo (como diría Fido Dido, icono cool de los noventa: “Lo claro rompe”). ¡Pues claro que el motivo de la deriva conservadora de Johnny Rotten (o de los miembros de la Movida) no fue que el punk se volviera capitalista! Lo que pasó, en realidad, es que el capitalismo se había vuelto punk.

La lógica de lo cute resulta, sin embargo, mucho más difícil de esclarecer. Para Simon May, en su The Power of Cute, la diferencia entre un objeto hermoso y un objeto cuqui radicaba en el carácter uncanny del segundo; el objeto cuqui tiene un je ne sais quoi que llama a la sospecha. Es un órgano sin cuerpo, una desproporción, una cosa suelta (el unheimlich de Freud) que provoca inquietud y un poquito de zozobra. Lo cute encubre algo incómodo cuanto vagamente familiar, señala la inestabilidad de lo visible y la parcialidad de su anatomía. Ese es su poder oculto. El ejemplo de May es E.T. Lo cuteborra o difumina las fronteras de género (¿tiene E.T. genitales?), pero también diluye el límite entre lo infantil y lo adulto: las arrugas de E.T. son las de un anciano y las de un recién nacido al mismo tiempo. E.T. inspira ternura, pero también un justificado temor. Si el humorista Ernesto Sevilla lo describía como un “hombre-mierda” es porque se desprende del cuerpo como parte-que-no-es-parte y que destaca sobre él como el escorzo de su exagerado cuello o como los ojos gigantescos de un personaje manga, siempre revelando la fragilidad inusitada del todo.

Simon May acierta a describir el funcionamiento de lo cuqui, pero caracterizarlo como “figura eterna de la psiquis humana” en modo alguno acierta a explicar las razones del apogeo que ha experimentado durante las últimas décadas. Ni el nicho de mercado que explota Mr. Wonderful existía hace cuarenta años, ni conceptos como viejoven o adulting habían penetrado nuestro vocabulario. Edgar Allan Poe ya decía que no hay nada verdaderamente hermoso sin algo de extraño en sus proporciones y la pasión por lo diminuto es, efectivamente, tan antigua como la ideología pequeñoburguesa del XIX, pero a nadie se le habría ocurrido comparar a Canalejas o a Winston Churchill con un osito, mucho menos sacar rédito político de semejante comparación. Si, como May admite, la fiebre cuqui se recrudece a partir de los años ochenta es por la sinergia existente (Goodbye Lenin, Hello Kitty) entre cuquismo y neoliberalismo, no menos que por la correlación que forzosamente establece con el otro término de un binomio que antes no existía en absoluto (cool/cute). 

Edgar Allan Poe ya decía que no hay nada verdaderamente hermoso sin algo de extraño en sus proporciones 

Por eso conviene no caer en la reducción estética de lo cute. Kitsch, camp, cursilería… todo eso ya existía. El cuquismo no es simplemente el “rococó de los pobres”, como afirma Eloy Fernández Porta. Para comprender el advenimiento de su imperio glassé, hay que atender a tres premisas: 1) la contradicción global entre una economía desregulada y el “buenismo progre” que la sostiene y regula se reproduce, en el nivel ideológico, en la contradicción aparente entre una “ideología de lo cool” y una “ideología de lo cute”; 2) la segunda expresa el agotamiento del impulso cool, su inevitable marasmo. Cuando el neoliberalismo ya no tiene nada más que subvertir o trascender, se trasciende a sí mismo, inventando una falsa negación que en realidad sólo demuestra la primacía de lo negado (el punk se vuelve punk-pop; la comedia, comedia romántica, etc.); 3) esta dinámica correctora es, por tanto, inherente a la pulsión rebelde que agita los espíritus del fundamentalismo de mercado, pero empieza a adoptar la forma por la que hoy la conocemos a mediados de los años noventa, con el surgimiento del “capitalismo con una cara amable” del New Labor y la Tercera Vía, esa perestroika de occidente.

Cualquier signo político tiende hoy a producir hegemonía a partir de la simbiosis obscena de estas dos fuerzas encontradas

La comunicación política no vive ajena a esta tensión. Sería un error, sin embargo, reducir el espacio de significación cool a una primera fase del neoliberalismo (la mano visible de la derecha dura) y el cute a su contraparte socialdemócrata (la mano izquierda de la izquierda). Cualquier signo político tiende hoy a producir hegemonía a partir de la simbiosis obscena de estas dos fuerzas encontradas. En Madrid, por ejemplo, Ayuso es cool (chula o chulapa, desinhibida, genuina), mientras que Almeida es cute y adorable, feo, católico y sentimental; pequeño y glande al mismo tiempo, como ese miembro autónomo de Freud, verdadera palanca de poder de una secreta libido. A nivel estatal, los papeles también están celosamente repartidos: la extrema derecha ha ocupado el espacio de lo cool obligando a la derecha supuestamente moderada a decantarse por perfiles pantuflos o directamente gazmoños (Borja Sémper y su “verano azul”) y a los social-liberales a sacar de la nevera a Zapatero-Bambi. Asimismo, el monopolio que la extrema derecha viene ejerciendo sobre el espectro cool ha desplazado a Sumar al terreno de lo cute, que ha optado por las sonrisas y los colores pastel. Nada nuevo bajo el sol. La naturaleza bicípite de Podemos –cuando la inconsistencia era su motor y su mejor garantía de éxito– ya planteaba una distribución de roles semejante. Pablo Iglesias, con su coleta quinqui y contracultural, era cool; Íñigo Errejón, con su rostro lampiño y aniñado, era claramente cuqui (tiene razón Paul Válery cuando dice que no hay nada más profundo que la piel: en este caso el cutis era la llave de lo cute, la parte suelta que libera valencias afectivas). Hasta la coalición en ese momento denominada Unidas Podemos guardaba un equilibrio patente entre el exceso cool de Iglesias y la contención cuqui de Garzón, eterno aspirante al galardón de yerno perfecto. 

 

Iñigo Herrejón fue comparado con Milhouse en las redes sociales. / Internet

Comprendo que no hace falta mayor cálculo intelectual para constatar lo obvio: en una obra apócrifa en la que el guion ha sido siempre escrito de antemano, las palabras suenan recitadas y la contienda política se libra no tanto en la arena del discurso como en la coreografía de gestos, ademanes, tropiezos, exabruptos, posturas e imposturas que acompañan su escenificación. Ahora bien: eso que llamamos comunicación política no es de todo punto impredecible y contingente. No hay un abanico infinito de afectos, de singularidades que se estorban, de átomos que chocan en el vacío, porque nunca hay vacío (como mucho, hay vaciado). En el realismo capitalista, toda posición es ya una imposición y toda oquedad la guarida de un eco. Así, no hace falta ser tan sagaz para deducir que una buena candidatura es aquella que se expone simultáneamente como una caricia y una bofetada, como un grito y un susurro. De la misma manera que Rosalía o Bad Bunny reúnen y condensan los dos vectores afectivos de las formaciones sociales tardo-capitalistas (Bad Bunny es malo, pero conejito; o conejito, pero malo), Yolanda Díaz habría logrado politizar este aparente impromptu para lograr una sólida aleación de rebeldía y cuquismo, como en su momento hizo Oriol Junqueras. Por eso es una Pasionaria fashiono una “fashionaria”, como la llama Federico Jiménez Losantos. Por eso es la líder mejor valorada en todas las encuestas desde hace eones a pesar de su discurso político, relativamente impopular.

Pero Pedro Sánchez no le va a la zaga; es por un lado Mr. Handsome (un maverick, un atleta, Christopher Reeves) y Pretty por el otro (Pepe L’Amour con su mechón plateado, cejas como puentes levadizos, compungimiento y glutamato, el azafato bailongo con Iceta, el Andoni Ferreño de la posmodernidad). No voto al PSOE, pero me fascina Pedro Sánchez, porque su inteligencia política es espontánea y, como si dijéramos, innata. Fluye con su cuerpo y con su personalidad. En su entrevista con Jordi Évole, Mr. Handsome/Pretty comprende perfectamente que la estrategia no consiste simplemente en denunciar que el PP se ha arrojado en los brazos ciclados de la extrema derecha. Los términos son otros: dice, o se vacía para decir, que se ha sentido herido en su amor propio, colocándose a sí mismo en el papel de víctima del insomnio y del estrés. Sánchez tiene que acercar a su adversario tanto como sea posible al combo Abascal/Ayuso para no abandonar el interregno (la zona de fricción) a un Alberto Núñez Feijóo que está capacitado para habitarlo. Derecha no es derecha, izquierda no es izquierda. El GPS se ha averiado. El paradigma axiológico ha mutado. Ahora, el centro no es el centro con respecto a dos extremos, sino el extremo con respecto a dos centros que se superponen y se solapan para templar un acorde, o el tipo de antagonismo que sólo un cuerpo puede resolver. El mejor ejemplo es Trump. Aprendamos del enemigo. Sigamos sus pasos para caminar en la dirección contraria. ¿Alguien dijo Maquiavelo? No han ganado los malos si nosotros somos peores.

 ----------------

Víctor Pueyo es profesor titular de teoría crítica y estudios culturales en Temple University (Filadelfia). Doctorado en Stony Brook University (Nueva York) y especializado en estudios de los siglos XVI y XVII, ha publicado dos libros y una veintena de artículos en revistas profesionales. Su próximo proyecto, del que este artículo es un extracto, se titula tentativamente El Imperio de lo posible: para entender las formas narrativas del realismo capitalista.

En 1957, Leon Festinger realizaba el famoso experimento que daría nombre al concepto de disonancia cognitiva. Se asignaba una tarea tediosa a setenta y un estudiantes de la Universidad de Stanford en varios turnos y se les hacía creer que esa tarea iba a ser evaluada. Acto seguido, se pedía a los participantes...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Víctor Pueyo

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí