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Andrzej Leder / Filósofo polaco

“La izquierda no traería un paraíso a Polonia. Simplemente no habrá dictadura”

Krzysztof Katkowski Varsovia , 13/10/2023

<p>Andrzej Leder. <strong>/ Fundacja Dobrego Odbioru</strong></p>

Andrzej Leder. / Fundacja Dobrego Odbioru

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Las elecciones legislativas del 15 de octubre determinarán si en Polonia la extrema derecha de Jarosław Kaczyński gobernará durante un tercer mandato. La otra alternativa es el partido neoliberal del expresidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. La coalición de izquierdas Lewica, ya de carácter fuertemente liberal, lucha por ser la tercera fuerza. Conversamos con el profesor Andrzej Leder (Polonia, 1960), jefe del Departamento de Filosofía de la Cultura del Instituto de Filosofía y Sociología de la Academia Polaca de Ciencia e intelectual de izquierdas, sobre por qué no existe una izquierda fuerte en Polonia, del neoliberalismo... feudal en este país y de cómo los polacos han suprimido su historia popular. 

Usted no es sólo filósofo sino también psicoanalista. ¿Cómo diagnosticaría Polonia?

En pocas palabras, el sujeto polaco es una persona extremadamente dependiente tanto de su propia imagen como del juicio de los demás.

¿Por qué?

Esto se debe a una serie de factores, principalmente históricos. Lo más importante es que es un país que tiene una leyenda sobre su grandeza imperial de la época del final de la Edad Media. Este mito de la “gran República de las Dos Naciones” provoca un sentimiento constante de infravaloración, un complejo hacia la realidad que nos rodea. Por un lado, infla mucho la imagen que tenemos de nosotros mismos y, por otro, esperamos que todo el mundo acepte esta imagen distorsionada de nuestro país, de nuestra identidad colectiva.

Desde la perspectiva analítica, primero es necesario establecer cuál es el deseo del sujeto; hemos establecido que en el caso de Polonia es el reconocimiento. El siguiente paso es identificar qué mecanismos de defensa utiliza. Los más importantes, para los polacos, son la negación y la represión. Quizás incluso más la represión que la negación. En el discurso público, muchos hechos se tergiversan por completo. Ejemplos fundamentales de este fenómeno son la actitud ante el pasado campesino, ante la genealogía de la mayoría de los polacos –durante mucho tiempo estos temas estuvieron ausentes en el discurso, así como la difícil historia polaco-judía–. Esto puede verse en la represión del antisemitismo, incluso durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los polacos participaron pasivamente en el Holocausto de los judíos: como dijo el eminente critico literario Kazimierz Wyka, “para los alemanes la culpa y el crimen, para nosotros las llaves y el dinero”. En la memoria polaca, el asesinato de los judíos era culpa exclusiva de los alemanes, mientras que el robo masivo de sus propiedades por parte de los polacos fue suprimido del discurso público durante años. 

En la memoria polaca, el asesinato de los judíos era culpa de los alemanes, mientras que el robo de sus propiedades fue suprimido del discurso

Esto conduce a interpretaciones erróneas de la historia, normalmente con un sesgo hacia la derecha. ¿Dónde se ve mejor el abandono de la verdad histórica? 

La cultura polaca fue creada por la intelligentsia que procedía de la nobleza y la nobleza terrateniente. La nobleza a menudo estaba empobrecida, pero subsistía el mito de la pasada grandeza y de la superioridad. De ahí que en la cultura polaca predomine la narración de los problemas de esta clase sobre los de la población campesina, que, al fin y al cabo, constituía –incluso en vísperas de la Segunda Guerra Mundial– alrededor del 70% de la sociedad. Esto sigue ocurriendo hoy en día. Las narrativas básicas que utilizan los comentaristas de la esfera pública derivan precisamente de estos imaginarios. Un buen ejemplo de ello es la obra de Henryk Sienkiewicz, escritor de principios del siglo XX y ganador del Premio Nobel de Literatura, que siguió glorificando la noble Polonia en sus libros. Dio un marco emocional a esta visión. Esto puede verse, por ejemplo, en las adaptaciones cinematográficas de sus obras, incluidas las contemporáneas. 

En su visión, los verdaderos polacos eran los nobles, los burgueses eran lamentables, los judíos estaban en la más absoluta marginalidad y los campesinos eran ladrones o bandidos. Esta es también una literatura que hace hincapié en la jerarquía social, con los campesinos en la parte inferior de la misma. Si un campesino se emancipa en Sienkiewicz, es un bandido. Esta visión tuvo un impacto enorme en la sociedad. 

¿Cómo se percibe este impacto?

Se vio bien en los años noventa, tras la caída del comunismo. Fue entonces cuando la burguesía empezó a buscar a sus antepasados “nobles”, desenterrando cualquier escudo de armas en los libros de las iglesias. Y eso a pesar de que la mayoría de los polacos proceden del campesinado... 

Hubo una revolución, pero no se reflejó en la cultura o el arte; nunca estuvo a la altura de su propio simbolismo popular

Escribió sobre estas transformaciones de la sociedad polaca y del dominio de la clase media en su libro Sleepwalking the Revolution. ¿En qué consistió exactamente esta revolución? 

Se trata de un periodo de enorme transformación social que tuvo lugar entre 1939 y 1956 en Polonia. Fue un cambio que tuvo el carácter de una revolución social masiva. Como ya hemos comentado, incluso antes de la guerra, el 70% de la población vivía en el campo; tres millones carecían de tierras, lo que les relegaba a los márgenes de la sociedad; otro 10% era la comunidad judía, que cumplía el papel de pequeña burguesía. En las pequeñas ciudades del centro y el este de Polonia, los judíos constituían entre el 60% y el 90% de la población. En algunas ciudades –en Łódź o en el distrito minero de Sosnowiec– había una clase obrera judeo-polaca multiétnica, que votaba a socialistas y comunistas, y que suponía aproximadamente el 10% de la población. Esta pequeña pero fuerte tradición izquierdista se formó durante la revolución de 1905, que comenzó en Polonia antes de extenderse al Imperio ruso. Este grupo estaba dirigido por una casta intelectual-clerical-militar, procedente de la nobleza y la nobleza terrateniente, una minoría social por cierto. Además, estaba la Iglesia católica. Todo ello, salvo en las regiones industriales, recreó una sociedad estatal premoderna, una… Edad Media ampliada. 

En 1939, esta estructura social queda destrozada por la invasión de dos potencias totalitarias: la URSS de Stalin y el Tercer Reich de Hitler. La clase media judía perece en el Holocausto, y sus propiedades y su lugar en la cultura social pasan a manos de la nueva clase media étnicamente polaca. Si un judío tenía una tienda, se la quitaban y se la daban a algún polaco étnico para que la gestionara. Los polacos reubicados en los territorios alemanes anexionados a Polonia también ocuparon el lugar de los artesanos y comerciantes alemanes que huyeron. Tras la ocupación alemana, los comunistas aceptaron a regañadientes este statu quo

Cuando entraron el Ejército Rojo y los comunistas polacos, lo único que podían dar a esta sociedad campesina eran las tierras divididas de los antiguos latifundistas, los terratenientes. Los comunistas llevaron a cabo en Polonia una reforma agraria que el Estado polaco había sido incapaz de realizar antes de la Segunda Guerra Mundial. Así acabó la hegemonía material de las clases derivadas de la nobleza. 

La nueva clase media procedía ya del campesinado. Hubo una revolución, pero no se reflejó en la cultura o el arte; nunca estuvo a la altura de su propio simbolismo popular, como la Revolución Francesa. Polonia volvió así a su antigua hegemonía cultural, basada en un culto a la cultura derivada de la nobleza. Esto se ha perpetuado desde entonces y ha provocado una brecha entre cómo es realmente la sociedad polaca y cómo se autoidentifica. 

Con el recrudecimiento del antisemitismo en el aparato del Partido Comunista, se produjo gradualmente un giro clerical-nacionalista en la cultura

¿El régimen comunista no consiguió cambiar esto? 

Durante el periodo estalinista, de 1944 a 1956, se produjo un intento de romper la hegemonía de la vieja cultura de la intelligentsia. No tuvo éxito. Este intento se basaba demasiado en los modelos imperiales rusos, iba acompañado del terror y apenas buscaba aliados en la sociedad polaca. Significó, por ejemplo, la liquidación del pensamiento socialista polaco que no apoyaba a Stalin, a menudo liquidando a activistas socialistas polacos. Un destino similar aguardaba a los comunistas “rebeldes”, a menudo veteranos de la Brigada Dombrowski que luchó en la Guerra Civil española. Paradójicamente, seguían existiendo dos grandes fuerzas creadoras de la cultura polaca: la intelectualidad polaca superviviente, procedente de la cultura de la nobleza terrateniente, y la Iglesia católica, que no se vio demasiado afectada por la represión. 

A finales de los sesenta, estos bandos luchaban entre sí. Con el recrudecimiento del antisemitismo en el aparato del Partido Comunista, a partir de 1968, se produjo gradualmente un giro clerical-nacionalista en la cultura. Al mismo tiempo, Polonia se sumó al proceso de globalización que se iniciaba entonces, en los años setenta, desarrollando su economía con el dinero de los bancos occidentales. El nivel de vida mejoró, pero eso también se tradujo en un mayor endeudamiento de la economía, lo que condujo a la crisis de los años ochenta. 

Paradójicamente, en este largo periodo, los directores de las grandes empresas agrícolas estatales asumieron el rol que habían desempeñado los antiguos patrones de los latifundios, que repartían castigos o privilegios a unos súbditos completamente  dependientes. Ahora era el Estado quien proporcionaba a la mayoría seguridad económica, estabilidad, empleo, asistencia sanitaria y educación. Eso sí, con un nivel insuficiente. 

¿Diría que la República Popular de Polonia fue de izquierdas? 

La República Popular pasó por momentos que podemos considerar “de izquierdas”. Los años entre 1944-56 fueron un periodo de revolución estalinista, es decir, basado en el terror, la explotación del campo y la industrialización en favor de las industrias de guerra. Al mismo tiempo, se produjo una enorme difusión de la educación, la sanidad, la estabilización de la vida, la expansión de la infraestructura social. Esto se consolidó después de 1956 y en los años sesenta y setenta. El desarrollo del Estado –servicios, infraestructuras– se produjo de una forma que podemos calificar de “izquierdas”, pero lo que es completamente no izquierdista es el ejercicio del poder, porque lo que vemos es una dictadura brutal, que evoluciona hacia el nacionalismo. Esto puede verse, por ejemplo, en el antisemitismo del gobierno de Wieslaw Gomulka o en la brutal represión de las protestas obreras, a menudo con armas. 

Sin embargo, como ha dicho, ni siquiera esto abolió la cultura feudal del trabajo en Polonia. Ésta, a su vez, se basaba en la servidumbre (pańszczyzna en polaco), una forma de renta feudal que, en condiciones de esclavitud, los campesinos polacos tenían que ganarse. 

En toda Europa del Este, excepto en Bohemia, se produce una refeudalización desde el siglo XVI, basada en la demanda de productos agrícolas de los países de Europa Occidental. El resultado es que la nobleza de países como Polonia obliga a la mano de obra campesina prácticamente a la esclavitud. Se trata de un proceso que tiene lugar en vastas extensiones de la República de las Dos Naciones –y, por tanto, también de la moderna Ucrania– o en Hungría. Esta condición esclava del campesinado continúa en Polonia hasta el siglo XIX, periodo en el que el país fue dividido entre tres países vecinos: Austria-Hungría, Rusia y Prusia. Fueron estos países los que otorgaron derechos al campesinado, poniendo fin a la práctica de la servidumbre. Sin embargo, su influencia cultural aún puede apreciarse hoy en día. Eran relaciones esencialmente esclavistas y no pueden borrarse de nuestra memoria así como así.

Los polacos tienen miedo a la acción colectiva; es una sociedad muy individualista, basada en la jerarquía

¿Cómo se percibe ese legado en la Polonia contemporánea? 

Puede verse en las relaciones cotidianas, en una cita médica, en la escuela, en el lugar de trabajo. Cada vez que una persona con alguna ventaja, una migaja de poder, y alguien dependiente se encuentran, “la mano de alguien alcanza el látigo, la espalda de alguien se dobla bajo el látigo”. Metafóricamente hablando. 

Esto también puede verse en la escasa capacidad de organización, la escasa participación en la acción social. Los polacos han seguido siendo individualistas, poco comprometidos, un poco por la mitología de la noble libertad y otro poco por el miedo campesino. Paradójicamente, la izquierda en Polonia es muy débil, y ello a pesar de que la Polonia moderna se construyó sobre el mito del poderoso sindicato que fue Solidaridad. Los polacos tienen miedo a la acción colectiva; es una sociedad muy individualista, basada en la jerarquía. Las relaciones feudales, la cultura feudal del trabajo en Polonia no ha hecho más que agudizarse con el neoliberalismo del periodo de transformación. 

Creo que aquí tenemos muchos puntos en común con la historia española, según han señalado historiadores polacos como Janusz Tazbir. Ksawery Pruszyński también escribió maravillosamente sobre esto en sus reportajes desde España durante la Segunda República. Allí escribe que el imaginario español también está dominado por un paradigma feudal y aristocrático. 

En Polonia, sin embargo, el partido socialista fue creado, a principios del siglo XX, por personas descendientes de la intelectualidad y, por tanto –indirectamente– de la nobleza. Esta fue la genealogía del político más importante de Polonia en el periodo de entreguerras, Józef Piłsudski. Primero socialista, luego dictador. Su motivación era la oposición al extremadamente reaccionario autogobierno ruso, y vinculaba la revolución social con la visión de recuperar la independencia. Esto llevó a que la primera Constitución polaca tras recuperar la independencia en 1918 fuera muy progresista para su época, garantizando, entre otras cosas, el sufragio femenino. 

Los judíos también han sido siempre ajenos a la cultura polaca. 

Como ya he dicho, hasta mediados del siglo XIX, que en Polonia fue –utilizando el término de Braudel– una “Edad Media extendida”, la división era la siguiente: el hegemón político y cultural, junto con la Iglesia, era la nobleza terrateniente, la burguesía eran los judíos, y los esclavos eran los campesinos. Tras la abolición de la servidumbre y los inicios de la industrialización, empezó a surgir una burguesía étnicamente polaca a partir de la capa campesina. Esto provocó un conflicto con los judíos. Lo intensificó la Iglesia católica, con su amplia tradición antijudía. Más tarde, esto se trasladó, además, al fuerte apoyo de la burguesía a la derecha nacionalista. También se vio reforzado por el antisemitismo ruso y, más tarde, por el hitleriano. Al mismo tiempo, hay que añadir que en ningún país europeo del siglo XX hubo una comunidad judía tan enorme que viviera tanto en su propio mundo. Esto no justifica nada, pero permite comprender. 

El imaginario social en Polonia lleva tiempo evolucionando en una dirección claramente prosocial y de izquierdas

La transformación neoliberal de los años noventa tampoco ayudó. 

La transformación construyó una nueva clase media polaca que alcanzó la hegemonía política y cultural, dividiéndose en un bloque liberal-globalizador y un bloque burgués periférico y nacionalista. Pero también hubo perdedores de la transformación...

Para muchos, sin embargo, la introducción del neoliberalismo en Polonia fue también un trauma. 

Definitivamente. Se quebró la seguridad económica de muchísimas personas. En cada ciudad, pueblo y aldea había una fábrica durante la época comunista en la que trabajaba alrededor del 20% de la población con sus familias. Durante la transformación política de los años noventa, estas fábricas cerraron y mucha gente se encontró en la calle. Esto se tradujo en un enorme aumento del desempleo en las provincias, unido a la erosión de los derechos sindicales. 

Se acercan las elecciones. ¿Tiene alguna esperanza en la izquierda? 

Tengo grandes esperanzas de frenar las crecientes tendencias autoritarias de la extrema derecha en Polonia. Sin embargo, los partidos de la oposición no introducirán aquí un paraíso de izquierdas; si ganan, simplemente no habrá dictadura. Pero a largo plazo soy optimista. El imaginario social en Polonia lleva tiempo evolucionando en una dirección claramente prosocial y de izquierdas. Culturalmente, esto ya es evidente, como puede verse, por ejemplo, en la importante secularización o en la mayor aceptación social del aborto o del matrimonio entre personas del mismo sexo. Sin embargo, la izquierda liberal también debe entender que es necesario mantener a salvo a la clase popular, que, por su valoración simbólica, ha sido seducida por los populistas de extrema derecha. 

Las elecciones legislativas del 15 de octubre determinarán si en Polonia la extrema derecha de Jarosław Kaczyński gobernará durante un tercer mandato. La otra alternativa es el partido neoliberal del expresidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. La coalición de izquierdas Lewica, ya de carácter fuertemente...

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Autor >

Krzysztof Katkowski

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