1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

  281. Número 281 · Febrero 2022

  282. Número 282 · Marzo 2022

  283. Número 283 · Abril 2022

  284. Número 284 · Mayo 2022

  285. Número 285 · Junio 2022

  286. Número 286 · Julio 2022

  287. Número 287 · Agosto 2022

  288. Número 288 · Septiembre 2022

  289. Número 289 · Octubre 2022

  290. Número 290 · Noviembre 2022

  291. Número 291 · Diciembre 2022

  292. Número 292 · Enero 2023

  293. Número 293 · Febrero 2023

  294. Número 294 · Marzo 2023

  295. Número 295 · Abril 2023

  296. Número 296 · Mayo 2023

  297. Número 297 · Junio 2023

  298. Número 298 · Julio 2023

  299. Número 299 · Agosto 2023

  300. Número 300 · Septiembre 2023

  301. Número 301 · Octubre 2023

  302. Número 302 · Noviembre 2023

  303. Número 303 · Diciembre 2023

  304. Número 304 · Enero 2024

  305. Número 305 · Febrero 2024

  306. Número 306 · Marzo 2024

  307. Número 307 · Abril 2024

  308. Número 308 · Mayo 2024

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

ABUSO DE PODER

Frenar el acoso sexual con derechos laborales

Las condiciones de explotación en el trabajo sitúan a las mujeres en una relación de dominación donde las agresiones sexuales son parte constitutiva de ese dominio

Nuria Alabao 5/03/2024

<p><em>Explotación</em>. / <strong>J. R. Mora</strong></p>

Explotación. / J. R. Mora

En CTXT podemos mantener nuestra radical independencia gracias a que las suscripciones suponen el 70% de los ingresos. No aceptamos “noticias” patrocinadas y apenas tenemos publicidad. Si puedes apoyarnos desde 3 euros mensuales, suscribete aquí

El #SeAcabó, las protestas de la selección de fútbol femenina por los abusos de poder y el beso de Luis Rubiales a la jugadora Jenni Hermoso nos dejaron una lección para estos tiempos. Las futbolistas tenían un conflicto sindical desde hacía tiempo y una lista de reivindicaciones laborales por las que se estaban movilizando, pero solo consiguieron atención pública y extensa solidaridad cuando se habló del beso no consentido. Podría entenderse entonces que si quieres mejorar tus condiciones de trabajo, obtendrás más apoyo social y presencia mediática si codificas el conflicto en términos de agresión sexual antes que de derechos o condiciones laborales. Parece que la explotación, el abuso o incluso la trata, movilizan menos si no van acompañados de sexo por algún lado.

Acoso y precariedad, una relación estrecha

Sucede claramente en la Universidad. Desde hace tiempo, es sabido que muchos profesores explotan el trabajo y las ideas de los estudiantes de doctorado o de los becarios que están en sus departamentos. Estos estudiantes dependen de ellos para poder conseguir algún contrato más estable en el futuro, así que poco pueden hacer –casi se considera un peaje que hay que pagar para poder hacer carrera académica–. Se han producido denuncias públicas que casi nunca tienen repercusión, salvo que se expresen en términos sexuales. Las denuncias de acoso sexual, independientemente del grado de violencia que conlleven, por lo menos pueden conseguir alguna repercusión mediática y desatar oleadas de apoyo –más allá de que se consiga o no acabar efectivamente con estos abusos o que sus perpretadores asuman las consecuencias–. Si no hay escándalo sexual, una vez más, la explotación laboral no parece preocupar o se asume como parte inherente al trabajo en una sociedad capitalista. El fenómeno del acoso o la violencia sexual en el trabajo –o en los estudios– no se puede comprender plenamente sin ponerlo en relación con el avance de la precariedad en las relaciones laborales. Precisamente es la inestabilidad laboral la que posibilita e impulsa el abuso.

Evidentemente, para que esto haya llegado a ser un tema de preocupación pública ha tenido que existir un activismo feminista muy presente en estas universidades, ya que antes muchas denuncias simplemente eran ignoradas y todo seguía igual. De hecho, el activismo feminista en la Universidad ha contribuido a crear procedimientos y protocolos para enfrentar estos casos como parte de “un intento comprensible de crear un mundo más predecible y, por tanto, más seguro y menos precario”, dice Alison Phipps sobre el caso estadounidense. Sin embargo, la autora cree que la manera en la que se están implementando, en vez de contribuir al bienestar de las mujeres que sufren acoso, acaba reforzando a la institución que instrumentaliza las narrativa de la seguridad y la protección: las relaciones de poder pueden seguir intactas, pero “si se siguen los protocolos correctos, todo irá bien”. Para Phipps, la violencia sexual se está volviendo un recurso útil para reforzar el poder de las instituciones, que dependen cada vez más de la precariedad como herramienta de dominación, de manera que la violencia sexual y las relaciones laborales precarias se refuerzan mutuamente. “Mientras que las relaciones laborales precarias exponen a las mujeres y a otras personas marginadas a sufrir abusos sexuales, la violencia sexual alimenta los procesos institucionales de explotación laboral a través del miedo, la incomodidad y el trauma” que genera, explica la socióloga. La inseguridad en el trabajo y la inseguridad física se entrelazan para moldear subjetividades vulnerables, de manera que la propia inseguridad se convierte en parte de las actuales formas de gobierno: quien tiene miedo no se organiza, como asegura Isabell Lorey en Estado de inseguridad. Organizarse, generar solidaridades feministas de clase es la mejor herramienta, tanto contra el abuso como contra la explotación.

El acoso sexual tiene mucho que ver con el poder de clase

En general, las mujeres sufren en el trabajo más violencia relacionada con la explotación que agresiones sexuales propiamente dichas, aunque sean violencias que se entremezclan: ambas están relacionadas con el control. El #MeToo puso sobre la mesa el abuso sexual por parte de empleadores y jefes que usan su poder simbólico y económico para abusar de las mujeres. Pero ¿para qué sirven esos abusos? Un estudio ya clásico de Lin Farley de 1978 –realizado en Estados Unidos– aseguraba que, en los “empleos feminizados” de la época –camarera, mecanógrafa, dependienta–, el acoso sexual por parte de los superiores masculinos servía para mantener a raya a las mujeres, para controlar mejor la fuerza de trabajo. En otros espacios laborales, donde por entonces la mujer se estaba abriendo paso –policías, gerentes o dibujantes técnicos–, las novatadas sexuales y el acoso servían para mantenerlas fuera.

Susan Watkins se pregunta si esto opera todavía hoy, cuando la presencia de las mujeres ya está consolidada en la mayoría de profesiones. ¿Sigue siendo funcional el acoso como una forma de disciplina de género en el lugar de trabajo, o es residual? ¿Cuál es su relación con los trabajos más subordinados o con el racismo? Según una encuesta, en Estados Unidos dos de cada cinco mujeres que trabajan en las posiciones subordinadas del sector de comida rápida –las que no son encargadas– reportaban haber sufrido acoso sexual. Además, las afroamericanas y latinas habían sido objeto de este acoso en mayor medida que las blancas, y aseguraban haber tenido que aguantarlo en silencio para no perder su empleo –sobre todo las latinas migrantes– o eran más propensas a sufrir un castigo como represalia si trataban de denunciar –mayormente las negras–. “El silencio se imponía no solo por la dominación masculina, sino por el estado de ansiedad institucionalizado que reina entre las inmigrantes indocumentadas, donde las presiones económicas y un estatus civil inseguro se combinan con la opresión de género para debilitar los derechos a la integridad corporal e intensificar, al mismo tiempo, los temores cotidianos”, asegura Watkins.

Aquí en España el lugar que nos sirve para entender el entrelazamiento de estas cuestiones es la situación de las jornaleras de los frutos rojos por contingentes en lo más bajo de la jerarquía laboral. Esta forma de contratación en origen ofrece el lugar –barracones apartados– y la oportunidad –la desigualdad de poder, ya que son extranjeras y serán devueltas a sus países de origen cuando acabe la temporada– que permiten que se produzcan todo tipo de abusos y agresiones sexuales. De nuevo, su situación de hiperexplotación solo saltó a los medios cuando se denunciaron violaciones. En cualquier caso, tampoco desató una ola de indignación y de apoyo parecidas a las que se produjeron durante el juicio de ‘La Manada’ –aunque coincidieran en el tiempo–. De nuevo aquí encontramos un salto de clase y de raza/origen migratorio: nos movilizamos por lo que nos queda “más cerca”. A partir de la raza o el género, el capitalismo divide y estratifica a las poblaciones para su mejor explotación –fundamentalmente del trabajo–. Esta solidaridad selectiva asume estas estratificaciones y las encarna elaborando su propia jerarquía de preocupaciones.

Pánicos sexuales en el trabajo

Sin embargo, ni la precariedad ni su relación con la clase están muy presentes en los discursos sobre el acoso. La violencia sexual es un lugar de intervención política central y, al mismo tiempo, muy complicado para los feminismos. Se trata de alertar de su existencia y su gravedad sin definir ese campo como un lugar de grave peligro ni reafirmar la sacralidad o excepcionalidad del sexo. Si en la jerarquía de violencias que podemos sufrir la situamos arriba del todo, si la convertimos en el centro de nuestras preocupaciones por encima de otras problemáticas –o desgajándola de la trama de dominación más general que impone el sistema económico–, más que impulsar nuestra liberación puede suponer un límite. La manera en la que lo enunciamos públicamente puede promover pánicos sexuales que facilitan nuestra subordinación e incluso el disciplinamiento de la fuerza de trabajo.

Para Marta Lamas, la manera en la que se está elaborando el discurso hegemónico sobre el acoso sexual, influido por la expresión estadounidense del feminismo radical –aquí cultural–, refuerza un esquema esencialista que desplaza las cuestiones de clase o invisibiliza otras tramas de dominación. Estas representaciones de la sexualidad masculina siempre como “depravada”, y de las mujeres como víctimas, desplazan otros elementos como la opresión de clase, raza o edad –entre otras–, además de invisibilizar las múltiples diferencias sociales entre mujeres. Crean además la figura de una víctima ideal, casi sin agencia, que limita nuestra capacidad de resistencia ante estos abusos. Esta perspectiva, donde se da un excesivo énfasis a la sexualidad en contraposición con otras opresiones sociales, solo puede conducir a un tratamiento punitivista de la cuestión, señala Lamas.

La cuestión de clase entra una vez más para ayudarnos a comprender. Para las mujeres de clase media, el acoso sexual puede ser la violencia más grave a la que se tienen que enfrentar en el mundo del trabajo y un freno a su ascenso laboral, pero para otras puede no ser la más importante ni la que más dolor físico o psicológico les produzca (algo que señala Laura Macaya en sus intervenciones públicas). Isabel Otxoa, de la Asociación de Trabajadoras del Hogar Bizkaia Etxebarrukoak, explicaba en este artículo cómo la última reforma de la legislación sobre el trabajo doméstico proclama el derecho a recibir protección en temas de seguridad y salud laboral “especialmente en el ámbito de la prevención de la violencia contra las mujeres”. Otxoa se pregunta ¿por qué jerarquizar la protección?: “Pueden ser igualmente lesivas física y mentalmente la falta de descanso, de privacidad del alojamiento, la ausencia de vida social, el insuficiente reconocimiento moral y salarial, y la carencia de formación y medios para realizar el trabajo”, por ejemplo, todos ellos elementos presentes en la situación de muchas de las trabajadoras internas.

Un sindicalismo feminista debe rechazar la tentación de codificar en términos sexuales cualquier situación de abuso laboral para ocupar espacio mediático, la explotación laboral también puede dañar a las mujeres y puede conllevar un alto grado de violencia. Es cierto que tenemos que pelear con todas las herramientas a nuestro alcance, pero también tenemos que asumir que nuestras decisiones, el relato que construimos sobre la explotación, tienen consecuencias sociales. Necesitamos reflexionar sobre qué discursos estamos produciendo desde el feminismo para evitar la tentación esencialista y la lógica del castigo que le acompaña. Asunción de responsabilidades, autonomía de las mujeres –y justicia social– y reparación son otras lógicas de la justicia transformadora que hay que situar en el discurso público. El activismo debería combatir las falsas promesas de seguridad que refuerzan la autoridad –ya sea de la institución académica y sus lógicas o del sistema penal–. Meter a algunos de estos patrones en la prisión no cambiará la situación de las mujeres más explotadas ni acabará con los abusos, porque vendrán otros y tendrán el mismo poder sobre ellas. Acabar con las condiciones que hacen posible estos abusos, o que imposibilitan a las mujeres luchar contra ellos, es una estrategia que hay poner en el centro, sobre todo si pensamos en el largo plazo y buscamos la transformación social.

Para luchar contra el acoso sexual es necesario abordar las inseguridades relacionadas con el trabajo y la precariedad. Son las condiciones de explotación y vulneración de derechos las que sitúan a las mujeres en una relación de dominación donde el acoso sexual o la agresión son partes constitutivas de ese dominio. Para combatirlo mejor hay que tener derechos laborales, residencia legal –no supeditada al empleo–, inspecciones de trabajo, poder sindical y capacidad de organizarse y luchar.

El #SeAcabó, las protestas de la selección de fútbol femenina por los abusos de poder y el beso de Luis Rubiales a la jugadora Jenni Hermoso nos dejaron una lección para estos tiempos. Las...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autora >

Nuria Alabao

Es periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora especializada en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

1 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. victor1

    Fantástico artículo Nuria, muchas gracias siempre por darnos otra visión del femimismo. Cuando mencionas "la manera en la que se está elaborando el discurso hegemónico sobre el acoso sexual, influido por la expresión estadounidense del feminismo radical –aquí cultural–, refuerza un esquema esencialista que desplaza las cuestiones de clase o invisibiliza otras tramas de dominación. Estas representaciones de la sexualidad masculina siempre como “depravada”, y de las mujeres como víctimas, desplazan otros elementos como la opresión de clase, raza o edad –entre otras–, además de invisibilizar las múltiples diferencias sociales entre mujeres." me recuerda a las voces que critican a las llamadas políticas identitarias, aquellas que radican en la defensa de los derechos de un grupo determinado en la sociedad ignorando los del resto. Más o menos las críticas convergen en que este tipo de políticas han ganado terreno social a medida que se ha ido perdiendo la conciencia de clase trabajadora con todas sus demandas tradicionales para evitar la verticalidad profesional, educativa, de vivienda o recursos... En el mundo anglosajón esto se ve mucho más claro cuando las demandas de género enfocadas en lo sexual copan los programas electorales dejando al resto en medidas paliativas del avance neoliberal. Así los grandes debates del siglo XX como la protección social, soberanía sobre los recursos nacionales, fiscalización de los grandes poderes, justicia independiente, libertad de expresión... etc han ido perdiendo interés. Lo que comentas sobre los abusos laborales en las universidades, o en el equipo de fútbol femenino es extendible a otras tantas injusticias como la falta de libertad de prensa y el monopolio de los medios, que ya no escandaliza, ni a la falta de independencia judicial, ni del expolio y malgasto de recursos futuros, ni las puertas giratorias en las instituciones políticas, ni siquiera ya trasciende la bochornosa manipulación que estamos viviendo con la guerra de Ucrania o Gaza que no parece escandalizar mucho. A mi personalmente me parece muy sintomático de nuestros tiempos. Es como si la presión social necesaria para monitorizar los derechos conseguidos durante generaciones estuviera sin fuelle.

    Hace 2 meses 19 días

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí