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La galería global del artista-marca

Luis Felipe Torrente 7/05/2015

OVNIculada Concepción II
OVNIculada Concepción II Rebeca Khamlichi

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Para una nueva generación de pintores ya no existen ni galerías, ni galeristas, ni marchantes, ni exposiciones. Ellos crean su propio relato de principio a fin: pintan, se relacionan con su público y con los patrocinadores, y venden directamente. Sin intermediarios y sin moverse del taller. Sin subvenciones. Crean su marca personal a través de las redes sociales. Está revolucionando el mercado del arte.

Son firmas como Paula Bonet -112.000 seguidores en Instagram-, Gary Baseman -78.000-, Gustavo Rimada -153.000-, Ramón Maiden -36.000-, o Rebeca Khamlichi -26.000-. CTXT ha hablado con esta última para que nos ayude a aclarar el nuevo panorama. Pero antes, el contexto.

 


Paula Bonet es quizá la artista española más conocida de este universo social y comercial paralelo. Ilustra libros propios y ajenos, carátulas de discos, portadas de revistas, carteles, cierres de establecimientos comerciales… hasta etiquetas para botellas de horchata o el bombo de una batería. En su página web vende chapas, postales, bolsas y láminas con sus creaciones. Recientemente ha publicado su cuarto libro, titulado 813, una obra dedicada a uno de sus inspiradores, el cineasta francés Francoise Truffaut.  

 

Sus herramientas sociales y comerciales como ilustradora freelance son Twitter (16.000 seguidores), Instagram (112.000) y Facebook (más de 200.000), además de su página web (tienda incluida).

 

 

Su obra es inconfundible. No es extraño encontrar en las redes imágenes de mujeres con rostros lánguidos, coloretes desvaídos y largas melenas imposibles. Pueden ser de Paula Bonet o de su legión de imitadores. Porque los replicantes abundan. Tanto que mucha gente conoce y sigue antes a la copia que al original. 

El arma del también barcelonés Ramón Maiden es el bolígrafo.

 

 

Close up

Una foto publicada por Ramon Maiden (@ramonmaiden) el2 de Abr de 2015 a la(s) 10:59 PDT

 

Con él tatúa postales, fotografías, ilustraciones y calendarios de época, y piezas de madera, y navajas de barbero, y figuras religiosas, y lo que le echen. Y dispersa su obra por casi todas y casi cada una las redes sociales: Instagram, Facebook, tumblr, etc.

Hay más nombres, como el del mexicano residente en Los Ángeles Gustavo Rimada.

 

 

Gypsy Woman #staythecourseartshow #trekellartsupplies #steadfast

Una foto publicada por Gustavo Rimada (@arte_de_gustavo) el1 de Abr de 2015 a la(s) 4:29 PDT

 

Rimada aúna en sus obras el culto a la muerte de su México natal con la herencia iconográfica de Frida Kahlo y Walt Disney, asaeteado todo por ojos coloridos, alas mariposas y vírgenes barrocas (Web, Instagram -153.000 seguidores- y Facebook).

 

O el ya clásico del surrealismo pop Gary Baseman.


 

Lo mismo hace dibujos animados para Disney que figuritas para Lladró, o diseña ropa y complementos para la marca Coach, todo con sus cuentas de Twitter, Instagram o Facebook como puntas de lanza sociocomercial.

Otro nombre-marca es el de la canadiense hija de italianos Camilla d’Errico. 

 

 

Esta autora de un anime inocentón y preadolescente, siempre vigilada de cerca por su bulldog francés de nombre Loki, tiene casi 300.000 amigos en Facebook; en Twitter casi 12.000, y en Instagram 55.000. 

Para tratar de entender el ecosistema artístico de las redes sociales acudimos a la madrileña Rebeca Khamlichi, partidaria de los galgos, que pinta vírgenes ovniculadas, corazones estacionales, cuerpos musculados, bichos animados y que, últimamente, aplica sus rotuladores superpop a carteles de las guerras civil española y segunda mundial. 

 

 

En su taller pinta sobre una mesa de cristal mientras con el móvil graba los trazos. Veinte segundos y a Instagram. Sus seguidores -más de 26.000- siguen sus creaciones en tiempo real, desde el principio, paso a paso. “Me dicen lo que les gusta y lo que no. Me ayudan a saber si he acertado o si en algún momento del proceso la he fastidiado. Me critican en tiempo real. Pero no influyen en lo que hago porque me volvería loca. Respeto lo que me dicen pero no puedo dejar que me afecte ni cambiar en función de sus reacciones, porque sería el triunfo del absurdo. Cuando tengo muchos halagos muy seguidos pienso que algo estoy haciendo mal”.

No ve a los seguidores como clientes. Porque tendría que plegarse a sus gustos y dejaría de pintar la mitad de lo que pinta. “¿Quién va a comprar un cartel de guerra con la cara de Doraemon? Nadie. A no ser que esté tan tarado como yo”.

Este relato creativo en tiempo real también tiene, para Khamlichi, cierta función terapéutica: “Esto es como una carrera de fondo y hay gente a los lados que te aplaude o te dicen que por ahí vas mal. La gente creativa tiene muchos bajones de ánimo, inseguridad. Y que haya gente que lo valore durante el proceso de creación es una ayuda".

¿Cómo empezó todo?

“Pinto, por obligación, desde pequeña, porque mi padre es pintor y mi madre escultora. Y en mi casa no había tele. Me tenían todo el día sacando sombras a las manzanas, encajando caras, haciendo perspectivas. No me hacía nada de gracia y lo dejé. Pero crecí y volví a pintar.  A los 18 hice mis primeras exposiciones. Y me fue muy bien. Pero no me gustaba tener que ser el centro de atención. Quería hacer algo que me permitiera pasar inadvertida. Y guardé las pinturas en un altillo. Y me dediqué al maquillaje. Hasta que descubrí que las redes sociales me permitían no tener que relacionarme directamente con personas. Podía trabajar encerrada a solas con mis perros. Aposté por eso y me va bien, aunque nunca creí en esto como una opción laboral real. Lo empecé a ver como un trabajo serio cuando, antes de que ninguno de mis cuadros estuviese en ninguna galería, comencé a vender a través de internet por todo el mundo.

¿Qué opinas de la exposición como escaparate físico de la obra del artista?

Las exposiciones son una fiesta para invitar a vinos a tus amigos y pasar un rato majo. Mi público ya no compra ahí. Lo buscan y lo compran por Internet porque es mucho más fácil. Y pueden hablar conmigo por correo electrónico. Además, yo que soy muy antisocial lo agradezco. Todo lo que sea no tener que relacionarme me va bien. Cuando me preguntan cuándo expuse por última vez solo tengo que abrir el móvil y actualizar. En Instagram tengo veintiseismil seguidores. Nunca en una exposición mía han entrado más de tres mil personas. Instagram es la exposición más grande posible, porque además se ve en tiempo real en todas partes.

Hay quien os reprocha que os hayáis convertido en soportes publicitarios, en artistas-anuncio.

Cuando eres joven e idealista y no sabes cómo funciona el mundo crees que puedes vivir del arte sin venderte nunca. Yo lo único que quiero es poder seguir pintando mañana. No me importa si a la gente le parezco una marca o un producto comercial. No me preocupa nada mientras pueda seguir siendo fiel a lo que quiero hacer. Lo que sería un sinsentido sería querer estar al margen del sistema, no ser una marca, no ser comercial… Y no poder pintar porque tengo que estar vendiendo ropa en una tienda. Sería un absurdo. Me preocupa lo mismo que triunfar. O sea, nada. Lo que me preocupa es pintar mañana, y pasado y al otro. Seguir pintando.

¿Pero no recibes reproches por citar marcas comerciales, o por mostrarlas?

No. Solamente “anuncio” cosas que me gustan. Por ejemplo, la marca de pinturas que más me gusta, y que uso desde que la descubrí, la nombro con naturalidad, porque es lo que mis seguidores más me preguntan. Lo que no haría sería anunciar cosas en las que no creo. Me han ofrecido cantidades muy locas por hacerme una foto con tal producto y he dicho que no. De todos modos, lo que me permite seguir pintando son los cuadros, no la publicidad que hago en las redes. 

Al margen de ese uso comercial, ¿qué otras ventajas tienen las redes sociales para una artista como tu?

Hay muchos artistas que me encantan a los que veía como algo lejano e inaccesible. Ahora puedo mantener con ellos una relación podríamos decir que laboral, de igual a igual, como compañeros de gremio. Que alguien a quien admiras te siga y te de consejos es la bomba. Además, las redes sociales te permiten tener todas las referencias de lo que se está haciendo, todo junto y a la vez. Nadie ha tenido esto antes. Para conseguir algo parecido Bacon visitó el Prado, Velázquez visitó Italia, Picasso se fue a Francia. Eso que tuvieron ellos en pequeño nosotros lo tenemos de forma masiva. Cultura colmena a lo loco. Pero hay que saber lo que te interesa y desechar lo no.

¿Y qué pinta Khamlichi? A partir de aquí, algunas obras y sus porqués.

 

 

Penita dice: "No trabajes y dame besitos, mami" 😍

Un vídeo publicado por Rebeca Khamlichi (@rebecakhamlichi) el3 de May de 2015 a la(s) 6:09 PDT

 

Lo de versionar carteles de guerra se debe a que soy un poco obsesiva. Ahora me ha dado por los documentales de guerra. Me alucinan, la estética bélica es lo mas, sobre todo la de Guerra Civil Española, mezcla cartelismo ruso e imaginería rural. Lo que hago es pasar esos carteles al superpop. Este es Doraemon, el dibujo animado que más le gusta a los niños, y que yo más odio porque sus valores son una mierda. Es un gato que saca de líos a un niño egoísta, egocéntrico, mala persona… Hay una chica que o enseña las bragas o hace galletas. Es su función. Y todos los personajes tienen envidia al que tiene más dinero de la pandilla. He hecho este cartel para pedir ayuda para Doraemon, que se supone que es el único que tiene cordura dentro de esa pandilla.

 

 

OVNIculada concepción II. FINISHED !!! #acrylic #canvas

Una foto publicada por Rebeca Khamlichi (@rebecakhamlichi) el22 de Abr de 2014 a la(s) 10:54 PDT

 

Mi padre fue criado como musulmán, aunque no es practicante. Mi madre es cristiana, aunque no católica. Y mis abuelos, con los que viví buena parte de mi infancia, son supercatólicos. Y de pequeña me bombardeaban. Cada uno me contaba su verdad absoluta sobre Dios. Y cuando eres pequeño no te planteas que pueda ser mentira lo que te dicen los mayores. Pero yo decía: Algo falla. Si todos me están contando lo mismo, que es la verdad absoluta, y cada uno tiene una, igual es que están equivocados y no hay nadie. De la religión me hacía gracia la iconografía de las señoras preciosonas superafligidas. Me encantan, porque no tienen para mi la connotación negativa que tienen para los que han estudiado en un colegio religioso. Para mi no son más que muñequicos majos. Como las vírgenes ovniculadas. Si la historia de la paloma hubiese sucedido hace unos años, en los 70 por ejemplo, en vez de paloma el Espíritu Santo habría sido un alien: baja un platillo, deja embarazada a la virgen y nace un superhéroe bondadoso. Es reversionar la historia para adaptarla a nuestros tiempos.

 

 

"La verdadera identidad de Peter Parker " in progress

Una foto publicada por Rebeca Khamlichi (@rebecakhamlichi) el13 de May de 2014 a la(s) 9:23 PDT

 

Con las vírgenes ha habido reacciones negativas. En un mercadillo en el que exponía mis vírgenes, una señora le tapó los ojos a un niño y le dijo que eran dibujos de una niña enajenada.. Pero también han venido viejicas que me han dicho que les encanta mi sentido del humor. Yo respeto las creencias de la gente, pero yo creo en las cosas sin mensaje, nada profundas. Solo es necesario que me hagan gracia. Y ya está. Yo les respeto a ellos y ellos deberían respetarme a mi. Al fin y al cabo, no son vírgenes, porque no tienen ningún poder. Son señoras y nadie les reza. Si para mi Alá significara lo mismo no tendría problema en usarlo en mi iconografía. Pero lo que me resulta atractivo estéticamente son las vírgenes, que no dejan de ser Barbies castizas: la misma señora todo el rato con diferentes situaciones vitales, diferentes peinados y diferentes vestidos. Está Barbie Malibú y está Santa María de las Penurias.

 

 

Me canta La Niña de los Peines, me toca Melchor de Marchena #flamenco #bien

Un vídeo publicado por Rebeca Khamlichi (@rebecakhamlichi) el5 de Mar de 2015 a la(s) 4:24 PST

 

Mi afición al flamenco, a la copla y a la canción española en general es culpa del Central Hispano. De pequeñita vivía con mis abuelos, que eran gente trabajadora, que había vivido la guerra y entre cuya prioridades en la vida no estaba gastarse el dinero en música. Pero en una promoción para clientes del Central Hispano, en vez de coger las maletas cogieron un lote de cintas de música. Concha Piquer, Juanita Reina, María Dolores Pradera… Era un pupurrí. Me pareció lo más maravilloso del mundo. Me las ponía en bucle durante toda la infancia, me las sabía todas, pero no entendía nada. Ya de adolescente las empecé a entender y me parecieron todavía más maravillosas. Si no hubiera sido por el Central Hispano, la copla no hubiera llegado a mi, porque soy mitad de Zamora y mitad árabe. Creo que además de ser canciones muy bonitas, hablan sobre la España que éramos y que a ratos todavía somos.

 

 

Amores imposibles // work in progress // Go 🐤🐣

Un vídeo publicado por Rebeca Khamlichi (@rebecakhamlichi) el4 de Abr de 2015 a la(s) 9:32 PDT

 

Empecé a ver la tele a los siete años. Hay cosas de mi generación que ignoro. Nunca he visto Los Goonies. Me reprochan que no he tenido infancia. Pero veo dibujos animados todos los días de mi vida desde los diez años. No he parado. Y siempre pienso en qué momento a los adultos les dejan de hacer gracia. Yo, como los niños, me sé los diálogos. 

Para una nueva generación de pintores ya no existen ni galerías, ni galeristas, ni marchantes, ni exposiciones. Ellos crean su propio relato de principio a fin: pintan, se relacionan con su público y con los patrocinadores, y venden directamente. Sin intermediarios y sin moverse del taller. Sin subvenciones....

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Autor >

Luis Felipe Torrente

Nacido en Albany (EE. UU.) pero criado entre Galicia, Salamanca y Madrid, donde vive. Es guionista del programa Ochéntame otra vez de RTVE. Antes trabajó en Canal +, CNN+, Telemadrid y Cuatro. Ha hecho varias películas documentales con su socio Daniel Suberviola, entre otras, el libro+documental Manuel Chaves Nogales: El hombre que estaba allí, finalista de los Goya en 2014.

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