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Tribuna

Apuntes para otros imaginarios rurales

Una reflexión sobre los matices en que se mueve hoy la vida en los pueblos que parte del libro ‘La España vacía’, de Sergio del Molino, y contempla el olvido político

David Vila-Viñas 31/08/2016

<p>Una imagen de Extremadura. </p>

Una imagen de Extremadura. 

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El último libro de Sergio del Molino, La España vacía, un ensayo sobre los discursos que configuran la parte más despoblada del país y, por extensión, a todos aquellos cuyos antepasados la habitaron algún día, ha retomado las discusiones sobre esta mitad del país casi desaparecida de la opinión pública y del radar de las ciencias sociales contemporáneas. A lo largo de estos apuntes, propios del tiempo largo del verano, se pretende contribuir a esa conversación, confiando en que se involucren en la misma otros puntos de vista, más plurales y más aptos, para captar los matices en que se mueve hoy la vida en los pueblos.

1. Conviene que el campo sospeche de los iconos del campo. Del Molino explica bien, sea a través de ficciones cinematográficas, como la de Surcos (Nieves Conde, 1951), sea a través de estadísticas, cómo en España han convivido una generalidad de discursos oficiales que han exaltado la vida, el espíritu y a las gentes del campo con una generalidad de estrategias oficiales dirigidas a relegarlas a la posición de marginalidad exótica o de reclamo turístico.

El poder opera como la caballerosidad: cuanta más exaltación simbólica otorga, peor posición material provee. Ocho años del primer presidente afroamericano de Estados Unidos coinciden sin perturbación con el mayor ensanchamiento de la desigualdad entre “blancos y negros” en el país. Cuantos más niños se achuchan en campaña, menos se gasta en políticas de infancia. A pesar de ser sus principales caladeros de voto y de presumir de una conexión privilegiada con las gentes del campo, los distintos gobiernos españoles no han realizado ni el menor esfuerzo por detener la sangría del éxodo rural.

Los nuevos partidos pretenden, en cambio, no engañar a nadie y suelen obviar que la mitad del país está despoblado, así como las distancias crecientes entre los imaginarios rurales y urbanos, presumiendo que los discursos siguen distribuciones radiales y que, al igual que el sistema ferroviario, lo que sea que ocurra en las grandes ciudades se filtrará tarde o temprano a los pueblos, al igual que en los noventa jugábamos a los videojuegos que los japoneses habían disfrutado hace lustros. Todo ello a pesar de que, junto a la edad, el rasgo campo/ciudad sea el mejor predictor de sus apoyos.

2. El mundo rural no existe. Para salvar el problema de referirse a un otro, del que se pretende hablar pero al que no se piensa incluir en la conversación, la humanidad inventa términos. Para indicar aquello que no es ciudad, que ocupa la mitad de la casa que compartimos pero que no se sienta a la mesa, se ha renunciado a expresiones que se entendían peyorativas y se han abrazado otras más limpias, como mundo rural. En Aragón, por ejemplo, el departamento de asuntos del campo se denomina Desarrollo rural y sostenibilidad y de manera significativa agrupa cosas que son esenciales para el bienestar pero que, como el medio ambiente o la misma sostenibilidad, se sobreentiende que solo afectan a los espacios no-urbanos.

Lo máximo a lo que pueden aspirar estas nociones para referirse a un otro sin el otro es a no ofenderlo pero solo de manera excepcional pueden interpelarlo con alguna eficacia. Términos como mundo rural tienen al menos la virtud de tratar de ser respetuosos y reconocer una diferencia, cuando no una desigualdad, de carácter sistémico entre lo urbano y lo que está más allá. Sin embargo, apenas se ha encontrado algún ejemplar vivo de aquel mundo rural que se defina a sí mismo como tal. A veces sucede que nociones que designan categorías perfiladas por rasgos bastante objetivos, como el de clase obrera, pierden eficacia desde una perspectiva política porque se disocian de la subjetividad propia de los grupos a que se refieren. 

Términos como mundo rural tienen al menos la virtud de tratar de ser respetuosos y reconocer una diferencia

Mundo rural, por seguir con el ejemplo más habitual, habla, desde un mundo, de otro. Es frecuente que los habitantes de ese otro mundo, que en su mayoría viven en cabeceras de comarcas con ciertos servicios y ancho de banda, que van y vienen de la ciudad a menudo, que trabajan prestándole servicios o cuyas familias se encuentran divididas entre la ciudad y el pueblo... no se sientan muy de otro mundo, a pesar de que perciban desigualdades muy evidentes.

3. Los enfoques alternativos han formado sus propios mitos. La epifanía rural o el ataque de exotismo es un fondo de pantalla frecuente en las aproximaciones de los movimientos críticos a la vida de los pueblos. Es obvio que no hay mucho que decir sobre la manera en la que cada cual decide aproximarse a otras formas de vida pero ésta es una tendencia de tintes coloniales que, amén de la valoración que pueda merecer, resulta ineficaz para entablar un contacto honesto y horizontal con el otro.

4. Los pueblos estarán poco poblados pero son algo concreto. Sentado pues que estas categorías solo tienen sentido para una parte de la relación, conviene empezar a plantearse qué pasaría si no fuera posible englobar todas las situaciones del campo en una sola categoría y hubiera que apartarse de la tentación de aquellos discursos con la capacidad de referirse a todas ellas. Es decir, algo parecido a lo que afrontan cada día las narrativas urbanas en contextos complejos. Esto supondría mucho trabajo para el mundo urbano, que se vería obligado a distinguir situaciones específicas detrás de las que, en términos cuantitativos, no hay mucha gente pero permitiría pluralizar las identidades en juego, poner sobre la mesa nuevos factores sobre los que sostener diálogos concretos, ya no sólo marcados por la distancia entre ambos mundos. Antes de seguir arrojando al mar mensajes en botellas, dirigidos a todos pero que no le llegan a nadie, levantar estos puentes concretos puede ser una inversión rentable.

5. No se conecta con los pueblos a partir del relato de sus catástrofes, sino de su deseo de bienestar. Incorporarse sin más, llevados por la inercia de la crítica, al lamento sobre las calamidades que sufre el campo es un arma de doble filo. Los discursos hegemónicos sobre la realidad del país traslucen de fondo una crítica a la vida urbana, a la manera en la que ha depredado lo rural, sobre todo su población, a lo que del Molino llama el gran trauma, en referencia a la migración masiva a la ciudad, sobre todo desde los años sesenta. Pero hasta ahí. Afrenta original que da lugar a un estado de resquemor respecto a la vida urbana, a los vicios y a la incertidumbre de las modernidades pero que siempre se mantiene lejos de algunas inflexiones discursivas en las que las perspectivas críticas incurren a menudo.

Si se habla de la decadencia del campo, se hace sin añadirle crueldad a las circunstancias y al calado real de tal decadencia, sino poniendo por delante una alta autoestima y una suerte de optimismo. Las lectoras urbanas lo entenderán mejor con el ethos que las desclasadas clases medias dotaron al 15M: sus protagonistas fueron capaces de combinar una crítica bastante generalizada al sistema, y en particular a su situación, con una especie de identidad orgullosa y algo esperanzada. Sus reflexiones sobre la posición perdida por esas amplias capas sociales en el escenario posterior a la crisis de 2008 eran al mismo tiempo la principal vindicación de las propias virtudes y, en definitiva, una inversión de la culpa que el régimen les atribuía como explicación de su realidad. Los relatos más aceptados sobre la decadencia de los pueblos se cuidan mucho de conciliar esos extremos. Por supuesto, tanto las políticas públicas más elaboradas como los discursos de pasillo destilan una intensa xenofobia respecto a las formas de vida rurales pero los discursos explícitos sobre ese ámbito son escrupulosos.

Tanto las políticas públicas más elaboradas como los discursos de pasillo destilan una intensa xenofobia respecto a las formas de vida rurales pero los discursos explícitos sobre ese ámbito son escrupulosos

En mi humilde opinión, a las formulaciones alternativas sobre los pueblos les convendría respetar este criterio y aprovechar la oportunidad que los discursos conservadores no pueden recorrer por razones obvias. Pueblos hay de muchos tipos pero en casi todos la gente que residía de manera previa tiene ciertas ventajas, sobre todo en términos de capital social y simbólico, en relación con la gente recién llegada. No se trata de establecer divisiones utilizando los distintos sentidos de pertenencia, ya que hacia fuera no van a operar esas fisuras, sino de tomar en cuenta esos y otros factores de diferenciación activos en el interior de los pueblos para interpelar de manera eficaz a aquellos habitantes que, manteniendo la premisa del amor a su estilo de vida, no están completamente cómodos con el statu quo de su entorno. Que alguien decida vivir en un pueblo no implica que no acumule una serie de insatisfacciones con el funcionamiento de su vida allí análogas a las que experimenta cualquier urbanita.

6. Seamos posmodernos, seamos de pueblo. Respecto a las ciudades, cualquiera acepta que la imagen que prevalece de las mismas no estaba allí, sino que es fruto de un intenso trabajo de instituciones públicas, expertas en marketing, ciudadanías bienintencionadas y cámaras de comercio: ciudad amable para los negocios, para el turismo, para la buena vida... Por otro lado, estas lecturas oficiales suelen ser el escaparate tras el que se ocultan otras realidades, que a menudo emergen como ciudades paralelas y les disputan la posibilidad de nombrar la vida de sus habitantes. Todo ello, como no podría ser de otro modo, cambia y cada generación espeta a la siguiente que apenas reconoce la ciudad en la que vivió algunos años. Sin embargo, no sentimos ninguna incomodidad al asumir una imagen de los pueblos que refleja realidades uniformes y que, provenientes de un estado de naturaleza, sus habitantes reproducen hasta hoy con pocas alteraciones. Si los relatos que configuran la visión y la producción de subjetividad relacionada con los pueblos están efectivamente abiertos a distintos intereses y cuentan en su interior con las tensiones indicadas, no tiene sentido que las propuestas alternativas abandonen el ámbito rural y declinen la oportunidad de poblarlo como un espacio de expresión de otros mundos. Si algo ha marcado el último ciclo político ha sido una voluntad generalizada de incluir en sus dinámicas a nuevas capas de población que ni siquiera se sentían espectadoras de procesos algunas veces virtuosos pero que apenas implicaban a ciertas minorías militantes e ilustradas. Sin embargo, este deseo de apertura y de inclusión se ha detenido en los cinturones de circunvalación de las grandes ciudades por motivos a veces relacionados con la eficiencia pero casi siempre emparentados con una comprensión colonial de la política.

7. “Es el alcalde el que quieren los vecinos que sea el alcalde”. Un rasgo crucial de la situación de los pueblos de este país es su dificultad para expresarse con una voz propia, alejada de tópicos exotizantes y de vacuidades urbanas. A falta de este hilo de construcción y de discusión de sí, cualquier cosa que sea viene configurada desde fuera. Por lo demás, en esta tarea llevan una notable ventaja los discursos conservadores interesados en mantener el statu quo de relaciones de desigualdad que les permiten por añadidura ofrecer una imagen de la naturaleza inmutable y bien ordenada del mundo, que contrasta como una relación de infracciones con los tradicionales vicios urbanos de movilidad, cambio y apertura. Los políticos conservadores no se conmueven ante un campo de alcachofas o se suben a carros de paja llevados por una pasión escondida hacia el campo, al que sus estrategias de gobierno llevan décadas depauperando, sino porque pretenden fijar una determinada imagen de este mundo, orillando otras: jornaleros, autónomos, trabajadoras estacionales con unos meses en el turismo, otros en el campo y los estudios cruzándose... Por supuesto, la apuesta conservadora no se aguanta porque solo interpele a una minoría idealizada, sino porque tiene la virtud de ser la única que ofrece algo de especificidad para los pueblos, es decir, la única que los nombra de manera directa, aunque sea a mero efecto retórico, y que se eleva sobre el suelo de orgullo y resistencia lato sensu que se genera en las tensiones con lo urbano.

Un rasgo crucial de la situación de los pueblos de este país es su dificultad para expresarse con una voz propia, alejada de tópicos exotizantes y de vacuidades urbanas

8. La lejanía sobredimensiona los fantasmas de los pueblos. En esta coyuntura, el pobre tratamiento que tienen los pueblos en los enfoques alternativos tiene un riesgo añadido: extenderse a la ciudad. A falta de muchas posibilidades de enunciar un discurso propio y de una reiterada mezcla de buenismo, exotismo y otras formas de rechazo por parte de las visiones alternativas urbanas, la versión del mundo que se asocia a lo rural ha quedado consolidada como un suelo de incertidumbre, más o menos refinado o próximo al ideal de naturaleza, dentro de una sociedad crecientemente insegura, en toda la extensión del término. El conflicto entre la apertura y el cierre, entre lo cosmopolita y lo costumbrista, entre lo nacional y lo internacionalista recorren Europa de un modo que, por fortuna, aún no se hace presente en España con esa claridad. En un contexto en el que es probable que se intensifique la politicidad de esa división, a veces como conflictos territoriales, a veces como guerras culturales y en ocasiones como conflictos en torno a la austeridad, sería un error que los enfoques alternativos reincidieran en su polimorfo rechazo al campo. De ahí se seguiría una división entre las ciudades abiertas y los pueblos cerrados, que ampliaría el campo de lo rural conservador y plegaría lo abierto y lo cosmopolita en un espacio cada vez más estrecho de grandes ciudades.

Muchos tertulianos explicaron el resultado del Brexit sobre la clave campo/ciudad, cuando la división efectiva se dio entre Londres, junto a su área metropolitana, y el resto del país. En algunos discursos municipalistas en torno a las ciudades del cambio se percibe la tentación de entrar en este juego, destacando un mapa de grandes ciudades innovadoras y progresistas sobre el resto de un país que no les sigue el ritmo, sea por su responsabilidad o por factores más o menos exculpatorios como las fuertes redes clientelares. A la vista de los últimos resultados electorales en circunscripciones y municipios de todo volumen poblacional y aunque parezca una salida cosmopolita a la crisis política española, esta solución sería sobre todo un repliegue que asentaría la división actual de los imaginarios y añadiría dos perjuicios importantes. En primer lugar, dejaría de disputar este ámbito de los pueblos, que no debe comprenderse solo en su extremo más mesetario o pirenaico de diez casas encastilladas en torno a una torre de iglesia. En segundo lugar, abriría la puerta para que esa definición conservadora de lo rural se extendiera a la mayoría de los ambientes de nuestro país, esto es, a todos los que se han excluido de la definición cosmopolita, cuando si bien esta división es una de las claves más presentes en nuestra vida política, no está escrito dónde se pone la línea y cómo se define cada uno de los extremos. Como es habitual, la mitad del país apenas se ha hecho presente en la conversación. 

El último libro de Sergio del Molino, La España vacía, un ensayo sobre los...

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Autor >

David Vila-Viñas

Licenciado en Derecho, DEA y PhD en Sociología Jurídica e Instituciones Políticas por la Universidad de Zaragoza. Dirige la investigación del proyecto FLOK Society, que busca aportar propuestas de política pública hacia la economía social del conocimiento, en áreas como la educación, la ciencia, la cultura y la agricultura.

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