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Identidad de género y poder

Aunque conserven intereses comunes, la minoría de mujeres poderosas y la mayoría popular femenina divergen ante la desigualad impuesta en el mundo de la vida

Antonio Antón 27/03/2019

<p>Adele Bloch-Bauer I</p>

Adele Bloch-Bauer I

Gustav Klimt

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La identidad como reconocimiento está relacionada con el estatus y el poder. Caben diversas reflexiones. La primera es sobre el sentido del concepto de poder, a veces extenso y difuso, y la definición del adversario del feminismo. Se le pueden añadir características básicas como su carácter capitalista o neoliberal y patriarcal. En todo caso, pretendo distinguir los distintos niveles de la dominación y las relaciones de poder, en particular el biopoder en el mundo de la vida y el bloque de poder político-económico, así como su vinculación con la identidad, la paridad representativa y la ambivalencia del ser humano. La segunda reflexión trata sobre la prioridad por la subjetividad de los afectos que sería base de la identidad de género y la emancipación femenina. Respecto de ello hay que explicar la importancia de los vínculos sociales, la diversidad identitaria y su conexión con la interseccionalidad y la inseparabilidad de identidad y estatus social. La tercera reflexión es una valoración general sobre la conveniencia de superar el enfoque de una identidad emocional por una visión más integradora, multidimensional, realista e interactiva del conjunto de la subjetividad, la experiencia relacional de las mujeres y la ciudadanía y los grandes objetivos éticos de igualdad, libertad y solidaridad. Me centraré en la primera.  

Insuficiencias del concepto postmoderno de poder

Desde esa óptica posmoderna, el poder sería omnipresente, estaría en todos los sitios y personas (incluido en la propia mente y cuerpo de las mujeres), cosa realista y fructífera al abarcar todas las dimensiones de la vida. Sin embargo, hay varias cosas a matizar. El problema viene porque con la amplitud y versatilidad de esa palabra se puede difuminar la importancia específica del núcleo de poder dominante y la acción colectiva para transformarlo. Es decir, si todo es poder, nada es poder. Si el poder lo domina todo, no hay margen para la libertad. Bajo la hegemonía del poder solo cabría esperar que sea incompleta para tener una rendija alternativa: los afectos, que son creados por el poder y, al mismo tiempo, lo disputan. El riesgo de esa posición, en la versión individualista, es que la emancipación solo se realiza a través del empoderamiento personal o subjetivo, el cambio cultural y el autorreconocimiento, o bien, en las relaciones interpersonales desligadas del estatus y las relaciones de poder estructural. 

Clara Serra, volcada en las estrategias políticas feministas, supera este peligro reduccionista a lo individual (es evidente la relación de lo personal con lo político); sin embargo, respecto de la segunda parte afirma explícitamente que la base emancipadora femenina estaría en el desarrollo de sus afectos, sus deseos, interpretando que las bases de la política son lo afectivo o deseante; se infravaloran así otras condiciones sociales sobre las que articular la acción política, dando por supuesto un enfoque de progreso. La cuestión es que ese enfoque emocional es insuficiente para conformar una alternativa al liberalismo (y la izquierda) ya que éste no se basa exclusivamente en la racionalidad, en el individuo racional y libre. 

el feminismo no puede quedarse solo con la imprescindible bandera de los afectos, dejar a los adversarios la bandera de la razón y no fundamentar la acción por la igualdad de estatus y relación social en las condiciones concretas de las mujeres y la gente

El liberalismo y, especialmente, el neoliberalismo incorpora elementos emocionales y pasionales, se basa también en el individuo ‘deseante’. El capitalismo tradicional y, sobre todo, el nuevo capitalismo financiarizado, informacional, consumista y super-mercantilizado, con su brazo simbólico-estético, su ética individualizadora y una acción destructiva del Estado de bienestar y los servicios públicos favorables para las mujeres, utiliza la subjetividad emocional de la ciudadanía para la consolidación y reproducción de su poder. Así, ya en los comienzos del capitalismo, según Adam Smith y Bernard Mandeville, su poder y su racionalidad se interrelacionan con los sentimientos morales basados en el principio motor del egoísmo y el beneficio propio. Ahora se añade el deseo consumista, el emprendimiento competitivo y la publicidad ‘motivadora’ como medios de autorrealización y, en sentido contrario, la incertidumbre y el miedo al fracaso como penalización. 

Es decir, esa posición postmoderna de promover los deseos o, simplemente, politizarlos o construir la política en base a esas pulsiones sin valorar las relaciones y ‘necesidades sociales’, no constituye una alternativa adecuada al liberalismo real y menos al neoliberalismo, complementado por la cultura individualista posmoderna. Hace frente, en todo caso, a la pugna cultural frente a racionalidad liberal-conservadora, problemática por su intento de legitimar las políticas de desigualdad, precarización y austeridad generalizadas en la medida que defiende el sentido progresivo y democrático de esos deseos y demandas populares. Y, sobre todo, cuestiona una actitud o mentalidad conservadora-autoritaria restrictiva de los deseos, particularmente de liberación sexual puestos en marcha hace medio siglo; o sea, se enfrenta positivamente al puritanismo, también presente en sectores de las izquierdas. 

Pero esa prioridad por lo emocional no facilita la diferenciación con esa faceta instrumentalizadora de los afectos que es sustantiva del liberalismo y, sobre todo, del neoliberalismo y que debería conllevar una contienda en ese terreno afectivo por su sentido igualitario, y sin relegar los campos racional y relacional. Dicho de otro modo, el feminismo no puede quedarse solo con la imprescindible bandera de los afectos, dejar a los adversarios la bandera de la razón y no fundamentar la acción por la igualdad de estatus y relación social en las condiciones concretas de las mujeres y la gente, incluida la importancia de los cuidados y la solidaridad.

Pero incluso, ese discurso genérico de la prioridad emocional, por la indefinición de su sentido político y la falta de suficientes referencias posicionales y de contexto, se queda corto ante la versión populista de derecha extrema que espolea pasiones reaccionarias (machistas y agresivas) persistentes en sectores conservadores descendentes o inseguros en su situación e identidad. Así, emociones básicas como la ira y la cólera (o su versión moderada, la indignación) deben valorarse según su sentido ético y sociopolítico y su contexto. 

Por tanto, ese componente emocional, necesario y consustancial para el feminismo (y la emancipación popular), es insuficiente como guía progresiva. Sin especificar su significado, es ambiguo y ambivalente y no garantiza una estrategia real por la igualdad y la libertad. Hay que enlazarlo con una racionalidad emancipadora y una estrategia democrático-igualitaria teniendo en cuenta, especialmente, la situación relacional y el cambio real de la desigualdad de las mujeres (respecto de los varones) y entre las mujeres (por motivos de clase social, étnico-nacionales y de opción sexual o ideológica…), en el actual contexto de fuerte desigualdad general impulsada por las cúpulas del poder ‘duro’ y el ‘blando’. 

En definitiva, hay que redefinir el sentido y la relación entre poder e identidad y la interacción de cada tipo de subjetividad (razón/pasión) con el estatus social y la transformación posicional y relacional de las mujeres, respecto de los varones y entre ellas, y el conjunto de seres humanos. Ello lleva a explicar la ambivalencia del ser humano, la relación entre diversidad identitaria e interseccionalidad y el papel e interacción de los afectos y la posición social en la configuración de la identidad feminista. 

Poder y paridad representativa 

Por poder se entiende aquí, sobre todo, el poder establecido (económico-financiero y político-institucional): el bloque social dominante en relación antagónica con los intereses y demandas de la mayoría popular o ciudadana. Se trata de las élites dominantes y las cúpulas de los grandes aparatos estatales y económicos, a veces descritas como el 1% superior de la estructura socioeconómica e institucional. Ese bloque de poder oligárquico (dominador, capitalista y patriarcal) es diferente al poder o la autoridad ejercidos en muchas estructuras estatales, políticas y representativas de la democracia liberal con funciones positivas o neutras, (aunque no tanto en el mundo empresarial o las relaciones internacionales). Igualmente, es distinto y más reticular en el mundo asociativo, familiar o interpersonal. 

En estos casos, relaciones de dominación, intereses compartidos, cooperación y consentimiento están mucho más entrelazadas y en combinaciones diversas. Se puede utilizar esa expresión, poder o dominación, referidas al poder masculino o patriarcal y al de una camarilla corporativa en una asociación, pero conviene clarificar su sentido según ambos contextos; así, es el patriarcado, como sistema de dominación masculina, o los grandes aparatos político-burocráticos los que coparticipan en el grupo de poder que domina el conjunto de la sociedad.

poder (ya lo decía Weber) es dominación, como capacidad y credibilidad de uso de la fuerza, la coacción y la persuasión para imponer conductas, incluso contra su voluntad

Por tanto, ese núcleo de poder no es neutro desde el punto de vista ético y político con una perspectiva democrática-igualitaria-emancipadora, y tiene un impacto y una responsabilidad especial. Forma parte de un sistema de dominación/subordinación, por mucho que esté regulado por el Estado de derecho (legalidad) y tenga cierta legitimidad ciudadana (consentimiento o representatividad electoral), todo lo cual no es irrelevante frente a las tendencias autoritarias. Pero, poder (ya lo decía Weber) es dominación, como capacidad y credibilidad de uso de la fuerza, la coacción y la persuasión para imponer conductas, incluso contra su voluntad. Es decir, el poder consiste en ejercer y mantener una posición estructural de ventaja y desigualdad de una élite (poderosa) y la garantía de su continuidad con la subordinación, opresión o control de mayoría de las personas o grupos dominados. Hay quien lo llama capitalismo patriarcal o neoliberalismo globalizado.

En definitiva, ese bloque de poder hegemónico, conectado en una oligarquía mundial, conviene diferenciarlo del resto de estructuras complementarias de poder o del ‘sistema’ en distintos niveles para el sometimiento autoritario o el control social con sus correspondientes aparatos y normativas, desde el ámbito institucional (fuerza, prepotencia y represión), económico (coacción empresarial, precarización) o patriarcal (violencia machista). En todo caso, ese poder oligárquico expresa y garantiza el sistema de dominación y desigualdad (neoliberal y machista). Además, aunque sea autoritario también suele tener componentes de legitimidad democrático-electoral, y aunque sea especialmente masculino también tiene composición mixta por sexo, a pesar de que sea elitista y desigual, bajo hegemonía machista y con mayoritaria subordinación femenina. 

Aparte de la versión conservadora-autoritaria justificativa de la dominación del poder (estatal y económico), hay dos visiones sobre el carácter del poder establecido. Una, la liberal-funcionalista que afirma su neutralidad y su funcionalidad no dominadora u opresiva; y la palabra liberal se utiliza aquí en el sentido económico e institucional, no de moral o costumbres, aparejado a ser la persona más tolerante y abierta. Otra, la democrática progresista (republicana, de izquierdas y populista-progresiva) que realza su carácter antagónico con la mayoría ciudadana o popular y los valores centrales de igualdad y libertad. De esos diagnósticos se deducen dos proyectos o estrategias contrapuestos. Por un lado, la posición de ocuparlo o participar en él, sin cuestionar su carácter ambivalente. Por otro lado, transformarlo o democratizarlo para debilitar su poder (incluido el de las mujeres que participan en él) y contrapesarlo con mayor capacidad cívico-democrática y participativa, con empoderamiento popular y feminista.

En resumen, conceptos como transversalidad hay que entenderlos referidos a la mayoría social y su expresión democrática, no respecto de la cúpula poderosa, corresponsable de la desigualdad. Dicho de otra forma, no se puede mantener la neutralidad o la equidistancia entre los dos polos; eso sería consenso centrista o feminismo ‘liberal’. El feminismo está vinculado con los derechos humanos y contra la opresión de las mujeres, no es transversal o equidistante en relación con las dinámicas discriminatorias, racistas o antidemocráticas. Así, no es neutral respecto del bloque de poder estructural, obstáculo para la igualdad y la emancipación femenina y del conjunto de la sociedad. Como mínimo es democrático y de progreso, incompatible con posiciones reaccionarias, regresivas y autoritarias, y debe desarrollar un modelo social igualitario, elemento clave de su identidad.

En consecuencia, nos encontramos con una paradoja respecto del alcance y el sentido de exigencias igualitarias básicas, democráticas y feministas, como la participación institucional, la rotura del techo de cristal o la paridad representativa (concepto que realza Nancy Fraser). Son fundamentales para revertir las desventajas por sexo en múltiples ámbitos y escalas jerárquicas. No obstante, cuando nos acercamos al bloque de poder estructural (económico-financiero, político-institucional, étnico-nacional y patriarcal) adquieren otro significado. Desde luego, son positivos los deseos y las reformas que tienden a equilibrar la presencia femenina en las altas estructuras de poder (desde los consejos de administración de las empresas del IBEX-35 hasta las altas instancias judiciales y de seguridad, la propia monarquía y la gobernanza europea y mundial); pueden tener efectos simbólico-culturales favorables a la extensión de la igualdad. 

la prioridad y el embellecimiento de esa mejora participativa en la composición paritaria de las élites dominadoras obscurece la desigualdad y dominación que ejerce ese bloque en perjuicio de la mayoría de las mujeres (y hombres) y de las capas populares

Pero la prioridad y el embellecimiento de esa mejora participativa en la composición paritaria de las élites dominadoras obscurece otra realidad: la desigualdad y dominación que ejerce ese bloque (también con su composición mixta) en perjuicio de la mayoría de las mujeres (y hombres) y de las capas populares (trabajadoras y medias), particularmente precarias y de origen inmigrante y racializadas. Es decir, se refuerza el conflicto o antagonismo entre las propias mujeres y la corresponsabilidad de las de arriba en la opresión, marginación y explotación de las de abajo (y en medio), rompiendo la solidaridad de género. 

Desde una visión restrictiva o liberal de la igualdad de género, se destaca solo la mejora de la posición de (esas) mujeres que acceden al poder establecido. Por ejemplo, hay que reformar la Constitución para facilitar la sucesión femenina en la Corona, eliminando la norma retrógrada y machista de la prevalencia del varón; pero, al mismo tiempo, hay que exigir la democratización de la institución de la Jefatura del Estado, es decir, la instauración de la República, con la posibilidad de acceso de más mujeres y mayor control democrático.

hay que exigir la democratización de la institución de la Jefatura del Estado, es decir, la instauración de la República, con la posibilidad de acceso de más mujeres y mayor control democrático 

Desde una perspectiva transformadora progresiva ese bloque de poder, independientemente de su mayor o menor composición femenina (lo cual no es irrelevante) y con su corresponsabilidad, incrementa la desigualdad y la división con la mayoría popular de las mujeres; perjudica la solidaridad de género (sororidad). Aunque conserven intereses comunes, la minoría de mujeres poderosas y la mayoría popular femenina divergen ante la desigualad impuesta en el mundo de la vida. No se trata de confrontar una óptica como ‘mujer’ y otra mirada por su pertenencia a una clase social, sino de constatar la distinta posición de intereses y estrategias políticas y feministas en el interior de las mujeres, que afectan al sentido de sus respectivas identidades. Las mujeres reales padecen múltiples opresiones y discriminaciones y la defensa de (todos) sus derechos las puede llevar al conflicto con la élite femenina poderosa. Su identidad es múltiple. Su emancipación no se puede separar de la igualdad respecto de los varones y entre las propias mujeres y el conjunto de la sociedad, frente al poder opresivo y desigual. 

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Antonio Antón es profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro Identidades feministas y teoría crítica.

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