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Sueño, Salitre, Salgado

Una reflexión acerca del sueño a propósito del libro ‘Salitre’ (La Uña Rota), de la poeta e investigadora María Salgado

Erea Fernández 15/09/2019

<p>Vistazo de un paisaje (1926) de Paul Klee.</p>

Vistazo de un paisaje (1926) de Paul Klee.

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Soñé que el ascensor de mi casa, que era el ascensor del hotel donde se celebraba algo importante, se desprendía. Durante todo el sueño se desprendía, y en la caída supe que estaba en un sueño igual a un sueño que ya tuviera. Como un sueño en recuerdo de otro.1

Un sueño es como un sueño. Después de otro. Lo que me permitía incluso predecir muy precisamente su final: no el golpe, pero sí escombros que sobrepasan por tamaño el hueco de la escalera e incluso el portal para extenderse por un paisaje que yo podía recorrer. Al recorrerlo me instalaba en las ruinas de otro sueño, en mi primer colegio, tras el terremoto que en 1997 despertó a quien hoy es rey de España e hizo que Manuel Fraga descolgara su crucifijo y lo cambiara de pared. Pero el terremoto del 97 no era el del 97, sino uno mucho más fuerte, y las ruinas no eran las de mi colegio, sino las de un lugar que se le parecía y que también parecía un templo griego y uno árabe, y también un país en guerra. Yo buscaba a una persona, pero / no había nadie o no había esa persona, así que dejaba de buscar, me apoyaba en una columna y me envolvía en una manta, porque sólo teníamos mantas, aunque hacía muchísimo sol.

Un sueño es como un río. Después de un río. En la desembocadura donde, mirado calle arriba y junto a otrxs, se ve el río bajar. Desde la plaza lo llamamos Salitre, porque Salitre se llama el río que no es ya un río y tampoco el mar de él se espera, y sí es una calle. Sí un recuerdo. Sí la impresión exacta y sin embargo no ajustada a sí misma ni a su nombre. “salitre de agua dulce, ¿cómo se dice? Se dice: salitre es lo que queda”.

Un sueño, salitre, es un río después de un río, lo que queda de un río después: muy poco y casi todo. Quién se acuerda / rekord. Sorprende la precisión con la que se repite el sueño en su escritura, como si antes de la escritura el sueño fuera ya lenguaje. Sorprende cuánto se parecen sueño y realidad a su escritura, como si uno y otra fueran, ya antes, lengua en acto. Esto quizás sucede porque 1) no hay nada de sueño antes de la escritura de un sueño; 2) un sueño no aparece sin un lenguaje por donde ocurrir; 3) no hay realidad fuera de la lengua ni intimidad fuera de la lengua, ni yo ni cosas que existan en bruto y en sí. Lo que hay más bien es un acuerdo (accord, rekord) sobre su existencia.

(1) Que nada de un sueño exista antes de su escritura implica que el sueño es, por definición, posterior y literal. Quien hace el sueño está despiertx, esto lo sabemos al menos desde Freud. El sueño es lo que queda registrado primero en la impresión de la vigilia y después en el relato de la consciencia. No existe (es decir, no se queda, no perdura) si no es en ese relato, el lenguaje es su única materia. El desajuste de ese lenguaje con su contexto (un estadio anterior e inconsciente, algo así como el sueño que se vive mientras se duerme) extrema el desajuste referencial de la lengua, la tensión entre la palabra que refiere y un referente que no está. El sueño performa en grado máximo el problema de la lengua y lo reproduce como tal, literalmente. Pero no plantea uno distinto.

(2) El sueño sólo queda en el lenguaje, y a la vez no hubiera pasado sin un lenguaje anterior por el cual suceder. El registro consciente del sueño es lingüístico, pero el inconsciente registrado también lo es. Que el inconsciente es como un lenguaje lo sabemos al menos desde Lacan, y en consecuencia también sabemos que no puede ser pensado en clave individual. La intimidad de la psique, esa intimidad que atribuimos los sueños, recoge y expresa algo común. En el soñar de cada unx hay elementos heredados, contagiados, impuestos y compartidos, reconocidos, aspectos repetidos que hacen que todos los sueños se parezcan. Las ruinas, las mantas, las guerras o el agua no son una ni son muchas coincidencias: su parecido es estructural –un sistema-lengua: la jerga del sueño.

Otra vez, lenguaje y sueño funcionan igual. Robert Smithson dijo que el lenguaje opera entre lo literal y lo metafórico.2 El sueño opera con lo literal y con lo metafórico, traduce en Salitre Salgado. El sueño pone la metáfora en el mismo corazón de la literalidad, que para nada es el camino recto a lo real que la retórica se ocuparía de torcer. Y que sí es, en el mismo grado que la metáfora, premisa para una realidad que sólo después se le parece. Lo falso no es entonces lo figurado, sino lo desfigurado, lo sin metáfora. Dijo también Smithson que los enunciados simples, es decir, los enunciados que aspiran a nada más que referir, a menudo están basados en “temores lingüísticos”. Y que esos temores, como todos los temores me sale decir a mí, generalmente conducen a dogmas o sinsentidos. Esto es igual a decir que el miedo se tiene en la lengua, y por tanto que los temores reales, los miedos del mundo, son efectos de lenguaje.

Un sueño es como si una metáfora, literalmente. Tiene un corazón de metáfora, porque es la figuración retórica de un contexto anterior (el inconsciente) que no contiene, propiamente, nada. Y tiene un corazón literal, pues parece que venga ya escrito, que traiga a este mundo las frases que ocurrieron en otro. “Sobre la frase literal al interior de / la metáfora”, se dice en Salitre que limpia lo real (vuelve nítida el agua) y lo deja ver como lenguaje (“la metáfora se / vuelve agua”). “Sobre la metáfora al interior de / una frase literal”, se lee que pone el habla color verde violento. Esto último es muy misterioso. Lo primero podría querer decir que una lengua dura, explícita, crítica, procedimental, produce el mundo tal cual es. No lo deja ver, sino que lo hace pasar. No traza su figura, sino que le da forma, es decir, explica su estructura y sus relaciones de poder –que son, en mucho, lingüísticas. Y si este verso significa en algún punto esto3, entonces se parece mucho a esta otra frase, que aparece muy al final del libro para reivindicar la naturaleza política de ciertas escrituras: “la poesía devuelve la lengua a la lengua”.

(3) Lo que asusta: miedos la lengua y no miedos en el mundo. Lo que afecta: “todo lo que no es de este mundo lastima menos que / este mundo pero igual tiene la pena”. Lastima, escribe María, que “dos rectas nunca más se toquen” y “que allí donde se cruzan no / exista o inexacta / mente lo haga”. Esa existencia inexacta no es en absoluto irreal, en absoluto abstracta, y sí es exacta y específica, auténtica, de una precisión realista que orienta lo que después llamaremos realidad. La realidad que hay en los sueños es, como los miedos, un efecto de la lengua, y es otra vez igual a la lengua, literal.4

Que no haya realidad fuera de la lengua implica entonces que hay un acceso a lo real a través del dispositivo lingüístico que activan los sueños. Que no haya intimidad fuera de la lengua implica que este dispositivo tan particular, que uno siente como lo más propio (= íntimo), es en realidad lo más impropio (= extraño). Y lo impropio es contrario a la propiedad lingüística (= figurado, = metafórico) pero también es contrario a la propiedad privada (= compartido, = de cualquiera, = común). Lo que abre Salitre: un sueño venéreo y popular. Es decir: contagioso, repartido, impropio / figurado. Lo que cierra Salitre: un sueño es como un como. Un sueño es común, como el deseo o los afectos. Como el lenguaje y sus efectos, = lo real, siendo lo real otra vez posterior y literal, es decir: leído y reconocido por cualquiera. Y por tanto no siendo lo real lo dado, ni lo encontrado, ni lo revelado, y sí siendo, como dice Salitre, lo extraño parecido.



1. Si no se indica otra cosa, todas las palabras en cursiva o entre comillas contenidas en este texto están tomadas literalmente de Salitre. Salitre es un libro que a la vez toma palabras, enunciados o formas de enunciar de un conjunto de transcripciones de sueños que distintas personas enviaron a la autora, y que ella tomó como material de escritura. En este material observó cómo ciertos elementos se repetían con una frecuencia que los volvía sistemáticos (la jerga del sueño, escribiría), hasta el punto de provocarle hastío. De ahí que se diera unos procedimientos de manipulación de los datos, por ejemplo sintetizar cada sueño en dos líneas o evitar, en la medida de lo posible, que una palabra apareciera más de dos veces en los poemas con forma de relato.  Cuando yo misma acudo a Salitre e incorporo algunos de sus fragmentos en el relato de un sueño que tuve, es decir, cuando reconozco esos fragmentos como míos, reconozco también que no son míos y confirmo el procedimiento del libro (que yo desconocía cuando empecé a escribir este texto) y su hipótesis sobre la impropiedad. Caigo en primera trampa de Salitre y pierdo la distancia que se le presupone a la crítica para convertirme, a última hora, en parte del archivo que el libro manipula, un material más, sujeto al cómputo y a la combinación.

2. Robert Smithson, Language to be Looked at and/or Things to be Read, 1967.

3. Y aquí caigo en la segunda trampa de Salitre, la torcedura de tobillo de la crítica: resolver el poema en su interpretación.

4. Por ejemplo aquí: “En el sueño se llamaba como firmaba en la carta / pero no por su nombre real / y ahora ¿cuál es su nombre real? / y ahora ¿cuál es su nombre real?”. O en ese otro poema que dice:

y en la más profunda piscina olímpica, que no era

exactamente olímpica pero sí era

“la más profunda piscina olímpica”

Autora >

Erea Fernández

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