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TRIBUNA

El plagio de Manuel Cruz: un problema de integridad académica

Entrecomillar y citar la fuente no es un trabajo hercúleo ni una penitencia onerosa. Es tan sólo una obligación

Ignacio Sánchez-Cuenca 2/10/2019

<p>Tintero de corso.</p>

Tintero de corso.

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En las últimas semanas, el diario ABC ha publicado varias noticias en las que mostraba que Manuel Cruz, catedrático de filosofía y presidente del Senado, ha copiado frases y párrafos de otros autores en diversos libros. Se trata de copias literales en las que ni aparecen comillas ni se remite a la fuente original (véase aquí, aquí y aquí). 

Las pruebas son concluyentes: Cruz se apropió de material ajeno sin seguir los protocolos académicos, que obligan a entrecomillar cualquier texto ajeno y a reconocer la procedencia del mismo.

El aludido ha negado enfáticamente haber cometido plagio alguno y su equipo de prensa hizo público un comunicado en el que, lejos de aclarar lo sucedido o pedir disculpas por la copia, se subrayaba su condición de “intelectual ejemplar”, así como su extensa obra (entre otras cosas, 34 libros publicados), como si eso cerrase la cuestión. 

Dada su condición de presidente del Senado, es evidente que la cuestión ha estado politizada desde el primer momento. La derecha ha exigido la dimisión de Cruz y ha criticado con dureza el plagio, mientras que desde el Gobierno y desde el PSOE se ha considerado que la información es fruto de una operación de acoso y derribo que no tiene potencia suficiente para erosionar la reputación de Cruz.

¿Es posible realizar una valoración imparcial de este nuevo episodio de plagio más allá de filias y fobias políticas? 

Quienes defienden que no hay caso suelen alegar dos atenuantes. El primero es que las copias se produjeron en un manual, en concreto en el libro La filosofía contemporánea (2002). Según parece, en los manuales es lícito copiar. No estoy seguro de dónde procede este curioso principio. Se ha llegado a decir que las editoriales no permiten a los autores seguir los métodos habituales de cita en los manuales. Quizá alguna editorial así lo haga, pero debe señalarse que Cruz tuvo libertad para introducir notas al final de cada capítulo con referencias bibliográficas. 

Por si lo anterior no fuera suficiente, hay que subrayar que, aunque los periodistas y muchos analistas hayan hablado de un “manual”, el libro La filosofía contemporánea no parece serlo, por lo que el atenuante no se aplicaría en este caso. La obra, de hecho, fue publicada en la colección “Pensamiento” de la editorial Taurus, en la que, como cualquiera con cultura libresca sabe, no se editan manuales universitarios. Creo que es más correcto decir que se trata de un libro divulgativo, dirigido a un público amplio, culto e interesado en la historia del pensamiento. Aunque los estándares de rigor no sean los mismos para una obra divulgativa que para una monografía de investigación, eso no quiere decir que el autor de un libro, por muy divulgativa que sea su función, pueda apropiarse de textos ajenos. Entrecomillar y citar la fuente no es un trabajo hercúleo ni una penitencia onerosa: es tan sólo una obligación. 

Puesto que el diario ABC ha destapado algunos casos más de copia en otras obras de Cruz que no eran manuales, el atenuante deja de funcionar definitivamente en estos otros casos. 

El segundo atenuante establece que los textos copiados eran más bien irrelevantes y remitían a información pública y conocida, con lo que el plagio carece de importancia. Por poner una analogía, es como si alguien se escandalizara de que un autor escriba “Italia es una península” sin citar la infinidad de libros anteriormente publicados en los que se afirma tal cosa. Efectivamente, cabe pensar en la mera coincidencia cuando varios autores escriben sobre la condición peninsular de Italia; ahora bien, si la frase copiada, acerca de la carrera académica de Bertrand Russell, dice “la Fundación Barnes de Marion en Pensilvania canceló un contrato de cinco años que le había ofrecido. Regresó en 1944 a la cátedra del Trinity College, donde acabó una de sus obras fundamentales, El conocimiento humano, su ámbito, sus límites”, y el texto en cuestión procede tal cual de la historia de la filosofía de Nicola Abbagnano, tenemos razones para considerar que se trata de un plagio y no de una coincidencia. 

De cualquier modo, el atenuante se viene abajo cuando Cruz se apropia, a lo largo de varios párrafos, de una síntesis de las ideas de Karl Popper realizado por dos autores españoles, José María Mardones y Nicanor Ursúa (aquí). Eso ya no es una información secundaria o irrelevante, sino una apropiación deliberada del trabajo ajeno. ¿Qué costaba reconocer la fuente?

A mi juicio, el plagio académico resulta indiscutible, más allá de si es plagio o no según nuestro Código Penal. Otra cosa es la valoración que debamos hacer del mismo. Evidentemente, no es igual robar un paquete de chicles en unos grandes almacenes que llevarse diez millones de euros de una sucursal bancaria. Los plagios de Cruz, en este sentido, son claramente plagios menores. Plagio mayor sería, por ejemplo, lo que hizo el anterior rector de la Universidad Rey Juan Carlos y catedrático de historia del derecho, Fernando Suárez, quien construyó una carrera académica plagiando artículos prácticamente enteros. 

Dada la naturaleza del plagio, no parece haber motivo para cuestionar la valía intelectual de Cruz, ni negar la originalidad de sus muchas contribuciones filosóficas. Cruz no es un impostor. Lo que estos plagios ponen de relieve, sin embargo, es una quiebra de su integridad académica. Cruz no ha actuado íntegramente al rellenar sus libros con textos de otros autores sin citar la autoría ni la procedencia. Como digo, eso no resta un ápice de valor a las tesis que Cruz haya defendido en el pasado, ni a las argumentaciones que haya podido elaborar para dar sustento a las mismas; no obstante, supone una mala práctica. 

Si en algún ámbito la integridad constituye un valor importante, es en la política. Los ciudadanos tienen motivos para desconfiar de aquellos cargos públicos que no son coherentes con los principios que defienden. 

Tanto la reacción de Cruz como el comunicado de su equipo resultan decepcionantes. Precisamente porque se trata de un plagio menor, podría haber intentado el aludido explicar el “descuido”, la “indolencia” o cualquier otra causa posible de estas copias, pero en lugar de eso, siguiendo una tradición bien asentada en la política y en la esfera pública de nuestro país, ha preferido negarlo todo y mostrarse ofendido. ¿No les suena?

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Autor >

Ignacio Sánchez-Cuenca

Es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Entre sus últimos libros, La desfachatez intelectual (Catarata 2016), La impotencia democrática (Catarata, 2014) y La izquierda, fin de un ciclo (2019).

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5 comentario(s)

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  1. Rafael

    ¿No será que existe la convicción de que hay que publicar, sea lo que sea? ¿No será que se publica demasiado? ¿Había necesidad de esos materiales en el conocimiento científico?

    Hace 2 años 1 mes

  2. Javier Paniagua Fuentes

    Está muy activa la denuncia a politicos de plagios en obras destinadas al ámbito académico. Así le ocurrió a la ex ministra de Sanidad, Carmen Montón, con su trabajo de máster. También al ex Rector de la Universidad Juan Carlos I, Fernando Suarez, y existen ejemplos en la República Alemana de ministros que han tenido que dimitir por descubrirse que sus tesis doctorales estaban copiadas. En Internet hay varias plataformas para descubrir el “copia y pega” de los diversos trabajos que presentan los alumnos en el proceso de su graduación o de los másteres. Se descubre la trascripción literal de lo que ya está publicado en las redes o en otros trabajos y libros, sin ninguna redacción propia y sin ninguna cita del autor o autores escogidos. El profesor responsable tendrá que valorar el porcentaje, mayor o menor, de los copiado para darlo por válido o suspenderlo. Si un alumno hace, p.e, un estudio de las guerras carlistas en el siglo XIX y se limita a una copia literal de un texto, sin ninguna reflexión, no puede obtener el apto. Pero si por el contrario ha ido introduciendo párrafos de otros autores, aunque no los cite, en un proceso de reflexión y análisis sobre lo que significaron aquellos acontecimientos, y se ve que ha estudiado el tema y le ha servido para tener un conocimiento del mismo, entonces el trabajo ha cumplido su objetivo y puede ser aceptado. Otra cosa es cuando en un estudio científico de un artículo o un libro de investigación el autor hace uso de otras publicaciones sin citarlas, dándolos como propio de manera parcial o total. O cuando el estudio ha sido realizado por dos o más personas y una de ellas ha decidido que prescinde del acuerdo y publica lo que cree que es su aportación sin considerar que la totalidad de un trabajo conjunto es de todos los comprometidos, porque así ha sido aceptado desde principio. Hay ejemplos de ello: dos profesores de la Universidad de Zaragoza, Peiró y Pasamar, escribieron un primer libro como especialistas en la Historiografía española (Diccionario Akal de Historiadores españoles contemporáneos, Akal-2002) Estaba previsto un segundo volumen, pero entre ellos no hubo acuerdo y ninguno pudo publicar lo que consideraban de su propia cosecha porque en una obra conjunta no existe una parte de uno o de otro, a no ser que se especifique en capítulos independientes. En ningún caso publicar íntegramente lo que ya estaba maquetado eliminando lo que uno consideraba suyo porque en una obra conjunta todo lo escrito y aceptado es de ambos a no ser que uno realice otra con una redacción distinta por su cuenta. Profesores de Derecho Mercantil afirman que es causa de una querella civil que puede dar lugar a la retirada del libro y recibir una indemnización por los daños morales. Pero otra cosa son los libros de texto para alumnos de la ESO, el Bachillerato o la Universidad donde el objetivo fundamental es trasmitir con la mayor precisión y síntesis los contenidos de una materia para que el alumno tenga facilidad de asimilarlo. Los libros de textos están llenos de trozos de otros autores a los que, por lo general, no se cita porque no estamos en un estudio científico sino en un uso práctico para que el estudiante capte lo esencial de lo expuesto. Si uno encuentra un párrafo que aclara una cuestión mejor que lo que él pueda expresar mientras lo escribe lo usa en aras de la mejor comprensión. Si cogen libros de textos de cualquier asignatura encontrarán multitud de ejemplo. Y eso no deteriora la capacidad del autor, al contrario, indica que ha consultado diversos materiales y ha elegido lo mejor para los alumnos, sin que ello pueda ser calificado de plagio. Al igual que se hace en las explicaciones orales de seminarios o clases ordinarias. Peor es el caso de los que copian ideas redactándolas con su propio estilo sin citar de quienes son. Un profesor como Manuel Cruz, presidente del Senado, tiene obras de investigación y manuales de divulgación. Además, ha dirigido una colección de monografías asequibles al gran público de unos 40 pensadores de Historia de la Filosofía. Nada que ver con Newton, obsesionado porque Robert Hook (que descubrió la ley de la elasticidad) le copiara su Teoría de la Gravedad. Está muy activa la denuncia a politicos de plagios en obras destinadas al ámbito académico. Así le ocurrió a la ex ministra de Sanidad, Carmen Montón, con su trabajo de máster. También al ex Rector de la Universidad Juan Carlos I, Fernando Suarez, y existen ejemplos en la República Alemana de ministros que han tenido que dimitir por descubrirse que sus tesis doctorales estaban copiadas. En Internet hay varias plataformas para descubrir el “copia y pega” de los diversos trabajos que presentan los alumnos en el proceso de su graduación o de los másteres. Se descubre la trascripción literal de lo que ya está publicado en las redes o en otros trabajos y libros, sin ninguna redacción propia y sin ninguna cita del autor o autores escogidos. El profesor responsable tendrá que valorar el porcentaje, mayor o menor, de los copiado para darlo por válido o suspenderlo. Si un alumno hace, p.e, un estudio de las guerras carlistas en el siglo XIX y se limita a una copia literal de un texto, sin ninguna reflexión, no puede obtener el apto. Pero si por el contrario ha ido introduciendo párrafos de otros autores, aunque no los cite, en un proceso de reflexión y análisis sobre lo que significaron aquellos acontecimientos, y se ve que ha estudiado el tema y le ha servido para tener un conocimiento del mismo, entonces el trabajo ha cumplido su objetivo y puede ser aceptado. Otra cosa es cuando en un estudio científico de un artículo o un libro de investigación el autor hace uso de otras publicaciones sin citarlas, dándolos como propio de manera parcial o total. O cuando el estudio ha sido realizado por dos o más personas y una de ellas ha decidido que prescinde del acuerdo y publica lo que cree que es su aportación sin considerar que la totalidad de un trabajo conjunto es de todos los comprometidos, porque así ha sido aceptado desde principio. Hay ejemplos de ello: dos profesores de la Universidad de Zaragoza, Peiró y Pasamar, escribieron un primer libro como especialistas en la Historiografía española (Diccionario Akal de Historiadores españoles contemporáneos, Akal-2002) Estaba previsto un segundo volumen, pero entre ellos no hubo acuerdo y ninguno pudo publicar lo que consideraban de su propia cosecha porque en una obra conjunta no existe una parte de uno o de otro, a no ser que se especifique en capítulos independientes. En ningún caso publicar íntegramente lo que ya estaba maquetado eliminando lo que uno consideraba suyo porque en una obra conjunta todo lo escrito y aceptado es de ambos a no ser que uno realice otra con una redacción distinta por su cuenta. Profesores de Derecho Mercantil afirman que es causa de una querella civil que puede dar lugar a la retirada del libro y recibir una indemnización por los daños morales. Pero otra cosa son los libros de texto para alumnos de la ESO, el Bachillerato o la Universidad donde el objetivo fundamental es trasmitir con la mayor precisión y síntesis los contenidos de una materia para que el alumno tenga facilidad de asimilarlo. Los libros de textos están llenos de trozos de otros autores a los que, por lo general, no se cita porque no estamos en un estudio científico sino en un uso práctico para que el estudiante capte lo esencial de lo expuesto. Si uno encuentra un párrafo que aclara una cuestión mejor que lo que él pueda expresar mientras lo escribe lo usa en aras de la mejor comprensión. Si cogen libros de textos de cualquier asignatura encontrarán multitud de ejemplo. Y eso no deteriora la capacidad del autor, al contrario, indica que ha consultado diversos materiales y ha elegido lo mejor para los alumnos, sin que ello pueda ser calificado de plagio. Al igual que se hace en las explicaciones orales de seminarios o clases ordinarias. Peor es el caso de los que copian ideas redactándolas con su propio estilo sin citar de quienes son. Un profesor como Manuel Cruz, presidente del Senado, tiene obras de investigación y manuales de divulgación. Además, ha dirigido una colección de monografías asequibles al gran público de unos 40 pensadores de Historia de la Filosofía. Nada que ver con Newton, obsesionado porque Robert Hook (que descubrió la ley de la elasticidad) le copiara su Teoría de la Gravedad. Está muy activa la denuncia a politicos de plagios en obras destinadas al ámbito académico. Así le ocurrió a la ex ministra de Sanidad, Carmen Montón, con su trabajo de máster. También al ex Rector de la Universidad Juan Carlos I, Fernando Suarez, y existen ejemplos en la República Alemana de ministros que han tenido que dimitir por descubrirse que sus tesis doctorales estaban copiadas. En Internet hay varias plataformas para descubrir el “copia y pega” de los diversos trabajos que presentan los alumnos en el proceso de su graduación o de los másteres. Se descubre la trascripción literal de lo que ya está publicado en las redes o en otros trabajos y libros, sin ninguna redacción propia y sin ninguna cita del autor o autores escogidos. El profesor responsable tendrá que valorar el porcentaje, mayor o menor, de los copiado para darlo por válido o suspenderlo. Si un alumno hace, p.e, un estudio de las guerras carlistas en el siglo XIX y se limita a una copia literal de un texto, sin ninguna reflexión, no puede obtener el apto. Pero si por el contrario ha ido introduciendo párrafos de otros autores, aunque no los cite, en un proceso de reflexión y análisis sobre lo que significaron aquellos acontecimientos, y se ve que ha estudiado el tema y le ha servido para tener un conocimiento del mismo, entonces el trabajo ha cumplido su objetivo y puede ser aceptado. Otra cosa es cuando en un estudio científico de un artículo o un libro de investigación el autor hace uso de otras publicaciones sin citarlas, dándolos como propio de manera parcial o total. O cuando el estudio ha sido realizado por dos o más personas y una de ellas ha decidido que prescinde del acuerdo y publica lo que cree que es su aportación sin considerar que la totalidad de un trabajo conjunto es de todos los comprometidos, porque así ha sido aceptado desde principio. Hay ejemplos de ello: dos profesores de la Universidad de Zaragoza, Peiró y Pasamar, escribieron un primer libro como especialistas en la Historiografía española (Diccionario Akal de Historiadores españoles contemporáneos, Akal-2002) Estaba previsto un segundo volumen, pero entre ellos no hubo acuerdo y ninguno pudo publicar lo que consideraban de su propia cosecha porque en una obra conjunta no existe una parte de uno o de otro, a no ser que se especifique en capítulos independientes. En ningún caso publicar íntegramente lo que ya estaba maquetado eliminando lo que uno consideraba suyo porque en una obra conjunta todo lo escrito y aceptado es de ambos a no ser que uno realice otra con una redacción distinta por su cuenta. Profesores de Derecho Mercantil afirman que es causa de una querella civil que puede dar lugar a la retirada del libro y recibir una indemnización por los daños morales. Pero otra cosa son los libros de texto para alumnos de la ESO, el Bachillerato o la Universidad donde el objetivo fundamental es trasmitir con la mayor precisión y síntesis los contenidos de una materia para que el alumno tenga facilidad de asimilarlo. Los libros de textos están llenos de trozos de otros autores a los que, por lo general, no se cita porque no estamos en un estudio científico sino en un uso práctico para que el estudiante capte lo esencial de lo expuesto. Si uno encuentra un párrafo que aclara una cuestión mejor que lo que él pueda expresar mientras lo escribe lo usa en aras de la mejor comprensión. Si cogen libros de textos de cualquier asignatura encontrarán multitud de ejemplo. Y eso no deteriora la capacidad del autor, al contrario, indica que ha consultado diversos materiales y ha elegido lo mejor para los alumnos, sin que ello pueda ser calificado de plagio. Al igual que se hace en las explicaciones orales de seminarios o clases ordinarias. Peor es el caso de los que copian ideas redactándolas con su propio estilo sin citar de quienes son. Un profesor como Manuel Cruz, presidente del Senado, tiene obras de investigación y manuales de divulgación. Además, ha dirigido una colección de monografías asequibles al gran público de unos 40 pensadores de Historia de la Filosofía. Nada que ver con Newton, obsesionado porque Robert Hook (que descubrió la ley de la elasticidad) le copiara su Teoría de la Gravedad. Está muy activa la denuncia a politicos de plagios en obras destinadas al ámbito académico. Así le ocurrió a la ex ministra de Sanidad, Carmen Montón, con su trabajo de máster. También al ex Rector de la Universidad Juan Carlos I, Fernando Suarez, y existen ejemplos en la República Alemana de ministros que han tenido que dimitir por descubrirse que sus tesis doctorales estaban copiadas. En Internet hay varias plataformas para descubrir el “copia y pega” de los diversos trabajos que presentan los alumnos en el proceso de su graduación o de los másteres. Se descubre la trascripción literal de lo que ya está publicado en las redes o en otros trabajos y libros, sin ninguna redacción propia y sin ninguna cita del autor o autores escogidos. El profesor responsable tendrá que valorar el porcentaje, mayor o menor, de los copiado para darlo por válido o suspenderlo. Si un alumno hace, p.e, un estudio de las guerras carlistas en el siglo XIX y se limita a una copia literal de un texto, sin ninguna reflexión, no puede obtener el apto. Pero si por el contrario ha ido introduciendo párrafos de otros autores, aunque no los cite, en un proceso de reflexión y análisis sobre lo que significaron aquellos acontecimientos, y se ve que ha estudiado el tema y le ha servido para tener un conocimiento del mismo, entonces el trabajo ha cumplido su objetivo y puede ser aceptado. Otra cosa es cuando en un estudio científico de un artículo o un libro de investigación el autor hace uso de otras publicaciones sin citarlas, dándolos como propio de manera parcial o total. O cuando el estudio ha sido realizado por dos o más personas y una de ellas ha decidido que prescinde del acuerdo y publica lo que cree que es su aportación sin considerar que la totalidad de un trabajo conjunto es de todos los comprometidos, porque así ha sido aceptado desde principio. Hay ejemplos de ello: dos profesores de la Universidad de Zaragoza, Peiró y Pasamar, escribieron un primer libro como especialistas en la Historiografía española (Diccionario Akal de Historiadores españoles contemporáneos, Akal-2002) Estaba previsto un segundo volumen, pero entre ellos no hubo acuerdo y ninguno pudo publicar lo que consideraban de su propia cosecha porque en una obra conjunta no existe una parte de uno o de otro, a no ser que se especifique en capítulos independientes. En ningún caso publicar íntegramente lo que ya estaba maquetado eliminando lo que uno consideraba suyo porque en una obra conjunta todo lo escrito y aceptado es de ambos a no ser que uno realice otra con una redacción distinta por su cuenta. Profesores de Derecho Mercantil afirman que es causa de una querella civil que puede dar lugar a la retirada del libro y recibir una indemnización por los daños morales. Pero otra cosa son los libros de texto para alumnos de la ESO, el Bachillerato o la Universidad donde el objetivo fundamental es trasmitir con la mayor precisión y síntesis los contenidos de una materia para que el alumno tenga facilidad de asimilarlo. Los libros de textos están llenos de trozos de otros autores a los que, por lo general, no se cita porque no estamos en un estudio científico sino en un uso práctico para que el estudiante capte lo esencial de lo expuesto. Si uno encuentra un párrafo que aclara una cuestión mejor que lo que él pueda expresar mientras lo escribe lo usa en aras de la mejor comprensión. Si cogen libros de textos de cualquier asignatura encontrarán multitud de ejemplo. Y eso no deteriora la capacidad del autor, al contrario, indica que ha consultado diversos materiales y ha elegido lo mejor para los alumnos, sin que ello pueda ser calificado de plagio. Al igual que se hace en las explicaciones orales de seminarios o clases ordinarias. Peor es el caso de los que copian ideas redactándolas con su propio estilo sin citar de quienes son. Un profesor como Manuel Cruz, presidente del Senado, tiene obras de investigación y manuales de divulgación. Además, ha dirigido una colección de monografías asequibles al gran público de unos 40 pensadores de Historia de la Filosofía. Nada que ver con Newton, obsesionado porque Robert Hook (que descubrió la ley de la elasticidad) le copiara su Teoría de la Gravedad. Está muy activa la denuncia a politicos de plagios en obras destinadas al ámbito académico. Así le ocurrió a la ex ministra de Sanidad, Carmen Montón, con su trabajo de máster. También al ex Rector de la Universidad Juan Carlos I, Fernando Suarez, y existen ejemplos en la República Alemana de ministros que han tenido que dimitir por descubrirse que sus tesis doctorales estaban copiadas. En Internet hay varias plataformas para descubrir el “copia y pega” de los diversos trabajos que presentan los alumnos en el proceso de su graduación o de los másteres. Se descubre la trascripción literal de lo que ya está publicado en las redes o en otros trabajos y libros, sin ninguna redacción propia y sin ninguna cita del autor o autores escogidos. El profesor responsable tendrá que valorar el porcentaje, mayor o menor, de los copiado para darlo por válido o suspenderlo. Si un alumno hace, p.e, un estudio de las guerras carlistas en el siglo XIX y se limita a una copia literal de un texto, sin ninguna reflexión, no puede obtener el apto. Pero si por el contrario ha ido introduciendo párrafos de otros autores, aunque no los cite, en un proceso de reflexión y análisis sobre lo que significaron aquellos acontecimientos, y se ve que ha estudiado el tema y le ha servido para tener un conocimiento del mismo, entonces el trabajo ha cumplido su objetivo y puede ser aceptado. Otra cosa es cuando en un estudio científico de un artículo o un libro de investigación el autor hace uso de otras publicaciones sin citarlas, dándolos como propio de manera parcial o total. O cuando el estudio ha sido realizado por dos o más personas y una de ellas ha decidido que prescinde del acuerdo y publica lo que cree que es su aportación sin considerar que la totalidad de un trabajo conjunto es de todos los comprometidos, porque así ha sido aceptado desde principio. Hay ejemplos de ello: dos profesores de la Universidad de Zaragoza, Peiró y Pasamar, escribieron un primer libro como especialistas en la Historiografía española (Diccionario Akal de Historiadores españoles contemporáneos, Akal-2002) Estaba previsto un segundo volumen, pero entre ellos no hubo acuerdo y ninguno pudo publicar lo que consideraban de su propia cosecha porque en una obra conjunta no existe una parte de uno o de otro, a no ser que se especifique en capítulos independientes. En ningún caso publicar íntegramente lo que ya estaba maquetado eliminando lo que uno consideraba suyo porque en una obra conjunta todo lo escrito y aceptado es de ambos a no ser que uno realice otra con una redacción distinta por su cuenta. Profesores de Derecho Mercantil afirman que es causa de una querella civil que puede dar lugar a la retirada del libro y recibir una indemnización por los daños morales. Pero otra cosa son los libros de texto para alumnos de la ESO, el Bachillerato o la Universidad donde el objetivo fundamental es trasmitir con la mayor precisión y síntesis los contenidos de una materia para que el alumno tenga facilidad de asimilarlo. Los libros de textos están llenos de trozos de otros autores a los que, por lo general, no se cita porque no estamos en un estudio científico sino en un uso práctico para que el estudiante capte lo esencial de lo expuesto. Si uno encuentra un párrafo que aclara una cuestión mejor que lo que él pueda expresar mientras lo escribe lo usa en aras de la mejor comprensión. Si cogen libros de textos de cualquier asignatura encontrarán multitud de ejemplo. Y eso no deteriora la capacidad del autor, al contrario, indica que ha consultado diversos materiales y ha elegido lo mejor para los alumnos, sin que ello pueda ser calificado de plagio. Al igual que se hace en las explicaciones orales de seminarios o clases ordinarias. Peor es el caso de los que copian ideas redactándolas con su propio estilo sin citar de quienes son. Un profesor como Manuel Cruz, presidente del Senado, tiene obras de investigación y manuales de divulgación. Además, ha dirigido una colección de monografías asequibles al gran público de unos 40 pensadores de Historia de la Filosofía. Nada que ver con Newton, obsesionado porque Robert Hook (que descubrió la ley de la elasticidad) le copiara su Teoría de la Gravedad. Está muy activa la denuncia a politicos de plagios en obras destinadas al ámbito académico. Así le ocurrió a la ex ministra de Sanidad, Carmen Montón, con su trabajo de máster. También al ex Rector de la Universidad Juan Carlos I, Fernando Suarez, y existen ejemplos en la República Alemana de ministros que han tenido que dimitir por descubrirse que sus tesis doctorales estaban copiadas. En Internet hay varias plataformas para descubrir el “copia y pega” de los diversos trabajos que presentan los alumnos en el proceso de su graduación o de los másteres. Se descubre la trascripción literal de lo que ya está publicado en las redes o en otros trabajos y libros, sin ninguna redacción propia y sin ninguna cita del autor o autores escogidos. El profesor responsable tendrá que valorar el porcentaje, mayor o menor, de los copiado para darlo por válido o suspenderlo. Si un alumno hace, p.e, un estudio de las guerras carlistas en el siglo XIX y se limita a una copia literal de un texto, sin ninguna reflexión, no puede obtener el apto. Pero si por el contrario ha ido introduciendo párrafos de otros autores, aunque no los cite, en un proceso de reflexión y análisis sobre lo que significaron aquellos acontecimientos, y se ve que ha estudiado el tema y le ha servido para tener un conocimiento del mismo, entonces el trabajo ha cumplido su objetivo y puede ser aceptado. Otra cosa es cuando en un estudio científico de un artículo o un libro de investigación el autor hace uso de otras publicaciones sin citarlas, dándolos como propio de manera parcial o total. O cuando el estudio ha sido realizado por dos o más personas y una de ellas ha decidido que prescinde del acuerdo y publica lo que cree que es su aportación sin considerar que la totalidad de un trabajo conjunto es de todos los comprometidos, porque así ha sido aceptado desde principio. Hay ejemplos de ello: dos profesores de la Universidad de Zaragoza, Peiró y Pasamar, escribieron un primer libro como especialistas en la Historiografía española (Diccionario Akal de Historiadores españoles contemporáneos, Akal-2002) Estaba previsto un segundo volumen, pero entre ellos no hubo acuerdo y ninguno pudo publicar lo que consideraban de su propia cosecha porque en una obra conjunta no existe una parte de uno o de otro, a no ser que se especifique en capítulos independientes. En ningún caso publicar íntegramente lo que ya estaba maquetado eliminando lo que uno consideraba suyo porque en una obra conjunta todo lo escrito y aceptado es de ambos a no ser que uno realice otra con una redacción distinta por su cuenta. Profesores de Derecho Mercantil afirman que es causa de una querella civil que puede dar lugar a la retirada del libro y recibir una indemnización por los daños morales. Pero otra cosa son los libros de texto para alumnos de la ESO, el Bachillerato o la Universidad donde el objetivo fundamental es trasmitir con la mayor precisión y síntesis los contenidos de una materia para que el alumno tenga facilidad de asimilarlo. Los libros de textos están llenos de trozos de otros autores a los que, por lo general, no se cita porque no estamos en un estudio científico sino en un uso práctico para que el estudiante capte lo esencial de lo expuesto. Si uno encuentra un párrafo que aclara una cuestión mejor que lo que él pueda expresar mientras lo escribe lo usa en aras de la mejor comprensión. Si cogen libros de textos de cualquier asignatura encontrarán multitud de ejemplo. Y eso no deteriora la capacidad del autor, al contrario, indica que ha consultado diversos materiales y ha elegido lo mejor para los alumnos, sin que ello pueda ser calificado de plagio. Al igual que se hace en las explicaciones orales de seminarios o clases ordinarias. Peor es el caso de los que copian ideas redactándolas con su propio estilo sin citar de quienes son. Un profesor como Manuel Cruz, presidente del Senado, tiene obras de investigación y manuales de divulgación. Además, ha dirigido una colección de monografías asequibles al gran público de unos 40 pensadores de Historia de la Filosofía. Nada que ver con Newton, obsesionado porque Robert Hook (que descubrió la ley de la elasticidad) le copiara su Teoría de la Gravedad. https://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2019/09/16/5d7e62bf21efa017608b4608.html

    Hace 2 años 2 meses

  3. Dewey

    "Siguiendo una tradición bien asentada en la política y en la esfera pública de nuestro país" el autor procede a hacer lo que no se atrevió a hacer en "La desfachatez intelectual" mientras nadie atacaba a Cruz. Sanchez Cuenca, siguiendo una tradición bien asentada en España ataca en manada y para derribar la integridad académica de alguien que la ha demostrado en tantas y tantas ocasiones. La envidia y la soberbia, ese rasgo tan tradicionalmente español. Ya tenéis a un hombre atacado por todas partes a la vez, como hormigas en torno a un animal herido. Qué espectáculo tan edificante, diría Kant. Qué tradicionalmente hispano, Sr. Sanchez Cuenca.

    Hace 2 años 2 meses

  4. Pere C

    Manuel Cruz fue profesor mío de filosofía en la Universidad de Barcelona, allá por los años 80. Muchas de sus clases consistían en recitar, literalmente, el Diccionario de filosofía, de Ferrater Mora (las otras en comentarios a la obra de Lenin). No me sorprende nada de lo que ha salido.

    Hace 2 años 2 meses

  5. abuquico

    ¿Puedes estos plagios por "desidia" e indolencia" debidos a que los libros eran escritos por la editorial y no por Manuel Cruz? Un libro al año, editoriales comerciales, sin trabajos académicos (excepto quizás Herder)... ¿Los libros se cocinaban en las editoriales y los firmaba Cruz? Un profesor universitario con un libro comercial al año es muy raro. ¿Dónde están los papers?

    Hace 2 años 2 meses

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