1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Mundo virtual

NFTs: un paraíso de la especulación que agrava la crisis ecosocial

Esta nueva forma de comercialización del arte a través de blockchain consume grandes cantidades de energía eléctrica y ha dado lugar a la expansión de un mercado inquietante

Diego Delgado 10/05/2021

<p>El Nyan Cat.</p>

El Nyan Cat.

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Hace tan solo unas semanas, un archivo de imagen digital se convirtió en la tercera venta más alta en la historia de la reconocida casa de subastas Christie’s. Vignesh Sundaresan, también conocido como Metakovan, pagó algo más de 69 millones de dólares por una serie de metadatos que aseguran que es el poseedor del archivo original de la obra Everydays – The first 5000 days, un collage que recoge el trabajo del artista Beeple durante 13 años. Sin embargo, cualquier persona del mundo con acceso a internet puede tener, en su ordenador o dispositivo móvil, una réplica absolutamente exacta de la pieza de forma gratuita.

Unos días después, Jack Dorsey (CEO de Twitter) recibió más de 2,5 millones de dólares por una imagen del primer tuit de la historia. Puedes hacer una pausa en la lectura y, tras una búsqueda rápida en Google y una captura de pantalla, obtendrás un archivo aparentemente idéntico al que recibió Sina Estavi tras pagar esa cantidad desorbitada. Yo ya lo he hecho.

El 24 de marzo, Kevin Roose publicó una columna en The New York Times hablando sobre este nuevo mercado, el de los llamados NFT, y anunció que subastaría el propio texto. Horas después, fue vendido por unos 560.000 dólares. Contra toda lógica, la pieza sigue siendo de acceso gratuito para todo el mundo –si no lo crees, aquí la dejo– : lo que adquirió el comprador fue una especie de certificado de propiedad de una imagen en PNG de la columna que aporta la capacidad de revenderla.

En febrero de este mismo año, el famoso meme Nyan Cat fue vendido por 300 ether, una cifra que, en el momento en que se escriben estas líneas, equivale a 612.914 euros. Sin embargo, la archiconocida imagen animada sigue vagando por el mundo virtual exactamente igual que lo ha hecho siempre. Quizá mañana un familiar la envíe al grupo de WhatsApp, haciendo que todos los participantes podáis disfrutar de su diseño colorido sin pagar ni un solo céntimo por ello.

Llegados a este punto, es muy probable que no entiendas nada de lo que has leído, así que empecemos por el principio.

¿Qué es un NFT?

NFT son las siglas de Non-fungible token o, en castellano, token no fungible. Según la Real Academia Española, token es una voz inglesa con “varias equivalencias según contexto: clave, marca, muestra, señal, ficha, segmento, testigo, prueba, palabra, registro, forma, ejemplo...”; en este caso, nos quedaremos con ficha y registro, por ser los acercamientos más precisos al significado que nos interesa. Ambos denotan una suerte de representación de algo externo, algo más real. Las fichas son un trasunto del dinero, mientras que un registro hace referencia a una realidad más grande.

“Fungible”, por su parte, alude a la susceptibilidad de un bien de ser consumido con el uso y, más importante aún, reemplazado por otro que cumpla la misma función. El mejor ejemplo de esto son las monedas de un euro: si utilizas una, te quedas sin ella, pero cualquier otra te servirá igual.

Un NFT, o token no fungible, es un elemento que sirve como representación de otra cosa, no se gasta y no puede ser intercambiado por ningún equivalente

Es decir, un NFT, o token no fungible, es un elemento que sirve como representación de otra cosa, no se gasta y no puede ser intercambiado por ningún equivalente. En realidad, lo que compraron aquellos cuatro acaudalados inversores son los tokens de una obra de arte, un tuit, una imagen animada y una columna periodística. En tanto que archivos digitales, pueden ser replicados ad infinitum con una exactitud milimétrica, pero gracias a la tecnología blockchain –encargada también de dar vida a criptomonedas como Bitcoin– se puede establecer una trazabilidad que identifique cuál de todas las copias es la “original”. Simplificándolo mucho, existe un registro, a priori imposible de falsificar, que contiene una cantidad abrumadora de datos sobre el NFT en cuestión –quién lo creó, con qué IP, en qué momento exacto, a quién se lo traspasó, etc.– que hacen que este sea único.

Bien, ahora llega la pregunta del millón: ¿para qué sirve ese certificado de autenticidad? Rompiendo todas las reglas del antiperiodismo, voy a ofrecer la respuesta aquí mismo: para especular. Simple y llanamente.

Una burbuja especulativa

Si bien se trata de un fenómeno que está todavía dando sus primeros pasos, ya ha recibido numerosas críticas desde sectores especializados y concienciados con los peligros de la especulación. Los principales valedores de este nuevo mercado digital han lanzado una serie de argumentarios defensivos que, aunque puedan parecer convincentes en lo superficial, contienen una cantidad de contradicciones sonrojante.

La multimillonaria operación alrededor del collage creado por Beeple atrajo todas las miradas, así que Vignesh Sundaresan, el comprador, decidió dar la cara. Solo hay que comparar sus palabras en enero, cuando su identidad real todavía era un secreto tras el alias Metakovan, con las respuestas que ofreció al medio singapurense The Business Times dos meses después, para encontrar una incoherencia muy sospechosa viniendo de alguien tan ducho en el tema. El día 19 de marzo advirtió, en la mencionada publicación asiática, de que “tomarse los NFT como una forma de hacer dinero es muy, muy arriesgado”; para él, “la mejor forma de coleccionar NFT es como lo harías con los objetos de los videojuegos o con un coche que te encanta. Debería estar más guiado por la pasión y no porque mañana será más caro”. Un espíritu que choca frontalmente con la declaración de intenciones que había lanzado desde la plataforma Substack el 4 de enero, tras haber gastado 2,2 millones de dólares en adquirir un conjunto de 20 obras de arte de primera edición de la colección Everydays: The 2020, también de Beeple. “Tenemos un plan de juego. Estamos decididos. Y tenemos una visión loca de lo que viene después”, escribió Sundaresan. Por cierto, lo hizo a modo de presentación de Metapurse, su fondo de inversión especializado en NFT; una forma muy curiosa de enfocar lo que, para él, es puro coleccionismo “guiado por la pasión”.

Parece evidente la situación de burbuja que vive este nuevo mercado digital. Ni siquiera sus principales beneficiarios se atreven a negarlo. El propio Beeple, cuya cuenta se ha llenado de ceros gracias a la emergencia del arte NFT, aseguró en conversación con El Universal que se están pagando cantidades desorbitadas por “cosas que casi puedo garantizar que van a ser inútiles”. “La gente debe ser cuidadosa. Es muy especulativo. Es muy temprano”, concluyó.

Un sueño neoliberal: convertirnos a todas (también a los niños y niñas) en agentes de bolsa

El hecho de que los NFT se abrieran paso dentro del mundo del arte no es una casualidad. Se trata de un sector altamente colonizado por prácticas especulativas de todo tipo, así que su porosidad para con esta clase de nuevos métodos de manipulación de precios es total. Además, es cierto que la tecnología blockchain podría aportar alternativas valiosas en términos de incremento de la capacidad de los y las artistas para ser dueños de sus propias obras, eliminando algunos eslabones de intermediación que pueden resultar conflictivos. Ignorar esa potencial utilidad sería injusto a la hora de buscar las razones que han despertado tanto interés hacia este nuevo mercado digital. No obstante, lo que estamos viendo es mucha –muchísima– especulación y poca revolución artística.

El éxito rotundo y el ruido mediático –69 millones de dólares tienen la culpa– cosechados por algunos artistas han supuesto el impulso que necesitaba el fenómeno NFT para dar el salto a nuevos mercados en busca de un mayor lucro.

Sorare marca el camino a seguir para colonizar espacios demográficos antes ajenos a inversiones de este tipo. Se trata de un juego online en el que cada participante debe configurar su propia plantilla de fútbol con una serie de cartas de jugadores reales, cuya puntuación dependerá del rendimiento que tengan esos futbolistas en cada partido. La mecánica es idéntica a la de Comunio, Futmondo o LaLiga Fantasy; de hecho, el CEO de Sorare afirmó para El Confidencial que su público objetivo es el mismos que el de “otras ligas de fantasía más tradicionales”. El problema es que tras el eufemismo “tradicionales” se oculta una diferencia sustancial: aquellos juegos funcionan con dinero virtual, mientras que en Sorare las cartas son tokens que deben comprarse con transferencias reales.

Con su proyecto NBA Top Shot, la gran competición de baloncesto estadounidense se sube al carro comercializando NFT de vídeos cortos con canastas memorables que se han llegado a vender por cientos de miles de dólares. Estos y otros ejemplos apuntalan lo que se puede considerar una tendencia bien definida: la mercantilización de los últimos reductos de ocio “gratuito”.

El éxito y el ruido mediático cosechados por algunos artistas han supuesto el impulso que necesitaba el fenómeno NFT para dar el salto a nuevos mercados 

“Preocupación entre los padres por el nuevo proyecto de NFTs del ‘youtuber’ Willyrex”, titulaba La Vanguardia el pasado 23 de marzo, haciéndose eco de las alarmas que habían saltado en redes sociales tras un anuncio del famoso gamer. En él, hizo público que lanzaría una colección con tokens de diferentes precios, desde 1€ hasta 2.000€, según la escasez de los mismos. Es imprescindible destacar que una parte mayoritaria del público de Willyrex no alcanza la mayoría de edad, así que hablamos de ofrecer una inversión especulativa, en plena burbuja, a niños y niñas que verán en estos NFT una forma de acercarse a su ídolo.

Quizá por el revuelo causado, Guillermo Díaz –así se llama– concedió una entrevista en el podcast Emprende Aprendiendo, dedicado a los negocios. Uno de los momentos más representativos de lo que supone este nuevo mercado se produjo cuando Willyrex quiso explicar qué es lo que hace valiosos a los NFT. “¿Cuántos, de pequeños, hemos comprado un póster? Te gastas 20 o 30 dólares y te lo pones en tu casa, ¿para qué? ¿Cuántos hay? ¿Cuánto valdría ahora si tu póster, ese que todos teníamos de pequeños, de Dragon Ball o Pokémon, estuviese en perfectas condiciones y se pudiese vender? Imagínate que solo hay mil pósteres como el que tú compraste y se lo puedes vender con un click a alguien de Japón”, explicó. La lógica utilizada es demencial: pretende convertir el rédito económico en la única motivación incluso durante la infancia, ese rincón (casi) libre de corrupción capitalista en el que importa más el valor sentimental que el monetario.

En esa misma entrevista, el youtuber habló sobre Decentraland, una plataforma de realidad virtual que lleva la burbuja cripto al siguiente nivel. Para poder participar de ese mundo digital es necesario adquirir una parcela, y los precios de estas han llegado a alcanzar los 30.000 dólares. El objetivo del juego es permitir que se genere una suerte de sociedad paralela, en la que los dueños y las dueñas de dichas parcelas puedan organizar conciertos, hacer exposiciones o proyectar películas.

Acudir a lo virtual no es solo una forma excéntrica de buscar la exclusividad, sino que responde a un impulso de huida animal de las élites ante lo que es ya una realidad incontestable: la vida en el planeta Tierra se va a parecer cada vez más a una distopía futurista, con un aumento de los problemas ecológicos y civilizatorios. Douglas Rushkoff habló sobre ello en CTXT, con su artículo La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco. De hecho, tanto las criptomonedas como los NFT pueden incrementar drásticamente el ritmo de destrucción de los ecosistemas que sostienen la existencia humana.

Otro paso hacia el desastre ecosocial

Según los cálculos del Centro para Finanzas Alternativas de la Universidad de Cambridge, el consumo energético del minado de criptomonedas es equiparable al de países como Ucrania o Suecia. El hecho de que los NFT utilicen la misma tecnología que Ether, actual competidora de Bitcoin por el trono de las divisas digitales, los convierte en una gran amenaza para el medioambiente.

El artista francés Joanie Lemercier aprendió la lección por la vía dolorosa. Su decisión de internarse en el mundo del arte tokenizado fue todo un éxito, con una recaudación de miles de dólares en la primera venta, pero no tardó en darse cuenta de su error. Gracias a la web Cryptoart.wtf, descubrió que la operación de traspaso de sus NFT había consumido, en unos segundos, el equivalente a la cantidad de energía utilizada por su estudio en dos años. Este golpe de realidad concienció a Lemercier sobre la necesidad de demostrar al mundo el peligro que entraña todo lo relacionado a las criptomonedas y la blockchain; pero, por desgracia, se trata de una excepción.

Se abre una nueva espita de gasto energético brutal, con un agravante: los NFT no aportan absolutamente nada a la mejora de las condiciones de vida

De nuevo, las declaraciones de Willyrex van a servir como reflejo perfecto del cinismo imperante entre las grandes fortunas involucradas en el fenómeno de los NFT. Al comienzo de la entrevista en Emprende Aprendiendo, el youtuber madrileño habla sobre cómo se obsesionó con este nuevo mercado virtual, hasta el punto de admitir lo siguiente: “Me despertaba a las cuatro de la mañana y tenía que ponerme a ver vídeos de NFT, cripto y demás”. Sin embargo, esas ansias por convertirse en un experto en la materia desaparecen de súbito al mencionar la cuestión ecológica. “Dicen también, por ejemplo, que lo que cuesta una transacción de un NFT contamina igual que un humano en 3.000 años… O 300… Bueno, no sé los números, no miré mucho porque al final es algo que acaba de empezar y, en el futuro, ya no se minará… Entiendo yo… No me he puesto mucho en el tema porque no me ha interesado”. De pronto, lo que era una dedicación obsesiva para con los potenciales beneficios millonarios torna en desidia total en lo referente a los costes que ello puede suponer para el resto de la humanidad.

Cuestionado acerca de la huella de carbono, Beeple quiso sacarse de encima la responsabilidad social por el dramático nivel de consumo energético que conllevan sus ventas de NFT acudiendo a un recurso cada vez más común: el tecnofetichismo. Aseguró que pretende que sus obras alcancen la “neutralidad”, en términos de emisiones de carbono, compensando estas con inversiones en energía renovable, proyectos de conservación o tecnologías que absorban el CO2 de la atmósfera. Se trata de un argumentario tan ridículo que enumerar todas las falacias que contiene daría para otro artículo muy extenso, así que me limitaré a parafrasear una de las múltiples conclusiones alcanzadas en este informe del Fern sobre el coste de la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECCS, por sus siglas en inglés): “el desarrollo de BECCS para alcanzar el objetivo de 2°C requeriría más del doble de la cantidad de agua que se utiliza actualmente en la producción alimenticia”.

En un momento en el que todas las evidencias científicas apuntan hacia el decrecimiento en los niveles de producción y consumo como única vía hacia una posible transición sostenible, se abre una nueva espita de gasto energético brutal, con un agravante que convierte todo esto en una insensatez: los NFT no aportan absolutamente nada a la mejora de las condiciones de vida. El sendero por el que transitan estos nuevos mercados digitales nos marca, por oposición frontal, la dirección que debemos tomar: una reducción drástica del ritmo de vida que, necesariamente, tiene que ir acompañada de un reequilibrio en el reparto de los recursos. Consumir muchísimo menos y reenfocar todo ese consumo hacia la construcción de unas condiciones de vida dignas para las grandes mayorías.

Hace tan solo unas semanas, un archivo de imagen digital se convirtió en la tercera venta más alta en la historia de la reconocida casa de subastas Christie’s. Vignesh Sundaresan, también conocido como Metakovan, pagó algo más de 69 millones de dólares por una serie de metadatos que aseguran que es el...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí