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LUCIANA ROMOLI / PARTISANA

“Tengo 91 años y lucharé contra el fascismo hasta mi último aliento”

Mónica Andrade / Miguel Mora 3/07/2022

<p>Luciana Romoli.</p>

Luciana Romoli.

Cedida por la entrevistada

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Hija de una familia de antifascistas, Luciana Romoli (Roma, 1930) empezó a colaborar con la Resistencia italiana, sin saberlo, cuando tenía 8 años. Una mañana, una profesora atacó y vejó a su compañera de pupitre, una niña judía llamada Deborah. Luciana la defendió y la expulsaron del colegio, como a su amiga. Poco después, Luciana comenzó a trabajar, equipada con una bicicleta y una pastilla de cianuro y con el nombre de guerra de Luce, como correo de los partisanos en Roma, una tarea crucial que hicieron muchas mujeres y adolescentes. Tras licenciarse en Biología, y trabajar en la revista para niños Il Pionere, donde coincidió con el escritor Gianni Rodari, nunca dejó de luchar por la libertad, el feminismo y el antifascismo. Hoy sigue dando charlas en colegios para dar testimonio de lo que vivió y anima a los jóvenes a organizarse para conquistar una sociedad mejor. A sus 91 años, Luciana conserva las ganas de cambiar el mundo, la energía, la belleza y un infalible detector de fascistas. “Un día fuimos a ver a Giorgia Meloni al Parlamento”, cuenta en esta entrevista realizada por zoom, “y como no nos recibió, la esperamos fuera, la rodeamos y le dijimos que tiene que abandonar el fascismo porque es contrario a la Constitución”. Su historia está recogida en el blog y el libro Donne con lo zaino (Mujeres con mochila), que se presentó hace unos días en Madrid, y en Luce, storia di una partigiana, recién editado en Italia.

¿Nos podría contar quién es y cómo empezó su lucha antifascista?

Antes de nada me presento, soy Luciana Romoli. Nací el 14 de diciembre de 1930. Quiero contaros hechos que no solo pertenecen a mi vida, sino que representan un momento fundamental de la historia de Italia, la conquista de la libertad que fue posible sólo gracias a la Resistencia. La guerra de liberación nacional fue la lucha para conseguir el final del fascismo y permitió expulsar al feroz invasor alemán. La Resistencia hizo surgir de las raíces profundas a millares de combatientes que tuvieron el apoyo de hombres y mujeres, jóvenes y viejos con ideas políticas y religiosas diferentes. Fue la batalla por el final del fascismo que nos había llevado a una guerra injusta. En 1938 Mussolini propuso las leyes raciales y el rey las firmó. Y ahí empezó todo.

¿Recuerda lo que pasó aquel día en el colegio?

Mi compañera de pupitre, mi amiga del corazón, Deborah, era judía. Pero a nosotras, a las compañeras de clase, eso nos daba igual. Ese sería el cuarto año que Deborah estaba con nosotros. Aquel día no vino nuestra profesora a clase, sino una suplente a la que no habíamos visto nunca; venía vestida de italiana, de fascista. Se portó muy mal. Pasó lista y cuando llamó a Deborah le dijo, tú quédate de pie. Cuando terminó de pasar lista, se acercó a Deborah, yo la tenía muy cerca, abrazada a mí, tenía miedo. Me levanté para cogerla pero ella se la llevó a la mesa del profesor, al lado de la ventana, y ató las trenzas de Deborah a la manilla. Imagínate nosotras, viendo a nuestra compañera, con sus trenzas atadas, solo porque era judía. La profesora le dijo “este es tu último día”, y a nosotras “niñas, coged el cuaderno de rayas y escribid vuestras opiniones sobre los malditos judíos”. Nosotras nos negamos y ella fue al primer pupitre, cogió el cuaderno de una compañera y le dijo: “Escribe sobre los malditos judíos”. Ella se negó y la profesora la cogió de la cabeza y se la estampó contra el pupitre. No usábamos bolígrafos, sino plumas y tinteros. En el centro del pupitre había un tintero, y ella, dándole con la cabeza en el pupitre la llenó de tinta, le salpicó a los ojos, le ensució el babi blanco, la corbata azul. Unas compañeras la llevaron al baño y le lavaron los ojos, no dejaba de gritar porque le picaban mucho. Después, la profesora se acercó a Deborah y le dijo otra vez “este es tu último día de colegio. Este es el último día de todos los alumnos judíos”. Lo más grave es que dijo que los judíos no tenían derecho a vivir. Y nosotras, que éramos 37 en clase, nos rebelamos, nos acercamos a la profesora, la tiramos al suelo y le pegamos. Le hicimos daño en la nariz, le dimos patadas, le rompimos un diente. Imagina, más de 30 niñas contra una profesora. Mientras, dos compañeras cogieron la mesa de la profesora, la acercaron a la ventana e intentaron subirse encima. No consiguieron desatar las trenzas de Deborah hasta que la más alta de la clase se subió y por fin consiguieron liberarla. En cuanto la suplente vio eso nos dijo que cogiéramos nuestra cartera y nos fuéramos.

¿Y qué pasó después?

Les propuse a mis compañeras de clase que hiciéramos un pasquín. Mi padre era el único graduado universitario en el barrio y escribió la historia de Deborah, sobre la profesora y cómo se había comportado. Yo tenía un tío tipógrafo que era muy antifascista, como nuestra directora, y solía hacer trabajos gratis para la escuela. Y él se ocupó de preparar los pasquines para que al día siguiente los pegáramos en las puertas de las clases y todos pudieran leer lo que había pasado. Fue una iniciativa genial y muy importante porque había muchos niños en el colegio y los folletos llegaron a mucha gente.

Cuando se produjo la deportación de los judíos, Deborah y toda su familia fueron deportados a Auschwitz y murieron asesinados en las cámaras de gas

Pero el día después, tres dirigentes del fascio fueron a hablar con la directora y le dijeron que tenía que encontrar a los responsables. La directora nos conocía a mi hermana y a mí, las sobrinas del impresor. Nos llamó y le dijimos que sí, que habíamos sido nosotras. Lo hicimos porque no podíamos permitir que los niños judíos fueran expulsados ​​de las escuelas de Italia. Así que nos expulsaron a nosotras. Y entonces hubo un acto bellísimo de solidaridad: durante dos años, nuestra profesora nos mandó la tarea a casa y todos los días venía una compañera a traer los deberes y recogerlos. Fue una cosa hermosa.

Por desgracia, cuando se produjo la deportación de los judíos, Deborah y toda su familia fueron deportados a Auschwitz y murieron asesinados en las cámaras de gas. En 2014 fui a Auschwitz. Había un enorme paralelepípedo con un enorme ventanal y dentro había cabellos humanos. Puse mi mano ahí para acariciar el pelo de Deborah.

¿Y entonces?

Y entonces, empecé. El 25 de julio cayó el fascismo, pero la guerra no había terminado. A mi me resultó fácil unirme a la Resistencia porque pertenecía a una familia de antifascistas. Mi madre era patriota, mi padre era partisano. Mi hermana, obrera. Cuando empezó la Resistencia, los trabajadores empezaron la lucha armada.

Usted trabajó como mensajera, como correo para la Resistencia. ¿En qué consistía el trabajo y cómo logró que no la descubrieran?

No me trates de usted, por favor. En primer lugar, es necesario explicar bien qué es un correo (stafetta partigiana). Es la chica que mantiene los vínculos entre el Comité de Liberación Nacional y las brigadas. Las brigadas se encuentran en las ciudades, en el campo, en los pueblos, aldeas y montañas. El correo llevaba una bicicleta con dos sacos muy grandes a los lados. Transportaba armas, comida, ropa. Yo, por ejemplo, tuve que ir al Trastevere para conseguir unos clavos de cuatro puntas. Fui a ver a un herrero. Su nombre de batalla era Giorgio, pero su nombre real era Enrico Ferola, quien fue descubierto, torturado y asesinado en las Fosas Ardeatinas. Los partisanos que trabajaban en los mercados de Via Ostiense, todas las tardes cada tres días, traían verdura a los correos porque había que poner verdura encima del material que llevábamos para que nos dejaran pasar en los controles. Para que veáis cómo era la organización de la Resistencia. Un orfebre prestó un reloj a todos los correos de Roma. Porque si no, ¿cómo iba yo a poder estar a las ocho con un partisano, a las once con otro? Teníamos que ser puntuales. ¿Entiendes que no podíamos llegar un minuto antes, un minuto después? Era peligroso para el partisano. ¡Nunca un correo llegó tarde!

Cuando empecé en la Resistencia, mi comandante no quería. Me faltaban dos meses para cumplir trece años. Pero otro partisano le dijo que si no quería se quedaba él conmigo: “Ella es partisana desde los 8 años, y viene de una familia de antifascistas”. En mi casa se reunía mucha gente, con la excusa de bautizos y comuniones se hacían reuniones clandestinas, se decidía lo que había que hacer. Por ejemplo, mi madre tenía órdenes de teñir las sábanas de rojo. Porque el 1 de mayo, en todas las estaciones de Roma, se colgaban banderas rojas para mostrar a los pasajeros que había antifascismo.

¿Y su padre, qué hizo durante la Resistencia, combatió?

Mi padre fue oficial de las tropas alpinas en la Primera Guerra Mundial. Tenía un amigo farmacéutico y le había pedido que nos diera a mi hermana y a mí dos pastillas de cianuro que siempre llevábamos en el calcetín. Para que si nos cogían, en vez de ser torturadas, violadas y asesinadas, nos suicidásemos. Mi padre era partisano y también inspector de los Ferrocarriles del Estado en la estación Tiburtina. Era un ejecutivo. Uno de los trabajos más importantes que hizo fue que logró abrir dos vagones sellados y ayudó a escapar a los judíos encerrados. Los salvaron y los llevaron a Castelli Romani. Cuando terminó la guerra vinieron a mi casa a agradecérselo.

Mi padre escribía textos contra la guerra, contra Mussolini, contra el rey. El 8 de septiembre, el rey y los comandantes del ejército huyeron a Brindisi y dejaron al ejército italiano en desbandada. 650.000 soldados italianos fueron deportados a Alemania. Muy pocos volvieron. Lo que hicieron las mujeres italianas en toda Italia es que cuando encontraban un soldado lo llevaban a su casa. Le cambiaban de ropa, le quitaban el traje de soldado y les daban ropa de civil. Muchos se sumaron a los partisanos en las distintas brigadas y otros intentaban regresar a sus casas.

Luciana Romoli con el pañuelo de la Asociación Nacional de Partisanos Italianos.

Luciana Romoli con el pañuelo de la Asociación Nacional de Partisanos Italianos.

​​Cuando terminó la guerra, se empezó a discutir la Constitución en el Parlamento. ¿Qué le pareció? ¿Cómo trataron a las mujeres?

Hay que tener en cuenta que había mucho machismo, también entre los militantes de izquierdas. En la Asamblea Constituyente había 550 hombres y 21 mujeres. ¿Cómo es posible? Las mujeres combatimos frente a la injusticia y la ferocidad con valentía y conciencia. Fuimos protagonistas de la historia de Italia, íbamos con la cabeza alta, y como factor decisivo, creamos nuestra propia organización, los Grupos de Defensa de la Mujer. Las mujeres fueron el alma, el corazón de la Resistencia. Sin su participación, sin su solidaridad, el movimiento partisano no hubiera podido tener el ímpetu y la solidez que tuvo. Junto a la obrera, la campesina, encontramos a la intelectual, al ama de casa, la guerrillera, la tendera, la maestra. Cada una con un ambiente, una mentalidad, una educación diferente, una manera diferente de llegar a la Resistencia.

Y entonces, ¿cómo se comportaron? Nos excluyeron de la Asamblea Constituyente. ¿Cómo es posible? ¿Cuántas mujeres había en el Parlamento o el Senado? Nosotras siempre tuvimos que luchar. Y desafortunadamente, se comportaron como machistas. Pero aun así, incluso hoy, sin embargo, no nos importa, porque hicimos algo muy importante. He estado yendo a las escuelas desde 1995 para dar testimonio de mi participación en la Resistencia. Nuestra tarea como mensajeras, como partisanas, como patriotas es pavimentar el suelo para las antifascistas de las nuevas generaciones.

Si no fuera por las mujeres, todas las leyes sobre la emancipación de la mujer, el trabajo… El artículo uno de la Constitución italiana dice: Italia es una república fundada sobre el trabajo. ¿Pero qué trabajo? Las mujeres están más desempleadas, peor pagadas… Después de la Resistencia tuvimos que pelear más batallas, hacer huelgas por igual trabajo, igual salario, para tener jardines de infancia. Porque donde hay más de 50 mujeres en una fábrica, el propietario está obligado a montar una guardería. ¿Cuántas luchas hemos peleado? ¿Cuántas peleas hemos tenido que combatir para que las mujeres no tuvieran que trabajar de noche para poder cuidar de sus hijos?

Las mujeres fueron el alma, el corazón de la Resistencia

¿Y los hombres? ¿Y los sindicatos? No sabes las veces que nos han dicho: “¡Ah, nosotros en estos temas no os seguimos!”. A nosotras no nos hace falta que nos sigáis, somos nosotras las que combatimos. Y nosotras las cosas las conseguimos, y cómo las conseguimos. Tras los bombardeos, las mujeres que habían perdido su hogar dimos la batalla por una vivienda digna. Dijimos basta de chabolas. No es posible que haya sitios donde haya casas en ruinas, sin agua, sin luz, con niños desnutridos. Luchamos y lo logramos. La fuerza de la Constitución viene de las mujeres. No es solo un programa, es la esperanza que nos recuerda que aún nos queda mucho por  hacer. La Constitución apunta a la transformación de la sociedad bajo los principios de libertad, justicia e igualdad. La Constitución no es un manual que se aplica, no es una novela que se lee. Necesita nuestra voluntad para lograr cosas concretas.

¿Podemos hablar de la posguerra? Los democratacristianos casi siempre han gobernado Italia. A los comunistas nunca se les permitió y después llegó Berlusconi…

Oh, mamma mia! Arruinó a la humanidad…

¿Qué impresión tuvo al ver cómo degeneraba el panorama político italiano? Después de tantas luchas, ¿cómo llegamos a Berlusconi?

Llegamos a Berlusconi porque hubo corrupción. Porque la izquierda se comportó mal, como se portaron mal los otros. Si la izquierda, si los socialistas no hubieran estado envueltos en casos de corrupción, Berlusconi ni siquiera habría nacido. Nosotras, las mujeres, dimos la batalla. Recuerdo en la sección del PCI donde estaba inscrita, ¿cuántas peleas tuve? ¿cuántas discusiones? Dije: “Este no es mi partido”. No es el partido por el que arriesgué mi vida. Entonces Occhetto pensó en cambiar el nombre del Partido Comunista con la historia de hacer el Partido Democrático. Pero, ¿dónde está ese Partido Democrático? Nunca existió. No hicieron nada. Sólo querían ser elegidos para el Parlamento.

Nosotras queríamos hacer leyes. Queríamos igualdad de derechos. Pero ¿cuántas veces hemos organizado delegaciones de mujeres en los barrios populares, de las estudiantes, de las obreras? ¿Cuántas batallas? Y al final, por culpa de la corrupción, por culpa de Craxi… Y encima querían hacerle un funeral de Estado. Yo les dije: “Como le hagáis un funeral de Estado voy y os tiro una bomba”. A mí no me pueden meter en la cárcel… En Italia hay una Constitución que me ampara, el artículo 21 de la Constitución dice que todos pueden expresar opiniones públicas y privadas a través de escritos, carteles, documentos, videos. Ahí está la Constitución que yo y muchos, muchos compañeros que dieron la vida ayudamos a crear. Cuántos jóvenes han muerto por esa Constitución, por una Italia libre. Sin embargo, Casa Pound y Forza Nuova existen, no hemos podido erradicarlas. Quiero decirle al Parlamento que estas organizaciones fascistas deben ser abolidas. Mira lo que está haciendo Giorgia Meloni ahora.

Sí, acaba de venir a España a apoyar a la extrema derecha…

Esa mujer da miedo, fuimos al Parlamento con una delegación y no nos recibió. Entonces la esperamos fuera de Montecitorio y cuando salió la rodeamos. Se asustó. Le dijimos: “Eres violenta y eres fascista. Nosotras no somos violentas, estamos a favor de la democracia y tú tienes que dejar el fascismo”. El fascismo murió con la Constitución. El artículo once de la Constitución dice: Italia repudia la guerra. Le dije que tenía que estudiar la Constitución, aprenderla de memoria. Y luego protestamos enérgicamente. Porque cuando hay un nuevo gobierno, los ministros van a ver al presidente de la República y juran sobre la Constitución. Y luego, en el Parlamento, no les importa un pimiento. Nosotras seguimos luchando contra ellos. En diciembre cumplo 92 años, pero lucharé contra el fascismo y por la aplicación completa de la Constitución hasta mi último aliento. No hay que cambiar la Constitución, solo hay que aplicarla.

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Traducción de Adriana M. Andrade.

Hija de una familia de antifascistas, Luciana Romoli (Roma, 1930) empezó a colaborar con la Resistencia italiana, sin saberlo, cuando tenía 8 años. Una mañana, una profesora atacó y vejó a su compañera de pupitre, una niña judía llamada Deborah. Luciana la defendió y la expulsaron del colegio, como a su amiga....

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Miguel Mora

es director de CTXT. Fue corresponsal de El País en Lisboa, Roma y París. En 2011 fue galardonado con el premio Francisco Cerecedo y con el Livio Zanetti al mejor corresponsal extranjero en Italia. En 2010, obtuvo el premio del Parlamento Europeo al mejor reportaje sobre la integración de las minorías. Es autor de los libros 'La voz de los flamencos' (Siruela 2008) y 'El mejor año de nuestras vidas' (Ediciones B).

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