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tribuna

Discurso, industria, sexo: sobre libertad y pornografía

La estimulación sexual y el deseo son aspectos intrínsecos a la experiencia humana. Como feministas, nuestro horizonte no puede ser su limitación sino su desborde hacia “políticas de producir placer” más satisfactorias

Julia Cámara 26/11/2022

<p><em>Rapto de las hijas de Leucipo</em>. (Pedro Pablo Rubens, hacia 1618). </p>

Rapto de las hijas de Leucipo. (Pedro Pablo Rubens, hacia 1618). 

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Estoy leyendo Delta de Venus. Me lo llevo al trabajo metido al fondo del bolso, con esa cubierta preciosa que tiene la edición de Bruguera de 1980, que me regaló una amiga, delatando su contenido (una no sabe nunca si es un cuadro o una fotografía muy trabajada), y lo abro en los descansos de mediodía tratando de rascar unos minutos al tedio inhumano que la relación salarial provoca. Hay algo fascinante en recrearse en las sensaciones, en percibir cómo la lectura provoca cambios en la piel o en el ancho de las pupilas o en el ritmo de la respiración y la estabilidad de las piernas, algo cautivador en ese (en palabras de la propia Anaïs Nin) no manejarse a sí misma de manera objetiva, sino como una mujer que estuviera indagando la exacta condición de su cuerpo. La contraportada reza: “¿Erotismo? ¿O directamente y sin paños tibios, pornografía?”.

En los últimos años, el debate público en torno a la violencia sexual y la contundente respuesta del movimiento feminista a la permisividad social y la reproducción institucional de la misma han traído de vuelta posiciones que, en su intento de defender y proteger a las mujeres, nuestra integridad y nuestros cuerpos, están cargadas de moralismo e infantilización forzada. No hay capacidad de agencia posible en un mundo donde necesitamos permanentemente ser protegidas, donde se nos presupone el estatus de víctima en vez de imaginar formas alternativas de reaccionar ante la violencia, donde la etiqueta de “peligro” precinta todo contacto sexual por mucho que sea buscado. Cuidado: si una desoye la señal de alarma, entonces quizá es responsable (¿culpable?) del potencial daño. Y también: es tremendamente fácil traspasar la línea entre fiscalizar el deseo ajeno (qué es y qué no es feminista) y acabar prescribiendo sexo sólo con una persona, con la luz apagada y sin tocar demasiado.

En este contexto, la pornografía, como máxima expresión de la sexualidad explícita y, en la actualidad, poderosa industria cultural que reproduce y asienta todo tipo de estereotipos y de jerarquías sociales y sexuales, se ha convertido en un potente catalizador de pánicos morales, posicionamientos identitarios y propuestas de censura. Aunque, pensándolo bien, ¿es posible hablar de censura cuando lo censurado no tiene, según sus detractoras, valor social alguno? El pasado marzo Ana Valero Heredia, doctora en Derecho Constitucional y profesora de la UCLM, publicaba La libertad de la pornografía (Athenaica, 2022), un libro que se presenta como “el primer estudio en lengua española que afronta la pornografía desde una perspectiva integral, incluido el enfoque jurídico”. O al menos, eso afirma en el prólogo la directora Erika Lust, famosa por la etiqueta “porno para mujeres” y una de las principales voces disidentes dentro de la industria. Se trata de una lectura ágil pero apoyada en una multitud de estadísticas y referencias jurídicas, que se agradece por lo que de seriedad y rigurosidad aporta al debate. Pero el acercamiento de la autora al tema, situado estrictamente en el plano de generación de discurso y de acceso al mismo (consumo), deja fuera aspectos fundamentales del problema y nos impide hablar de una “perspectiva integral” en el tratamiento de la pornografía. En los párrafos siguientes trato de desgranar todo esto proponiendo un triple acercamiento que, lejos de cuestionar, desarrolla y amplía lo planteado por Ana Valero.

1. El porno como discurso

Si cuando hablamos de porno la discusión enseguida se enerva, la fórmula más técnica de “expresiones pornográficas o sexualmente explícitas” genera un momento de desorientación que nos permite calmar el debate y situarlo históricamente. ¿Cuál ha sido el papel de la expresión pornográfica a lo largo de la historia, de qué maneras se ha representado y expresado la sexualidad en diferentes momentos y cuál ha sido la respuesta social mayoritariamente dada? Ana Valero desglosa, en el primer capítulo del libro, todas estas preguntas, mostrando algo quizá sabido pero que nunca está de más recordar: que muchas de las obras (literarias, plásticas) que ahora reconocemos como valiosas culturalmente fueron, en el momento de su aparición, censuradas por pornográficas. Que el principal argumento esgrimido por sus detractores y detractoras fue siempre el escándalo, la obscenidad y la incitación al deseo (considerando esto último no como algo estimulante y revitalizador, sino reprobable y peligroso). Y que las prescripciones morales cambian constantemente, por lo que la libertad de la expresión sexualmente explícita debe estar protegida y garantizada. O lo que es lo mismo: la libertad de la pornografía.

Muchas de las obras que ahora reconocemos como valiosas culturalmente fueron, en el momento de su aparición, censuradas por pornográficas

Caracterizando el porno como un tipo específico de discurso (el que es sexualmente explícito) y desde la óptica de la jurisprudencia y la filosofía del derecho, la autora analiza en el segundo capítulo las bases jurídicas de las limitaciones impuestas en distintos países a su circulación y consumo. En primer lugar, la escasa consistencia de la “obscenidad” como categoría constitucional y la frontera difusa que la separa de posiciones represoras o moralmente extremistas: ¿es la pornografía obscena porque nos ofende (¿y es éste motivo suficiente para ser prohibida?) o por su indecencia? Y, por otro lado: ¿cuáles son los criterios para caracterizar la pornografía como discurso vacío de valor social o artístico y, por tanto, proclive a ser situado en los márgenes de la libertad de expresión? Lo que Ana Valero demuestra es la imposibilidad de asignar un “valor” al discurso sexual sin caer en criterios morales fuertemente marcados por las convenciones sociales, que llevan necesariamente a la persecución de todo lo transgresor y estridente.

Adoptando un posicionamiento liberal, la autora dedica el resto del libro a tratar de discernir si existe o no un nexo causal entre discurso y daño real, concreto e inminente, único argumento que justificaría un recorte en la libertad de expresión. El acercamiento al porno es, por tanto, estrictamente discursivo. Como discurso, la pornografía se difunde y se consume, y el acceso a la misma no debe sufrir restricciones salvo cuando conlleve un daño claro e inmediato. Pero, estando de acuerdo con esto, ¿quién y cómo produce esos discursos? ¿Hay posibilidad de daño únicamente en su consumo? ¿No sería acaso necesario indagar acerca del proceso mismo de producción de expresión? O lo que es lo mismo: ¿qué narices pasa con la industria del porno?

2. El porno como industria

Que la pornográfica es una industria que mueve millones no es ningún secreto. Ana Valero da un dato: según varios estudios, la nueva pornografía online generaría al año unos 97 millones de dólares. Sin embargo, no hay en el libro ninguna alusión a la industria que vaya más allá del desglose de sus contenidos. Como en demasiadas ocasiones cuando hablamos de fenómenos relacionados con el sexo, el análisis se queda en el plano de la dimensión cultural o de los efectos materiales de ésta, sin entrar en el terreno de las relaciones sociales (de producción) que se dan en el porno. En las escasas excepciones en que el debate público aborda esto, es común que sea a través de relatos en primera persona marcados por el arrepentimiento y la vergüenza, perfectamente funcionales al puritanismo y la narrativa moralista, y muy poco útiles para buscar soluciones a problemas colectivos reales.

Una aproximación jurídica a la pornografía que pretenda ser integral no puede obviar el marco jurídico relativo a las relaciones laborales, los derechos de las trabajadoras y trabajadores de la industria del porno y las garantías legales previstas para evitar abusos y malas prácticas. Más allá de la consideración personal que nos merezca el trabajo sexual lo cierto es que, bajo la actual legislación del Estado español, éste puede constituir objeto de contrato de trabajo en muchas de sus formas: performers, trabajadoras de alterne, de centros de masaje… y actrices y actores porno. La polémica ilegalización del sindicato OTRAS y la posterior sentencia del Supremo son evidencia, sin embargo, de los enormes problemas que las trabajadoras sexuales tienen para organizarse y aumentar su capacidad de negociación. Y si hay algún criterio que nos pueda permitir valorar el nivel de daño que puede generar un producto cultural, éste debería buscarse en las condiciones en que ha sido producido más que en si su contenido se adapta o no a las convenciones morales del momento.

Una aproximación jurídica a la pornografía que pretenda ser integral no puede obviar el marco jurídico relativo a las relaciones laborales

En el (fantástico) libro Putas insolentes (Traficantes de sueños, 2020), Juno Mac y Molly Smith levantan el que probablemente sea el argumentario más sólido y completo hasta la fecha a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales. Y aunque la prostitución y la pornografía son trabajos distintos, el eje central sobre el que las autoras pivotan nos es útil también aquí: no es nuestra concepción del sexo en sí ni de determinadas prácticas sexuales lo que debe estar en la base de las propuestas políticas para el trabajo sexual, sino la búsqueda de una mejora de la correlación de fuerzas a favor de las trabajadoras frente a las patronales y la industria.

En el porno, sí, hay abusos. La industria pornográfica, como toda gran máquina de hacer dinero, busca maximizar su margen de beneficios pagando salarios mínimos o descuidando las condiciones de trabajo (son comunes los testimonios de actrices que tienen que llevar consigo sus propios condones o lubricante). El racismo, el machismo y la transfobia contribuyen a degradar el trato que se recibe en los rodajes e imponen limitaciones importantes en elección de papeles y el desarrollo profesional de los actores. Un abordaje jurídico integral al problema de la pornografía debe dar respuesta a esto planteando medidas que abarquen desde un convenio propio para el sector (con sus correspondientes tablas salariales, limitación de jornadas, etc.) hasta regulaciones que impidan prácticas claramente abusivas pero comunes en algunas grandes productoras, como la inexistencia de guiones previos que permitan pactar la realización o no de ciertas escenas. Dar poder y garantías jurídicas a las trabajadoras es la única forma de procurar una pornografía verdaderamente libre. Todo lo libre, al menos, que puede serlo algo inserto en las relaciones sociales de la sociedad capitalista.

3. El porno como sexo

Los dos últimos capítulos del libro de Ana Valero están dedicados a analizar si existe o no relación causal entre el consumo de pornografía, por un lado, y la violencia contra las mujeres y la construcción de una sexualidad violenta o agresiva en niños y adolescentes, por otro. Me interesa, más que incidir en lo primero (que, como la autora expone, ha quedado de sobra descartado por numerosos estudios), pensar cómo actuar ante lo segundo y de qué manera el porno se relaciona con nuestros deseos y prácticas sexuales. ¿Somos capaces de construir imaginarios sexuales no dependientes del escaso abanico de posibilidades que nos muestra el porno mainstream? ¿Disponemos de herramientas para reconocer y cartografiar nuestro deseo, para asumirlo y detectar lo que nos gusta y apetece? ¿Qué alternativas ofrecemos a la represión sexual (que engendra no sólo frustraciones, sino también monstruos) y al liberalismo del “todo vale” que no las mismas violencias y desigualdades de siempre?

El consumo de porno en la adolescencia, en una sociedad donde la educación sexual brilla por su ausencia, juega un papel clave en la idea que niños y jóvenes tienen del sexo

Los datos varían, pero los distintos estudios e informes aportados por la autora sostienen que el primer contacto con la pornografía llega entre los ocho y los 12 años, y su consumo es generalizado a partir de los 13-14, especialmente en chicos. Es evidente que el consumo de porno, en un momento de construcción de la propia personalidad y de experimentación sexual como es la adolescencia, y en una sociedad donde la educación sexual temprana brilla por su ausencia, juega un papel clave en la idea que niños y jóvenes tienen del sexo. Valero Heredia sostiene que el porno gratuito constituye la principal herramienta de aprendizaje sexual en la adolescencia, lo que lleva a los chicos a normalizar actitudes irrespetuosas y de falta de cuidado, y a las chicas a asumir un canon de deseabilidad y disponibilidad corporal poco realista. Frente a esto, las medidas legales tomadas por diferentes países han ido enfocadas a tratar de controlar el acceso al porno online mediante sistemas de verificación de edad, basándose en criterios de protección de la infancia y del estatus “para adultos” de los contenidos sexualmente explícitos. El recorrido por estos intentos que se ofrece en el libro evidencia, sin embargo, la dificultad de esta tarea.

La libertad de la pornografía cierra su último capítulo con un alegato en defensa de una educación afectivo-sexual integral, que vincule sexualidad y fortalecimiento emocional y que contribuya al desarrollo personal de niños y jóvenes. La pregunta debería ser evidente: si el problema radica en que el porno es lo único que ofrece algún tipo de explicación sobre qué es el sexo y qué es el deseo, ¿no deberíamos, como sociedad, producir otros discursos que sí tengan vocación educativa y que anulen o reduzcan el impacto nocivo del consumo de pornografía antes de que ésta se produzca?

El porno es ficción. Se construye, como todas las ficciones, sobre elementos presentes en la vida real, sobre temores y prejuicios, sobre ambiciones y anhelos. Comprender esto es fundamental para conocer y disfrutar la propia sexualidad y para establecer relaciones honestas y desacomplejadas con nosotras mismas y con la gente con la que follamos. La curiosidad, la estimulación sexual y el deseo son aspectos intrínsecos a la experiencia humana y tienen la capacidad de mejorar exponencialmente nuestros niveles de felicidad y de bienestar personal y relacional. Como feministas, nuestro horizonte no puede ser su limitación sino su desborde hacia “políticas de producir placer” más igualitarias, emancipadoras y satisfactorias para todas.

Estoy leyendo Delta de Venus. Me lo llevo al trabajo metido al fondo del bolso, con esa cubierta preciosa que tiene la edición de Bruguera de 1980, que me regaló una amiga, delatando su contenido (una no sabe nunca si es un cuadro o una fotografía muy trabajada), y lo abro en los descansos de mediodía...

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