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novela

La comunidad negra y la legalidad

Sobre Colson Whitehead y ‘El ritmo de Harlem’

Roberto Valencia 2/06/2023

<p><em>Colson Whitehead en el Festival del Libro de Brooklyn de 2011.</em> /<strong> Editrrix</strong></p>

Colson Whitehead en el Festival del Libro de Brooklyn de 2011. / Editrrix

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Nadie que haya leído El ferrocarril subterráneo podrá olvidar sus primeras noventa páginas. El –digamos– hiperrealismo del que Colson Whitehead se sirve para describir las espantosas condiciones en las plantaciones algodoneras de Georgia señala que los campos de trabajo esclavistas del sur de Estados Unidos en el siglo XVIII perfectamente podrían considerarse antecesores de los campos de exterminio nazis. Su finalidad no es coincidente, porque en los primeros se perseguía la productividad económica y en los segundos, el genocidio completo, pero, a excepción de la introducción del elemento tecnológico en pos de la máxima eficacia exterminadora –signo distintivo de los lager–, ambos se sustentaron en el desprecio de la vida y la dignidad, la tortura sistemática, la crueldad gratuita y el supremacismo. Además, no fueron clandestinos: la ley, el Estado y las mayorías sociales los legitimaron. El ferrocarril subterráneo se hizo merecedor en 2017 del primero de los dos premios Pulitzer que Whitehead ha recibido porque el mensaje histórico era uno entre otros valores literarios. En lo formal, el sorprendente contraste del elemento fantástico en el seno del ya citado hiperrealismo dejaba ver que no todos los recursos están agotados en materia de revisiones históricas de ficción. El elemento fantástico suele velar, y al mismo tiempo descubrir, ideas perseguidas, producir giros epifánicos o, como en este caso, aportar suplementos de sentido. En El ferrocarril subterráneo, la quiebra del realismo está condensada en la aparición de una tecnología salvífica, como queriendo apuntar que, a diferencia de los blockbusters hollywoodienses sobre el genocidio, donde la salvación parece depender del esfuerzo y el tesón del prófugo –una especie de inversión personal de futuro–, en los campos de trabajo esclavistas, en la mayor parte de los intentos sólo un milagro podía conducir a un negro a la libertad. El segundo Pulitzer lo ganó en 2020 por Los chicos de la Nickel, otro texto brutal, una novela realista inspirada en un reformatorio de Florida que complementa a la anterior en la denuncia de que los derechos humanos se extinguen con facilidad en los territorios controlados por las instancias estatales del país americano. 

Vivir en Harlem en los 80, parece decir la novela, significa en muchos momentos ser rozado o implicado en asuntos sucios

Acaba de traducirse en España El ritmo de Harlem, la última novela de Whitehead, en la que el autor neoyorkino reflexiona de nuevo sobre el asunto de la comunidad negra y la legalidad. En El ferrocarril subterráneo, la ley era una pared de hormigón armado levantada contra sus aspiraciones –también en Estados más progresistas como Carolina del Sur–. En Los chicos de la Nickel, la ley penal se expresa como una modalidad de castigo sádico, cuando no directamente como un modo de exterminio. En El ritmo de Harlem, el asunto se torna más ambiguo. Porque, si bien en los años 60 en Estados Unidos las libertades de la comunidad negra distaban mucho de la plenitud, sí que gozaban de una (muy) relativa libre circulación, derechos de asociación y de emprendimiento. Otra cosa es que ejercer dichas prerrogativas resultara una tarea sencilla. Porque, ya sabemos que sistema de derecho y libre mercado van de la mano en las democracias occidentales, en lo visible y en lo corruptible, y que las leyes no siempre favorecen el igualitarismo. El ritmo de Harlem habla de esto: del asimétrico acceso a la dignidad ciudadana en una ciudad en la que el delito está imbricado tanto en las actividades cotidianas como en los mecanismos institucionales. Vivir en Harlem en la década de los 80, parece decir la novela, significa en muchos momentos ser rozado o implicado en asuntos sucios. En cuyo caso, uno no sólo puede convertirse en cómplice de los mismos, complicando su historial policial, su ética y sus relaciones sociales, sino también en promotor. La infracción y la actividad económica se revelan como esas dos caras de la cinta de Moebius: cuando uno las recorre con un lápiz termina descubriendo que forman una única superficie. En El ritmo de Harlem no llegamos a saber si el protagonista negro, un licenciado en Administración de Empresas por el Queens College que desea integrarse en la facción respetable de la ciudad es, en su raíz, un pícaro o es que las condiciones sociales son las que lo enredan para que alterne trabajo honrado y actividades delictivas sin casi solución de continuidad. La novela sigue a este personaje a lo largo de varios años, en tres episodios en los que su compenetración con algunos agentes al margen de la ley tiende a la estabilidad. ¿Cinismo? ¿Doble moral? ¿Subterfugio patrocinado por el sistema? ¿Destino inapelable? Resulta difícil despejar la ecuación en un entorno en el que, según vemos, la policía extorsiona sistemáticamente a los pequeños comerciantes, los ciudadanos negros que han prosperado también practican la corrupción, y por debajo de eso, cualquier familiar está envuelto en pequeños o grandes trapicheos. La ley y el orden se presentan entonces, más que como una acción redistributiva del Estado, como una utopía, un horizonte deseable imposible de implementar: los personajes descubren pronto que la turbia realidad dista del idealismo de los valores la misma cantidad de tiempo que tienen que pasar en el mundo. Ni más ni menos. 

El ritmo de Harlem habla del asimétrico acceso a la dignidad en una ciudad en la que el delito está imbricado en los mecanismos institucionales

Y, así, vemos cómo en la novela se cumple ese capitalismo democrático de la explotación, pero con una variante. Si los integrantes de nuestros actuales regímenes liberales gozamos de inmejorables oportunidades para explotarnos mutuamente (el comerciante a sus empleados, el funcionario al comerciante, el cargo político al funcionario, etc.), en el Harlem de los años 60 todos los personajes se timan entre sí. Todos son pícaros en marcha, pillos que interactúan a través de una trama de la que ya no se distinguen por tener conciencia de su condición –aunque la disimulen ante sí mismos y ante los otros–, sino que ocurre algo peor: todos los pícaros están enlazados inextricablemente, como enredándose en una madeja de delincuencia y engaño de la que resulta imposible encontrar su inicio y su fin. ¿Cuál es la conciencia ética individual, entonces? Buena pregunta. Ray Carner, el protagonista de la novela, carece de un ideario explícito (aunque la ética siempre será más práctica que teórica): sus aspiraciones, ya lo hemos dicho, se identifican con las de la clase media, porque los signos de dicho estrato –un barrio habitable, un horario de trabajo, la capacidad de ahorro, dos hijos– lo hacen ingresar automáticamente en la división de personas decentes. En cuanto al problema de la igualdad racial, se plantea entonces como una subsección del movimiento económico. Siempre fue así, en todo caso: basta con leer las páginas de El ferrocarril subterráneo en las que los terratenientes evalúan, bien mediado el período esclavista, que resulta más próspero económicamente contratar irlandeses migrantes que someter a africanos secuestrados más allá del Atlántico. La diferencia es que aquellos hombres negros esclavizados –todos iguales en su despojamiento extremo– integran en los años 60 del siglo XX una estratificación social en ciernes por efecto del desarrollo económico: hay unas pocas clases altas negras, hay unas pocas clases medias negras y hay muchas clases bajas negras. Pero todas atravesadas, como decimos, por lo delictivo y, también, algunas tratando de acompasar su respiración a la gran tarea de unos cuantos activistas de conseguir leyes igualitarias, respeto social y un cambio radical en la sensibilidad colectiva. Las movilizaciones ideológicas que acompañaron a los famosos disturbios de 1964 en Harlem aparecen como el necesario paisaje de fondo, aunque no siempre apuntalado o bien entendido por la propia comunidad. 

Esta historia y estos ambientes se han contado muchas veces en la literatura y el cine: la paulatina conversión del ciudadano honrado en un mafioso pujante. En el texto de Whitehead, la transformación del protagonista no conforma tanto un camino de aprendizaje progresivo como una condición. Una especie de carta de naturaleza ciudadana, más estable cuanto mejor se mimetice uno con la corrupción sistémica, cuantos menos mandamientos le desgarren a uno la conciencia y cuanto mejor pueda digerir la previsible caída de algunos amigos o familiares por el camino. Podemos transmutar aquellos versos que Rilke escribió en otro contexto y decir que aquí se trata de sobrevivir. Es todo. 

Nadie que haya leído El ferrocarril subterráneo podrá olvidar sus primeras noventa páginas. El –digamos– hiperrealismo del que Colson Whitehead se sirve para describir las espantosas condiciones en las plantaciones algodoneras de Georgia señala que los campos de trabajo esclavistas del sur de Estados...

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Roberto Valencia

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