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DEBATES

¿Frente popular en España?

Tendremos que esperar bastantes años para que una alianza amplia de izquierdas sea posible: lo que hay ahora es tierra quemada

Nuria Alabao 20/06/2024

<p>Manifestación por el voto progresista y contra la extrema derecha en Valencia. / <strong>Coordinadora Feminista de València</strong></p>

Manifestación por el voto progresista y contra la extrema derecha en Valencia. / Coordinadora Feminista de València

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Después de la debacle de las izquierdas más-allá-del-PSOE en las pasadas elecciones, suena de nuevo una vieja cantinela: la del frente popular, la unidad frente al fascismo, juntos somos más… Pero, ¿sería posible algo así en España? ¿Y qué se gana y qué pierde con esta estrategia? 

Hoy se suceden los discursos que ponen de ejemplo la coalición electoral recién formada en Francia –llamada Frente Popular– ante la convocatoria de las elecciones legislativas en las que podría ganar Marine Le Pen. Esta alianza es amplia, incluye al Partido Socialista, al Partido Comunista, La Francia Insumisa, los ecologistas y a otras agrupaciones de extrema izquierda. Sin embargo, a los pocos días de su anuncio, cinco diputados han denunciado que no se les ha incluido en las listas por llevarle la contraria a Jean-Luc Mélenchon, que parece estar utilizando “la unidad” para ajustar cuentas internas en su partido, La Francia Insumisa. 

Un partido siempre será un partido, conformado por sus disputas internas, jugarretas, luchas por el poder y, a veces, renuncias contra sus propios principios más esenciales en pro de gobernar o del intercambio parlamentario de turno. La lógica es la de la reproducción de su estructura y la de la conservación del poder (si es que se tiene); y esto suele estar por encima de la lucha política por un ideario. Digamos que si las luchas internas se visten de disputas ideológicas o estratégicas –y a veces las hay–, el latido que las impulsa es más bien la pelea entre facciones internas. No hay poder sin peleas por él. La cuestión es en qué medida estas formaciones consiguen preservar la suficiente democracia y pluralidad para intentar representar a diferentes sectores sociales o sentires algo más amplios que los de su núcleo dirigente. En ello se juegan su capacidad de penetración social. Si no, el riesgo es el de acabar como Podemos: un impulso centrípeto que expulsa a militantes, cuadros y, a veces, a sus propios votantes hasta diluirse en la nada. 

Por eso, en España la posibilidad de una unidad progresista está bastante lejana, y como hemos visto en las últimas elecciones europeas, apenas queda nada consistente más allá del PSOE. Si llegara a producirse alguna situación que legitimase esta alianza de los socialistas con su izquierda, esta acabaría probablemente con la integración de lo que quede del espacio de Sumar en las filas socialistas –¿pasará igualmente si no se consigue recomponer el espacio de Sumar?– y quizás un espacio residual que trate de recoger el voto más radical –¿IU, lo que quede de Podemos, algo nuevo?–. 

Por más llamados que hagamos a la unidad o recomposición de Sumar y Podemos, haría falta una fuerza sobrenatural para resucitar esos espacios, y también un milagro para que los cuadros que los componen se pongan de acuerdo en algo que no sea en el nivel de sus odios recíprocos. Existió la oportunidad, el momento, la energía política para crear esa nueva izquierda después del momento destituyente del 15M, pero no lo hicimos bien, no conseguimos ni generar organización en el territorio, ni asentar nuevos partidos con democracia interna y apertura. La forma-partido contra la que nos rebelamos acabó también fagocitándonos. 

La posibilidad que surgió de ese momento, esa que partía de representar políticamente el malestar de la crisis del 2008, se institucionalizó y perdió credibilidad –te vuelves un político más aunque vengas a criticar a “la casta”– y se quebró en mil trapicherías –sí, los ataques de la derecha ayudaron pero nos hundimos solos en disputas internas, personalismos y una concepción de la política como comunicación y no como construcción de realidad social o conexión con ella–. Cuando esas lógicas devoraron el nuevo espacio, acabó por surgir la ultraderecha, esa que hoy justifica la necesidad de un frente popular, para unir ¿qué? Tendremos que esperar quizás bastantes años para que una alianza potente de izquierdas sea posible: lo que hay hoy es tierra quemada.

¿De dónde salen los 800.000 mil votos a Alvise, nos preguntamos? A las extremas derechas les vota una parte de la sociedad derechizada, pero también representan la desafección, la antipolítica, esa que rechaza todo en lo que nos hemos convertido.

¿Y qué pasa con los movimientos?

Estas llamadas a la unidad frente a los monstruos que asoman también invitan a que se sumen los movimientos. Es probable que dentro de poco surjan voces pidiendo que se incorporen “ciudadanos” porque “esto no va de partidos ni de siglas…”. Desde luego suena a retórica gastada. Aunque el marco de frenar a la ultraderecha es poderoso, un imprescindible aprendizaje de este pasado ciclo de “asalto institucional” es el de la necesidad de preservar la autonomía de la sociedad organizada y sus luchas en relación a lo institucional. En ese sentido, quizás en este momento estemos peor que antes del 15M, ya que una parte del sentido común movimentista se ha gestado estos años bajo el ala del gobierno progresista: pensamos en la política exclusivamente como propuestas de ley; si crece el odio, pedimos que se convierta en delito; ante cualquier cosa que nos moleste, creemos que el código penal es la solución. Estamos perdiendo la capacidad de hacer cosas por nosotros mismos, de crear nuestro propio poder.

Y cuando esas leyes son imprescindibles, más que imponer nuestras demandas con ese poder que hemos acumulado, creemos que se aprobarán mágicamente por la “voluntad” del político afín de turno. Si es una propuesta que reduce el poder del capital, ¿será una graciosa concesión de la patronal o del capitalismo financiero? Así, nos hacemos fotos con ministras e incluso nos sentimos interpeladas a dejar las críticas de lado o suavizarlas por “no dar armas a la derecha” o a cerrar filas con lo que hay porque lo que viene “puede ser peor”. 

Nada de eso ayudará a frenar el ascenso de la extrema derecha. Una tarea pendiente de los movimientos en este ciclo tiene que ser la capacidad de canalizar esa desafección política existente hacia las luchas, hacia la creación de un común que, efectivamente, frene la penetración del universo postfascista en lo social: no son los migrantes sino la falta de vivienda y el desigual reparto de la riqueza; no son las feministas, sino la falta de derechos laborales y de fuerza sindical la que me quita poder de determinar mi vida… ¿Cómo se canaliza la rabia y los miedos existentes desde un sentido común de izquierdas? Esto no se puede hacer desde los partidos o el gobierno, donde los mensajes ultracodificados por el filtro de lo institucional cada vez tienen menos credibilidad –a las encuestas me remito–. Esto solo se puede hacer desde las organizaciones sociales, construyendo lazo social y política cara a cara donde se pueda y convirtiendo eso en un poder capaz de generar los conflictos necesarios para avanzar. 

El cerco de “lo posible” respecto a la ampliación de los derechos sociales, o la desmercantilización de la vida ha sido implacable durante estos años de gobierno progresista. Si algunas cosas han mejorado, muchas personas ven su cotidianidad asaltada por problemas acuciantes: el precio de los alimentos, de la vivienda y los servicios, los trabajos precarios de horarios imposibles, la vida en la cuerda floja… Mientras, el discurso del Gobierno –y de las distintas izquierdas que lo han compuesto o lo componen– es el de que “hemos acabado con la precariedad”, o “la economía va excelente, no hay paro”, “la ley de vivienda es un paso inaudito en democracia”, “ya no hay desahucios”.

Esta distancia entre los discursos triunfalistas y la realidad puede generar un salto hacia la antipolítica o, al menos, hacia la abstención. Y lo que tenemos que hacer es recomponer una sociedad que se sienta reconocida en un espacio común, que haga parte de un nosotros. Para hacer eso, esté quien esté en el gobierno, tiene que existir una sociedad organizada que pueda hacer una crítica elaborada a esos discursos y dirigir ese malestar social hacia otro lugar –la acción o las luchas–, para frenar la derechización social. Desde luego, nunca lo hará un cierre con lo existente que es, en primer lugar, contra lo que se rebela la antipolítica. Porque lo existente, haya o no gobierno progresista, es que estamos perdiendo derechos y capacidad de luchar a pasos agigantados.

Por otra parte, el cerco de “lo posible” se reduce aún más si atendemos a la principal cuestión del discurso ultra: las migraciones. Vemos interpelaciones cada vez más directas a los partidos de izquierdas a “tomarse en serio” el tema, es decir, a asumir las posiciones ultras. El ejemplo que todos tienen en mente es el de la alemana Sahra Wagenknecht y su escisión de Die Linke, que hace un discurso duro contra los inmigrantes y el “wokismo”. Un sentido común promigraciones, proderechos de los migrantes tiene que construirse desde todos los frentes disponibles porque es la batalla fundamental en Europa hoy, la que nos define y nos definirá. Solo unos contrapesos sociales fuertes serán capaces de contrarrestar estos llamados al “realismo” de las izquierdas siempre temerosas de la pérdida de votos –y la derechización social que estamos presenciando no augura nada nuevo a este respecto–. Las movilizaciones de calle y las organizaciones sociales pueden hacer en cambio un discurso más directo y de avanzada contra las fronteras o para que los migrantes dejen de ser ciudadanos de segunda, pueden tratar de generar un sentido común distinto siempre que asuman que esta es una cuestión fundamental que atraviesa todos nuestros otros problemas comunes.

Por tanto, no hay atajos para las izquierdas si el objetivo es frenar a la extrema derecha, y no podemos solo reaccionar, hay que avanzar. Sin organización no hay posibilidades para ello –y esto vale para los partidos y para los movimientos–. Los tiempos serán largos. En este tiempo habrá que recomponer fuerzas en la base, redoblar nuestros esfuerzos por entender lo que sucede en un mundo cada vez más complejo y estar preparados para lo que vendrá. Existen brotes que apuntan a conflictos sociales que se están gestando ya: nuevas luchas por la vivienda, contra la turistificación, en defensa del territorio con su declinación ecosocial. Mientras, muchos votarán lo que haya como mal menor, pero sin chantajes. Exigir a los votantes que cierren filas o que apoyen ciegamente es solo otro empujón más hacia el abismo de la antipolítica. Y quizás surja algo nuevo, nuevas luchas o nuevos partidos, y esperemos que la generación 15M que entró en política institucional en este ciclo no se convierta en un tapón para las que vengan detrás.  

Después de la debacle de las izquierdas más-allá-del-PSOE en las pasadas elecciones, suena de nuevo una vieja cantinela: la del frente popular, la unidad frente al fascismo, juntos somos más… Pero, ¿sería posible algo así en España? ¿Y qué se gana y qué pierde con esta estrategia? 

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Autora >

Nuria Alabao

Es periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora especializada en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

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10 comentario(s)

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  1. gerardo

    Creo que, a la luz de innumerables textos con la autoría del periodismo progresista, habría que añadir Podemos a la definición de chivo expiatorio. La prensa canalla puede retirarse a cuarteles de invierno durante una temporada ya que los/las equidistantes, los/las puristas y los/las que conocen el secreto de las Pirámides de la izquierda mediática también han salido al campo hace rato, con distinta camiseta pero con la portería de la formación morada entre ceja y ceja. Es lo que hay y resulta abismalmente decepcionante.

    Hace 14 días

  2. alejandro-gonzalez-gomez

    ¿Y nada que decir de los dos principales fragmentadores de esa supuesta "unidad de izquierdas"? Iñigo Errejón y Yolanda Díaz. Que además son los dos que siguen en primera línea.

    Hace 16 días

  3. pablo-luis-plo-alonso

    Un artículo bien construido, pero repetido. Argumentos de siempre para los momentos de siempre, como los actuales. En eso caemos, y nos repetimos cada uno de nosotros que ese es el planteamiento y el camino a seguir. Dos notas: la democracia griega consideraba que la virtud del ciudadano era una de las bases de su construcción y mantenimiento; la otra era el poder del diálogo, porque, al parecer, ya se dieron cuenta de que una sola facción no tenía toda la razón, ni todo el interés de la sociedad, ni toda la comprensión de la misma. Ambas características están ausentes en muchos elementos de izquierda hoy en día porque, evidentemente, las luchas internas por el poder en los partidos o en cualquier ámbito de relación social, nos demuestran que no somos capaces de reconocer lo mejor del otro ni, por tanto, de dialogar. Por otra parte, y con un toque de pesimismo más que de realismo político, nuestros enfrentamientos a los "grandes problemas" sociales, económicos, culturales, demográficos, bélicos, etc., sólo nos permiten constatar que seguimos siendo los sísifos de la transformación social. Me pregunto últimamente si nuestros análisis, tan coherentes y sesudos, que nos ayudan a orientar nuestra acción política, tan voluntarista y precaria, no son presa de una miopía.

    Hace 18 días

  4. antonio-gonzalez-alvarez

    Los proyectos políticos de éxito no se basan en organizaciones atomizadas llenas de "estrellitas" de periferia que pierden el culo por 5 minutos con el Ferreras de turno y buscan desesperadamente un cargo institucional donde colocarse. Ese experimento ya se hizo y fracasó. Mareas, Yolanders, Colaus, Kichis, Errejones, Baldovís....gente mediocre hasta la náusea, trepas miopes dispuestos a sacrificar al león para continuar siendo cabeza de ratón, felices con su trocito de queso, metiéndose en su agujero y dando grititos para justificar su absoluta inutilidad frente a los felinos que acechan. Dónde está toda esa basura ahora? A muchos ya ni se les recuerda, otros consiguieron un carguito cómodo, desde donde fingen seguir haciendo política. Esa política estéril de tertuliano radiofónico de Hora 25 que enmascara bajo una impostada erudición de politólogo( la peste de nuestro tiempo) el más absoluto vacío. Es necesario una figura política fuerte, no 57, con una organización sin disidencias cuyos miembros consideren el éxito del proyecto de izquierdas, por encima de cualquier reivindicación minoritaria o aspiración personal. Cualquier otra cosa es perder el tiempo. La izquierda no son sólo maricones, inmigrantes, lesbianas y feministas. La izquierda son los estudiantes, el precariado, la población olvidada de 40 a 55 años que vive aterrorizada por caer en la pobreza, por perder el empleo y la casa. Esa gente oye al PSOE hablar de crecimiento, de récord de empleo y se pregunta quién le defiende cuando su jefe se niega a subirle el sueldo durante una década con la connivencia de los sindicatos. Toda esa gente no vota, ni votará a esta izquierda cuqui. Ahora mismo, más del 50% de la población vota a un partido que se presenta a las elecciones sin programa. Hacen falta más pruebas de que esta izquierda está absolutamente pérdida?

    Hace 21 días

  5. Marcoafrika

    "Sin organización no hay posibilidades para ello –y esto vale para los partidos y para los movimientos–" Usted lo dice en el artículo y me parece algo contradictorio con su diatriba inicial en el mismo artículo contra partidos nuevos y viejos. Entiendo su pesimismo, es parecido al mío...y, espero, radicalmente diferente. Soy casi y "sin casi" un anciano. Como dice el replicante de "Blade Runner: "He visto cosas..." etc. Me entristece su carga contra Melenchon y/o contra Podemos, en estos momentos y en casi todos de la vida de la humanidad, los problemas de las organizaciones humanas: partidos, movimientos y demás, han sido parecidos. Nuestra oscilación _ como simios pensantes, inteligentes, aparentemente racionales y sobre todo, "aparentemente" sociales y aquí me atrevería a recordar un cuento de Asimov en que diferenciaba ser social y ser gregario. Quizás tuviera razón y vivir en manada no significa ser social sino gregario_ digo, oscilación entre nuestra idea altruista de colectividad y la egoísta de individualismo, nos lleva a esas infantiles o atávicas luchas por el poder, trátese de partidos o movimientos. Fíjese Nuria, aunque sepamos que el capitalismo es un paradigma que nos lleva a la extinción, no parece que sepamos o podamos detener su espejismo y capacidad de corromper individuos altruistas o simplemente con sentido común. ¿No tendríamos que ser un poco menos dogmáticos todos y todas y mirar aquellos estados que han intentado ser socialistas, que probablemente y a su modo lo intentas seguir siendo al menos como utopía en un futuro?, de todos tenemos que aprender. Es absurdo, por ejemplo, seguir defendiendo de forma categórica y dogmática una virtual "democracia", como la mejor de las organizaciones posibles por oposición  al virtual "autoritarismo" de otros estados, naciones o tribus. Me temo que si seguimos confundiendo ls cosas o empapándonos solo de la propaganda de un lado sin mirar la del otro (donde, por cierto, habita la inmensa mayoría de la humanidad, incluyendo a los más pobres y explotados) no llegaremos a ninguna parte. Eso, también vale para las únicas formaciones (aunque sean las que usted augura que desaparecerán) que pienso podrían ser decisivas si logran "resucitar" en la construcción de un verdadero movimiento o frente popular de izquierdas: Podemos e Izquierda Unida. En las dos, que a veces parecen juntas y otras enfrentadas hay personas capaces de llevar a cabo esta tarea tan complicada, supongo que, también, existirán en otras formaciones, es cuestión de sentarse, hablar e investigar lo que nos rodea, no solo en nuestro barrio de un país, de una nación, de un estado, de un continente, aunque eso sea lo primero, también hay que ir mas allá de nuestros ombligos. Sentido común. Hoy cualquier ser humano depende del resto en cualquier rincón del planeta único que habitamos. Pienso, que en una política de mínimos para el consenso, las luchas más evidentes son tres: la de la paz aunque parezca oxímoron (acabar con la guerra y los bloques militares); defender lo que nos queda del medioambiente y frenar lo que podamos el calentamiento global. Para eso, claro, necesitamos a todos y todas, algo que solo conseguiremos intentando una sociedad más igualitaria y equitativa, lo que implica combatir a muerte (otro aparente oxímoron) el capitalismo, sea cual sea su disfraz: fascismo, neoliberalismo e incluso democracia. Sugiero que, cuando antes, nos pongamos manos a la obra sin fijar un horizonte electoral de cinco o cuatro años como suele hacerse sino de toda la vida porque en el transcurso de esa vida iremos construyendo una mejor.

    Hace 25 días

  6. Fernando

    Sí, ya sabemos que entrar en la política institucional hace que la ultraderecha -con la inestimable ayuda de los medios de comunicación- se apropie del discurso anti-sistema y que, como nos advirtiera Michael Sandel en su libro, La Tiranía de la Meritocracia, "el primer problema de la meritocracia es que las oportunidades en realidad no son iguales para todos", y así es más fácil la manipulación que hacen Donald Trump y la ultraderecha en Europa sobre la población que siempre lleva las de perder. El año pasado, en el espacio de la izquierda había discursos triunfalistas en los que tu también participaste y es de mal gusto lanzar la piedra y esconder la mano. Si a los que no les gustaban cómo se dirgía un partido, lo mejor hubiera sido disputar de forma interna esa dirigencia en vez de crear más partidos. Sí, nunca ha dejado de haber plataformas y grupos sociales activos a los que muchas veces no se ha heho caso, o se les ha dejado solos cuando sufren el acoso policial y judicial, o cuando reciben amenazas directamente de los nazis (activistas anti-desahucios/sindicatos de inquilinos; periodistas; feministas; ecologistas; acampadas por Palestina y BDS; el activismo por los efectos de la turisficación, etcétera). Si no confias en tus compañeros, como dice el refrán, más vale estar solos que mal acompañados, pero ello no impide que nos sigamos necesitando. Un primer paso sería reconocer los propios errores, yo el primero, pero confieso que resulta cansino leer lo mismo una y otra vez.

    Hace 26 días

  7. manuel-avalos

    Estoy de acuerdo pipe49. Para uno que se mete en el barro de la política actual, sin tibiezas, con objetivo claros y aguantando heridas sociales en carne propia tenemos que aguantar ahora a bienquedas con la corriente, en fin..., qué difícil es esto

    Hace 26 días

  8. Carlos

    Me sumo al comentario anterior, dar caña a Podemos está muy sobado, vamos a ser un poco mas originales "por el amor de un Dios", porque de seguir así cada día que pasa me vuelvo mas fanático de Podemos y por supuesto ¡¡ viva Podemos manque pierda¡¡¡, jajajaja

    Hace 26 días

  9. pjimenezramos

    Vaya, la culpa la tiene Podemos. No iba a ser Sumar una coalición ilusionante que englobaria todos los espacios a la izquierda del PSOE? Pregúntense uds que ha pasado para que no haya sido así. No será por la falta de democracia en la construcción de dicho espacio?

    Hace 27 días

  10. pipe49

    Sra Alabao, casi tan aburrido estoy de los periodistas equidistantes como de los cronistas políticos pontificadores, depositarios de la verdad revelada, que reparten mandobles y responsabilidades sólo en una dirección: Podemos. Sea usted original o que, al menos, parezca un accidente.

    Hace 27 días

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