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TRIBUNA

Los factores de un comienzo

Más que preguntarse qué patologías aquejan a un electorado que sigue confiando en el PP, cabría preguntarse por las que aquejan a las demás formaciones que compiten con los populares, para que el partido de Rajoy resulte ganador

Juan Antonio Cordero 29/06/2016

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Se acabó. Por ahora al menos, salvo que la clase política decida seguir jugando con la paciencia de los votantes y nos lleve a celebrar elecciones por tercera vez en un año y medio, una reincidencia que debería suponer el fin político de los responsables. No se preveían grandes cambios en los porcentajes de votos del 26-J respecto al 20-D; al fin y al cabo sólo han pasado seis meses desde diciembre. Después de sobreponernos al tedio de una dinámica política que parece moverse en círculos, y en la que el clima electoral permanente empieza a parecer una excusa para no salir de la propaganda, estábamos preparados para escudriñar las pequeñas variaciones que pudieran registrarse, por un lado, y la magnitud del roto que pudiera hacer al PSOE --también, aunque en menor medida, al resto de partidos-- la coalición entre Podemos e Izquierda Unida, que era la mayor novedad en la oferta política desde el 20-D, por otro. Ambas formaciones, Podemos e IU, habían obtenido conjuntamente más de 6 millones de votos en diciembre (24,33%), pero sólo 71 escaños por los rigores del reparto provincial de escaños. 

Sumas que restan: Podemos e IU

Al final, algunas de esas variaciones no han sido tan pequeñas. Lo cual compensa en parte otra sorpresa, y es que el gran titular que todo el mundo daba por descontado no ha hecho acto de presencia. Con el anunciado sorpasso de Podemos e IU al PSOE (que ya se produjo en votos en diciembre, y que ahora se esperaba ratificar y traducir en escaños) ha acabado ocurriendo como con el valentón de Cervantes: "Caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada". El naufragio de esa apuesta, hay que recordarlo, era una posibilidad sobre la que habían advertido destacados dirigentes e ideólogos de Podemos, como Íñigo Errejón, lo que explica las prevenciones de algunos de sus sectores hacia la confluencia con una marca, Izquierda Unida, que en diciembre Pablo Iglesias consideraba "un proyecto agotado" y lleno de "cenizos". Era la época de los “pitufos gruñones”, las “salsas de estrellas rojas” y la apuesta por una transversalidad que consistía en renegar del eje izquierda/derecha, no mezclarse con la izquierda y no confundir al electorado con una “sopa de siglas”. Nada que ver con el esquema del 26-J. Cuando se opta por una estrategia y por su contraria, es casi seguro que se acierta en alguna ocasión; en este caso parece que la primera intuición, al menos en lo relativo a las sumas sobre el papel que restan en las urnas, no iba muy desencaminada.

Se pueden aventurar explicaciones complementarias para el retroceso de Unidos Podemos, que respecto al resultado conjunto de diciembre ha perdido más de un millón de votos (más que los votos de IU el 20-D) y más de tres puntos porcentuales. Es difícil de cuantificar, pero no parece imposible, por ejemplo, que la incertidumbre asociada al Brexit, con algunos de cuyos principales valedores los líderes de Podemos habían mostrado una cierta cercanía (Pablo Iglesias recordaba recientemente en La Tuerka las “enormes coincidencias” de Podemos y el UKIP en el Parlamento Europeo), haya llevado a algunos electores a alejarse de una candidatura en la que, al fin y al cabo, concurría el único partido nacional que se ha manifestado explícitamente en contra del euro y de la Unión, el PCE de Alberto Garzón. Tras el referéndum británico, los principales dirigentes de Podemos intentaron distanciarse del “éxito” de Farage y Johnson, se olvidaron de los ímpetus anti-UE de sus primeros tiempos y prefirieron mostrarse preocupados por el futuro de la Unión Europea, pero probablemente hay un límite en el número de contradicciones y de oscilaciones bruscas en el discurso que el electorado puede tolerar en una formación, o en un conglomerado de formaciones, antes de empezar a pasarle factura.

Las fórmulas de gobierno a examen 

En su comparecencia para valorar los resultados electorales, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, avanzó otra explicación: el conglomerado Podemos-IU-ECP-En Marea-etcétera habría pagado en las urnas el boicot al “gobierno de cambio”, “progresista y reformista” que Sánchez intentó sacar adelante en su investidura fallida. Hay pocas cosas más libres que las interpretaciones de los mensajes electorales, y la de Sánchez es obviamente partidista y de urgencia. Si se considera un poco seriamente, la hipótesis encaja mal con otros datos de la noche electoral. Sánchez llegó a aquella investidura con una coalición –inédita en España—entre PSOE y C’s, que personalmente saludé desde estas páginas por considerarla prometedora. Es muy probable que la soberbia y el caudillismo de Pablo Iglesias no sean ajenos al desgaste de su marca electoral. Pero si se quieren leer los resultados electorales como una valoración de la propuesta concreta de gobierno de Sánchez y Rivera, no se puede decir que los españoles se hayan entusiasmado con ella. Como mucho, la reacción ha sido tibia: las formaciones involucradas en El Abrazo han retrocedido ligeramente en votos, tanto en números absolutos (100.000 menos para el PSOE, casi 400.000 para C’s) como en porcentajes (el PSOE avanza un 0,65% pero C’s retrocede un 0,88%, así que la suma se mantiene estancada, con leve tendencia a la baja). Si es una vía –como sigo pensando—con potencial de crecimiento en un escenario estructuralmente fragmentado, requiere más compromiso por parte de sus actores, más apertura y más maduración antes de que la ciudadanía la considere una alternativa política plausible. Y si, como argumenta Sánchez, los votantes de Podemos quedaron decepcionados por su intransigencia ante El Abrazo, desde luego no han hecho (casi) nada para resarcir a sus integrantes.

La desautorización es más flagrante en el caso de la otra supuesta “mayoría” que blandió Sánchez a lo largo de su periplo por la XI legislatura: la que teóricamente representarían las “fuerzas del cambio”, PSOE, C’s y Podemos (más IU), que entre diciembre y junio se ha contraído en un millón y medio de votos y casi 3,5 puntos porcentuales. Sin duda, los votantes de las tres fuerzas (o cuatro, según se cuenten) quieren “cambio”, aunque sólo sea porque en caso de no quererlo, habrían votado a la otra gran candidatura en liza, que es la que gobierna. Pero eso no significa que sus voluntades sean automáticamente agregables: el cambio de C’s era y es incompatible con el de Unidos Podemos, y el de buena parte de los votantes de esta última candidatura pasaba por el sorpasso y la sustitución del PSOE como primera fuerza de la izquierda, tanto o más que por el desalojo del PP. En este contexto, la “mayoría de cambio” es un mero artificio retórico con el que Sánchez intentó sobrevivir –con éxito relativo—a la tormenta perfecta generada por la amenaza de sorpasso podemista y la amenaza de impeachment en el interior del PSOE, pero no debería tener mucho más recorrido en el escenario que ahora se abre, salvo que la actual configuración sufra novedades sustantivas.

Entre el PP y el “cambio” 

Y si las fuerzas del “cambio” retroceden o, en el mejor de los casos (el del PSOE), progresan levemente en porcentaje pero no en número de votos, es porque el partido del no-cambio avanza: ahí reside, en realidad, la definitiva desautorización electoral de la llamada “vía 199” (que ahora sería “vía 188”) de Sánchez. El PP avanza sin discusión, se mire por donde se mire: sin cambiar de candidato, al que se ha dado (otra vez) por políticamente muerto antes de tiempo, el Partido Popular obtiene 600.000 votos más que en diciembre, que suponen un incremento de 4 puntos porcentuales (hasta un 33%) y un ascenso de 14 escaños. Se esperaba un cierto trasvase-retorno desde C’s, pero el ascenso popular desborda ampliamente este flujo previsto, incluso considerando (que es mucho considerar) que todo el voto que pierde C’s se dirige al PP. 

Las redes sociales han rebosado de muestras de frustración, incomprensión y despecho por parte de muchos votantes de izquierdas que no alcanzan a entender cómo una derecha asediada por la corrupción y los escándalos, dirigida por un político tan supuestamente amortizado como Mariano Rajoy, que ha convertido la apariencia de inacción en programa de gobierno, mantiene un valor-refugio tan alto entre la sociedad española. Desde luego, se puede aludir a cuestiones coyunturales: la polarización activada a lo largo de la campaña, orientada a erosionar a los dos partidos centrales del espectro (C’s y PSOE) en beneficio de los percibidos más en los extremos (Podemos y PP), parece haber sido más eficaz en el flanco derecho que por el flanco izquierdo, probablemente porque el PSOE es una maquinaria más sólida y mejor rodada que C’s, que hace sólo tres años apenas existía fuera de Cataluña. El Brexit, ya mencionado, pareció beneficiar en los trackings andorranos al PP. Se le puede llamar “voto del miedo”, aunque el argumento es de ida y vuelta: es posible que muchos votantes del PP hayan acudido a las urnas por miedo a Podemos, pero también lo es que otros votantes de Podemos (y del PSOE) tuvieran parecido miedo a otra legislatura del PP. 

Pero estas explicaciones no bastan, aunque algunos de estos factores pueden haber tenido alguna influencia. Más inútil –y bastante más peligroso desde un punto de vista democrático— es ceder a la facilidad del derrotismo complaciente, errar el foco y achacar la impotencia progresista a fatalidades y a “elementos” estrictamente exteriores: desde la injusta consideración de que España (o la España que vota al PP) es genéticamente de derechas, irresolublemente corrupta o directamente idiota, hasta la nueva moda consistente en acusar a los viejos de votar mal y más de la cuenta, estos días se han visto múltiples variantes del zorruno desdén por las uvas de la fábula, a las que acusaba de “estar verdes” con tal de no reconocer su propia impotencia para alcanzarlas.

Hay una cuestión más de fondo. Más que preguntarse qué patologías aquejan a un electorado que sigue confiando en el PP, cabría preguntarse qué patologías aquejan a las demás formaciones que compiten con el PP, para que éste salga ganando –a juicio de tantos votantes—en la comparación. En particular, qué ocurre con las izquierdas españolas, nueva y vieja política confundidas, y qué han hecho en los últimos seis meses, para que el PP dirigido con Mariano Rajoy, con toda su desidia, todos sus escándalos, imputaciones, tergiversaciones, corrupciones y muestras de incompetencia, siga resultando preferible a ojos de una porción creciente de los españoles. 

En el sistema político a cuatro partidos que parece consolidarse en España, el PP está cómodamente instalado en el espacio conservador, en el que no tiene competencia apreciable (a diferencia de la saturación que se observa en el espacio político del “cambio”, en el que se han posicionado de una forma u otra los otros tres grandes). Sin duda, hay un sector de la población que se reconoce ideológicamente en ese espacio, que enlaza con el moderantismo histórico. Pero para otros sectores electoralmente más volátiles, el conservador es un voto refugio cuando las alternativas “de cambio”, a la izquierda, generan excesivas dudas, sospechas o temores sobre sus planteamientos de reforma, ya sea por su falta de concreción o por su inconsistencia, ya sea por los riesgos en que incurren, ya sea por la agresividad o el sectarismo con que son percibidos. Cada cual puede poner los rostros que prefiera a estos pecados. La papeleta conservadora es “refugio” porque no necesita generar la ilusión que sí requieren otras opciones; sin ser el único posible, admite un tipo de votante desengañado y con expectativas muy bajas, que elige por descarte. A ese votante, el espectáculo del último medio año le ha ratificado en su pesimismo hacia la política. En ese sentido, el crecimiento electoral del PP, que Rajoy ha dirigido hábilmente en estos meses, habla sobre todo de la impotencia y los defectos de los demás actores políticos, más que de una supuesta alergia al cambio o adhesión incondicional a la gaviota en el electorado español.

Los límites populistas y la última oportunidad socialista

Es fácil identificar los límites del discurso nacional-populista que se ha construido alrededor de la agregación de Unidos Podemos, así como la desconfianza que pueden generar sus “rasgos peronistas” y su discurso identitario, su convergencia objetiva con los nacionalismos periféricos, sus vaivenes programáticos, su heterogeneidad interna y su deliberada ambigüedad en materias tan sensibles como la construcción europea, la moneda común, el modelo territorial español, los sistemas de garantías o la separación de poderes. Pero los reparos son igualmente aplicables al Partido Socialista, cuyo liderazgo político y cuyo proyecto político presentan aún una inmadurez y una falta de definición y consolidación interna que sigue manteniendo alejados, escépticos o reticentes a un gran número de electores progresistas. Incluidos algunos de los que finalmente escogieron la papeleta del puño y la rosa.  

Esa es la magnitud del reto que se le abre al PSOE, que tras estas elecciones vuelve a verse, como ya ocurriera en diciembre, convertido en destinatario del mensaje y el mandato más complejo, más delicado y más difícil de desentrañar de la jornada electoral. Con un respaldo electoral que sigue cayendo en números absolutos y apenas llega a los 5,5 millones de votos, parece claro que los españoles no quieren al PSOE ni a Pedro Sánchez en el gobierno. No aún, en todo caso. No sin antes abordar un “derecho de inventario” y una profunda renovación orgánica e ideológica que llevan años posponiéndose. Pero sí han devuelto a los socialistas –y el correctivo de las urnas a la opinión publicada dominante es revelador— una primacía en el conjunto de la izquierda y las fuerzas progresistas que en diciembre se había puesto entre paréntesis y que desde entonces se había dado (también prematuramente) por definitivamente liquidado.

Las fórmulas que Sánchez ensayó para apartar al PP y llegar a La Moncloa en la pasada legislatura, cuando su supervivencia política parecía indisociable de su capacidad para coronarse presidente del Gobierno, han sido acogidas con relativa frialdad por la ciudadanía, y desde luego sin premio. Los resultados electorales desautorizan cualquier pretensión de repetir la secuencia de diciembre y aconsejan más bien mantenerse al margen, sin bloquear la formación de un gobierno que restablezca una normalidad institucional interrumpida durante demasiado tiempo. Pero al mismo tiempo, el relativo avance del PSOE y, sobre todo, su resistencia frente a la agregación nacional-populista de Unidos Podemos, confortan la posición de Sánchez y la del PSOE como fuerza principal y mayoritaria en el conjunto de la izquierda española. Es una doble consolidación, precaria pero que parecía fuera del alcance de los socialistas hace tan sólo unos días. 

Los dos fenómenos confortan la posición del secretario general y del partido, precisamente, porque rompen el perverso vínculo entre la continuidad del primero y la presencia en el gobierno del segundo. Al hacerlo, ofrecen quizá la última oportunidad del socialismo español para recuperar el pulso y abordar, desde una posición de autonomía y centralidad, la revisión de su oferta política, la redefinición de su proyecto de futuro y la actualización de su compromiso con una izquierda socialista moderna y reformista, republicana y europeísta en una sociedad que deja definitivamente atrás las antiguas certidumbres, sin tener a mano otras nuevas. Para redefinir los contornos de su espacio político y reencontrar, en definitiva, la capacidad de atracción y la vocación de alternativa ante los dos polos adversarios que se asientan en sus flancos, el de la neoizquierda populista y el de las viejas y nuevas derechas, que en España como en el resto de Europa tienden a completar el nuevo escenario político.

Se acabó. Por ahora al menos, salvo que la clase política decida seguir jugando con la paciencia de los votantes y nos lleve a celebrar elecciones por tercera vez en un año y medio, una reincidencia que debería suponer el fin político de los responsables. No se preveían grandes cambios en los...

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Autor >

Juan Antonio Cordero

Juan Antonio Cordero (Barcelona, 1984) es licenciado en Matemáticas, ingeniero de Telecomunicaciones (UPC) y Doctor en Telemática de la École Polytechnique (Francia). Ha investigado y dado clases en École Polytechnique (Francia), la Universidad de Lovaina (UCL, Bélgica) y actualmente es investigador en la Universidad Politécnica de Hong Kong (PolyU). Es autor del libro 'Socialdemocracia republicana' (Montesinos, 2008).

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1 comentario(s)

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  1. Jose Bembibre

    Mire Vd. yo también coincido con UKIP en muchas cosas, por ejemplo la opacidad con la que se toman las decisiones en la UE y la falta de legitimidad democrática de instituciones clave como el BCE o el Consejo Económico. No estoy seguro de que al autor le interesen estas cosas, parece que va mas bien con lo del TTIP, que a pesar de su impacto en la vida diaria de millones de personas se hurta a sus representantes. Digo esto porque en la resurrección que auspicia del PSOE, que de eso va el artículo, no incluye ninguna referencia a su posición en estos asuntos en los que sin consultar a nadie, favorece una dejación de soberanía, de un alcance infinitamente superior al de la bicha de los nacionalismos periféricos. Esta bien esto de la democracia cuando el pueblo "sabio" confirma los designios e intereses de las élites de aquí o de Hong Kong. En otro caso ha sido engañado por los "populistas" y hay que llevarlo al buen camino, por las buenas o por las malas. En eso estamos.

    Hace 5 años 3 meses

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