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Periodismo blow job

Feminismo distópico al asalto de la televisión

Pilar Ruiz 17/05/2017

<p>El cuento de la criada (The hanmaid's tale, 2017) Hulu-HBO.</p>

El cuento de la criada (The hanmaid's tale, 2017) Hulu-HBO.

George Kraychyk

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Nolite te bastardes carborundorum'

 ('No dejes que esos cabrones te jodan')

Como Edmundo Dantés en el Castillo de If, la protagonista de El cuento de la criada encuentra una frase grabada en una pared. Y como al personaje de Dumas, la idea que transmite la sostiene para soportar la injusticia: le han arrebatado la libertad, el amor, el nombre y todo lo que podía perder, salvo la vida. 

La serie basada en la novela de 1985 de Margaret Atwood nos sitúa en un futuro cercano en el que, tras un golpe de Estado, los Estados Unidos se han convertido en un régimen teocrático. En esta sociedad distópica, donde leer está prohibido y la disidencia –sobre todo la de pensamiento y la sexual-- se castiga con la muerte, las mujeres han perdido todos sus derechos y las pocas que son fértiles se convierten en esclavas de la casta sacerdotal dominante. Este cuento de terror, de un gorepuritano y frío, condensa todas las pesadillas femeninas: la violación, la ablación, el robo de niños, la esclavitud sexual, la criminalización del lesbianismo, el maltrato físico y psicológico… Pesadillas que en algunas partes del mundo no proceden de un futuro inventado y distópico sino que son una terrible realidad.

Las series --como antaño hiciera la novela por entregas-- se han convertido en un agente cultural de proporciones globales. Alejada del cine mainstream, la temática feminista (la condición de la mujer en todas sus variantes sociales y su relación con el poder) ha encontrado su nicho en las ficciones para televisión justo cuando esta se ha convertido en el mayor vehículo cultural del momento. Son muchas y de gran éxito, ambientadas en todas las épocas, cómicas o dramáticas y, aunque casi todas llegan desde la potente industria norteamericana, cada vez más desde el ámbito europeo. Las mujeres (público mayoritario de ficción) quieren esas historias y la industria se las proporciona.  Borgen, The good fight, Girls, Big little Lies… Hasta culebrones históricos como The White Queen. Por supuesto, también la más famosa e influyente: Game of Thrones. Criticada por los puritanos (como los de El cuento de la criada) por su violencia y sus escenas tórridas, la última temporada de Juego de tronosdeja bien claro lo que sembró desde el primer minuto: en este mundo inventado, de ficción, solo las mujeres pueden erigirse como vencedoras sobre la muerte y la destrucción. (Los únicos varones sobrevivientes a la espada mortal de los guionistas son eunucos, tullidos, un enano y un muerto viviente: hombres sin atributos, literalmente).

Mucho menos metafórica es Feud (FX-HBO, 2017) que, a través de la legendaria rivalidad entre Joan Crawford y Bette Davis, disecciona con un bisturí afiladísimo la política de las grandes majors de Hollywood con sus estrellas femeninas, que no es otra que desmantelar cualquier atisbo de solidaridad femenina y convertir a esas mujeres sensibles y frágiles en verdaderas arpías: divide y vencerás. La maquinaria de Hollywood es una tragaperras sexista donde las haya, aún hoy.

“¿Qué crees que evitó la llegada de grandes directoras? Yo estaba allí: el dinero. Y el dinero llegó. Las películas mudas eran de bajo costo y de bajo riesgo; un productor podía encogerse de hombros ante la idea de que una ingenua mujer se pusiera detrás de la cámara. Pero cuando los estudios alcanzaron el poder, impusieron a las mujeres el trabajo femenino: vestuario, continuidad… Querían resistencia, liderazgo, responsabilidad con el dinero; por eso a los hombres se les dio el megáfono, y no puedo decir que estamos en peores condiciones para ello". 

Así contesta Joan Crawford (interpretada por Jessica Lange) a la asistente de dirección de Richard Fleischer que acaba de ofrecerle una película, y añade: “No voy a hacer la película contigo y no porque seas mujer. No la hago porque no eres nadie”. 

“Ser mujer y directora en Hollywood: historia de una infamia”

“El aumento de la producción de series y películas gracias a plataformas digitales (Netflix, Amazon) ha supuesto mucho más trabajo en el sector audiovisual. Mucho más trabajo para hombres. Tan sólo el 13 por ciento de capítulos de series está dirigido por mujeres (y la mitad probablemente gracias a Shonda Rhimes), a pesar de suponer el 51 por ciento de la población y más del 50 por ciento de los espectadores. Por contraste, un 17 por ciento de los episodios televisivos está dirigido por hombres negros, que representan sólo el 18 por ciento de la población norteamericana. Es decir, que incluso cuando los sindicatos fuerzan a las productoras a dar más trabajo a minorías, los beneficiados son hombres. Y lo que es peor, las mujeres aún son consideradas una de esas minorías a pesar de que, insistimos, suponen más de la mitad de la población mundial”. (Vanity Fair, 9-1-2016).

El estudio anual de The Celluloid Ceiling (EEUU) sobre las mujeres en la industria del cine y la televisión asegura que la representación de mujeres ha bajado con respecto a 2015; en las producciones del año 2016 encontraron que el 92% de las películas no tenía directoras; el 77% de las películas no tenía mujeres guionistas; el 58% de las películas no tenía productoras ejecutivas; el 79% no tuvo montadoras y el 96% no tuvo directoras de fotografía. Eso en la Meca del Cine. Pero todo puede ser peor.

“El cine español no quiere a las mujeres”

“Sólo el 19% de las películas nacionales estrenadas en 2015 tuvieron directoras al frente. Las guionistas representaron el 12%” (El Español, 18-3-2016). 

En esa quema ni siquiera las grandes estrellas se salvan: antes arruinadas, convertidas en marionetas grotescas en su vejez oculta al público; ahora ninguneadas.  Porque en Hollywood, al cumplir 40 años – o menos--, eres demasiado vieja.  

“La televisión, refugio para actrices de más de cuarenta”

“No es que la televisión recoja las migajas que deja el cine, sino todo lo contrario, el cine desaprovecha a actrices en su mejor momento mientras que la televisión se beneficia de la insensatez de la industria cinematográfica. Aunque, a decir verdad, tampoco hace tanto que la televisión también huía de estas magníficas actrices, de forma que es bastante probable que ellas tengan algo que ver en el salto de calidad que ha dado la televisión en los últimos años (…) Todo esto conlleva dos grandes ventajas: existen personajes femeninos más complejos y las mujeres jóvenes y de mediana edad se han reincorporado como una audiencia fuerte deseosa de personajes con los que identificarse”- (VayaTele, 8-8-2009).

Pero en la vida al otro lado de la cámara tampoco es muy distinto: la mujer que no es joven no puede ni debe exhibirse; y si la “señora mayor” es la esposa de un joven político francés, el linchamiento alcanza proporciones siderales. La propia Sarandon, una de las actrices más talentosas y carismáticas del mundo (verla meterse en la carne de Bette Davis en Feud es todo un espectáculo) sufrió una vejación pública solo por mostrar un provocativo escote.

http://estaticos01.smoda.elpais.com/wp-content/uploads/2016/02/01182848/dentro1-635x635.jpg

“Las redes sociales estallaron con comentarios que apelaban al “inapropiado e innecesario” hecho de que una mujer de 69 años exhiba su cuerpo de esa manera y, como un contraataque de lo más divertido, mucha gente ha reaccionado ante esta absurda polémica enviando directamente a la actriz, vía Twitter, fotografías de sus respectivos escotes. Esta, por su parte, ya se había pronunciado al respecto subiendo una foto a Twitter en la que aparece de joven y en sujetador, la cual dedicó al conocido presentador británico Piers Morgan, uno de sus principales críticos que luego se vio obligado a pedir disculpas por su desafortunado comentario”. (El País-SModa, 2-2-2016)

¿Series de televisión? ¿Alfombras rojas? ¿Un escote? Esa no es la verdadera problemática de la mujer en el mundo, dirán los sacerdotes custodios de la pureza de la idea, siempre dispuestos a criticar la banalización del mensaje, su frivolización. 

“La moda de las camisetas feministas, ¿a favor o en contra?

“Decenas de firmas han subido a la pasarela prendas con lemas feministas y el low cost ya comercializa sus versiones. La polémica está servida: ¿ayudan estos mensajes al movimiento o se apropian de él para generar ventas?” (SModa-El País, 7-3-2017)

 “Las camisetas feministas no son solo moda, también solidaridad. Y este grupo de diseñadoras lo demuestra”

“Precisamente ese hecho, la posible utilización de la lucha feminista como objeto de consumo, se ha convertido en blanco de las críticas por parte de algunos sectores del feminismo. De hecho, Dior reaccionó a ellas iniciando una colaboración con la Fundación Clara Lionel, fundada por Rihanna, para que parte de lo recaudado con la venta de su ya mítica camiseta se utilice para fines sociales.” (Trendencias, 15-5-2017)

Desde hace décadas, las camisetas con lemas no son solo estéticas sino reivindicativas, y reflejan el espacio cultural con que se identifica quien lo viste. ¿Por qué en este caso se considera un problema? La moda también es un vehículo, y muy importante, para la transmisión de mensajes. Pero no: hay que alzar la voz desde la sombra de los cotos cerrados, privativos, siempre vigilantes de que el mensaje que consideran suyo se encuadre en el dogma, en este caso, feminista. Dogmatismo que demasiadas veces convierte la mejor de las intenciones en una caricatura estrepitosa. ¿Radicalismo? No: apropiación indebida, en todo caso. Sus sermones atizan el odio del otro púlpito, así que el feminismo se ha convertido en el blanco de otros sermones, con los inquisidores pata negra escondiendo sus ismos vetustos como “incorrección política”.  

“Obispo de Alcalá arremete contra el ‘feminismo ideológico’ que ve como un paso hacia ‘la deconstrucción de la persona”

"Conviene indicar --ha precisado-- que el feminismo ideológico no es más que un paso en el proceso de deconstrucción de la persona. De hecho, los argumentos que sustentan el pensamiento feminista, en sucesivas evoluciones, han propiciado la ideología de género y las teorías Queer y Cyborg" (Europa Press, 22-1-2014).

“Los obispos apoyan al colegio madrileño que califica la ideología de género de ‘fanatismo terrorista"

“El portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), José María Gil Tamayo, ha defendido al colegio religioso de Alcorcón Juan Pablo II de la ultraconservadora Fundación Educatio Servanda que, en una carta enviada a los padres de sus alumnos, tachaba de "fanatismo terrorista"  la ideología de género. El secretario del episcopado no sólo no condenó a los dirigentes del colegio, sino que defendió su derecho a proclamar "la doctrina de la Iglesia" en este punto. “La ideología de género no es compatible con la doctrina católica y la Iglesia tiene derecho a proclamar su antropología", dijo Gil Tamayo. Más aún, pidió que no se resucite ahora "la inquisición laica", porque "la Inquisición es cosa del pasado", y reivindicó el derecho de la Iglesia a tener "sus propias convicciones" y a proclamarlas "con absoluta libertad, con caridad y con claridad". (El Mundo, 29-9-2016).

Ya sabemos que el sexismo “caritativo”  siempre está presto a señalar los desmanes politically correct, pero cuidado: el virus distópico se expande no solo a través de religiones mayoritarias, sino también por ideologías de izquierdas, derechas y centros (si existieran) sin distinción. Medra muy bien en un país en el que los derechos fundamentales fueron cercenados por una dictadura fascista y militar durante cuarenta años, donde el código de sumisión pilarprimorriverista queda inscrito en varias generaciones de ciudadanos educadas en el totalitarismo y la represión de la libertad. Un país donde la mujer casada no podía disponer de sus bienes sin el permiso de su marido hasta el año 1975.  

No importa: “This is a good fight” y Nolite te bastardes carborundorum. Las series de TV se han convertido en el más importante vehículo cultural de nuestro tiempo; podría suceder que la batalla cultural se esté ganando. Ahora faltan todas las demás.

Autor >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió dos novelas: El Corazón del caimán y La danza de la serpiente (Ediciones B).

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