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Entrevista

Nacho Vegas, las Hostilidades, Etcétera

El cantautor reflexiona sobre los compromisos, la estupidez humana y las “cosas que (no) hay que contar”

Miguel Ángel Ortega Lucas Madrid , 11/07/2017

<p>Nacho Vegas, en una imagen promocional.</p>

Nacho Vegas, en una imagen promocional.

Juan Pérez-Fajardo

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Alguien contempla, atónito, desde la ventana de su estudio, cómo una mujer se revuelve y da una paliza a un hombre, en la acera de enfrente, bajo la lluvia: cuando baja a la calle comprueba que la pareja sólo avanzaba de la mano, feliz, camino de la playa. Una señora declara ante el juez: “Fue el calor y la humedad” –esta vida iba a ser otra y algo salió mal–; una vez muerto y enterrado su marido en el jardín. Ezequiel regresa a su lugar de origen para descubrir que su familia y su pueblo entero le repudian; está maldito: dicen que hizo algo, nadie podrá perdonárselo nunca, pero él no consigue recordar qué es, qué fue aquello atroz que cometió. Alguien ajusta cuentas con su pasado familiar llamando a su padre Hombre, a su madre Mujer; a los vacíos desconocidos de la historia, Etcétera; a darse cuenta de las cosas demasiado tarde, Iluminaciones. Como

cuando alguien que de verdad me importa
me está gritando desde el baño
que la deje en paz,
que qué es lo que quiero yo de ella,
que haga el favor de no hacerle más daño,
y yo no dejo de preguntarme
cómo he podido llegar a esto.

(Adivine el lector, de entre toda esa siniestra comedia humana, qué estampa pertenece a un poema, cuál a un relato, cuál a una canción, cuál a un remordimiento.)

Ignacio González Vegas (Gijón, 1974): escritor de canciones, escritor de relatos, escritor de poemas, entomólogo del remordimiento; cantor, que no cantante (según lo entendía Facundo Cabral: el segundo es el que puede cantar; el primero es el que debe); filólogo hispánico interruptus, escracheador de bancos en sus ratos libres (y cuando no también), traidor y archienemigo del partido indie, descendiente espiritual de Michi Panero; mirada de vampiro viejo, aristócrata del corazón. Su palabra favorita era (es probable que ya no lo sea) inextirpable; el único propósito que ha conseguido imponerse en esta vida –dice una de sus voces–, el de “llegar a decir lo indecible”, entendido como todo aquello que el lenguaje no llegará a expresar nunca, pero también como todo lo que apenas llegaremos a (tener cojones a) confesarnos jamás.

Las últimas confesiones del cantor Nacho Vegas han sido recogidas recientemente en un libro, publicado por Espasa, titulado Reanudación de las hostilidades. No es el primero; hace poco más de una década, al borde de los treinta, daba a la luz el poco conocido Política de hechos consumados: un volumen visceral, desigual pero valioso en tanto revelador de una voz literaria perfectamente consciente de los resortes que pueden imantar al lector, así como las drogas, el (t)error y la soledad arrastran a su galería de perdedores al abismo sórdido del desastre. Concluía aquel libro, Nacho Vegas, culpando al mundo por haber desatado sobre él cierta “patología del espíritu”: “El doble don de la sensibilidad suficiente / para apreciar las cosas buenas y sencillas, /y la absoluta incapacidad para disfrutar de ellas”. En fin: “dimitía como ser humano”.

en algún momento pensé que si cometía errores es que estaba destinado a ello, y ahora me doy cuenta de que es un pensamiento bastante estúpido

Nunca tuvo mucha fe en nuestra estirpe. Pero podemos aventurar que estos años, rebasada ya la cuarentena, han ido remansando a este otrora paladín de los bajos fondos –de los dos: los espirituales y los literales–, para acercarle a una serenidad imposible en otros días. Como si algún viento piadoso o una luz perdida ahí a lo lejos (¿un fulgor?) le hubieran hecho retroceder, sonámbulo, desde el borde del precipicio, atravesando de vuelta el bosque y despidiéndose, antes del último trago fatal, del ermitaño depravado y su orgía de brujas (y de agujas); salvado finalmente al amanecer. Aunque todo esto es pura especulación.

Lo que sí es seguro es que Vegas fue encontrando, precisamente por la vía de lo común en nuestra especie, otra forma de estar, de expresar y de expresarse. Una fe última en lo colectivo que fue restando protagonismo a su carrusel emocional y espoleándole, de manera voluntaria, a dar mayor espacio a lo que sucedía más allá (quizás a disfrutar de las cosas buenas y sencillas). Y sin embargo siempre fue muy importante para él, por más íntimas que fueran sus creaciones, “ser fiel a la realidad” externa: “Por eso deben tener una dimensión social más o menos explícita”. De ahí que errasen quienes interpretaron su disco más reciente, Resituación (2014), como un abandono de los frentes íntimos para acudir de golpe (porque tocaba) a la vanguardia de la canción más claramente política: siempre hubo en él esa cohabitación de lo privado y lo comunal. Algunas obras (maestras) como Maldición y Por culpa de la humedad, Hablando de Marlén o Canción de palacio (himno de resistencia contra los desahucios existenciales de cualquier tipo) dan fe de ello.

Lo que sucedió fue que las cosas también “cambiaron alrededor. Si las canciones tienen que ver con la realidad, lo que ocurrió en los últimos seis años en España fue un cambio del clima social que hace que también cambie tu mirada”. De ese entonces, vísperas del 15-M de 2011, y fechas posteriores, datan los primeros textos incluidos en Reanudación de las hostilidades. Un libro, éste, que vuelve en cierta forma a las andadas –poemas y relatos entre lo tétrico y lo cáustico– de Política..., aunque sí se percibe esa mayor voluntad de abrir el foco a la tercera persona, del plural o el singular, sean seres cercanos, hipotéticos o nada memorables (perdidos siempre, en cualquier caso, en la guerra hostil de seguir vivos).       

En la vida igual: cuantas más hostias te llevas más cuenta te das de que menos sabes sobre cómo llevar una relación de forma sana, sin que tus actos tengan consecuencias dramáticas para otra persona...

Hasta aquel año de la subversión en las calles de su país, el cantautor de culto (la expresión es muy justa en este caso; su público es una cofradía) había completado una década abrumadora de producción de canciones de deseo y crueldad, la que va desde su primer disco en solitario, Actos inexplicables (2001), a La zona sucia (2011): bellísimo manual de gestión del fracaso sentimental; decálogo tierno para todos los desesperados que aún se aferran al único muro en pie tras el derrumbe y los escombros –escrito, no es ningún secreto, tras su ruptura con la también compositora Christina Rosenvinge–; el corolario de una obra apabullante en cuanto a las tentativas que ofrece la derrota con una guitarra a mano. Es posible que nadie haya transitado, en la música en nuestro idioma, con tanta autenticidad, tanta crudeza, tanto respeto por la herida, tanta sabiduría –vital y literaria–, tanto arrojo y (también) tanto humor, como Nacho Vegas, por los desfiladeros de la desolación, la culpa, el (enésimo) desengaño y el anhelo inextirpable por eso que –ya lo sabemos– no llegará nunca (“Y sé que un poco más /bastará para salvarme, / un trozo de verdad /bastará para salvarme...”).

Por ahí ganó a su público, un grande y silencioso ejército que hoy llega hasta Latinoamérica, cuando los aires del nuevo siglo consagraban el triunfo de la frivolidad, la operación No te rayes, tío y la proscripción de eso tan jovialmente llamado música de cortarse las venas [que así bautizaron no a la omnipresente música de cortarse efectivamente las venas sobre la barra de un bar, o en el autobús, sino a la escrita con sangre y no con horchata de parvulario]. Ésas, y otras causas propias, explican por qué su nombre no es tan conocido en nuestro país como debiera. Pero no es algo que le quite ni remotamente el sueño: el presunto príncipe de los malditos de la canción parece en la distancia corta un muchacho noble de barriada, tímido, exquisito en el trato, con la conciencia de quien se sabe apenas de paso por aquí. (Y sin embargo, aunque él no se considere nadie, cualquiera que sepa algo de esta vaina sabe bien que, en lo referente a tejer canciones, es uno de los maestros.)

Pasaba por Madrid –vive en su Gijón natal mucho más tranquilo–, para arropar el lanzamiento de Reanudación... Le interrogamos al caer la tarde del último viernes de mayo, en la cafetería de un hotel con ventanales a la Gran Vía.  

“...La cultura debe estar fuera de la política institucional, como poder contra-hegemónico”, continuaba, al sugerirle que alguien como él pareciera absolutamente refractario a las inercias de partido. “En los últimos procesos de Podemos me he asomado más a sus intestinos y no es que me haya gustado demasiado lo que he visto. Algunas cosas me sonrojaron mucho. En la izquierda pasa que la gente está muy enconada en posiciones y parece que no hay lugar al debate; con nosotros o con ellos. En Podemos está pasando mucho. Ahora, después de las primarias, voy a tomar un poco más de distancia... Una cosa que me ha dejado muy tocado estos años es que he visto cómo gente con amistades muy profundas se enfadaban. Gente muy joven que se suponía eran conscientes de las relaciones sanas y de los vicios de la vieja izquierda. Estoy ahora en un ciclo de desencanto. Que tendrá que dar lugar a otro ciclo de encanto...”.

La incomunicación. Ha sido siempre una constante en sus canciones (esa imagen de La gran broma final, contemplando la grieta de la pared mientras alguien advierte que “habrá que demoler”); también en este libro. Tanto en lo político como en lo sentimental, esa imposibilidad de llegar al otro.  

Sí, está demasiado presente, lo natural y lo necesario que es la empatía en nuestras vidas, y lo difícil que es ser empáticos. Las canciones y los poemas son actos de empatía, y algo un poco triste que he visto pasar en estos años es que los gustos culturales se iban convirtiendo en signos de distinción más que de empatía. Por eso me parece ahora tan importante que se ponga el foco en los cuidados, una ética de los cuidados que incorporar no sólo al espacio político, sino también para repensar nuestros actos... Sobre todo siendo conscientes de lo miserables que podemos llegar a ser, es la única manera de dejar de serlo. [“Las mujeres de los mercados de Xixón –dice en uno de los poemas del nuevo libro– / suelen llamarte ‘vida’. Te dicen, por ejemplo: / ‘¿Qué quesín te gusta, vida?’. Y así. / ...especialmente deseable / la idea de un mundo en el que siempre, / tras una transacción comercial cotidiana, / alguien te responda: ‘Gracias, vida’”.]

Lo cual nos lleva a otra obsesión de su repertorio: la violencia, tantas veces soterrada. En la pareja, por ejemplo: ese obligar al otro a ser algo que no quiere/no puede ser, y viceversa. Una tensión que suele resolverse para mal en su universo (reanudando hostilidades)...   

Hace ya mucho que no tengo pareja estable, y me ha dado tiempo a pensar por qué he fracasado y por qué estoy un poco... No quiero atrincherarme, eso que dicen muchos de nunca más voy a tener pareja, porque es una estupidez... Pero al pensar y repensar qué es lo que hizo que fracasaran las cosas, tiene que ver con eso, con que inevitablemente se vuelven relaciones de poder, y desiguales (porque muchas veces los hombres en relaciones hetero-normativas hacemos un uso bastante perverso de nuestros privilegios...). Es difícil porque vivimos en un sistema hiper-individualista que nos hace competir en todas las esferas; en la laboral, porque en vez de compañeros, quieren que seamos competidores, pero eso también repercute en nuestras vidas privadas, en una especie de guerra muy insana...

El amor es lo más precioso,
no seré yo quien lo niegue.
Pero desde muy joven aprendí
que el poder corrompe
y que jamás debemos fiarnos de él...

Usted fue muy consciente de eso desde que era crío: es recurrente, en sus dos libros, el niño o adolescente como testigo de la guerra entre adultos. ¿Tiene esa visión de las relaciones como algo (casi) siempre muy conflictivo?

Sí. Es cierto que hace unos años tenía una visión un poco más determinista de la vida, de que lo que habías visto de niño, en la edad adulta lo acabas reproduciendo (cuando eres consciente de que tus mayores se hacían mucho daño, se estaban maltratando, y tú estás de repente en esa edad de hacer daño, y tratas de corregirlo); en algún momento pensé que si cometía errores es que estaba destinado a ello, y ahora me doy cuenta de que es un pensamiento bastante estúpido. Creo que sí tenemos la posibilidad de aprender de todo eso que hemos visto con otra perspectiva. Pero cuando las relaciones de pareja se entienden como relaciones de poder, al final conllevan una violencia implícita. Y también en otros casos hay violencias que hacen muy difícil que lleguemos a encontrar espacios reales de comunicación, que nos tratemos de igual a igual. Espacios en que la gente sea consciente de ser alguien que necesita que le cuiden, y que debe procurar cuidados, con relaciones igualitarias. En algunas actividades autogestionarias de la PAH [Plataforma de Afectados por la Hipoteca], por ejemplo, vi ese tipo de relaciones; tenían claro que si querían auto-organizarse había que cambiar las relaciones sociales y afectivas tal y como las teníamos entendidas.

¿No le parece que gran parte de nuestros problemas en las relaciones vienen del miedo a mostrar quiénes somos en realidad?... Ese relato del libro (¿Cuervos o estorninos?) en que ella le quita a él el móvil, ve algo que no le gusta, y se masca la tragedia. Ese ocultamiento que salta por los aires, en vez de decir Sí, te quiero mucho pero también puedo ser un capullo; no es incompatible. Es decir: si los dos no se quitan las máscaras, ¿cómo van a llegar el uno al otro?

En los últimos procesos de Podemos me he asomado más a sus intestinos y no es que me haya gustado demasiado lo que he visto

Es el gran conflicto. No sé si era Nietzsche el que decía que no nos avergonzamos de nuestros actos, sino de lo que pensamos que la gente pensaría en caso de saberlos. Yo he visto muchísimas parejas romperse por tonterías de que uno le mira el móvil al otro, o deja el Facebook abierto, o... Supongo que antes sucedía de otra manera la revelación. Pero creo que tenemos que ser  conscientes de que somos personas pero también personajes; no nos comportamos de la misma manera con todos. Y la palabra personaje es bonita porque en la raíz está persona; no por ser un personaje dejas de ser persona. Lo que pasa en que en una relación íntima en que la honestidad es una obligación, parece que tiene que extenderse a todas las esferas. Entendemos a veces muy mal la relación entre nuestra vida privada, nuestra intimidad, y aquellos espacios comunes. Creo que hasta en las relaciones más íntimas todos tenemos ese metro cuadrado del que hablaba Vainica Doble, o la habitación propia de Virginia Woolf que todos necesitamos. Y el drama va a seguir existiendo... Yo soy muy poco celoso, aunque algo hay, no es que no lo sea en absoluto. Pero cuando he visto a gente especialmente celosa me ha dado bastante pena, porque son sentimientos irracionales; supongo que hay una cuestión cultural en ello, pero también tiene que haber algo en nuestros genes que nos lleve a no respetar a veces esa parte que tenemos todos de personaje y que nos hace no querer mostrar toda la verdad. Ser honesto con los demás no es decirles toda la verdad; es más bien... [se lo piensa un momento] intentar que la comunicación sea sana. Pero...

...Pero hay cosas que no hay que contar [es una canción de La zona sucia]... ¿O sí?  

Hay una cuestión que tiene que ver con conflictos mal entendidos, también con lo político (entre la derecha y la izquierda, la concepción de lo individual y lo colectivo: como si la izquierda sólo mirara por lo colectivo, cuando en realidad la individualidad todos tenemos que defenderla, es lo que nos hace únicos, aunque también haya que recorrer el camino de lo individual a lo colectivo). Si queremos defender la individualidad debemos tener esa parcela en la que decidir si queremos contarlo todo o no. Y claro que hay cosas que no se tienen por qué contar. El problema es lo que te decía antes, si no queremos contar ciertas cosas porque no, o porque nos avergonzaría lo que pensasen de nosotros. En realidad si tienes la conciencia tranquila también puedes decidir tranquilamente: ‘Esto me lo guardo para mí y esto no’... Pero quién tiene la conciencia tranquila todo el tiempo, claro...

Hace poco, Brad Pitt admitía en una entrevista sus problemas con el alcohol, que es lo que por lo visto acabó dinamitando su relación ultrasónica con Angelina Jolie. Y recordaba él una cita de David Foster Wallace: “La verdad te hará libre, pero no sin antes haber acabado contigo”. Hay algo de redención ahí, ¿no? Que venga un tsunami y te obligue a ser honesto, porque quizá sólo a partir de ahí puedas crecer, al admitir el infierno propio, que esa mierda también eres tú.   

Sí, sí. Yo creo que llevarnos hostias, y hostias cojonudas, es lo que te obliga a hacer acopio de esfuerzos para levantarte y re-aprender las cosas. Una de las claves, a medida que vamos cumpliendo años y perdiendo la inocencia y pasando por experiencias no tan bonitas como esperábamos, es ser consciente de que estás en constante aprendizaje para mirar al mundo, a tu vida, a las relaciones, y no creerte que lo sabes todo ni tienes todas las fórmulas mágicas para que todo funcione. Cuanta más música escuchas más te falta por escuchar. En la vida igual: cuantas más hostias te llevas más cuenta te das de que menos sabes sobre cómo llevar una relación de forma sana, sin que tus actos tengan consecuencias dramáticas para otra persona... Hay una cosa en la que educaron a mi generación, esta especie de cultura a lo Sexo en Nueva York...

Una serie que ha hecho mucho daño...

Sí... Muy entretenida también... [risas]... Esto de que somos seres autosuficientes, libres, y que cuantas menos ataduras tengamos más libres seremos, con una vida promiscua... Es un gran engaño. Hay un momento en el que piensas que eres dueño de tus actos y libre para hacerlo, pero en otro momento también te das cuenta [Iluminaciones] de que tus actos tienen consecuencias para otras personas, y tienes que renunciar a ciertas cosas para no hacerles daño. Eso es lo que implica un compromiso. Y el motor de la vida para mí es el compromiso, a todos los niveles: el compromiso con tu trabajo, con tus relaciones, el compromiso político también... Requiere hacer cosas aunque no te gusten; las haces simplemente porque sabes que tienes que hacerlas. Y de eso a veces tardamos en darnos cuenta, porque crees que eres libre, y si alguien se siente agraviado, que aprenda.

Por otra parte, también solemos echar siempre balones fuera sobre el engaño. Pero –estoy pensando en otra historia de este libro, El timo del gigoló frustrado–, la pregunta sería también: ¿cuántas veces hacen falta para ver que uno se está engañando continuamente? Es decir, ¿es el otro el que te engaña, o te engañas tú a ti mismo?

Los engaños que más daño me han hecho son los que yo me he infligido. Y es increíble la capacidad que tenemos para mentirnos a nosotros mismos, y buscarnos excusas absurdas para hacer la mayor tontería del mundo... Lo hacemos una y otra vez. El hombre es el único ser vivo que tropieza dos veces en la misma piedra, o dos millones... Y es precisamente ese acto de empatía, de ponerse en la piel de otra persona, lo que probablemente te haga cometer menos errores que si sólo piensas en ti, poniéndote un montón de excusas para hacer algo que sabes que te va a hacer mucho daño... En el caso de las drogas, que está también en el libro: cómo te buscas excusas una y otra vez para volver a ello, y aunque luego sales y te dices ‘nunca más’, es imposible, vuelves a caer... Es increíble; la capacidad del hombre para cometer las mayores estupideces en nombre de excusas absurdas es infinita.  

[Y es que tiemblo al comprender 
que puedo cometer 
un nuevo error y ver 
cómo el amor se te acaba...]

Quizás, también, porque uno se identifica mucho con su dolor, con su sombra. Sea una sustancia o un comportamiento insano, uno tiene miedo a lo que desconoce: prefiero hacer esto a hacer algo distinto, aunque conozco las consecuencias (o precisamente porque las conozco)...

Supongo que hay algo de cobardía, sí. Creo que los mayores errores se dan cuando piensas básicamente en ti. En una relación afectiva que te importe, creo que los pasos más acertados se dan cuando te pones en la piel de la otra persona, incluso asumiendo que hay cosas que te fastidian. En el momento en que ambos se atrincheran en sus propias neurosis, al final acaba siendo una especie de relación de fuerzas que no lleva a ninguna parte... Pero yo he tenido la suerte de aprender, a toro pasado; me llevo bien con todas las parejas con que he tenido relaciones importantes, y me ha ayudado hablar las cosas después con perspectiva, y recibir las collejas que necesitaba. Me pone muy triste ver a amigos míos que han roto relaciones de manera muy fea, que además no se hablan y tú eres amigo de los dos... Si hubiera cortado de manera dramática todas esas relaciones, me pesarían muchísimo más de lo que me pesan, pero he conseguido seguir hablándolo con esas personas; puedes volver con cierto humor y reírte de tus mierdas. Es importante reírte de tus mierdas.

Porque, a pesar del cataclismo, que sí se siente como tal cuando sucede, con el tiempo no es tan dramático... Pero en sus canciones se repite también la idea de que la solución irrevocable de un desastre sea la muerte (autoinducida las más de las veces).

Es muy útil tomar perspectiva para no creerte que llega el fin del mundo... He vivido dramas, como todos, pero es verdad que mis canciones ponen más el foco en lo dramático porque me parece revelador de algo que no entiendo... Y aunque luego puedas quitarle hierro, cuando sucede te descoloca tanto, y te hace tan consciente de lo caótico, de la falta de armonía que hay en el mundo, que tiene algo de revelador. Pero no quiere decir que mi vida sea un constante drama. Lo que pasa es que cuando hay armonía, de eso no hablo, para eso tengo la armonía... Recuerdo cuando hice una de las canciones más duras (hay gente que la detesta, para otros es su favorita), que es Morir o matar...

[Fue aquella gitana que nos leyó el porvenir;
dijo: ‘Uno es el asesino y el otro es el que va a morir’...]
 

...Hay un referente real, el final de una relación. La firmé a medias con la persona con la que estaba, Lidia: me escribió una carta y le pedí permiso para poner partes de ella en la canción. Yo no escribo en caliente nunca, había pasado un tiempo, y entre que grabas y demás... Pero cuando la escuchó dijo: “No fue tan trágico, eh” [risas]. Yo dije ¡bueno, déjame, yo lo quiero contar así! Y sin embargo la dejé de cantar porque me resultaba un poco duro. Porque, aunque es verdad que a veces necesitas exagerar algo para contarlo con toda su plenitud, sí que hubo ese momento. Cuando ahora hablo con ella nos reímos mucho. Pero entonces no era para reírse.

[Etcétera.]

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Reanudación de las hostilidades. Nacho Vegas. Espasa, 2017. 

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Autor >

Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

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3 comentario(s)

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  1. Belisario

    Muy interesante, y bonita además.

    Hace 5 años 5 meses

  2. Andrea

    Maravilla de entrevista.

    Hace 5 años 6 meses

  3. Gastón

    Nacho

    Hace 5 años 6 meses

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