Ray Loriga
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Podría haber llegado en una Harley-Davidson a la sede madrileña del grupo editorial Penguin Random House, donde tiene lugar la entrevista. Pelo rebelde, gafas de sol, una camisa de cuadros remangada por encima de los codos que deja al descubierto brazos tatuados, pantalón vaquero y botas negras. Facha de motero tiene. Carnet de conducir no, luego puede beber una rubia amarga tras otra sin miedo a perder puntos. Y lo hace. Vaya que si lo hace. Con tanta habilidad que la lengua no se le traba a la hora de responder las preguntas. Menudo figura está hecho Ray Loriga.
La excusa para este encuentro es la publicación de su último libro, Rendición, galardonado con el Premio Alfaguara de novela 2017. Título que le ha permitido rememorar una gira promocional por América (desde Nueva York hasta la Patagonia) igual a la que hizo hace 25 años. Varios intentos fallidos previos, unas veces por lo complicado de comunicarse con él --hasta esta promoción no tenía teléfono móvil y el correo electrónico lo usa solo para “cuestiones inmediatas”, dice--, y otras por repentinos imprevistos, invitaban a pensar que Ray ya no nos quería contar nada.
Por suerte, la escritura ahora mismo no le tiene en esa dieta a base de silencio y soledad en la que se encierra a la hora de escribir, y le apetece hablar. De librerías, de sus dealers, de Marguerite Duras, de Guti, de Japón, de lo que está hasta los huevos. De amor. Y de libros, que es casi lo mismo. Escuchándole uno piensa que el transparente es su discurso y no la ciudad de su orwelliana novela, donde los personajes responden a los nombres de él y ella, quienes adoptan al crío Julio.
Hace un par de años este mismo escritor esperaba en una caseta de la Feria del Libro de Madrid a que se acercara algún lector. Aunque fuera uno despistado, además del clásico lector muy leído. Este año la compañía no parece que le falte, aunque él no sea de contar historias. Quien sabe si no preferiría estar escondido en algún lugar de tierras niponas.
Su acto de rebeldía ante una realidad con un optimismo injustificado y agobiantemente feliz es emocionarse al ver que una joven se ha ruborizado ante su efusividad al saludarla. “Ya nadie se sonroja”, se lamenta.
Qué le ha sorprendido más, ¿la 12ª Liga de Campeones del Real Madrid o ganar el Premio Alfaguara de Novela?
Que confluyan.
¿Vio el partido?
Sí. Hay una cosa que incluyo en las promociones y en todo lo que hago en mi vida. Mis hijos, mi mujer y todo el mundo lo sabe. La Champions la veo entera. Todos los partidos. Sé que no es nada de lo que sentirse orgulloso, pero a mí (verla) me divierte.
¿Es de los que vive el partido con nervios?
Intento ver los partidos solo. No soy nada de hacer fiestitas, ni nachos ni quesos ni gente cruzando delante de la tele. Mi ideal es verlos solo en casa. Lo que pasa es que no tengo tele de pago. No soy rico. Bueno, ahora un poco más con el premio (dotado con 164 mil euros). Los partidos que son de pago los veo en un bar. Pero no me meto dentro. Suelo elegir uno en el que pueda ver el partido desde fuera.
Parece complicado.
Ya, tío, pero si ganamos me da igual lo complicado que sea.
El fútbol se moderniza a gran velocidad y usted, ¿sigue sin usar un teléfono inteligente, para desgracia de su editorial?
Aquí se está creando una leyenda insensata. No tengo smartphone, sí correo electrónico, que miro para cuestiones inmediatas, como por ejemplo, mis padres. Del mismo modo, hago uso de internet a diario: leo prensa, unos doce o catorce periódicos al día, entre españoles, franceses e ingleses. Cruzo informaciones. No soy un pavo que vive en una cueva. Lo que no me interesa específicamente son las redes sociales. A mis cincuenta años de vida no me sirven para nada.
En cambio, en su momento, Enrique Vila-Matas dijo de usted que era el escritor más moderno de España.
(Ríe). Es que Enrique es muy amigo mío. Es un amor y un escritor maravilloso. El más moderno de España era él, por cierto, no yo. Fue así de generoso diciendo eso. Nos leemos y nos admiramos. Con Enrique hablo a menudo, por mail. El mail tiene una ventaja, y es que se escribe de verdad.
Hoy Amazon nos trae lo que sea a casa en muy poco tiempo. ¿De joven encargaba libros de autores inexistentes en España?
Lo que no estaba publicado en España lo encargaba a la librería Turner, Pasajes, antes se llamaba librería Internacional, o a otra que era la librería Alemana, en Callao, etc. Tenía mis contactos. Dealers de libros. Sabía a quién encargárselos y cuánto podían tardar en llegar.
¿Y cuánto tardaban?
A veces seis meses. Otras ocho. Pero llegaban.
Debía ser como esperar a los Reyes Magos.
Sí, además era una excusa para volver a la librería y preguntar: “Oye, ¿ha llegado lo mío?”. Te respondían que no y entonces te llevabas otro libro. Es muy raro un escritor o escritora, vasco o vasca, negro o negra, que no se pase la vida husmeando librerías.
Ahora es muy fácil comprar sin salir de casa.
La verdad es que adoro las librerías desde niño. La librería tiene una ventaja: vas a buscar una cosa y encuentras otras. No tiene cookies, es decir, no tiene protocolo de búsqueda. Con lo cual existe el accidente. Estás mirando algo y, de pronto, te preguntas: “¿Y esto? Qué bonita portada. ¿Qué será?”. Son libros que no podrías encontrar si no fuera por accidente. Eso es lo que las cookies no consiguen hacer. No hay accidente, hay patrón de consumo. Además, siempre pensaba: “Si me encuentro a una chica en la librería y es bonita, ¿será el amor de mi vida?”.
Un buen lugar para ligar.
No, para encontrar el amor. Ligar es un poco trucho. Por el mismo motivo que iba a un festival de cine a ver películas de Marguerite Duras y pensaba: “Si una mujer bonita va a ver películas de Marguerite Duras seguro que me enamoro de ella”. Es más romántico que ligar. En esos lugares ya coincidimos en algo. Encima, si me parece bonita, que no es una razón objetiva, ya tenemos mucho ganado. Por cierto, si no hay chicas en las librerías, quedan los libros.
¿Se fija en quién los ha traducido?
Sí, siempre. En inglés leo muy bien. No es por presumir. Hablo, leo y escribo en esa lengua. A no ser que haya leído Orlando de Virginia Woolf y tenga curiosidad por leer la traducción de Borges, que es maravillosa. Entonces lo leo, por Virginia y por Jorge Luis Borges. Esa traducción en concreto me interesa. Si no, leo en inglés. En francés, ruso, japonés, chino y árabe no me queda otra que leer la traducción.
En el caso de sus libros, ¿está pendiente de quién va ser su traductor?
En inglés sí, trabajamos juntos. En francés, como es lengua romance, puedo estar más cerca del texto, en italiano también. En cirílico, en griego, no. Siempre tengo abierta una vía de consulta a través de la cual los traductores me preguntan cómo traducir tal o cual expresión. Normalmente se usa el inglés como lenguaje neutro, o el español.
Gracias a su dominio del inglés pudo atender a Miles Davis.
Aquello fue por accidente. Yo era dependiente de una tienda de ropa. Para el puesto de trabajo pedían dos requisitos: inglés y una buena presencia. Inglés hablaba. Buena presencia, a los 18 años, que es cuando pedí el trabajo, la tenía. Ahora ya no. También había que saber algo de moda, y yo algo sabía. Y un día, vendiendo ropa en aquella tienda de la calle Serrano, atendí a Miles Davis, que estaba en Madrid de paso.
¿Le caíste bien?
Le traté bien y me gustaba mucho su música.
Dice usted: “Me he criado entre periodistas. Mi padre, por su oficio (era ilustrador), trataba con tipos como el que yo fui después.” ¿Qué clase de tipo es usted?
Pues lo que eran los periodistas. Gente de la calle. Ahora el periodismo es muy de cut and paste. Te hablo de la época del diario Informaciones (1920-83), cuando los periodistas se pasaban todo el día fumando, bebiendo y husmeando. Hablaban con la policía, con éste, con aquél, se enteraban de las cosas. Era un periodismo muy callejero. Otros eran corresponsales de guerra, como Miguel de la Quadra Salcedo, Arturo Pérez Reverte, etc. Ese periodismo que iba donde estaba la noticia, a ver qué se sabía, qué se podía contar.
¿Cuáles son los recuerdos de niño que no olvida de su madre y de su padre?
De mi padre, que cuando volvía de trabajar le quitaba la chaqueta del trabajo y le traía la de andar por casa, que era de punto. Después le ponía un café. Y me encantaba hacerlo. También me gustaba como olía (mi padre). Era una especie de mezcla de lavanda y tabaco. No sé qué ocurre con los niños de hoy, y yo tengo hijos, pero a mi me encantaba cuando mi padre llegaba a casa. Estábamos esperándole.
¿Cómo se tomaron sus padres que quisiera ser escritor?
Nunca se lo dije. Nunca salí del armario. De hecho, mi madre lo lleva fatal. Me dice: “Que me tenga que enterar por una vecina de que has ganado el Premio Alfaguara de Novela...”. Y así todo. Cada vez que publico un libro es igual. Y yo le digo: “¿Por qué te tengo que contar lo que hago? Yo te quiero, y ya está”. De haberle dicho a mi padre lo de ser escritor lo hubieran llevado muy bien. Mi padre era dibujante y mi madre actriz. Mi casa estaba llena de libros y todos leíamos.
No parece que dar la noticia hubiera sido traumático.
Es graciosa mi familia. Cuando mi hermano dijo que quería estudiar empresariales mi padre me dijo que hablara con él. “Que esto es una familia de artistas”, me dijo (ríe).
¿Para un escritor es tentador pensar “Yo tengo algo que decir”?
Ahí es donde muere la escritura. La buena. Lo he hablado con otros amigos escritores, como Enrique [Vila Matas], Eduardo Iglesias, Javier Marías, Arturo [Pérez Reverte], Ignacio Martínez de Pisón, Almudena Grandes, Belén Gopegui y Luisa Castro. “Yo tengo algo que decir” no es la manera en la que se escribe. Es “Yo sé cómo decir algo. Es el cómo, no el qué. Es la admiración por la propia literatura. La sintaxis, el ritmo, la mecánica, el sonido. Eso es lo que cuenta y no que me ha pasado una historia estupenda y te la voy a contar. Es como el que te dice: “No sabes lo gracioso que me ha pasado”, te lo cuenta y no te hace ninguna gracia. Pues lo mismo es escribir.
¿Recuerda cuándo leyó por última vez algo y dijo “¡Joder, qué bueno!”?
Sí, la recopilación de Felisberto Hernández que me llevé el otro día de Uruguay. He leído toda mi vida a Felisberto y es de esos libros que, como escritor profesional, lees y relees, y te dices: “Para, para. Es demasiado bueno”.
¿A quién copió cuando empezó a escribir?
Copiaba muy bien a Carver, a Bukowski, llegué a copiar bastante bien a Chéjov, decentemente copié a Louis-Ferdinand Céline y muy bien a Marguerite Duras. Con Virgina Woolf me caí, era imposible copiarla.
¿Un escritor es más espía, hiena o notario?
Un poco de las tres cosas y alguna voluntad propia que otra. Marguerite Duras decía que “la razón de decirlo yo es que no va a ser idéntico a lo que han dicho otros” y con esa frase me caso. Y con Marguerite, si estuviera viva, también, si me quisiera. Si no no tiene sentido (si va a ser igual lo que tú dices a lo que dicen los otros) escribir. Después de hablar de todos estos escritores con qué arrojo se te ocurre intentarlo. Pues porque no va ser idéntico.
Es de los que alguna vez ha dicho: “Odio escribir, pero me encanta haber escrito”.
No, no. De hecho, lo que me gusta es escribir. El libro es una frustración. Siempre. El proceso, no el de Kafka, el de escribir. Estár en la pelea contigo mismo, con la propia escritura, es lo más emocionante. Pero con el libro finalizado, sellado, con tapas, ya no existe esa sensación. Existe mientras solo lo tienes tú.
Cuando escribe, ¿qué siente?
No siento, pienso. Pienso, pienso, pienso. Hay una cosa muy bonita. Cuando estás escribiendo una novela, vayas donde vayas y hagas lo que hagas, la novela está aquí (se señala la sien). Todo lo que te sucede te parece útil para la novela. Ves el mundo con una utilidad concreta: la literatura. Cuando la acabas de escribir, y no has empezado otra (por fortuna tengo una casi lista), el mundo se queda plano. Me da igual lo que haga nadie. No me interesa nada si no lo puedo aplicar a la escritura. Ese es mi proceso.
El éxito en su carrera llegó muy pronto, con Lo peor de todo y Héroes. ¿Su trayectoria se parece más a la de Guti o a la de Jorge Sanz?
Los dos son buenos amigos. Me pones muy difícil elegir. Me gusta lo que hacen los dos. Yo diría que más a la de Guti (y adoro a Jorge). Guti era: “Si me sacan a jugar hago maravillas. Si no, me quedo en el banquillo”. El talento lo tenía. Hace tiempo escribí un artículo en Marca sobre él: El que enciende las luces. Era sobre uno de esos partidos en el Bernabéu en los que todos mueven la pelota y no sabes qué están haciendo. Salió Guti y parece que les dijo cómo se hacía: pim, pam, pum, gol. Y no lo metió él. Filtraba pases. Guti veía donde estaba el agujero entre las líneas. Hacía el pase y lo siguiente era gol. El que enciende la luz.
¿Le resulta fácil poner título a las novelas?
Unas sí y otras no. Algunas veces se me ocurre primero el título y escribo la novela después, como ha sido el caso con Rendición. También con Tokio ya no nos quiere, que me sonó muy bonito y me dije “¿Y ahora qué hago con esto?”. Otras veces es al final, que es agónico. Es como un grupo de rock que se quiere poner un nombre y que cuando han dicho ya quince ninguno suena a nada. Lo ideal es que salga primero el título.
Los títulos pueden marcar el recorrido de una novela. De Un japonés antropófago a Lo peor de todo, menudo cambio.
Era un título horroroso. [Constantino] Bértolo lo odiaba y era demasiado editor para permitirlo. Me dijo “La novela es maravillosa. El título es horrible (Un japonés antropófago)”. Fue Cristina [Rosenvinge] la que dijo “Lo peor de todo…” y se quedó la novela con ese título.
Japón parece muy presente en su vida. Incluso ha entrevistado a Haruki Murakami. ¿Cuál es su vínculo con aquel país?
Deseando volver. Esa es mi relación con Japón. Leo mucha literatura japonesa. Me gusta. Es un país que me inquieta y me atrae. Lo que me pasa con Japón, a donde he viajado mucho, gracias a Dios, es que me parece que estoy en otro planeta. Aquello no se parece a nada de lo que he visto en mi vida. Es fascinante. Tus ojos de ver lo tuyo no te sirven de nada. Hay que mirar de otra manera, aprender otras cosas. Otras fórmulas. No es Lost in translation. Nunca me gustó la manera en que refleja la cosa graciosilla del japonés, como haciendo el ridículo. No, no me gustó esa representación que hizo Sofía [Coppola] en su película. He estado en Tokio y no lo he visto como en su película.
Realizó una gira por Latinoamérica, igual que una estrella de rock. ¿De todas las personas que conoció con quién se queda?
A muchos amigos los voy a volver a ver. Por ejemplo, en Chile está Alberto Fuguet (autor de Sudor, también de Alfaguara), quien presentará mi novela allí. Y al argentino Rodrigo Fresán (ahora vive en Barcelona), autor de La parte inventada, La parte soñada y La parte recordada dentro del tríptico La parte contada. Ellos dos fueron los dos primeros amigos que hice en aquella gira hace más de veinte años. Seguimos siendo amigos y nos leemos. Nos presentamos novelas cuando coincidimos. Siguen los amigos de antes y se han sumado otros. Han pasado 25 años.
¿Qué ha cambiado esta gira respecto a la de hace 25 años?
Se nota en los bares, ya no voy. (Ríe). Antes sí. Tengo 50 años, mi hígado no está para bromas. Antes era mucho más canalla. Ahora hago mi trabajo, vuelvo al hotel, veo una película, leo un libro o me duermo. De vez en cuando me tomo una cerveza con un amigo. Ya castigué mi cuerpo lo que quise. Ahora esta gira la disfruto de otra manera. No me arrepiento de nada. Cuando tenía energía la disfruté de una manera y ahora de otra. No soy el que era para la juerga postliteraria.
¿En aquella gira desfasó mucho?
En algún momento sí. Pero también te lo mereces. Si estás en una situación concreta y no aprovechas lo que es toda esa circunstancia eres como un taimadillo. “Que no se me vayan los pies. Que no se me vaya la cabeza”. No. Estás en un momento en el que eres joven, no tienes hijos, no tienes responsabilidades, tienes dinero en el bolsillo, (para invitar a algo a tus amigos, hablo de pocket money), eres famoso, las chicas o los chicos te miran, te van abriendo las puertas y te invitan a muchas fiestas, ¿por qué vas a decir que no? Me parecería estúpido. Me tiré a la piscina. Me lo pasé bomba. Hice mi trabajo. Volví y a otra cosa mariposa. Ojo, las giras vienen por el trabajo ya hecho. El trabajo de escritor, lo recuerdo porque la gente se olvida, es silencio y soledad. Uno, dos, tres años, depende de lo rápido que seas. Yo soy tirando a lento.
“La gente que sabe contar historias siempre tiene compañía”, escribe en su última novela. ¿En su entorno es usted quien las cuenta?
Esa frase es un homenaje a mi abuela paterna. Contaba las cosas tan bonitas que siempre me quedaba pegadito a ella. Y no, no soy el que cuenta historias en mi familia. Yo las escribo. Si las contase las gastaría. No se puede hacer el mismo trabajo dos veces. Cuando escribo tiendo más al autismo, a la entropía, me meto en una cápsula cerrada y hasta que no acabo no quiero hablar al respecto con nadie. Ya lo he dicho antes, la escritura es soledad y silencio. Lo cual es un poco duro para las personas que conviven contigo. Trato de romperlo de manera natural, pero hay un mecanismo de abstracción que hace que estés metido en tu libro, nadie sabe de qué narices va y no hablas mucho.
¿Qué cliché o adjetivo es el que más le cansa de los que ha leído para definirle como escritor?
Rock and roll. Estoy de la etiqueta rock and roll hasta los huevos.
¿Cuál es su horario, su rutina de trabajo?
El método William Goldman (guionista de Dos hombres y un destino). Ocho horas al día. ¿Qué quiere decir? Siete para convencerme a mí mismo de que soy capaz de escribir y, quizá, una para escribir algo. Si hay mucha suerte ese día. Ese es mi método.
¿Le resulta sencillo dar con la voz de sus historias?
Depende. En esta última novela, Rendición, la voz salió. La voz narrativa para mí lo es todo. Cada novela tienes que atacarla de una manera distinta. Si lo vas a contar a cuatro voces, si lo vas a contar a cinco. Eso es lo que a mí me interesa. Por ejemplo, en El hombre que inventó Manhattan hay un narrador omnipresente y voces cruzadas. Hay escritores que solo usan una voz, Agatha Christie lo hace de maravilla. Simenon, igual. En mi caso cada novela tiene un acercamiento distinto.
Su obra literaria es ecléctica. ¿Lo busca o surge de manera espontánea?
Soy muy distraído. Muy curioso. Me gustan un millón de cosas que supuestamente no encajan unas con otras. Unas veces voy por aquí y otras por allá y de pronto digo ¿y eso no sería más divertido?
¿Tiene más aficiones o lecturas?
No soy coleccionista. No me gustan mucho las cosas. Tampoco comprar. Si fuese por mí la sociedad de consumo hubiera perecido. Soy incapaz de comprar nada, excepto libros. Me compro cosas cuando se me han roto las otras. No tengo ninguna fijación con ningún objeto.
Pero si que es aficionado al deporte.
Que también es de consumo.
¿Para usted leer y/o ver una película es trabajar o consigue disfrutarlo?
Ayer vi Baby drive con mi hijo en el cine. Viéndola con sus ojos me olvidé de que escribo guiones. Siempre hay algún retén de atención profesional que arruina un poco la experiencia, la verdad. Pero si te imbuyes en la experiencia del de al lado y te distraes con la película, sí lo disfruto. En verano, si tengo un mes de vacaciones, que hace años que no lo tengo, puedo tratar de hacer el ejercicio de leer un libro del principio hasta el final. Incluso quedarme dormido mientras leo.
¿No suele acabarse los libros que empieza a leer?
No. Leo 10, 15, 20 libros a la vez. Por unas cosas o por otras, porque tengo que escribir una reseña, porque me interesa algo concreto, porque es material de información, por lo que sea. No leo en la cama, por ejemplo. No puedo hacerlo. Leer para mí es trabajar.
¿Le gusta el trabajo en equipo a la hora de realizar un guión o prefiere la soledad de un escritor enfrascado en su propia historia?
Me gusta trabajar en equipo. Contar con la opinión de más gente. Escribir guiones en equipo me quita del yoismo. Un escritor es una isla. Está solo todo el tiempo. Me agrada el trabajo en colaboración con el talento de los otros. Escuchar una idea. Cuando trabajo en equipo puedo decir: “¡Joder, esa idea es buenísima!”, y no es mía. Eso me encanta.
¿La diferencia entre escribir libros y guiones es?
El escritor y el guionista utilizan la escritura pero por razones casi opuestas. Un guión es una guía de rodaje. Lo único que se queda de un guión en pantalla (en la cinta sonora) son los diálogos. La propuesta técnica narrativa sí se parece a escribir un libro, pero no la escritura. La escritura pertenece a la literatura.
El lector que se guía por el éxito de ventas de un libro ¿qué autores y qué literatura se pierde?
Tantos que no sabría por dónde empezar. No soy de quejarme de nada ni de decirle a la gente lo que tiene que leer. Ahí están las librerías. Yo sé lo que se están perdiendo.
¿Y le da pena? ¿Le parece injusto para los autores que no se leen?
No. Me parece más injusto pensando en los lectores. A lo que se están condenando ellos mismos. Pero es lo que hay.
¿Incitar, obligar a los jóvenes a leer es un error?
La pasión no se obliga. Los que nos dedicamos a esto nos apasionamos por la lectura desde el principio.
¿Cómo hacer, entonces, para que se enganchen a leer?
No creo en la motivación de lectura. La motivación de lectura se llama curiosidad. Y la curiosidad la tienes o no la tienes. Hay un bombardeo de entretenimiento tan grande que es muy difícil encontrar una pausa para la curiosidad, que suele ser hija del aburrimiento. Cuando empecé a leer me aburría. Decía Machado que su infancia fue monotonía de lluvia tras los cristales. Empezaba a llover, no podía jugar al fútbol, no sabía que cojones hacer, cogía un libro, La isla del tesoro, y me decía a ver qué era aquello.
Rendición está firmada con seudónimo. Sebastián Verón.
Sí, “La brujita” Verón. Me gusta mucho el fútbol. También veo otros deportes: tenis, baloncesto, boxeo, patinaje artístico. Me divierte. Ahí si me olvido de que existo. Viendo deportes no tengo nombre. No tiene nada que ver conmigo. Me distrae.
¿Ha pescado lo que quería con Rendición?
Sí. Sea poco o mucho, he pescado lo que creía que pescaría.
Él. Ella. Julio. ¿Cuál es su relación con los nombres de sus personajes?
Y Augusto y Pablo, que son los hijos (que solo existen en la memoria de sus padres). Sale un poco natural. Lo que he intentado en este libro es invitar al lector, si le interesa, a escuchar el rumor de la cabeza del narrador. Él, el narrador, no se lo está contando al lector, se lo está contando así mismo. Y no de manera retroactiva, sino en tiempo real. Mientras le suceden las cosas. Él sabe cómo se llama, no tiene que repetirlo. Él sabe quién es ella. No se lo está contando a sí mismo porque ya lo sabe (el nombre de ella). Esa es la mecánica narrativa que he utilizado.
¿Soñar o recordar?
A veces, con tal de soñar hasta recordamos.
¿Usted es más de obedecer o de dudar?
Dudar.
La ciudad transparente ¿es aburrida, desasosegante, inquietante?
Es perfecta.
¿Qué no se debería compartir nunca?
La pluma. La identidad. La pluma es un símbolo de identidad. Toda pluma tiene un gesto de mano. El punto de tinta que sale de una pluma es un gesto concreto con una presión concreta que una mano con unos dedos concretos hace. Esa pluma está hecha a tu gesto.
¿Cuál es el narcótico de masas del siglo XXI?
El siglo XXI.
¿Cuándo empezó la felicidad a agobiar?
Cuando se convirtió en una obligación.
La obligación de la felicidad ¿es una rendición o una derrota?
Es una maquinaria de consumo.
¿Que le ha hecho más daño, algunas preguntas, las sospechas o los rumores?
Mis propias respuestas.
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Autor >
Galo Martín
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