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Poderes secretos

Los límites del culto a la transparencia y a las filtraciones

Chase Madar (The Baffler) 22/11/2017

Pixabay

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Una rama del pensamiento político ilustrado sostiene que la información pública es útil porque promueve un debate racional que beneficia a la república y, por tanto, los informantes o delatores sirven para fortalecer el interés público porque sacan a la luz hechos incómodos, en muchas ocasiones con un gran sacrificio personal. Sean cuales sean sus méritos, esta es una historia conocida. La idea de que revelar información supone inevitablemente un bien para la sociedad, aun a riesgo del martirio del mensajero, o quizá más por eso, está muy arraigada en nuestra cultura, ya sea el caso de Prometeo, Jesucristo o de Todos los hombres del presidente. Sin embargo, ese relato debe ser contrastado con la historia; al hacerlo, podemos descubrir que nunca mereció la pena conservar lo que salta por los aires, y que lo que sigue siendo secreto es más valioso. 

Las filtraciones siempre tienen una motivación política, nunca son desinteresadas. Los ejemplos bien documentados de filtraciones con este fin en Washington son bastante numerosos: la filtración como globo sonda que se utiliza para calibrar la reacción pública; la filtración que se usa para llamar la atención de los de arriba cuando fallan los canales oficiales; la filtración ideada para debilitar a un rival; la filtración que se utiliza como forma de presión para obtener una mayor financiación del gobierno, etc. Aunque las filtraciones de información reservada hayan acabado asociándose con la izquierda libertaria y antibelicista gracias a Daniel Ellsberg, Chelsea Manning y Edward Snowden, también pueden ser utilizadas para apoyar la guerra. Esta era sin duda la intención de la filtración de los cinco mil documentos confidenciales que entregó Charles Radford, un joven asesor del Consejo de Seguridad Nacional, al almirante Thomas Moorer, el retrógrado Jefe del Estado Mayor Conjunto de Nixon, cuyo propósito era dar marcha atrás en la retirada de Vietnam. Del mismo modo, las filtraciones antibelicistas pueden tener incluso una motivación profascista. Entre 1939 y 1940, el joven empleado del servicio diplomático de EE.UU., Tyler Kent, con amistades en grupos antisemitas y profascistas, filtró información confidencial para forzar que Roosevelt cambiara de idea sobre su intención de entrar en guerra. 

El deseo de arrojar luz sobre aquello que está oculto puede ser bienintencionado y, sin embargo, la transparencia por la transparencia es una política risible e inadecuada

El deseo de arrojar luz sobre aquello que está oculto puede ser bienintencionado y, sin embargo, la transparencia por la transparencia es una política risible e inadecuada. En muchas ocasiones no pasa de ser un formalismo vacío que persigue unos objetivos definidos o, peor aún, acaba desatando todo tipo de antipatías con la única excusa de buscar el conocimiento de forma desinteresada. Tomemos como ejemplo a Julian Assange, cuya página de WikiLeaks ha publicado gran variedad de “contenidos”, como por ejemplo los correos privados de científicos climáticos, que los medios de comunicación de derechas acabaron destrozando con acusaciones de conspiraciones fraudulentas; el regalo que hizo Chelsea Manning de los documentos sobre las guerras de Irak y Afganistán, que sirvió para realizar un muy necesitado escrutinio sobre esas guerras; los datos de contacto de miles de mujeres turcas o los correos privados del Comité Nacional Demócrata durante la campaña electoral. Todas estas filtraciones estaban justificadas porque los documentos y archivos que se divulgaron eran auténticos, y con eso basta. “Nihilismo” sería una palabra demasiado grande para describir esa inocencia deliberada, ya que no es más que un intento por llenar una ausencia de creencias políticas sustanciales con una ambición interesada por seguir siendo noticia cueste lo que cueste.

La verdad no será desvelada

La religión de las filtraciones inculca la creencia de que las verdades importantes atesoran un poder mesiánico, aunque esta verdad sea a menudo políticamente irrelevante. 

No importó la verdad en 1215 cuando Simón de Montfort suplicó al Papa Inocencio III durante el Concilio de Letrán que suspendiera la Cruzada albigense porque se había iniciado contra una herejía Catarista inexistente. A pesar de todo, la amenaza ficticia para la Cristiandad proporcionó la justificación que necesitaba el Papa para conquistar y absorber el feudo de Montfort, que a su vez sirvió como pretexto para que el Vaticano relajara la ortodoxia de su doctrina. 

Ni tampoco importó la verdad en 1594, cuando se hizo pasar a un desdichado pastelero por Dom Sebastião, el rey de Portugal desaparecido dieciséis años atrás en una fallida campaña militar contra Marruecos. A primera vista la impostura era ridícula, pero consiguió durar mucho tiempo porque convenía a los poderosos intereses dinásticos de la península ibérica.

Incluso hoy en día, en esta culta sociedad de clase media que finge aspirar a una igualdad formal y a unos derechos ciudadanos, a menudo la verdad se elude, ignora o instrumentaliza. En su esclarecedor aunque inquietante libro, La inteligencia y la política exterior de EE.UU., el analista de la CIA Paul Pillar estudia doce crisis de la política exterior de EE.UU. que tuvieron lugar durante la posguerra, y concluye que, en todos y cada uno de los casos, las aportaciones de las agencias de inteligencia no dieron como resultado una política más afinada, sino que supusieron una inteligencia más politizada. Lógicamente, muchos senadores estadounidenses que votaron a favor de la guerra de Irak se han excusado a sí mismos (y entre ellos) echando la culpa a la “mala inteligencia” que recibieron, pero con eso no es suficiente. Si hubieran leído la Apreciación Nacional de Inteligencia, a disposición de los senadores en aquella época, se habrían dado cuenta de que los vínculos operativos entre Saddam Hussein y Al Qaeda eran inexistentes. Hubo uno que se molestó en hacerlo, Bob Graham (senador por Florida), y acabó cambiando su opinión y votando en contra de la invasión. 

 En esta culta sociedad de clase media que finge aspirar a una igualdad formal y a unos derechos ciudadanos, a menudo la verdad se elude, ignora o instrumentaliza

En muchas ocasiones, la verdad es totalmente impotente. A comienzos de 2003, cerca de un 70% de personas de EE.UU. creía que Saddam Hussein había ayudado a cometer el atentado del 11-S, y que la inminente invasión de Irak estaba justificada, cuando menos, como venganza. Sin embargo, el informe que realizaron los servicios de inteligencia británicos sobre las armas de destrucción masiva que ocultaba Irak, y que Colin Powell acababa de presentar ante Naciones Unidas, demostró ser (se descubrió antes de que Powell abandonara el edificio) un cutre ejercicio de corta y pega realizado a partir de otros documentos que se podían encontrar fácilmente en internet. 

MacGuffins fallidos

En las películas de suspense o espionaje, la información (sobre todo si se trata de un secreto) está revestida de una magia simbólica y narrativa, que vendría a ser el material con que se fabrican los MacGuffins. Pensemos por ejemplo en el fax mágico que envía el virtuoso agente de la CIA de Joan Allen al final de El ultimátum de Bourne; o, si se prefiere algo más ambivalente, el final abierto de Los tres días del cóndor, cuando se ve a Robert Redford enviar pruebas al New York Timesdel caos homicida de las agencias de inteligencia de EE.UU. En estos casos, la trama no es más que la revelación de otra trama, un oscuro entramado o una conspiración. 

En la historia de verdad, los secretos filtrados son a menudo MacGuffins fallidos. En 1958, el sensacional relato que hizo Henri Alleg sobre los actos de tortura que cometían las fuerzas de seguridad francesas en Argelia no sirvió de nada para frenar la opresora contrainsurgencia de la madre patria. También en 1979, los miles de archivos de la CIA publicados por los revolucionarios iraníes que tomaron las oficinas de la agencia en Teherán no sirvieron de nada para disuadir a los responsables políticos estadounidenses de seguir practicando un imperialismo de intervención en Oriente Próximo. 

Los secretos están habitualmente sobrevalorados, en detrimento del conocimiento público. Es un consuelo creer que la revelación gloriosa de algún tipo de secreto de estado nos librará de la injusticia, o al menos de este letargo despolitizado. Sin duda, es una idea muy halagadora para los intelectuales, porque los sitúa a ellos en el centro de la historia como proveedores del fuego y portadores de verdades catalizadoras y hasta volátiles, aunque también sirva para salvar el honor “del pueblo”, porque los intelectuales creen que las personas acudirían en masa del lado de la justicia si solo supieran los secretos adecuados. 

Esta actitud secretista puede dar como resultado una fe entusiasta, aunque errónea, en la transparencia, y ese protagonismo puede convertirse en una distracción. Pensemos en cómo la crítica dominante contra los ataques con drones de Washington se centra en la “falta de transparencia” que rodea a su planificación y ejecución. De acuerdo, Washington debería ser más comunicativo con respecto a su comportamiento general en un número creciente de campañas de contrainsurgencia. Pero, ¿tenemos motivos para pensar que una mayor transparencia cambiaría la política estadounidense de ataques con drones, teniendo en cuenta lo populares que son entre los votantes republicanos, independientes e incluso demócratas? ¿No tenemos ya la suficiente información como para tomar una decisión sobre la imprudencia moral y estratégica que representan los ataques con drones? En la práctica, esta obsesión con la transparencia sirve para postergar decisiones que deberían tomarse ya, al desviar hacia cuestiones relativas al procedimiento de divulgación las conversaciones importantes (sobre violencia, intereses materiales, moralidad y objetivos estratégicos) que nos resultan más difíciles. 

Esta actitud secretista puede dar como resultado una fe entusiasta, aunque errónea, en la transparencia, y ese protagonismo puede convertirse en una distracción

Frente a esta cruda realidad, la fe en el poder salvador de las filtraciones públicas halaga la vanidad de aquellos que conciben la verdad como una cámara de los secretos. De acuerdo con la tradición filosófica occidental, se suponía que el hombre sabio (casi siempre era un hombre) había obtenido un acceso privilegiado a alétheia, una de las palabras que se usaba en griego clásico para decir verdad, y cuya etimología indica algo manifiesto, algo sacado literalmente del Leteo, del olvido. Alétheia es una cuestión económica: tiene que existir un valor de escasez vinculado a la información que solo conocen unos pocos, incluso si el número de esos “pocos” que disponen de la acreditación de seguridad para acceder a la información confidencial en Estados Unidos asciende a la increíble cantidad de 1,4 millones de personas. Alétheia también es una cuestión de erótica: retirar lentamente el velo a los secretos que se hacen de rogar.

Para ser justos, no todos los intelectuales han adoptado ese hábito mental, al menos no desde que Diógenes caminaba por las calles con una lámpara encendida durante el día.

Y los intelectuales no son los únicos que se obsesionan de forma morbosa con el conocimiento de lo secreto. Hannah Arendt diseccionó en Los orígenes del totalitarismo el hambre humana por las excentricidades del estilo de lo que publica la página Infowars:

“Como los primitivos líderes del populacho, los portavoces de los movimientos totalitarios poseyeron un firme instinto para todo lo que la propaganda partidista ordinaria o la opinión pública no prestaba atención o no se atrevía a tocar. Todo lo oculto, todo lo que fluía en silencio, se convirtió en tema del más relevante significado, al margen de su propia importancia intrínseca. El populacho creía realmente que la verdad era todo lo que una sociedad respetable hipócritamente había pasado por alto u ocultado con la corrupción. […] Las masas modernas [...] no creen en nada visible, en la realidad de su propia experiencia. […] Lo que convence a las masas no son los hechos, ni siquiera los hechos inventados, sino sólo la consistencia del sistema del que son presumiblemente parte”.(1)

No es solo el populacho de Arendt: los autoritarios también son fetichistas en relación con el poder de los secretos de estado y la insaciable pasión que producen puede ser más dañina para su soberanía que cualquier tipo de filtración. El ilustre informador Daniel Ellsberg hirió de gravedad a Nixon, pero no por el contenido de los Papeles del Pentágono (que se circunscribían a las irregularidades en Vietnam de los gobiernos de Kennedy y Johnson), sino más bien por sugerir la idea de que el presidente y sus matones estaban cometiendo excesos delictivos. Las torpes ilegalidades de Nixon, como robar la oficina del psiquiatra del informador, conspirar para drogarlo y que perdiera credibilidad en público u ordenar al FBI que intentara sobornar al juez del juicio contra Ellsberg, no podían ser ignoradas y el resultado fue que el juicio se declaró nulo. Pero si no hubiera sido por la criminalidad del equipo de Nixon, Ellsberg seguramente habría sido condenado como consecuencia de sus filtraciones por delitos tipificados en la Ley de Espionaje de 1917, de la misma manera que se condenó a Chelsea Manning cuarenta años después. 

El actual presidente se vuelve loco a diario con las filtraciones que alteran su influencia sobre el ciclo político informativo. “James Comey filtró INFORMACIÓN CONFIDENCIAL a los medios. ¡Qué ilegalidad tan grande!”, tuiteó.  La constante lluvia de pequeñas filtraciones desde dentro de la Casa Blanca, o desde su entorno: ¿agentes del FBI, miembros del gobierno, Jared?, le está provocando muchos dolores de cabeza. Que sigan ocurriendo, que un valiente filtre la declaración de la renta de Trump o el informe íntegro de las torturas de la CIA. Aunque la verdad sea normalmente un gas inerte, en ocasiones puede acabar saltando por los aires y hacer descarrilar alguna política lesiva. Mientras tanto, no nos engañemos: harán falta más que algunas revelaciones para que llegue nuestra salvación. 

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 (1) Traducción de Guillermo Solana. Grupo Santillana de Ediciones. Madrid, 1974

Chase Madar es abogado de derechos civiles en Nueva York y autor de un libro sobre Chelsea Manning (The Passion of Bradley Manning: The Story behind the Wikileaks Whistleblower) @ChMadar

Traducción de Álvaro San José.

Este artículo se publicó en The Baffler. CTXT lo publica en español gracias a un acuerdo de intercambio de contenidos con la revista 

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Autor >

Chase Madar (The Baffler)

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1 comentario(s)

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  1. Mentalmente

    Creo que necesita escribir un libro grande para convencer a la gente de que la verdad no importa. Quizás a partir de la página 600 de argumentos en contra de saber la verdad, termine siendo evidente que no importa. Estaría claro. "Si he perdido el tiempo leyendo este libro en contra de la verdad hasta la página 600 está claro que no me importa. "Sino, estaría haciendo otra cosa. Para todo el que lo lea claro. Yo me he leído su escrito aquí y me ha sabido a muy poco. Tan a poco que me ha hecho reconsiderar la importancia de saber la verdad. Cuando algo sabe a tan poco provoca el efecto contrario, es un estimulante de aquello que pretende combatir. En este caso, nada más ni nada menos que la verdad. Es una cruzada muy difícil ganarle a la verdad. Y usted solo pretende ganar. No se preocupe, en realidad creo que ya ha ganado, la sociedad siempre ha estado lejos de interesarse por la verdad, sobretodo por su utilidad pragmática para llevarse el pan a la boca. En cierto modo, creo que usted trata de re-convencer a la gente de seguir no interesandose por los asuntos públicos, por si acaso les da por interesarse, sobretodo con esto de las telecomunicaciones, podría pasar. Aún así lo veo difícil. Creo que es mejor enfocarse en el bien pragmático de la transparencia, la transparencia bien entendida es aquella que permite a la gente ver lo que hacen sus representantes, y puesto que estos saben que los pueden estar mirando, les hace respetar a esos ciudadanos con sus actos. Aunque a lo mejor no hay nadie mirando. Basta la sensación para provocar el efecto, es como la libertad. Muy en boga últimamente. La libertad es saber que tienes la posibilidad de hacer algo, pero no significa que lo vayas a hacer, sin embargo la sensación es suficiente. Creo que a pesar de todo, necesitamos transparencia, hay mucha opacidad entre lo que hacen los representantes al respecto de los ciudadanos a los que se supone que representan. La transparencia y saber la verdad no solo es una cuestión de principios sino también pragmática. Aunque saber la verdad puede llevar circunstancialmente a resultados equivocados, en términos generales implica resultados más correctos. Pensando a medio y largo plazo, todos los principios son pragmáticos. Tienen resultados visibles.

    Hace 3 años 11 meses

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