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Insurrección en el ‘Denver Post’

Los periodistas del diario norteamericano se rebelan contra la política empresarial de su propietario, el fondo buitre Alden Global Capital

Álvaro Guzmán Bastida Nueva York , 24/04/2018

<p>Los 142 redactores de The Denver Post posan en mayo de 2013, después de recibir un premio Pulitzer. La ilustración muestra los periodistas que todavía permanecen en el diario en abril de 2018.</p>

Los 142 redactores de The Denver Post posan en mayo de 2013, después de recibir un premio Pulitzer. La ilustración muestra los periodistas que todavía permanecen en el diario en abril de 2018.

RJ Sangosti/Katie Wood (The Denver Post)

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El pasado 6 de abril, los habitantes de Denver se desayunaron con una imagen insólita. Las páginas de opinión del único periódico de la ciudad, el prestigioso Denver Post, estaban dedicadas por completo a criticar a un fondo de inversión: el propietario del propio Denver Post, a quien acusaban de estar desmantelando el diario por un puñado de dólares. Uno de los artífices de la insurrección, el exredactor del Post Ricardo Baca, atiende la llamada de CTXT para relatar cómo se gestó la oleada de artículos de protesta, que terminó en la portada de The New York Times del domingo siguiente. Baca resalta el historial de organización sindical dentro del medio y reflexiona sobre los conflictos entre el periodismo de servicio público y la búsqueda del máximo beneficio.

En su artículo, describía una escena vivida en las escaleras de acceso al Denver Post, en 2016, que usted tildaba de extraordinaria, en la que los trabajadores del periódico salían a la calle a protestar. ¿Qué pasó? ¿Y qué tuvo de extraordinario?

En 2016, algunos de nuestros colegas del sindicato –toda la plantilla estaba sindicada– organizaron una protesta contra los propietarios del periódico en la escalinata de la misma redacción. Es importante resaltar que esa protesta no se hubiera producido sin estar el sindicato de por medio. Los periodistas, individualmente, están siempre agobiados y tienden a mantener la cabeza gacha. Lo que hizo aquello peculiar o interesante es precisamente que los periodistas no lo hacen nunca. No es que no protesten contra los dueños de sus medios, sino que directamente, no protestan contra nada. Va contra los códigos deontológicos y demás documentos que les hacen firmar, especialmente en los periódicos serios. No se nos permite poner pegatinas en el coche o colgar carteles delante de casa que desvelen nada sobre las tendencias políticas de cada uno. Se entiende como un potencial conflicto de intereses para un reportero que tiene que informar de manera imparcial. De modo que una protesta así es algo que apenas se ve en el periodismo. Y eso habla de lo dura que era la situación que vivíamos en 2016.

Antes de pasar a hablar de la última fase del conflicto, y de los artículos que escribieron usted y sus antiguos colegas el 6 de abril, ¿qué les hizo llegar a esa situación en 2016, y a saltarse sus propios códigos deontológicos, y lo que la sociedad estadounidense supuestamente espera de ustedes como periodistas imparciales?

Para entonces, ya habíamos visto mucho. Muchos colegas despedidos, grandes recortes en el presupuesto de la redacción. Y todo eso minaba la capacidad del periódico para cubrir la información de la comunidad, de modo que nos quedaban muy pocas opciones. Era, o quedarnos parados viendo cómo todo esto pasaba porque así lo exigía nuestro código ético; o, por el contrario, pasar a la acción e intentar llamar la atención de la profesión y fuera de ella, sobre lo que ocurre cuando un periódico sufre un ataque, cómo lo sufre también la comunidad a la que se debe ese periódico. Y creo que habíamos llegado a un punto de no retorno. Después de ver tanto, de sufrir tantas pérdidas, sabíamos que teníamos que hacer algo. Y algo importante y poco convencional.

El proceso de precarización que describe coincidió con el que viven muchos compañeros periodistas en todo el mundo, pero en el caso del Denver Post lo hizo también con la llegada del fondo de inversión Alden Global Capital como propietario. ¿Cree que una cosa llevó a la otra? El Post era un periódico ganador del Pulitzer, muy arraigado en la comunidad y respetado a nivel nacional. ¿Hasta qué punto se debe su declive a la entrada de Alden en la propiedad?

Es cierto que había habido salidas y despidos antes de que Alden comprase el Post en 2010. Y los medios, en especial los escritos, estaban empezando a sufrir en el panorama digital y de distribución de noticias por internet. Así que el entorno cambiante nos afectó, pero no cabe duda de que desde que entró Alden en la propiedad en el año 2000 todo cambió radicalmente. Se empezó a despedir a la gente con mucha más agresividad. Si antes teníamos un mal trimestre, o un mal año, se hacían cambios en el presupuesto o se reorganizaba la plantilla. Pero desde que tomó las riendas Alden, los recortes de redactores empezaron a ser arbitrarios e indiscriminados, sin relación aparente con los resultados o el rendimiento del periódico.   

Y el Post era, y sigue siendo, una empresa que genera beneficios. ¿No es así?

Sí. De hecho, cuando yo todavía estaba en el periódico, no sólo es que tuviéramos amplios beneficios netos todos los años, sino que además la plantilla recibió una carta de Steve Rossi,  entonces director ejecutivo de Digital First Media, el grupo empresarial que controla el Post y los otros cien periódicos de los que Alden Global Capital es propietario, y Rossi nos dijo que estábamos ganando a nuestros competidores y haciéndolo muy bien. Fue un email destinado a subirnos la moral, y así lo hizo, peor el tortazo fue enorme cuando, unos pocos meses después, llegó una nueva ronda de despidos. Entonces entendimos que, si somos rentables y aún así nos despiden, aquí hay gato encerrado. Y es que son solo un fondo de inversión de capitalistas buitres que busca beneficios baratos entrando en una organización con problemas financieros que compraron a través de un proceso de subasta de activos.

Al empezar esta conversación describía usted un conflicto entre el código ético y las expectativas sociales que rigen a los periodistas y lo que terminaron haciendo con su protesta en las calles y ahora con esta nueva fase de acción colectiva. ¿Existe otro conflicto, este entre el dictado del capital y un dueño de un fondo de inversiones y la idea del periodismo como servicio público?

Sin duda. Y diría que esto va más allá de los fondos de inversión y cómo operan y tiene más que ver con el funcionamiento de los capitalistas buitres. Y añadiría que los capitalistas buitres no deberían ser dueños de periódicos.

Hablemos, ahora sí, de la última acción, que es la que mayor repercusión ha tenido: la de apuntar desde dentro del periódico nada menos que a su propietario. ¿Cómo surgió la idea? ¿Cómo la planificaron y por qué decidieron ejecutarla, de esta manera, y en este momento?

Todo esto surgió porque yo ya llevaba un tiempo mandándome emails con el director de la sección de opinión, Chuck Plunkett, especialmente a raíz de la última oleada de despidos, la más salvaje hasta ahora. De esto hace un par de semana. Le escribí y le dije: “Tenemos que hacer algo”. Y me contestó: “Sí, pero, ¿qué vamos a hacer?”. Yo le dije: “¿Sabes qué? Yo ya no tengo nada que perder. Ya no trabajo para Digital First Media así que, ¿por qué no me dejas que escriba un artículo? Te paso los primeros tres párrafos a ver qué te parece”. Y los escribí, volviendo al momento en el que nos manifestamos en las escaleras de acceso a la redacción hace dos años y diciendo: “No tendríamos que haber llegado al punto de hacer aquello, y tampoco tendríamos por qué estar haciendo esto, así que espero que la gente entienda lo desesperado de la situación, de cómo este ‘hedge fund’ está asesinando al Denver Post y otras decenas de periódicos que cubren a comunidades de todo el país”. Chuck me dijo que lo pensaría, y a los tres días, me escribió para decirme. “Llámame. Tengo una idea”. Cuando le llamé me dijo: “Estoy pensando en dedicarle la sección entera a la importancia del periodismo local”. Y yo le dije: “¿En qué puedo ayudarte?”. Me dijo: “Quiero que escribas el artículo que me propusiste la semana pasada”. Creo que esto responde a un no querer conformarse con la situación que se presenta a los periodistas de que no pueden hacer nada para cambiar su situación. Cuando empecé a trabajar en el Denver Post hace 16 años, había unos 300 empleados en plantilla. Ahora quedan sesenta. En este último recorte se han quitado de en medio a otros treinta. Es horrible. Ya habían echado a 30 personas, pero no es lo mismo hacerlo cuando tienes 150 empleados que cuando sólo te quedan 90. Y esa es la tragedia: el mayor recorte porcentual de plantilla en la historia del Denver Post y este fondo de inversión actúa como si no ocurriera nada. A todo esto, les está demandando en Delaware otro fondo que es copropietario del Digital First Media, acusándoles de malgastar los fondos que obtienen de los beneficios que reportan los periódicos en otras inversiones más arriesgadas. Así que en esas estamos. Y es la gravedad de la situación lo que nos ha llevado a hacer algo tan antinatural para los periodistas, tan incómodo. Pero es que preferimos romper nuestro código deontológico antes que quedarnos sentados y observar cómo una ciudad como Denver se queda sin su único periódico diario. Eso sería un desastre.

Esto sucede en un tiempo en el que el periodismo está siendo atacado como profesión, tanto por el poder establecido como económicamente. Pero llega también en un momento en el que existe una gran desconfianza entre la opinión pública hacia los periodistas. Muchos de los que viven situaciones de precariedad similares ven a los periodistas no tanto como aliados, sino como parte del problema. El día que dieron el paso de salir de la redacción a la calle para protestar, o ahora que sus compañeros avanzan en esa protesta desde las propias páginas del periódico, ¿sintieron que se quitaban un peso de encima, o que se conectaban con un tejido social del que les separaban demasiadas convenciones y servidumbres?

Tengo que confesar que yo, que tengo cuarenta y un años, me quité un peso de encima cuando abandoné el periodismo diario para dedicarme al marketing en diciembre de 2016. Sin duda me sentí liberado. El motivo es simple: durante toda mi vida adulta, no había podido expresar una opinión política. Es parte de lo que uno asume cuando decide dedicarse al periodismo, y nadie me obligó a hacerlo. Pero cuando mi realidad dejó de ser esa, me sentí encantado de poder flexionar ese músculo, expresarme, y fue algo tremendamente liberador. Pero entiendo lo que dices, y hay un enorme grado de desconfianza pública hacia los periodistas, en especial en 2018.  Pero, como contaba en mi artículo, creo que esta es una circunstancia extraordinaria, algo que se da una vez y nada más. Aquí hablo por mí mismo, y no por mis excompañeros ni por Chuck, pero esto es algo incómodo que debíamos hacer para presionar a Alden a que venda el Post. Llegados a este punto, creo que toca volver a la situación anterior, volver a hacer nuestro trabajo como antes. Y es bueno entender que se trata de una acción importante, pero de alcance limitado, que no desembocará en un montaje periodístico injusto, en el que el Denver Post dedique todos sus recursos de investigación hacia Alden Global Capital. Eso no va a suceder. Son las páginas de opinión un día, apostando por un asunto. Eso es todo. Y es precisamente lo que deben hacer las páginas de opinión. Y no tiene nada que ver con el resto de la redacción, porque en el Denver Post, como en toda organización periodística seria, la sección de opinión está completamente separada de la de noticias.

De nuevo, hablando del conflicto que describe entre la función social del periodismo y la lógica del capitalismo buitre, me imagino a los propietarios del Post diciendo que lo que hacen tiene todo el sentido financiero del mundo. Redirigen los ingresos de esta empresa a otra que creen que será más rentable. ¿Qué problema hay en que hagan eso?

Pero es que estos periódicos ganan dinero. Reportan beneficios, y no hay motivo para desmantelarlos así. Los están dejando en los huesos. Y eso no tiene sentido, esa mentalidad. Por eso protestamos.

Me refería, también, a las consecuencias sociales de esta estrategia financiera, quizá razonable como tal. ¿Qué sucede cuando se le hace eso a la prensa, a la luz de que hay otras oportunidades de negocio más rentables? ¿Qué precio paga la sociedad?

Un precio altísimo. Algunos de los artículos de mis antiguos colegas hablaban precisamente de esto, de lo que pierde una comunidad al desaparecer su único periódico. Y Denver no ha perdido el suyo aún, pero está muy cerca de hacerlo. Los únicos que se benefician del desmantelamiento del Post son los empresarios avariciosos y los políticos corruptos. Nadie más gana con esto. Al margen de las ideas políticas de cada uno, de si nos gusta o no el periódico, todos los demás salimos perdiendo en esta ecuación.

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Autor >

Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

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