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Tribuna

Polanski, el hombre y el artista

La excepción cultural no puede justificar una excepción sexual al derecho común

Éric Fassin 3/03/2020

<p>Roman Polanski, en una entrevista de la BBC en 2000.</p>

Roman Polanski, en una entrevista de la BBC en 2000.

BBC

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“¡Hay que separar al hombre del artista!”. En un diccionario de las ideas que ha recibido nuestra época, sería necesario precisar: “Este mandato solo aplica al género masculino”. De hecho, el hombre no alude aquí al ser humano en general, sino que la fórmula se reserva en la actualidad únicamente a los acosadores y a los violadores. Definitivamente se trata solo del “sexo fuerte” o, lo que es lo mismo, la dominación masculina. Por el contrario, nadie tiene previsto separar a la mujer de la artista. Ni los depredadores sexuales, que se esfuerzan siempre en reducir a las mujeres a su sexo, ni, en el otro extremo, las feministas, para quienes el género neutro solo sirve para ocultar el sexismo. Y en efecto, a pesar de las declaraciones de universalismo, obviamente, nadie olvida que una mujer es una mujer. Si no, ¿cómo se explica, a pesar de los bonitos discursos, la gran desigualdad que persiste entre ambos sexos en el mundo de la cultura, tanto en lo referente a las estructuras de poder, como a los palmarés o los museos, si no se invoca la inferioridad natural de las mujeres? Si creemos en la desencarnación, más vale ser un hombre.

Es verdad que este lugar común se justifica con referencias legítimas. En su libro Contra Sainte-Beuve, Marcel Proust llamaba en efecto a romper con la ilusión que reduce la obra a una simple biografía: “El hombre que compone versos y que habla en un salón no es la misma persona”. Así es. No obstante, es necesario precisar que el narrador de En busca del tiempo perdido, Marcel, aunque no se confunde con el autor, no le es totalmente extraño. La articulación entre los dos se encuentra incluso en el alma de la estética proustiana. También se nos explica que sería absurdo, para leer Emilio, recordar que el autor de ese tratado sobre educación había entregado sus hijos a la asistencia social. ¿Es necesario por tanto separar completamente a Jean-Jacques de Rousseau? Pero el propio autor señalará su propia contradicción, en su libro autobiográfico, justamente titulado Confesiones: “Al meditar sobre mi Tratado de la educación, vi que había descuidado deberes de que nada podía dispensarme, y mis remordimientos fueron al fin tan vivos que casi me arrancaron la confesión pública de mi falta; al principio del Emilio”.

El premio César es una manera de afirmar que el feminismo no tiene nada que ver con la cultura, aun a riesgo de sugerir que la cultura no tiene nada que ver con el feminismo, puesto que el artista no tendría nada que ver con el hombre

Lo mismo sucede con el cine. Woody Allen no solo es un realizador, también es un actor en sus propias películas. Representa un mismo personaje que nos encontramos una y otra vez, y cuyo encanto, mezcla de torpeza y bufonería, contribuye al de las obras. ¿Cómo es posible entonces sorprenderse de que las acusaciones de agresión sexual vertidas por su hija adoptiva, Dylan Farrow, proyecten una sombra, no solo sobre el hombre, sino también sobre las películas? De repente, nos parecían menos inteligentes, se volvió difícil disfrutarlas con la misma ligereza. Y no es casualidad que Ronan Farrow, su hijo biológico, sea el origen de las revelaciones sobre Harvey Weinstein: con el #MeToo ha quedado ahora claro, ya no es tan fácil separar completamente al hombre del artista, y tampoco la denominada vida privada de la vida profesional: la una pesa sobre la otra.

Roman Polanski, acusado de violación en 1977 por una menor de 13 años que fue drogada sin su conocimiento antes de ser sodomizada, se declaró culpable antes de huir de la justicia californiana, que sigue persiguiéndole hasta el día de hoy. Después, se han multiplicado las acusaciones de violación, hasta la más reciente el pasado noviembre. Sin lugar a dudas, al contrario que Allen o Weinstein, ni su propia familia ni su entorno de trabajo le han acusado. Pero el hombre no puede disociarse del artista: si no, ¿por qué titular su autobiografía, Roman por Polanski? Basta con pensar en su película El pianista, sobre el gueto de Varsovia. Es cierto que El oficial y el espía, que está consagrada al caso Dreyfus, se encuentra muy lejos de esos crímenes sexuales. No obstante, fue el mismo Polanski quien decidió, durante la primera presentación ante la prensa, establecer el paralelo. Pascal Bruckner le preguntó: “Como judío acechado durante la guerra, así como cineasta perseguido por los estalinistas de Polonia, ¿cómo sobrevive usted al macartismo neofeminista actual?”, y Polanski se presentó como víctima… de las víctimas. “En toda esta historia [el caso Dreyfuss] he reconocido momentos que en ocasiones había vivido yo mismo”. ¿Cómo es posible, en esas condiciones, separar al hombre del artista?

En Francia, con el caso Gabriel Matzneff [el escritor acusado de violación a una menor], acabamos de descubrir que entre ayer y hoy media todo un abismo: ¿cómo se ha podido soportar lo insoportable durante tanto tiempo? No se trata, como sucede con la Iglesia católica, de que la pedocriminalidad del escritor estuviera oculta, al contrario, estaba a la vista de todos. Admiraban a este “profesor de educación sexual”, según las palabras que le dedicó Bernard Pivot en 1990, con total conocimiento de causa. Es un poco como apreciar a Céline no a pesar de, sino debido a, su antisemitismo. En ese contexto, el premio que acaba de recibir Roman Polanski, ¿sería un regreso a 2009? Frédéric Mitterrand, ministro de Cultura, declaró entonces: “Si el mundo de la cultura no apoyara a Roman Polanski, eso equivaldría a decir que ya no hay más cultura en nuestro país”. ¿O sería la revancha de los César, tras el episodio de 2017, cuando el cineasta tuvo que renunciar a presidir la ceremonia?

El voto de la profesión niega todo cambio, como si no hubiera pasado nada; no solo en Estados Unidos, hasta la sentencia a Harvey Weinstein, sino también en Francia, después de las declaraciones que hizo en noviembre Adèle Haenel acusando a un cineasta de haber abusado de ella cuando era una joven adolescente (“Querían separar al hombre del artista, pero hoy separan a los artistas del mundo”). Mientras abandonaba la sala donde se celebraba la gala de los César después de que se anunciara el premio, la actriz resaltó la violencia simbólica que se había ejercido sobre todas las víctimas de violencia. De igual modo, el premio es una manera de afirmar que el feminismo no tiene nada que ver con la cultura, aun a riesgo de sugerir que la cultura no tiene nada que ver con el feminismo, puesto que el artista no tendría nada que ver con el hombre. Ahora bien, “es el mismo cuerpo el que viola y el que dirige”. La Academia acaba de validar el eslogan de un collage feminista: Polanski ha ganado el César no a mejor película, sino a mejor director (o, eufemísticamente hablando, a la mejor dirección). O dicho de otra forma, no es la obra la que triunfa, sino el hombre. “Ah! No por ser devoto soy menos hombre”, protestaba Tartufo. Hoy en día, se puede proclamar sin hipocresía: “Al hacerse artista, ¿dejamos de ser hombre?”. Porque la excepción cultural no puede justificar una excepción sexual al derecho común. 

 ________

Paso a reproducir la entrevista que me realizó Clarisse Fabre para Le Monde, publicada el 24 de enero de 2017, cuando Roman Polanski tuvo que renunciar a presidir la ceremonia de los César, como consecuencia de la presión feminista.

“La idea de que los artistas no tendrían por qué someterse a la ley sexual común es caduca”

El sociólogo Eric Fassin descifra “el fin de la excepción sexual” en Francia, a raíz de que Roman Polanski haya tenido que renunciar a presidir la ceremonia de los César.

Hace 20 años, Roman Polanski podía presidir el jurado de un festival sin que nadie se inmutara. Sin embargo, hoy acaba de renunciar a presidir la ceremonia de los César, a raíz de las protestas de las asociaciones feministas, porque Polanski fue acusado de violar a una menor de 13 años en 1977. ¿Cómo explica el cambio de percepción de la sociedad francesa? 

Como Polanski ha anunciado él mismo la decisión, la Academia de los César podrá reivindicar que no ha cedido ante la presión. Sin embargo, eso significaría no querer ver lo que ha cambiado en Francia. 

Para poder entenderlo, hace falta remontarse al caso DSK [Dominique Strauss-Kahn]. En mayo de 2011, una camarera del hotel Sofitel de Nueva York acusó al presidente del FMI y potencial candidato a las elecciones presidenciales de 2012 de agresión sexual e intento de violación. Ya lo escribí en su momento, la oposición entre la América de lo “sexualmente correcto”, que supuestamente confunde vida pública y vida privada, y la Francia “republicana”, que se empeña en separarlas, había sucedido realmente. Este caso marcaba “el fin de la excepción sexual”. 

Ahora bien, esta excepción sexual hacía referencia también, en mi opinión, a una excepción cultural. En 2009, cuando se interpeló a Roman Polanski en Zúrich, por una orden de detención estadounidense en su contra, el director recibió el apoyo de Frédéric Mitterrand, que por entonces era ministro de Cultura, en nombre de Francia y también de una cierta excepción cultural. 

En la Francia de los años 70, las relaciones sexuales con menores no eran necesariamente tabú, al menos si la relación era consentida…

Es verdad que nuestra percepción de la pedofilia ha cambiado radicalmente, pero incluso en los años 70 Polanski ya era un fugitivo. Por lo tanto, resulta difícil invocar la libertad sexual de la época para justificar la violación de una menor que no dio su consentimiento y que fue drogada sin su conocimiento. Hoy lo que queda es otro argumento: la libertad del arte. Pero la idea de que los artistas no tendrían que estar sometidos al derecho sexual común, de que el sexo no es político y de que Francia es un mundo aparte, pertenece a una época ya caduca. 

Mientras que la ministra de los Derechos de las Mujeres, Laurence Rossignol, ha calificado como “sorprendente” la decisión de confiar la presidencia de los César a Polanski, la ministra de Cultura ha salido a defenderlo… 

Tanto para Audrey Azoulay como para la antigua ministra de Cultura, Aurélie Filippetti, eso pertenecería al pasado, como si existiera la prescripción en estos casos. Eso es lo mismo que decir que la violación importa, excepto en el mundo del arte, más que las cosas triviales. Aurélie Filippetti habló incluso del “total derecho” de la Academia para elegir a Polanski. Es verdad, la elección es libre, pero ¿por qué elegir precisamente a ese símbolo? Decir que de un lado está el mundo libre de la cultura, y del otro las feministas que protestan, equivale a sugerir que la cultura no es feminista y que el feminismo no tiene cabida en la cultura.

Ese tipo de reacción lleva hasta el absurdo la lógica de que el arte escapa a la política, porque sería puramente simbólico. Considerar que el arte está separado del mundo, ¡es como cortar la rama sobre la que reposa! Si el arte nos habla de la vida es porque su intención es dar cuenta del mundo y, por lo tanto, debe rendir cuentas ante él. 

La batalla se ha desatado en las redes sociales, como si cada uno poseyera una verdad, cada uno en su propia burbuja…

Yo describiría las cosas de otra manera. El espacio público no es en absoluto democrático, está atravesado por la dominación, es decir, excluye. Twitter, Facebook, etc., forman un contraespacio público en el que la protesta termina por escucharse en el espacio público dominante. Los excluidos dicen: yo también tengo mi lugar en el escenario mediático, no me releguéis al rol de público pasivo, formo parte de los actores. Lo pudimos comprobar cuando se destapó el caso Exhibit B, derivado del nombre del espectáculo de Brett Bailey, durante el otoño de 2014: artistas y asociaciones se indignaron al descubrir la instalación del artista sudafricano blanco en la cual los cómicos negros parecían reinterpretar los “zoos humanos” del pasado. Estos activistas denunciaron el monopolio de la palabra blanca sobre cuestiones poscoloniales. Pertenecían al mundo de la cultura, pero este no les veía más que como “negros”. El espacio público no es capaz de ver su propia dominación… 

Este nuevo caso Polanski se inscribe también dentro de otro contexto, en el que las mujeres pueden sentir que se socavan sus derechos, ya sea por el aborto, por los comentarios sexistas de Trump en Estados Unidos, por la legislación en Rusia que despenaliza la violencia conyugal, etc. 

El día siguiente de la marcha de las mujeres que se produjo el 21 de enero, el contexto es importante. Trump ha salido elegido gracias al voto de hombres blancos, a pesar de (algunos dicen que a causa de) su sexismo. Si el mundo de la cultura, en Francia, insiste en decir que el feminismo no tiene un lugar en el mundo del arte, en los jurados o en los palmarés, e incluso cuando se trata de la violación a una menor, entonces, se corre el riesgo de “cuñadizarse”, e incluso de “trumpificarse”.

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Este artículo se publicó en el blog del autor en Mediapart.


“¡Hay que separar al hombre del artista!”. En un diccionario de las ideas que ha recibido nuestra época, sería necesario precisar: “Este mandato solo aplica al género masculino”. De hecho, el hombre no alude aquí al ser humano en general, sino que la fórmula se reserva en la actualidad únicamente a los acosadores...

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Autor >

Éric Fassin

Sociólogo y profesor en la Universidad de Paris-8. Ha publicado recientemente 'Populismo de izquierdas y neoliberalismo' (Herder, 2018)

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1 comentario(s)

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  1. Diego

    "Hay que separar al hombre del artista" Celine, Elia Kazan, Knut Hamsun , y tantos otros... ¿SE PUEDE?

    Hace 2 años 11 meses

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