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Belicismo

¿Estamos en guerra?

No es una guerra, es una catástrofe. Para esta batalla no se necesitan soldados sino ciudadanos; y esos aún están por hacer. La catástrofe es una oportunidad para ‘fabricarlos’

Santiago Alba Rico / Yayo Herrero 22/03/2020

<p>Héroes.</p>

Héroes.

J.R. Mora

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Se ha impuesto con inquietante espontaneidad la metáfora de la “guerra” como imagen y justificación de las radicales medidas tomadas contra el virus. Conte en Italia, Macron en Francia, Sánchez e Iglesias en España han declarado la “guerra” al virus o han hablado sin cesar de una “situación de guerra”. En nuestro país, al mismo tiempo que se desplegaba el Ejército en algunas ciudades, hemos visto al portavoz de Sanidad, Fernando Simón, escoltado en las ruedas de prensa por el JEMAD general Villarroya, cuyas intervenciones, por su parte, adoptan muchas veces el tono de una arenga de trinchera: habla de una “contienda bélica” y de una “guerra irregular” en la que todos “somos soldados”, invocando una “moral de combate” y reivindicando los “valores militares” para afrontar la amenaza colectiva.

Digámoslo con toda claridad: lo que estamos viviendo no es una guerra, es una catástrofe. En una catástrofe puede ser necesario movilizar todos los recursos disponibles para proteger a la sociedad civil, incluidos los equipos y la experiencia del Ejército, pero el hecho de que una catástrofe exija tomar medidas de excepción no autoriza sin peligro a emplear una metáfora que, como todas las metáforas, transforma la sensibilidad de los oyentes y moldea la recepción misma de los mensajes. Llamar a las cosas por otro nombre, si no estamos haciendo poesía, si estamos hablando además de cuidar, curar, repartir y proteger, puede resultar una pésima política sanitaria; una pésima política. Ahora que estamos afrontando la realidad –frente al mundo de ilimitada fantasía en que habíamos vivido en Europa las últimas décadas– no deberíamos deformarla con tropos extraídos del peor legado de nuestra tradición occidental. Como marco de apelación, interpretación y decisión, la metáfora de la guerra –salvo que la utilicen los médicos y los sanitarios abrumados por las muertes que no pueden evitar– nos debe suscitar una enorme preocupación.

Guerra, ¿contra quién? ¿Quién es el enemigo? En cuanto pronunciamos la palabra “guerra” comparece ante nuestros ojos un humano negativo que merece ser eliminado. Con esta metáfora de la guerra, en efecto, ocurre algo paradójico: se humaniza al virus, que adquiere de pronto personalidad y voluntad. Se le otorga agencia e intención y se deshumaniza y criminaliza a sus portadores, que en realidad son las víctimas1. El enemigo de este desafío sanitario, si se quiere, está potencialmente dentro de uno mismo, lo que excluye de entrada su transformación en objeto de persecución o agresión bélica.

El hecho de que una catástrofe exija tomar medidas de excepción, no autoriza sin peligro a emplear una metáfora que, como todas las metáforas, transforma la sensibilidad de los oyentes y moldea la recepción misma de los mensajes

Por eso, esta resbaladiza idea de “guerra” da razón sin querer a los que, llevados de un pánico medieval, acaban convirtiendo en enemigos a los portadores del virus, olvidándose de que ellos mismos –al menos potencialmente– también lo son. Sólo se puede hacer la guerra entre humanos y a otros humanos y, si hay que “guerrear” contra el virus, acabaremos haciendo la guerra contra los cuerpos que lo portan o, lo que es lo mismo, contra la propia humanidad que queremos bélicamente  proteger. En estado de “catástrofe” es sin duda muy necesario “reprimir” severamente, como se hace con los transgresores del código de circulación, a quienes violan el confinamiento poniéndose en peligro a sí mismos, a sus vecinos y al sistema sanitario en general, pero ni siquiera esos pueden ser los “enemigos” de una “contienda bélica”, salvo que queramos confundir, en efecto, el virus con sus potenciales portadores, y generar, además, una “guerra” civil entre los potenciales portadores.

¿Vale el discurso del enemigo para atajar el efecto de un virus? Los seres humanos somos vulnerables y frágiles. Nuestra historia  ha estado y está atravesada por la enfermedad y la exposición al hambre, los virus y el abandono. Hemos sobrevivido construyendo relaciones con la naturaleza y entre las personas para tratar de minimizar el riesgo y la inseguridad. El cuidado y la cautela, el apoyo mutuo, la cooperación, la sanidad y educación pública, las cajas de resistencia, el reparto de la riqueza han sido los inventos que han ido poniendo las sociedades en marcha –de forma marcadamente desigual e injusta en ocasiones– para asumir y bregar con el inconveniente de que la vida transcurra encarnada en cuerpos que son frágiles y vulnerables e incapaces de vivir en solitario.

Construir economías y políticas sobre la fantasía del ser humano, como un ser sin cuerpo y sin anclaje en la tierra que le sustenta es lo que genera una guerra contra la vida,  contra los ciclos, contra los límites, los vínculos y las relaciones

Un virus no es un enemigo consciente y malvado, es inherente a la propia vida. Lo terrible es construir sociedades ajenas e ignorantes de que los virus, la enfermedad, la mala cosecha o la tempestad existen. Construir economías y políticas sobre la fantasía del ser humano, como un ser sin cuerpo y sin anclaje en la tierra que le sustenta es lo que genera una guerra contra la vida,  contra los ciclos, contra los límites, los vínculos y las relaciones. En los momentos de bonanza se esconden e invisibilizan, restándoles valor y despreciando, precisamente las tareas, oficios y tiempos de cuidado que solo se hacen visibles en las catástrofes y en las guerras.

La guerra, violencia armada, es precisamente la negación del cuidado, masculinidad errada, justificación del sacrificio de vidas humanas en aras de una causa superior. Ahora bien, no debemos olvidar que aquí la “causa superior” es precisamente la salvación de todas y cada una de las vidas humanas en peligro. No se trata de dar virilmente la vida por la causa gritando viva la muerte, sino que la causa es el mantenimiento de la propia vida. No existirá una victoria final que dependerá de la disciplina y de la conversión en soldados, como señalaba en su comparecencia el General Villarroya. El sacrificio al que se apela, tanto en la catástrofe como en la retaguardia de cualquier guerra, no es más que la intensificación de la lógica del cuidado, de la precaución, del sostenimiento cotidiano e intencional de la vida en tiempos de catástrofe, que son los mismos esfuerzos que hay que hacer para sostenerla cotidianamente. 

En toda guerra, decía Simone Weil, la humanidad se divide entre los que tienen armas y los que no tienen armas, y estos últimos están siempre completamente desprotegidos, con independencia del bando o la bandera. En el estado de catástrofe actual, los españoles, todos potencialmente víctimas del virus, se dividen, en cambio, entre los que no pueden hacer confinamiento y los que sí pueden hacer confinamiento o, si se prefiere, entre los que se exponen más o se exponen menos al virus. Los que se exponen más al virus –el personal médico, los transportistas, las cajeras de supermercado, las limpiadoras y cuidadoras, etc.– ni tienen armas ni se pelean entre sí con el propósito de proteger a los “suyos”. Al contrario de lo que ocurre en las guerras, este “anti-ejército desarmado” –provisto solo de microscopios, termómetros, bayetas, manos y sentido del deber– ni se hace la guerra ni se la hace a los que están encerrados en sus casas, menos expuestos y completamente desarmados. Es, como dice Leila Nachawati, exactamente lo contrario: se exponen para protegernos a todos, a sabiendas de que de esa forma también se protegen a sí mismos y al orden civilizado del que dependen y que depende de ellos. Por eso debemos admirarlos y apoyarlos; y por eso es una irresponsabilidad inmoral y suicida incumplir la normativa sanitaria. Pero si hay una situación distante de la guerra –en su temperatura ética, anti-identitaria y “universal”– es precisamente la catástrofe que estamos viviendo. En todo caso, lo que opera en contra de la “causa superior” –la salvación de todas y cada una de las vidas humanas en peligro– son las medidas económicas tomadas en la última década y las políticas que ahora es necesario corregir a toda prisa para proteger a los socialmente vulnerables. En este sentido, y allí donde la responsabilidad individual y la institucional, donde lo común y lo público, se cruzan, nuestros políticos y nuestras élites económicas son más responsables –pues conjugan ambas condiciones– que los ciudadanos privados. 

No es una guerra, es una catástrofe. Es verdad que para dos generaciones de europeos (en otros sitios la verdadera guerra es su normalidad cotidiana) esta paliza de realidad es lo más parecido a un conflicto bélico que hemos vivido. Pero la crisis del coronavirus es en sustancia lo contrario de una guerra. Que sea “lo contrario” de la guerra también merece un análisis en profundidad. Lo real no se nos ha presentado como mala voluntad o identidad belicosa sino como contingencia impersonal adversa en un contexto capitalista que (aquí sí está justificada la metáfora) lleva años haciendo la guerra a la naturaleza, los cuerpos y las cosas. Es la “impersonalidad” no bélica de la catástrofe capitalista la que hay que revertir y transformar: por eso es tan importante esta convergencia trágica de responsabilidad individual e institucional que nos muestra ahora la importancia de los cuidados personales y colectivos. El fin del capitalismo puede estar acompañado de guerras pero no será una guerra: su anticipo y su metáfora, como colofón de su dinámica interna de ilimitación incivilizada, es este “virus” sin cara y replicante que aparecerá una y otra vez, y cada vez más, en forma de “catástrofe”. Para esta batalla no se necesitan soldados sino ciudadanos; y esos aún están por hacer. La catástrofe es una oportunidad para fabricarlos.

Es la “impersonalidad” no bélica de la catástrofe capitalista la que hay que revertir y transformar

No es una guerra, es una catástrofe. La imagen del ejército en la calle –y hasta la de un general en una rueda de prensa– puede estar justificada pero también inquieta, política y antropológicamente. Para que dejen de inquietar –y hasta nos alegremos de su presencia, si es que es realmente necesaria– sería indispensable que nuestros políticos (todos hombres, por cierto) dejen de inscribir su intervención en el marco de una “guerra”, de una “contienda bélica”, de una recuperación de los “valores militares”. Sólo los médicos pueden hablar de “guerra” y, en cuanto al espíritu de “sacrificio”, citado por el general Villarroya, quizás deberían ser las “madres”, y no los militares, las que nos diesen lecciones. Un amigo muy inteligente nos dice que necesitamos ejemplos movilizadores y épica salvífica. Es verdad. Pero esto no es una guerra, es una catástrofe. Bastante duro es afrontar una “catástrofe” como para que, además de temer al virus, acabemos temiendo a nuestras co-víctimas y a los que están intentando protegernos. Los ejemplos ya los tenemos y son tan banales como los de la maldad arendtiana a la que se oponen; y la épica también existe y es igualmente de andar por casa: la de ese hombre o mujer que, en el balcón de enfrente, a cuatro metros de distancia, descubre de pronto en su odioso vecino (al que hasta ayer estrechaba la mano con indiferencia o desagrado) una existencia afín y casi amiga a la que no puede abrazar. No deja de ser hermosamente paradigmático que sea en una situación de aislamiento social impuesta, cuando los besos y los abrazo se proscriben, cuando de repente conocemos los nombres de quienes viven en nuestro bloque, nos preocupamos de si tienen alimento o necesitan medicinas.

Esto no es una guerra, es una catástrofe. Al contrario que en una guerra, no hay ninguna causa superior que la salvación de todas y cada una de las vidas humanas. Venceremos sólo si no hay víctimas humanas. O son las menos posibles. 

Venceremos quizás esta vez. Pero habrá que prepararse para la siguiente y esta sacudida que reordena las prioridades puede ser un entrenamiento crucial.

Notas 

1. De esta humanización bélica del virus da un espeluznante y paradójico ejemplo este titular de EFE:
“El gobierno de Nicaragua desafía al coronavirus con una marcha multitudinaria”. Ortega, es decir,
desafía al coronavirus facilitando su reproducción.
 

Se ha impuesto con inquietante espontaneidad la metáfora de la “guerra” como imagen y justificación de las radicales medidas tomadas contra el virus. Conte en Italia, Macron en Francia, Sánchez e Iglesias en España han declarado la “guerra” al virus o han hablado sin cesar de una “situación de guerra”....

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Autor >

Santiago Alba Rico

Es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

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Autora >

Yayo Herrero

Es activista y ecofeminista. Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y diplomada en Educación Social.

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12 comentario(s)

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  1. Perico

    El discurso de la «guerra» en el actual contexto de crisis sanitaria mundial o pandemia, está calando en el imaginario colectivo. Los medios y en general todas aquellas personas que tienen visibilidad mediática respecto a esta enfermedad, empiezan a utilizarlo sin ningún rigor. Cuando por fin se vea algo de luz en dicha «guerra», será mucho más fácil justificar sus secuelas ante la población: la «postguerra», esto es, miles de muertes especialmente entre colectivos de los más vulnerables, paro, miseria, recortes de libertades, escasez y sobre todo, recortes económicos. Vaya, que aquí no da puntada sin hilo ni el Tato.

    Hace 1 año 8 meses

  2. Perico

    El discurso de la «guerra» en el actual contexto de crisis sanitaria mundial o pandemia, está calando en el imaginario colectivo. Los medios y en general todas aquellas personas que tienen visibilidad mediática respecto a esta enfermedad, empiezan a utilizarlo sin ningún rigor. Cuando por fin se vea algo de luz en dicha «guerra», será mucho más fácil justificar sus secuelas ante la población: la «postguerra», esto es, miles de muertes especialmente entre colectivos de los más vulnerables, paro, miseria, recortes de libertades, escasez y sobre todo, recortes económicos. Vaya, que aquí no da puntada sin hilo ni el Tato.

    Hace 1 año 8 meses

  3. cayetano

    El vocabulario es performativo en cuanto interviene y transforma la respuesta que damos a la realidad, en ocasiones la desproporción del lenguaje viene acompañada por la desproporción que se requiere de la respuesta y su inmediatez. En ocasiones la puridad no es eficiente en la comunicación al objeto de conseguir respuesta inmediata, y por ello se transgrede a la primera en la consecución de la segunda. Y precisamente son catastrofes sociales y/o colectivas las que justifican transgresiones de derechos como el confinamiento, perdidas de empleos, perjucios en no pocos campos de la vida, no por la catastrofe o epidemia, sino por la respuesta que requieren. Más allá de ésto, extender el tratamiento mediático en su consideración bélica a la respuesta y consecuencias de la epidemía, a tratar de enémigo al enfermo, es una pirueta fuera de la realidad que descalifica por categorizar el momento intelectual de quien la pare. En fin, Rico es un coco abstracto que se ha abstraido demasiado de la realidad creando la suya propia a la que crítica, una lastima pues la agudeza mental que le reconozco podría ser más productiva. Lo peor del asunto es que políticos como Errejón pusieran en valor ésta crítica, pues al político se le presupone apego a la realidad y Errejón por desnortado que este buscando su ubicación, no puede permitirse desvarios similares. Por cierto a las tonterías del bloqueo a la ayudas y tonterias similares por parte del gobierno, provenientes de la alt right y sus orcos, el tiempo ha venido a contestarlas, y hasta la presidenta de Madrid ha tenido que reconocer después de alentarlas, las dificultades que existen para conseguir suministros, y hoy precisamente el gobierno ha anunciado el contrato firmado con China que nos abastecera de suministros, además de los esfuerzos que se estan realizando para aumentar la producción española. Un cordial saludo.

    Hace 1 año 8 meses

  4. Dámaso Cerro

    He leído todo lo que aquí se escribe. De entrada compartiendo la afirmación de que esto no es una guerra, es una catástrofe, porque, como millones de personas, yo me molesté al oír el uso de esa metáfora en boca de dirigentes políticos y me molestó al ver como insisten en ello. No es una guerra, es una catástrofe. No hace falta ser filósofo, ni antropóloga, ni ilustrado para saberlo, todo el mundo lo sabe. El problema es que se ha enseñado a la gente a no pensar mucho y mucho menos y, sobre todo, a no replicar… , Pensar cansa. Quédate ahí. Para ello ya existen las "voces autorizadas" (y las desautorizada, claro), cada uno que coja las que "más le reconforten", pero que se las crea, que no piense mucho. Y entonces, en ese punto, me entristezco. Se "desvela un velo" y veo que mucha, demasiada gente, con discursos no belicistas, si que están haciendo su guerra, la guerra ideológica (y aquí asumo plenamente la metáfora, porque las guerras ideológicas sí que enfrentan a personas y el objetivo es destruirlas -tal como se conciben a sí mismas- y en este caso, metafóricamente también, el virus es la propia ideología adoctrinadora). Es verdad que no es una guerra, que es una catástrofe y que en sentido común nos dice que lo mejor es afrontarla cooperando e intentar sacar a la luz la parte cooperativa del ser humano. Pero basta ya el aprovechar esta catástrofe para inculcar ideología. Ya está bien meter los dogmas con calzador. Decir eso de que la belicosidad es "la masculinidad errada" o que las "madres" serían más útiles que los soldados, en circunstancias como estas, es un circo que tu te montas querida colega antropóloga…., es un dogma, una bala ideológica, disparos a dar a fin de cuentas, no un apósito ni una cura, en una representación plausible de lo que está pasando. Ya está bien. Por lo tanto ¡no hagáis vuestra guerra aquí! que esto es una catástrofe. A propostito, cuando dices que nuestros políticos aluden al "marco bélico" y que… casualmente…. son "todo hombres"... ¿ te olvidas también "casualmente" de que la mujer que está presente es Ministra del "Ejército"? Demasiadas casualidades ¿no?.¡¡ Ya está bien "hombre"!! Todos estamos de acuerdo en que hay que aprender de aquí. Siempre ha ocurrido. El problema viene cuando lleguen los que nos enseñen a olvidar…, y ahí estarán las ideologías. Totalmente de acuerdo en que hay mucho que hacer y reconstruir…, pero no solo crear "ciudadanos" (que integran en su ser los dones de la libertad que "les concede" el "Estado", tal o cual Estado, cuidado), hay que reconstruir sobre todo, hijos, padres, hermanos, nietos, abuelos, esposos, vecinos, primos, compañeros de tarea, compañeros de asiento, abuelos y gente mayor y recuperar su valor y su vida como enseñanza. Eso es lo que hace más falta reconstruir y eso se hace , fundamentalmente, fuera del Estado. A veces las voces autorizadas solo intentan sorprendernos, descubrir, inventar algo nuevo. Yo digo que es hora de dejar de inventar, de dejar de abrir autopistas y de ablandar cerebros. Esta pandemia es un precio. Conservémonos como lo que somos, cuerpo humano. Conservemos…. Cada vez que queremos cambiar nuestro cuerpo, que nos sentimos dioses cirujanos, se pagará un precio, antes o después. Eso es lo que yo creo. Conservemonos, no hacen falta tintes rosas. No hace falta que nos pinten al ser humano como protagonista de un mundo potencial fantástico y "civilizado" de buenas personas que tienen el gen de la bondad intrínseco en su ADN, al cual solo hay que activar. Eso no es real. Somos imperfectos egoístas y frágiles y creo que así debe ser. Nadie tiene la culpa de lo que está pasando, pero muchos de los que nos quejamos disfrutamos mucho del "progreso". Yo defiendo que el "progreso" no existe ( ni por supuesto la evolución cultural…. entendiéndo el término como se suele utilizar, como mejora). Yo creo que "el progreso" no existe y, por tanto, tampoco "el progresismo"... No son realidades, son ideología. Aunque ellas lo intentarán negar para subsistir, ojalá mucha gente hoy se de cuenta. Me da pena ver también las intervenciones, todas disparando balas dogmáticas, irracionales e irrazonadas. Todos fieles al partido, con el mismo corsé de vacía palabrería. Menos una (aunque también mete el "género", por protocolo) la de la enfermera Juliana García….., lo que aporta está limpio. Lo demás huele demasiado a guerra… y eso que el coronavirus me ha quitado el olfato. En esta habitación encerrado ahora solo huelo eso. Me da lástima

    Hace 1 año 8 meses

  5. Dámaso Cerro

    He leído todo lo que aquí se escribe. De entrada compartiendo la afirmación de que esto no es una guerra, es una catástrofe, porque, como millones de personas, yo me molesté al oír el uso de esa metáfora en boca de dirigentes políticos y me molestó al ver como insisten en ello. No es una guerra, es una catástrofe. No hace falta ser filósofo, ni antropóloga, ni ilustrado para saberlo, todo el mundo lo sabe. El problema es que se ha enseñado a la gente a no pensar mucho y mucho menos y, sobre todo, a no replicar… , Pensar cansa. Quédate ahí. Para ello ya existen las "voces autorizadas" (y las desautorizada, claro), cada uno que coja las que "más le reconforten", pero que se las crea, que no piense mucho. Y entonces, en ese punto, me entristezco. Se "desvela un velo" y veo que mucha, demasiada gente, con discursos no belicistas, si que están haciendo su guerra, la guerra ideológica (y aquí asumo plenamente la metáfora, porque las guerras ideológicas sí que enfrentan a personas y el objetivo es destruirlas -tal como se conciben a sí mismas- y en este caso, metafóricamente también, el virus es la propia ideología adoctrinadora). Es verdad que no es una guerra, que es una catástrofe y que en sentido común nos dice que lo mejor es afrontarla cooperando e intentar sacar a la luz la parte cooperativa del ser humano. Pero basta ya el aprovechar esta catástrofe para inculcar ideología. Ya está bien meter los dogmas con calzador. Decir eso de que la belicosidad es "la masculinidad errada" o que las "madres" serían más útiles que los soldados, en circunstancias como estas, es un circo que tu te montas querida colega antropóloga…., es un dogma, una bala ideológica, disparos a dar a fin de cuentas, no un apósito ni una cura, en una representación plausible de lo que está pasando. Ya está bien. Por lo tanto ¡no hagáis vuestra guerra aquí! que esto es una catástrofe. A propostito, cuando dices que nuestros políticos aluden al "marco bélico" y que… casualmente…. son "todo hombres"... ¿ te olvidas también "casualmente" de que la mujer que está presente es Ministra del "Ejército"? Demasiadas casualidades ¿no?.¡¡ Ya está bien "hombre"!! Todos estamos de acuerdo en que hay que aprender de aquí. Siempre ha ocurrido. El problema viene cuando lleguen los que nos enseñen a olvidar…, y ahí estarán las ideologías. Totalmente de acuerdo en que hay mucho que hacer y reconstruir…, pero no solo crear "ciudadanos" (que integran en su ser los dones de la libertad que "les concede" el "Estado", tal o cual Estado, cuidado), hay que reconstruir sobre todo, hijos, padres, hermanos, nietos, abuelos, esposos, vecinos, primos, compañeros de tarea, compañeros de asiento, abuelos y gente mayor y recuperar su valor y su vida como enseñanza. Eso es lo que hace más falta reconstruir y eso se hace , fundamentalmente, fuera del Estado. A veces las voces autorizadas solo intentan sorprendernos, descubrir, inventar algo nuevo. Yo digo que es hora de dejar de inventar, de dejar de abrir autopistas y de ablandar cerebros. Esta pandemia es un precio. Conservémonos como lo que somos, cuerpo humano. Conservemos…. Cada vez que queremos cambiar nuestro cuerpo, que nos sentimos dioses cirujanos, se pagará un precio, antes o después. Eso es lo que yo creo. Conservemonos, no hacen falta tintes rosas. No hace falta que nos pinten al ser humano como protagonista de un mundo potencial fantástico y "civilizado" de buenas personas que tienen el gen de la bondad intrínseco en su ADN, al cual solo hay que activar. Eso no es real. Somos imperfectos egoístas y frágiles y creo que así debe ser. Nadie tiene la culpa de lo que está pasando, pero muchos de los que nos quejamos disfrutamos mucho del "progreso". Yo defiendo que el "progreso" no existe ( ni por supuesto la evolución cultural…. entendiéndo el término como se suele utilizar, como mejora). Yo creo que "el progreso" no existe y, por tanto, tampoco "el progresismo"... No son realidades, son ideología. Aunque ellas lo intentarán negar para subsistir, ojalá mucha gente hoy se de cuenta. Me da pena ver también las intervenciones, todas disparando balas dogmáticas, irracionales e irrazonadas. Todos fieles al partido, con el mismo corsé de vacía palabrería. Menos una (aunque también mete el "género", por protocolo) la de la enfermera Juliana García….., lo que aporta está limpio. Lo demás huele demasiado a guerra… y eso que el coronavirus me ha quitado el olfato. En esta habitación encerrado ahora solo huelo eso. Me da lástima

    Hace 1 año 8 meses

  6. Juliana Garcia

    Revuelta con el termino guerra, desde hace días, esta mañana, antes de leer este articulo me he puesto a escribir a los partidos de la coalición de gobierno y medios de comunicación, “ más progresista” una pequeña reflexión sobre la utilización del término guerra . Envío la que quiero dirigir a la Cadena Ser Buenas tardes. Me llamo Juliana. Escucho, desde hace años, diversos programas de la Cadena Ser, principalmente Hoy por Hoy, Hora 25 y a Vivir, que a veces me gustan más, otras menos y otras nada. Sé que en estos momentos, mujer de 62 años y enfermera, expresar lo que yo sienta o piense puede resultar una banalidad, pero a la vez algo me dice que debo hacerlo. Aquí va! Llevo días sintiendo como mis tripas se revuelven cuando para informar o reflexionar sobre la situación de la pandemia del coronavirus y las distintas estrategias de intervención, les escucho utilizar veces y veces, el término guerra. Soy consciente que no son los únicos, lo utilizan otros muchos medios y actores sociales, entre ellos los Sr. Pedro Sanchez y Pablo Iglesias, presidente y vicepresidente del gobierno, hecho que me revuelve aún más, porque por primera vez en mi vida adulta me gusta tener este gobierno y, en general, su respuesta. Estoy convencida que ninguno o muy pocos de quienes utilizan esta expresión ha vivido y sufrido una guerra y sus consecuencias. Yo, admito que, desde una posición de privilegio, he vivido desde el año 1986 en diferentes momentos en Angola y Mozambique, en algún caso trabajando como enfermera y les puedo garantizar que esto no es una guerra. Ni mucho menos!. Como muy bien señalaba ayer Yayo Herrero en un artículo titulado ¿Estamos en Guerra?. Esto no es una guerra, es una catástrofe de enormes dimensiones, que afecta y afectará, de manera muy desigual en función de muchos factores, además de la edad y pertenencia o no a un grupo de riesgo, entre ellos al sexo-género, clase social, región del mundo, etcétera. Por respeto a los millones de personas que viven y sufren las consecuencias de los conflictos bélicos dejemos de utilizar este término y llamemos a las cosas por su nombre. O es que acaso los medios de comunicación, entre ellos el suyo, utilizan el termino guerra para referirse a que “ según las estimaciones de Unicef, el Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la División de Población de Naciones Unidas, se estima que 8.500 niños mueren cada día de desnutrición y se calcula que 6,3 millones de niños menores de 15 años murieron en 2017 por causas, en su mayoría, prevenibles. A lo que yo añado y PARA ELLO SI HAY VACUNA SE LLAMA COMIDA, AGUA POTABLE Y ACESO A LOS MEDICAMENTOS ESENCIALES. Muchas gracias y Salud

    Hace 1 año 8 meses

  7. Albaricoque

    Estimada Yayo Herrero, nunca comprenderé qué haces firmando artículos con el Rico petardo. Quiero creer que tú has tenido poco que ver en esta chorrada. A ti da gusto leerte, sin ir más lejos tu último artículo aquí mismo en ctxt. Pero hoy, fue empezar a leer este... en fin, lo que sea, abandonar y dejar mi opinión. El primer ministro de Italia, Conti habló de "guerra"; en Francia el presidente de la república Macron, habló de "guerra"; pero en España hablaron de guerra "Pedro Sánchez y... Pablo Iglesias" ¿Cómo se iba a olvidar Alba Rico de Pablo Iglesias? Si ya prescindiendo de esa su obsesión sus escritos hace ya mucho tiempo que no pasan de superfluas bobadas, con ella está alcanzando la más absoluta mediocridad.

    Hace 1 año 8 meses

  8. Roberto

    Quiero entender que la razón por la que no haya más médicos, representantes de los empleados de comercios de primera necesidad, de cuidados a personas dependientes, de empleados de la limpieza, o de empleados de transportes públicos que aún siguen funcionando, en las comparecencias públicas será porque estén ocupados tratando de mantener a flote los centros de salud por la precaria situación en que los han dejado, o porque no paren de reponer estantes de supermercados y atender cajas, o porque se desvivan para humanizar los cuidados y las horas de compañía en esta situación de confinamiento, o porque pongan sus mejores esfuerzos en desinfectar las superficies, o porque no se cansen de dar vueltas y vueltas en ciudades vacías, porque otra explicación más razonable que esa no la encuentro. Por cierto, y en relación a lo dicho por otros comentaristas quisiera comentar que el BCE anunció la semana pasada que pensaba introducir en circulación 750.000 millones de euros para ponerlos a disposición de los Estados Miembros que tengan que asumir enormes gastos para contener al coronavirus. Y al día siguiente el eurogrupo anunció que iba a suspender la aplicación de la regla de déficit, o también llamada "regla de gasto", para que los Estados Miembros puedan realizar el gasto público que sea necesario. En lo que no se encuentra ninguna explicación razonable es que ningún medio mayoritario se haya hecho eco de esta noticia. O es que, ¿tenemos que volver a pensar mal de los liderazgos económicos-políticos de este dichoso país?...

    Hace 1 año 8 meses

  9. brezo

    Señor Carlos Roces ¿se refiere al señor Amancio Ortega, que ha donado todo su patrimonio al Ministerio de Sanidad para ayudar a su país a soportar esta catástrofe? ¿y que ha puesto todas sus fábricas a coser las prendas que necesitan nuestros sanitarios? He oído que todas las demás grandes fortunas de este país también las van a donar, que se han dado cuenta de que necesitarían 100 vidas para gastar los cientos de millones que tienen, mientras en ésta muchos de sus conciudadanos carecen de lo mínimo necesario. Y creo que ha propuesto también que en cuanto superemos esta catástrofe, todo el mundo: cuidadores, médicos, maestros, limpiadores, científicos…. cobre en función de los beneficios que proporcionan a la sociedad y lo necesarios que resulten para el desarrollo del bien común. ¡Eso es saber tomar decisiones, si señor!!! Más que nunca, salud.

    Hace 1 año 8 meses

  10. Irin

    Menos mal que está Amancio Ortega, ese hombre... ¿En qué mundo vives? ¿De verdad te crees que se ha impedido la llegada de mascarillas? 

    Hace 1 año 8 meses

  11. Dan

    El verdadero conflicto, vendrá de quién logre dar con la vacuna, y la "guerra" vendrá de las industrias farmacéuticas. Y sobre todo cuando no tengamos ni un duro porque se ha parado todo. El enfretamiento seguirá siendo a escala estatal, se quiera o no.

    Hace 1 año 8 meses

  12. Carlos Roces

    Queda demostrado, sin dudas, que el Gobierno de España no es capaz de afrontar los problemas que plantea este virus. Se retrasó... y se sigue retrasando, en la toma de decisiones . Tanto en los cortes y en los cierres como en facilitar las protecciones sanitarias. Y seguimos sin despertar. Solamente Amancio Ortega se adelantó a los acontecimientos ..... pero la pésima coordinación de los responsables oficiales impidió la llegada de los materiales conseguidos. No llegan a destino.

    Hace 1 año 8 meses

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