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LO NUEVO (I)

Todo lo que fue antes de lo que vino después

‘Anoto estas cosas aquí para saber cómo son y a quién, en verdad, le pertenecen’. Por el autor de “Diario de Moscú”

Rubén Ángel Arias 22/06/2020

R.A.A.

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* Esto que ahora comienzo podría llevar, si a mí me interesara en algo mi biografía, el subtítulo de “Notas desde la precariedad laboral avanzada” o, también, “Notas desde la precariedad tardía” o, tal vez y siendo mucho más enfático, “Notas desde la turboprecariedad”. En cuanto a mi vida –y obra– laboral se refiere, no he conocido nada distinto. De la precariedad a la parálisis, ida y vuelta. En medio, claro, han pasado cosas, hasta puedo decir que cosas buenas, pero de esas no se puede hablar si no es por intermediación de imágenes o ironías que las protejan, esto es, que no las digan del todo.

* La literatura con propiedades consolatorias ha sido muchas veces desprestigiada, tachada de conformista, en general, y torpedeada –desde el Romanticismo en adelante– como si hubiera algún mérito en vivir sin consuelo. Como si el que dice vivir sin consuelo no se consolara a su vez en la épica de su valor y en la aridez con que enfrenta su pena.

* La relación consolatoria que el protagonista de Mi Ántonia, de Willa Cather, consigue con respecto a su derrota. La más común de las derrotas, la que tiene como origen la asimetría del deseo.

* La levedad es siempre una relación con la apariencia. La levedad se encuentra en esos objetos que, cuando uno los levanta, resultan más ligeros de lo que cabía esperar. La levedad trabaja contra el aspecto pesado de las cosas. Es un disfraz, un trampantojo. Las columnas de mármol falso que sirven de atrezzo en las películas de romanos, tan contundentes como aéreas, son un buen ejemplo de ello. No hay levedad sin fingimiento del peso.

* Tiene también la levedad su placer propio. Para Rafael Sánchez Ferlosio era este un “placer ventajista” como el que siente quien patina o se desliza: “reside en gastar poco y lograr mucho, en la sensación corporal de ingravidez gratuitamente conseguida; precisamente gratuita, como un don, como un bien”.

* Casi lo mismo fue para Italo Calvino, quien veía en la levedad una “reacción al peso de vivir”. Su paradigma era el de las brujas que vuelan sobre el palo de la escoba o en “vehículos más livianos, como espigas o briznas de paja”.

* “Las obras más hermosas son aquellas en que hay menos materia” (Flaubert, en carta a Colet, 16 de enero de 1852).

* “Lo que me parece hermoso, lo que querría hacer, es un libro sobre nada, un libro sin ataduras exteriores, que se aguantase a sí mismo con la fuerza interna de su estilo, como la tierra, sin que la sostengan, se sostiene en el aire; un libro que casi no tendría argumento, o al menos donde el argumento fuera casi invisible, si puede ser” (Flaubert, misma carta).

* Algo que se sostuviera en el mero gusto por la lengua no debería ser necesariamente algo sostenido en metáforas y figuras. El problema es que la lengua no es capaz de estarse quieta más allá de diez o doce frases seguidas. En el momento en que una frase promete algo para la siguiente, desaparece la tensión de la lengua y aparecen las expectativas que condenan a todo lo demás a un mero papel decorativo.

* La parataxis absoluta es imposible. El lenguaje la evita, las lenguas la evitan, el sentido la evita. Cuesta imaginar miles o cientos de palabras dispuestas o barajadas de tal manera que no se dé ni un solo sentido inteligible.

Esta imposibilidad es el argumento clave a favor de quienes entienden que no somos dueños del lenguaje que hablamos, que es este quien nos habla o que habla en nosotros y nos convierte en sus ventrílocuos.

Cuando pasamos del balbuceo a la palabra, ingresamos en un orden particularísimo, y de ahí solo se sale mal, muy mal, enfermo, tocado, o no se sale.

* El punto óptimo de un texto es ese en el que, tras correcciones y cambios, empieza a sonar todo a traducido y manoseado. No es sonar mal, o no del todo, sino sonar raro o superpuesto, a la manera de una emisora que se encuentra en una zona muy poblada del dial. Un mensaje que –por indefinido o borroso– dota al conjunto de interés. Quien se acerca queda prendido de ese hueco: la falta de claridad es una ocasión para el enigma. Y el enigma –cuando no es un preparado artesanal– es la victoria de la entropía sobre el reinado de la sintaxis.

* Después de cuatro días de lluvia, aún queda nieve sobre las lomas rodantes del Palouse. La nieve se derrite y, con ella, porciones ovaladas de una tierra oscurísima van quedando al aire. Este capricho hace que las lomas parezcan lomos. Lomos de orca. Orcas descomunales que hubieran emergido desde un fondo de basaltos y lava. Orcas estáticas o tal vez solo demasiado lentas.

Según las predicciones, mañana volverá a nevar. Me gustaría quedarme en este lugar desde el que pienso lo que escribiré después, cuando llegue a casa. Me gustaría estar aquí cuando empiece a nevar y las orcas se sumerjan de nuevo y desciendan a plomo como el buzo aquel que descendía de un verso a otro hasta alcanzar la última línea o suelo del poema que Bolaño había preparado para él.

* Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley, puede leerse como un libro sobre las puertas del lenguaje. Lo que Huxley descubrió es que es más fácil agrietar la percepción que el aparato que sirve para contarla. De hecho, es el lenguaje lo que da cuenta de la grieta, intacto él mismo.

* No hay nada que me conmueva más que los enfermos de afasia. Se me rompe algo –el lenguaje– por dentro cuando los escucho.

* En el principio fue la anomia. El conjuro surgió, antes que nada, como una forma de convocar las palabras, de traerlas de vuelta y otorgarles una posición en la memoria.

* La memoria, cuando no recuerda, tira de rimas, es esta una debilidad suya. Los déjà vu son rimas internas, espaciales.

* Marcel Proust: la memoria organoléptica y la rima para contarlo.

* Eso que hacen las palabras cuando se conjuran a sí mismas.

* “Pero la rima de por sí ya es una brutalidad violenta falsa y anómala, y por eso ahora la prohibieron, erradicaron de los textos. Y rimarlo todo entonces sería el frenesí perfecto. […] tres hermanos enanos gemelos riman en la arena y la misma sangre corre por sus venas” (Osvaldo Lamborghini, “El niño taza”).

* Las rimas de Lamborghini terminan con el recuerdo de un niño que ha sido ahorcado páginas antes. De rima en rima hasta la rima –o alambre– final.

* Constelación Manuel Puig – Camilo José Cela. Dos formas extremas de escuchar la cháchara y el cotilleo, los dramas de pueblo y las telenovelas.

* Todo aquello que en un texto no atiende a razones, sino a los afectos que las formas deberían despertar en el lector.

* Cuando a alguien se le califica como el azote de algo o de alguien –el azote de los políticos, el azote de los poderosos, el azote de los banqueros– me resulta casi imposible saltar por encima del erotismo católico que arrastra la imagen en su sentido literal.

* Decía Bataille que el lenguaje de Sade era el propio de una víctima, y su obra la puesta en escena de una venganza.

* Escribir un diario de interferencias implicaría la existencia de una sustancia o continuo que interferir. Sin embargo, es la interferencia –uno de los nombres del accidente– lo que genera la sensación de algo previo que ha sido interrumpido. Es la interferencia quien instaura, con su sola aparición, el continuo que la precede y que espera verse restablecido tras ella.

Así opera la escritura, genera la sensación de que antes hubo algo que ha sido suspendido o desplazado. A ese antes lo llamamos habla, pero no es, claro, sino un producto de lo escrito.

* Que no haya otra forma que no sea la del apunte ni otra organización que la de algo que se pone junto a otro algo y así hace montón. Crecer como crecen las plantas que no se podan, hacia los límites de su resistencia y su arquitectura, hacia el colapso numinoso de los bosques sucios.

* En Moscú (Idaho) hay cuatro lavanderías y los domingos por la tarde están llenas de estudiantes y de gente que vive de alquiler, como nosotros. Son acogedoras. Tienen wifi, televisores, máquinas de sándwiches y de refrescos, biblias y novelas románticas. Son una institución. A mí me recuerdan a salas de máquinas de naves espaciales, pero de naves del siglo XIX, o del XX. Me recuerdan a máquinas del tiempo del tiempo de Wells: las primeras lavadoras coinciden con los inicios de su carrera o de su vocación, esto debería explicar alguna cosa.

Cada dos domingos, E. y yo arrastramos nuestras cestas de ropa sucia hasta la lavandería más cercana y lo metemos todo en uno de esos tambores gigantescos, y, mientras se centrifugan los algodones y las fibras sintéticas de nuestra intimidad, salimos a pasear por los alrededores. Moscú entero huele a suavizante los domingos, a jabón húmedo y caliente. Es una máquina de olor. Eso pensamos, y nos gusta y nos lo decimos… que qué bien huele Moscú a ropa limpia, recién lavada, puesta a secar en los domingos.

* Algunos de los narradores de los que más disfruto son excelentes resumidores. En ellos no se desarrolla un argumento o una escena, sino resúmenes de argumentos y de escenas, de ahí la velocidad de sus textos, en los que, por otro lado, todo parece visto desde una enorme distancia. El origen de este artefacto no está en el chascarrillo –que tiende a ser prolijo y lleno de detalles circunstanciales– sino en Borges: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”. La fertilidad de esta propuesta ha sido extraordinaria, tanto, que ha dado lugar a extensísimas novelas que no son sino resúmenes, como 2666, de Roberto Bolaño.

* A mis estudiantes les digo que resuman, que hagan resúmenes literales, lo cual les obliga a poner las pretensiones del texto por encima de las suyas. Que resuman, y que digan no lo que quieran, sino lo que el resumen les permita decir. Enseguida descubren que no hay resumen que no sea una interpretación y una antología. Descubrimiento que frustra a algunos y encanta a otros, y divide la clase hasta el final.

* El mundo lleva semanas siendo un tembladeral y tú estás aquí, dándole vueltas a la frase anterior, sin ningún cinismo, sin bohemia alguna, como quien abre su taller en una jornada que presume igual a todas las anteriores.

* El miedo –la certeza– de que de mi lectura de los muchos libros todo lo que queda es esto, esta hojarasca liviana, seca, crujiente, por la que, sin embargo y tal vez, alguien encuentre agradable pasear.

* García Calvo desconfiaba de la etimología y se ponía en guardia contra ella, pues sabía que es una materia blanda a la que se le puede hacer decir lo que convenga que diga. Lo mismo ocurría, según él, con las bibliografías. Este fue un empeño suyo, precaver a sus lectores contra esas dos falacias, la etimológica y la doxográfica.

* Como en las ocurrencias, en las etimologías está el lenguaje gustándose a sí mismo. En las bibliografías sucede algo similar, pero en ellas ya no es el lenguaje quien se relame, sino la cultura misma.

* La felicidad es una vara que detecta todo lo que estorba en su camino, esto es lo que nos vino a decir Agustín (el santo no, el otro).

* La felicidad está del lado de la verdad y no de lo real. Lo real es el mundo del que hablamos. La verdad es, sin embargo y siempre, lo que no se sabe. Esto vino a decir también Agustín (el otro Agustín) en un castellano redondo y arcaizante.

* Que lo breve tienda a lo sentencioso y que lo sentencioso tienda a eso que llamamos sabiduría (un saber trascendente, extrapolable, intemporal) es un vicio no de la brevedad, sino de la necesidad de algo irrefutable, sólido e imperecedero. Algo que se salga del tiempo y nos hable desde afuera. Un delirio que llevamos desde hace mucho incorporado, tanto que se confunde con un íntimo y natural anhelo de consecuencias extraordinarias, por mucho que en el lenguaje todo nos prevenga contra él.

* No hay nada que no se lea desde una predisposición y un afecto concretos. Siempre hay un antes de ponerse a leer. La fuerza de un texto debería medirse en su capacidad para desbaratar ese antes y para consolidar una nueva predisposición y un nuevo afecto para todo lo que se lea después.

* El primer aforismo que Lichtenberg recogió en sus cuadernos es una cautela. Lo que se había propuesto escribir no eran sino desviaciones que él, sin embargo, iba a tomar en lo sucesivo como verdades. Ese era todo su artificio: un saber en babuchas, entrecortado y delirante, sin rectificación alguna y llevado hasta el final. Ese primer aforismo termina con estas palabras: “Todo [o sea, mi libro] se vendría abajo si tomáramos es[t]as desviaciones con rigor filosófico”. Trató así de ponerse a salvo de listillos y aguafiestas, doscientos cincuenta años antes de Twitter: “No entre aquí quien no sepa de ironías, extravagancias y líneas gruesas”.

* No dejo de ver en los aforismos y –por extensión e hipérbole– en casi todas las formas de literatura, la herencia más viva de los oráculos. Así como no dejo de ver en todo lo que sale de las facultades de letras la herencia, más o menos ortodoxa, de los primeros sacerdotes, preocupados siempre por los límites de la interpretación.

* Los diarios de un autor sin obra y sin familia conocida, sin nada fuera de ellos que justifique la presencia de un lector, de un solo lector.

* La sola consecución de los días es lo que mueve esta escritura. Eso y el deseo de constatar que al menos ayer hubo vida en alguna parte. Supongo que Eckhard Neumann diagnosticaría aquí un caso típico de melancolía activa.

* En Los lagos de Norteamérica, de José Daniel Espejo, he encontrado un ejemplo feroz y hermosísimo sobre qué hacer con la memoria íntima –oculta y atribulada– de nuestros días. Un qué hacer, no es poca cosa.

* Damos pasos hacia la extrañeza. Lo otro no son pasos.

* Ferrer Lerín: “La originalidad nunca está en mis presupuestos”.

* “El riesgo siempre está en otra parte. El verdadero poeta es el que siempre está abandonándose. Nunca demasiado tiempo en un mismo lugar, como los guerrilleros, como los ovnis, como los ojos blancos de los prisioneros condenados a cadena perpetua”. Estas frases del primer manifiesto Infrarrealista suponen una vindicación del diletantismo, la fragmentación y lo inacabado, Bolaño quizá llegó a advertirlo. Ya no lo sabremos.

* Ahora, y más que nunca, celebro la conversación. Ni clases ni lecciones ni charlas ni coloquios, me refiero a la conversación efímera, delirante y/o concentrada, la que tiene lugar sin nadie que la atestigüe o la grabe. La que sucede y deja de suceder sin añadir nada a la memoria del mundo.

*Anoto estas cosas aquí para saber cómo son y a quién, en verdad, le pertenecen. 

Autor >

Rubén Ángel Arias

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