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RELACIONES LABORALES

El potencial anticapitalista de la terapia

Las historias personales de sometimiento y solidaridad, narradas en espacios de atención, pueden renovar la forma en que nos vemos a nosotros mismos, a los demás y al mundo; y cultivar el entendimiento político y el poder de clase

Sam Thompson (The Baffler) 25/09/2020

<p>La terapeuta Esther Perel durante una de sus charlas TED.</p>

La terapeuta Esther Perel durante una de sus charlas TED.

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La organización integral de los trabajadores, una estrategia sindical que popularizó Jane McAlevey, hace hincapié en la relación que existe entre los problemas laborales y los sociales. Para ilustrarlo: un sueldo más alto no sirve de nada si tu casero te sube considerablemente el alquiler con total impunidad. Esa es la razón de que McAlevey y otras personas sostengan que los sindicatos deberían hacer campaña en favor del cuidado infantil y del transporte público, además de los salarios y las condiciones laborales.

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How’s Work? [¿Qué tal el trabajo?], un nuevo podcast de la célebre terapeuta Esther Perel, confirma el gran solapamiento que existe entre la vida laboral y la vida personal. La frase que más repite Perel es que acarreamos una serie de “pertrechos emocionales” de la casa al trabajo. A la inversa de la estrategia de la mirada integral, que utiliza los métodos de los sindicatos en las campañas comunitarias, Perel utiliza su repertorio terapéutico para intervenir en la vida laboral de los sujetos. Entiende las relaciones laborales como una consecuencia directa de las relaciones familiares, y trata esos vínculos de forma tan seria como la amistad, la paternidad o el amor. Imagínense a una Perel en todos los centros de trabajo, colaborando con el representante sindical de la estrategia “integral”, las relaciones laborales mejorarían con la terapia de grupo y los efectos se sentirían en el hogar, en los parques y en los bares. Al mismo tiempo, la vida comunitaria mejoraría con las campañas sindicales, y los efectos se sentirían en el lugar de trabajo. Esa sería una verdadera simbiosis  “integral”, una que cataliza un conjunto radical de demandas para la mejora material, mental y espiritual del trabajador, y que conduce, a su vez, con una fuerza insuperable, a la inmersión absoluta de la vida laboral en el ámbito de la libre asociación.

Pero antes de que reclutemos a Perel para que se convierta en la secretaria del alma de nuestro comité obrero, revisemos su currículo. Probablemente, Perel sea la terapeuta en activo más famosa del mundo: ha escrito dos libros superventas sobre las relaciones; su charla TED sobre el deseo erótico ha recibido casi 16 millones de visitas; y Where Should We Begin? [¿Por dónde empezamos?], su brillante y a menudo epifánico podcast, ha terminado de consolidar su lugar en la imaginación pública. A lo largo de tres temporadas, Perel invitó a los oyentes a participar en sesiones terapéuticas únicas en las que se nos presentaba a gente real hablando de problemas reales. How’s Work? aplica ahora esa fórmula ganadora al lugar de trabajo, aunque el primer elemento reseñable del programa son los sujetos que elige Perel. De las nueve ‘parejas’ que Perel entrevista, cinco son propietarios, fundadores o directores de empresas: expilotos que montaron un negocio altamente lucrativo; la directora general de una empresa inmobiliaria y su hijo empleado; dos jóvenes británicos que pusieron en marcha una empresa de comunicaciones internacionales; codirectores de una incipiente cadena de tacos mexicanos; una pareja divorciada que posee un viñedo y un restaurante. Los únicos sujetos (supuestamente) desempleados están a punto de fundar una nueva empresa juntos. Desde el primer momento, el podcast How’s Work? declara su lealtad implícita hacia los jefes y hacia una visión del trabajo donde los conflictos de clase y la explotación están ausentes.

El podcast How’s Work? declara su lealtad hacia los jefes y hacia una visión del trabajo donde los conflictos de clase y la explotación están ausentes

Además de la terapia, de los discursos y de sus escritos, Perel trabaja como “consultora psicológica” para empresas emergentes del sector tecnológico. Alejándose de la fantasía de ser la terapeuta del “trabajador integral”, Perel explicó en una entrevista para WeWork que sus habilidades terapéuticas se emplean para mediar en las a menudo frágiles relaciones que existen entre los ejecutivos de Silicon Valley. Por decirlo de otro modo, no debería sorprendernos en absoluto el tipo de lealtad de clase que aparece en How’s Work?. A pesar de sus habituales misivas contra el superficial método que emplean los departamentos de recursos humanos para tratar los desencuentros interpersonales, la praxis de Perel a lo largo de sus podcast se entiende mejor como una extensión de la gestión de recursos humanos (HRM, por sus siglas en inglés). En un libro de HRM que se publicó en 2016, los autores presentaban diversas estrategias para lidiar con el personal que rinde por debajo de lo esperado. Si el trabajador es incompetente, pero está muy motivado, lo que necesita es preparación, comentarios sobre su trabajo y fijarse metas; si el trabajador es competente, pero no está motivado, lo que necesita es controlar el estrés, trabajo en equipo y resolución de conflictos, además de terapia (ahí es donde entra Esther Perel). La única innovación que aporta Perel a esta estrategia es alejarse de la gestión de la relaciones de los trabajadores y acercarse a la gestión de las relaciones de los ejecutivos. El objetivo final, el afán de lucro ilimitado, sigue siendo el mismo.

Aún así, la emisión How’s Work? contiene algunos aspectos dignos de admiración. Como en todas las cosas que hace, Perel se encuentra en su salsa cuando habla de tendencias estructurales y la forma en que estas interactúan con los asuntos interpersonales. Su metodología “intercultural” enfatiza la importancia de las desigualdades culturales y raciales para determinar la dinámica de las relaciones. A lo largo de Where should we begin?, Perel es consciente del peso que tienen las expectativas en los hijos de inmigrantes y de la presión que pueden añadir a las relaciones. En el estudio que realizó sobre la infidelidad, El estado de las cosas [The State of Affairs], enumeraba el racismo, la pobreza y el desempleo entre las razones para la pérdida de libido. Tampoco tuvo problemas para agitar los espectros del género, del sexismo y del patriarcado. En un mundo de memes simplistas y columnas con consejos superficiales, Perel adopta un enfoque profundo y prolongado para comprender cómo han cambiado las relaciones y la salud mental de la mano de las transformaciones socioeconómicas. En una entrevista reciente que publicó el Financial Times, Perel condensaba una idea posfordista de la sociedad contemporánea: las redes han sustituido a la unidad familiar y el trabajo cognitivo ha sustituido al trabajo manual. Sin embargo, la periodización que hace del trabajo contemporáneo se aleja rápidamente de esa popular tesis de izquierda: más adelante, Perel afirma que hemos pasado de una economía de servicios a una “economía de identidades”. En este mundo patas arriba, vacío de economía política, el trabajo le sirve al trabajador y le proporciona la sustancia necesaria para rellenar el frágil yo milenial. Lógicamente, en caso de que esto fuera cierto, solo le concerniría a una diminuta fracción de la población: “Me refiero a una clase en particular” confesó en el podcast Culture Call del Financial Times.

Frente a una consumida y pobre trabajadora, Perel lo que receta es más trabajo, y en este caso el complejo trabajo emocional de escuchar

Su interacción con algunos trabajadores del sector servicios da lugar a las conversaciones más edificantes de How’s Work?, aunque también revela los límites del método funcional de HRM para jefes que emplea Perel. El segundo capítulo es una sesión íntima y sincera con dos strippers, que resulta estimulante en primer lugar por considerar el trabajo sexual, sin calificarlo ni disculparlo, como un trabajo de verdad. Asimismo, las protagonistas de la emisión de Perel articulan algunas preocupaciones vitales sobre la legalidad y la gestión de las trabajadoras sexuales en los Estados Unidos contemporáneos. En el capítulo 8, participan dos estilistas que destapan la ansiedad que producen los patrones de espera y actividad que caracterizan su jornada. Pero ambos capítulos contienen momentos reveladores en los que Perel desafía a las trabajadoras por la actitud que muestran frente a sus clientes. A una de las strippers la critica por utilizar el eslogan “los hombres son el enemigo”, y la anima a que entienda las actitudes y actos que está exhibiendo como si formaran parte del nexo que existe con la vida del cliente, que incluye a su mujer y a sus hijos. Una de las estilistas expresa un desagrado similar hacia sus clientes: “No me gusta tocar a esa gente ni lidiar con sus tonterías”. El rechazo de Perel es categórico y le explica que sus clientes se han convertido en sustitutos de su familia y que, para poder arrebatarles el poder que tienen para controlar su vida emocional, tiene que humanizarlos. Aterrada y con dificultad para respirar, la estilista pregunta: “¿Y qué pasa con la gente que no es amable?” Perel le aconseja que les pregunte a los clientes si han tenido un mal día. Frente a una consumida y pobre trabajadora, Perel lo que receta es más trabajo, y en este caso el complejo trabajo emocional de escuchar.

En ambos casos, la respuesta terapéutica de Perel es rebajar el impulso de sus sujetos hacia una concepción polarizadora de su trabajo. La stripper y la estilista se ven a sí mismas como formando parte de una relación dividida y conflictiva, pero Perel las reorienta hacia la compasión y la comprensión. En otras palabras, este es el momento en el que el organizador de la estrategia integral de los trabajadores despediría a Perel. Este da la bienvenida a los marcos que promueven la división en el trabajo: reconocer que una dinámica conflictiva es un elemento constitutivo del trabajo es el primer paso para cambiarlo. Además, podría intentar redirigir la rabia de los trabajadores hacia los agentes detentores del poder (por ejemplo los jefes y los políticos) en lugar de hacia los clientes, pero nunca intentaría sustituir una visión precisa de polarización por una falsa armonía. Estos dos capítulos son los únicos en los que Perel utiliza la palabra “solidaridad” para referirse, en ambos casos, a una cultura empresarial en la que los trabajadores no consideran que sus compañeros amenacen su capacidad para ganar dinero.

Para Perel, la solidaridad es un concepto abstracto que está desvinculado de la luchas reales por los salarios, las condiciones laborales y el reconocimiento de los sindicatos en muchas partes del sector servicios. Si solo escucharas How’s Work? no sabrías que las trabajadoras sexuales, por ejemplo, llevan participando activamente en el movimiento sindical estadounidense desde hace décadas, desde la lucha que llevaron a cabo las conejitas de playboy de Detroit en los años sesenta para conseguir una remuneración por hora, hasta Soldiers of Pole [Soldados de la barra], que son strippers que están organizándose para enfrentarse a las condiciones laborales de explotación que existen en el Hollywood contemporáneo. Como muchas otras soluciones terapéuticas, el programa de Perel no llega a involucrarse en la realidad material de las vidas de estas trabajadoras, una realidad que no puede separarse de la calidad de sus relaciones y de su bienestar psicológico. La mejor respuesta a aquellos que desprecian a sus clientes podría ser formular una pregunta: ¿cómo erradicamos el abuso y la falta de respeto en el lugar de trabajo? Esa (vulgar) crítica marxista rechazaría la emisión de Perel, como rechaza todo tipo de terapia, por fomentar un diagnóstico equivocado para aliviar el sufrimiento que provoca el capitalismo.

Sin embargo, existe una rama fugaz dentro de la tradición comunista que se siente molesta con How’s Work? porque observa el potencial emancipador frustrado que habita en su interior. La terapia, según este relato alternativo, solo es una herramienta para transformar el yo que resulta necesaria para ir abandonando el capitalismo. El movimiento feminista de finales de los sesenta y principios de los setenta reconoció la promesa radical que ofrecían las curas por medio de la palabra para tratar los problemas sociales. Las feministas, que utilizaron las prácticas de la autocrítica maoísta para construir de manera horizontal, crearon grupos de concienciación que les permitieron abordar los problemas que existían en torno a los derechos reproductivos, las normas en las relaciones y la vida doméstica. Algunas feministas radicales consideraron que la reducción de estas reuniones políticas a simples espacios terapéuticos era condescendiente y sexista. Kathie Sarachild, en su ensayo sobre la concienciación, escribió que “el propósito de escuchar los sentimientos y las experiencias de las personas no era la terapia… La idea no era cambiar a las mujeres, ni tampoco era realizar ‘cambios internos’, salvo en el sentido de saber más”. Pero este enfoque prorracional y antirrelacional hacia esas prácticas no lo compartían ni mucho menos todas las personas. En el Reino Unido, las feministas socialistas experimentaron con una forma más expansiva de concienciación. En una entrevista reciente, la académica Mica Nava explicaba cómo los grupos formados solo por mujeres intentaron cuestionar las configuraciones “profundamente naturalizadas” de la familia. Comentaba también que esas sesiones para hablar crearon las condiciones para que existieran momentos de auténtica “revelación”, un modismo que vincula claramente los resultados deseados de la concienciación con los de la terapia.

La terapia roja trataba de desmitificar los sistemas de opresión que conducían a la anomía y a la miseria

Los activistas que rodeaban al [grupo revolucionario socialista feminista] Big Flame y al partido comunista [en el Reino Unido] explicitaron ese vínculo y experimentaron, a finales de la década de 1970, con algo que denominaron “terapia roja”. Al igual que en la concienciación tradicional, la terapia roja trataba de desmitificar los sistemas de opresión que conducían a la anomía y a la miseria. Pero esas sesiones grupales también representaron un intento por forjar relaciones de confianza y una autoestima colectiva mediante la ruptura de leyes no escritas sobre la intimidad pública. Como escribió el colectivo Terapia roja en un folleto de 1978, la “revolución no es algo por lo que nos sacrificamos ahora con la esperanza de obtener una recompensa futura. Esto comienza ahora; aquí y ahora. Se trata de cambiar las estructuras de propiedad, trabajo, comunidad, familia y las relaciones que habitan en el interior de esas estructuras”. Algunas de esas relaciones se transforman directamente mediante la lucha, otras relaciones requieren una atención personalizada, y esa es la función de la terapia.

Algunos activistas pertenecientes a tradiciones autonomistas han intentado, en los últimos años, resucitar la concienciación y la terapia de grupo radical. Hace algunos años, asistí a las sesiones de un grupo llamado Mental Health Under Capitalism (Salud mental bajo el capitalismo), que organizaban algunos asistentes sociales en el centro de Londres. Una de las sesiones que giraba en torno al trabajo se convirtió en una desestructurada terapia de masas. “Estoy harta de que mi trabajo me defina y de que solo me tengan en cuenta cuando estoy trabajando”, lamentó la mujer que estaba sentada a mi lado. Una persona joven confesó ante el grupo que cada día se sentía sola en el trabajo y que ojalá hubiera un grupo como ese todas las semanas. Más recientemente, algunos miembros del colectivo Plan C, con sede en Reino Unido, inspirándose en los textos feministas de los setenta y de Mark Fisher (el mismo miembro de este grupo), han recorrido el Reino Unido ofreciendo talleres de concienciación con el objetivo de compartir el contenido psíquico, afectivo y relacional de las vidas de las personas, con un contexto que potencie una reflexión crítica de las fuerzas estructurales que las aglutinan. Estas sesiones han abordado de manera explícita la vida profesional en el capitalismo, y han comenzado, en ocasiones, con la pregunta: ¿cuándo fue la última vez que te sentiste “realmente libre del trabajo”?

Estas actividades fluyen a partir de una exploración del comunismo ácido, una deliciosa provocación que comprende totalmente la necesidad de unos objetos y unas prácticas culturales que sean capaces de expandir nuestra imaginación política, de transformar nuestras relaciones y de acabar con nuestras ansiedades. Esa rama sostiene que la izquierda debería encontrar formas de integrar las tecnologías del yo (sustancias psicodélicas, espiritualidad, arte, terapia, etc.) en las organizaciones tradicionales de cambio político: partidos políticos y movimientos sociales. Para Mica Nava, la concienciación formaba parte de una cultura colectiva de izquierda, en conjunto con el cuidado infantil comunitario, los viajes de LSD, la producción de obras de teatro radical y las incursiones en el misticismo neovedántico, que forzó los límites del autoconocimiento y la percepción, así como los límites de la relación salarial. Pese a todos sus defectos, How’s Work? apunta, aunque sea de manera fragmentada, hacia la posibilidad de recuperar el gusto por esa vida contracultural. Las historias personales de sometimiento y solidaridad, narradas en espacios de atención, pueden colectivizar la experiencia personal del trabajo en el sistema capitalista; renovar la forma en que nos vemos a nosotros mismos, a los demás y al mundo; y cultivar el entendimiento político y el poder de clase.

El trabajo significa dominación para todos los que no están en lo más alto del escalafón, y necesitamos una terapia que reconozca esto

Una de las frases preferidas de Perel en How’s Work? es: “¿Te educaron para ser autónomo o leal?”. Sensibilizar a la gente para que sea consciente de su necesidad de independencia o apoyo, en opinión de Perel, les ayuda a fortalecer sus relaciones laborales. Pero la pregunta se burla de la vida laboral de la mayoría de las personas, que independientemente de sus inclinaciones, no puede expresar su autonomía en el trabajo. El trabajo significa dominación para todos los que no están en lo más alto del escalafón, y necesitamos una terapia que reconozca esto. En demasiadas ocasiones, el enfoque de Perel confía, por el contrario, en los sentimientos de culpa y responsabilidad de la persona. En un reciente ensayo sobre depresión e izquierda, Mikkel Krause Frantzen imagina una terapia emancipadora que podría politizar la enfermedad mental externalizando la culpa y comunitarizando la asistencia:

“Esto es asistencia que… va más allá del cuidado bajo esa forma mercantilizada y capitalista. Cuando los cuerpos se cuiden los unos a los otros, cuando la responsabilidad se redistribuya y los colapsos individuales se transformen en intimidades colectivas, se podrá (re)construir el futuro y cambiarlo por uno que sea comunista, compartido y sostenible”.

Frantzen comienza con la paradoja nuclear del debate sobre la salud mental y la política: ¿cómo influimos en el cambio cuando no podemos levantarnos de la cama? Una de las respuestas se fija en las relaciones y en las comunidades asistenciales autónomas que ya existen o que están a la espera de cultivarse en nuestros lugares de trabajo o en nuestros vecindarios. Unas relaciones sólidas son tanto el medio como el fin de la terapia radical; aunque también son el fundamento mismo del poder de la clase trabajadora. La promesa radical que permanece latente en How’s Work?, aunque sigue por desgracia sin cumplirse, es que podríamos desarrollar confianza, amor y respeto en nuestros vínculos laborales como cimiento del autoconocimiento y la lucha.

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Sam Thompson es un escritor y activista que vive en Brighton.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler.

Traducción de Álvaro San José.

Autor >

Sam Thompson (The Baffler)

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