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empezar a reconstruir

Y ahora, ¿qué hacemos? Sobre la unidad de las izquierdas

No basta con una mesa de negociación entre élites. Los cantos de sirena de la superación de algún nuevo liderazgo no servirán para recuperar a quienes se ha dejado atrás

Marcelo Expósito 1/10/2021

<p><em>Divisiones.</em></p>

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Así que las izquierdas deben cooperar para evitar que recuperen el gobierno de España las derechas radicales que los grandes poderes sostienen y que ya hegemonizan culturalmente el espacio de la comunicación oligopólica. Estupendo. Y ahora, con esta verdad evidente que esconde la parte más importante de la realidad, ¿qué hacemos?

¿Qué hacemos con el empequeñecimiento organizativo de las candidaturas que surgieron con la “nueva política”, su descoordinación territorial, el enquistamiento de pequeños aparatos impotentes, la solidificación o desinflamiento de los liderazgos, la inexistente formación de cuadros y el coma de la vida interna partidaria? ¿Qué hacemos con la desconexión entre organizaciones partidarias y movimientos sociales, el retroceso capilar en la sociedad civil y la obturación de los radares con que antes detectábamos la sensibilidad social? ¿Qué hacemos con la elitización de cargos públicos, la desaparición de procedimientos para rendir cuentas y recibir mandatos y la disolución de los mecanismos de control internos? ¿Qué hacemos con el empecinamiento en estrategias fallidas y tacticismos cortoplacistas, la cancelación del debate honesto descalificándolo como desleal y la evitación de asumir responsabilidades presentando dimisiones? ¿Qué hacemos con las expulsiones violentas, las deserciones dolorosas, los despidos extemporáneos, el impacto anímico de reaccionar agresivamente contra las diferencias, la desoladora inexistencia de micropolíticas terapéuticas no relegadas a los cuidados privados y el clima tóxico en las relaciones políticas de proximidad?

¿Qué hacemos cuando la comunicación política deviene en propaganda y se repiten consignas donde no cabe la complejidad? El problema es que reiterar un lema ocasiona frustración si no se realiza el deseo que contiene ni aun se empuñan las herramientas oxidadas con las que se tendría que trabajar en las escalas necesarias, cuando la pulsión social de cambio que antes nos servía de viento en las alas hace tiempo que empezó a soplar dispersándose en otras direcciones. 

La autonomización de facto de nuestros cargos ha reforzado su funcionamiento delegado, liberados de los mecanismos de representación participativa que buscábamos implementar

En las semanas posteriores a los sintomáticos retrocesos electorales de 2019 ya proliferó un lugar común desiderativo: “Ahora toca reforzar las organizaciones”. Verifiquemos qué sucedió con aquel anterior desiderátum, qué han hecho en concreto por la reconstrucción organizativa desde entonces muchos de nuestros cargos o cuadros que se apresuraron a disimular de esta forma el pinchazo de los resultados: no convocaron a la militancia ni para dar las gracias por haberles sostenido la cara en los carteles electorales. Que nadie interprete este regate corto como un reproche, se trata de llamar la atención sobre un problema de fondo: la autonomización de facto en el día a día de nuestros cargos ha reforzado su funcionamiento delegado, liberados de los mecanismos de representación participativa que originalmente buscábamos implementar como un tipo de experimentación institucional que sigue siendo vital para la democracia.

¿Cómo saber qué hacen en concreto muchos de nuestros representantes en diferentes niveles institucionales para evitar burocratizarse y repetir consignas a toque de silbato? El autobombo en las redes sociales no cuenta, seriamente hablando, como rendición de cuentas ni como pedagogía política ciudadana. ¿Cuántas dinámicas de colaboración regular hemos establecido con asociaciones de trabajadoras sexuales, colectivos de personas migrantes o racializadas, internos en los CIE? ¿Dónde estábamos cuando, en plena cuarentena, la gente tuvo que organizarse para repartir comida, las viviendas de los jornaleros africanos fueron incendiadas en Andalucía o tuvieron que dormir al desamparo en Catalunya? Después de tuitear, ¿con qué frecuencia hemos acompañado a la Cañada Real o nos hemos enfrentado contundentemente a que nuestro Gobierno convierta Canarias en un campo de refugiados o al estado de excepción en la Frontera Sur?

Se comprende que muchísimos simpatizantes que hacen su trabajo comprometidamente en el lugar donde han elegido militar por fuera de las instituciones y de las organizaciones partidarias de la nueva izquierda –medios de comunicación independientes, movimientos sociales anticapitalistas, organizaciones populares en los territorios...– pidan a gritos la unidad de la izquierda a la izquierda del PSOE. Pero la experiencia de Galicia demuestra que escenificar concordia, que nuestros liderazgos cohabiten en los mítines y negociar listas unitarias ya no es suficiente. Cuando se ha devastado anímicamente la vida política de las organizaciones, decepcionado por desanudar las articulaciones con la ciudadanía o trasladado la bronca entre facciones al espacio institucional, se necesita más que una negociación armada a la carrera por arriba si no queremos conformarnos con repetir esa alicaída valoración que se escucha en nuestras últimas noches electorales: “Teníamos todo en contra pero hemos salvado los muebles”. Los muebles...

El salto institucional tenía el imperativo moral y la necesidad política de retornar lo que tomó, ayudando a dotar a la onda expansiva post-15M de una mayor corporalidad

Debo aclarar que entre mis vicios no se cuenta el fetichismo de la acumulación de fuerzas. Podemos demostró que la obcecación izquierdista por situar el crecimiento orgánico como sine qua non de un salto institucional es relativa: al contrario, fue la audacia del salto político podemista lo que arrastró tras de sí un aluvión organizativo impresionante, por inarticulado que inicialmente fuera. Pero esta lección política experimentada por nuestra generación ha degenerado en otro precepto equívoco, porque si esa erupción estalló con una estructuración organizativa de mínimos, lo hizo sobre el magma impulsado por el 15M. No tienen razón quienes responsabilizan a Podemos de haber absorbido esa potencia desmovilizándola: la utopía del móvil perpetuo jamás se ha verificado en la realidad histórica de las insurgencias. El 15M de 2011 habría acabado evaporándose sin el salto institucional de 2014-2016. Pero sí es verdad que el salto institucional tenía el imperativo moral y la necesidad política de retornar lo que tomó de esas tierras comunales, ayudando a dotar a la onda expansiva post-15M de una mayor corporalidad pasado el tiempo. Por eso, cuando el nuevo fetichismo de la llegada al gobierno a toda costa ha sustituido al antiguo fetichismo de la acumulación de fuerzas, suenan tan poco estimulantes las llamadas abstractas a que “la movilización social” nos ayude a afrontar la correlación de fuerzas en las coaliciones donde somos minoría o a confrontar los poderes privados que –gran descubrimiento– coaccionan a las instituciones democráticas.

Un compañero inteligente me argumentó que, aun habiéndonos dotado de mayor articulación entre las plataformas municipalistas de todo el Estado –lo que yo lamentaba que no hubiéramos cumplido–, el desplome electoral de los ayuntamientos del cambio se habría producido por otras variables. Puede que tenga razón: pero no es lo mismo encajar un golpe cobijados en la casa de ladrillo del cerdito laborioso que sobreviviendo en la casa de paja del cerdito fanfarrón. Especialmente después de perder una batalla: al día siguiente de nuestro colapso en las elecciones locales de 2019, no teníamos ni un solo aunque fuera mínimo espacio formal en el que poner en común los análisis de las distintas ciudades, darnos ánimos entre organizaciones hermanas, curarnos las heridas, calcular las bajas y preparar conjuntamente el contraataque. Esta imagen de aislamiento desoladora da cuenta de la escala histórica del descuido con el que nos hemos manejado.

La anemia organizativa del salto institucional y su negligencia a la hora de vigorizar los movimientos y la sociedad civil organizada son dos problemas íntimamente relacionados que explican a su vez por qué las llamadas al socorro de la sociedad cuando se experimenta la impotencia en las instituciones suenan más patéticas que estimulantes, y producen un efecto que no cuesta intuir: afecta a nuestro crédito como una alternativa de poder institucional a gran escala. Porque a esto debemos aspirar otra vez, no a normalizarnos como fuerzas subsidiarias del neosocioliberalismo, reafirmándonos como el equivalente a Vox por la izquierda, afianzando un nuevo bipardismo con sidecars. ¿Sirven de algo más que para el rifirrafe partidario las acusaciones al PSOE por su indolencia ante el problema de los refugiados si no somos capaces de coordinar a nuestros propios cargos en ayuntamientos, parlamentos, gobiernos autonómicos y gobierno central impulsando una propuesta conjunta con organizaciones sociales para la acogida de refugiados por la crisis de Afganistán? ¿Pensamos que no afecta a nuestra credibilidad política ni impacta emocionalmente sobre nuestros militantes y simpatizantes que nadie se haga cargo de que la enésima trifulca orgánica provoque una crisis de gobierno en el País Valenciano, ocasionando que uno de nuestros mejores cuadros institucionales –¡un vicepresident del Govern!– se vuelva a casa? ¿O cuando emponzoñamos una institución como la Mesa del Parlamento andaluz para solventar un navajeo interno, nosotros que surgimos denunciando que la instrumentación partidaria de las instituciones soberanas es la peor forma de corrupción de la democracia aunque se cometa de manera formalmente reglamentaria?

¿Podemos soslayar que estos episodios forman parte del día a día de las organizaciones partidarias de la nueva izquierda, que no son sencillamente el zumbido de rencillas personales que la buena voluntad política permitiría aparcar, y que no hay llamadas a la unidad superadora de las diferencias que puedan sustanciarse si no afrontamos de cara estos deterioros cronificados? ¿Tiene la unidad de las izquierdas una mínima posibilidad de realizarse con garantías de propulsar un nuevo ciclo político de cambio si el disparate continúa operando? Y a la inversa, para revertir el deterioro reparando las graves carencias, ¿es necesario esperar a que algún futuro liderazgo por encima de las partes llame a capítulo limitándose a elaborar listas electorales conjuntas?

Por supuesto, ni que decir tiene: la generosidad, la inteligencia, la valentía, la responsabilidad, el acierto y la eficiencia que a pesar de todo existen darían para otro capítulo. Pero reconocer las buenas prácticas concretas no absuelve de afrontar los desastres estructurales. Hablando de victorias de la extrema derecha, un año después del trágico ascenso de Hitler al poder, en 1934, Bertolt Brecht reflexionaba sobre la dificultad de expresar con valentía, en situaciones de extrema gravedad, esta realidad dolorosa: cuando nuestras verdades sucumben, no lo hacen por ser auténticas sino porque han resultado ser –además de ciertas– incompletas o inconsistentes. Por debajo de la resonancia de voces –honestas por lo general– que reclaman la verdad parcial de que las izquierdas necesitan entenderse de cara a las próximas elecciones generales, valoro aquellas pocas intervenciones o comportamientos prácticos que se atreven a señalar esta otra parte de la realidad: que ya no basta con una mesa de negociación entre élites, que el cebo de un cargo o los cantos de sirena de la superación reclamada por algún nuevo liderazgo no servirán por sí solos para recuperar a quienes se ha dejado atrás ni para sumar mucho más de lo que ha quedado de nosotros por separado, que el garrote que antes utilizamos para golpear a los adversarios no sirve ahora para amenazar con la confluencia a nuestros aliados.

Creo que quienes se están aventurando a discutir sobre la compleja realidad de la situación, arriesgándose a explicar la verdad completa, son los verdaderos y las verdaderas optimistas que alumbran con realismo el camino posible: plantear con rigor –¡evitando caer en la autorreferencialidad!– los problemas profundos, empezar a reconstruir inmediatamente sin menoscabo de que alguien encabece, arrojar los muebles viejos por la ventana para que cambiarlo todo de raíz –como exige, no el suelo electoral de las izquierdas, sino el horizonte de esperanza de las nuevas emergencias sociales– nos parezca otra vez posible.

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Marcelo Expósito ha sido secretario del Congreso y diputado en las Cortes Generales durante las legislaturas XI-XII (2016-2019).

Así que las izquierdas deben cooperar para evitar que recuperen el gobierno de España las derechas radicales que los grandes poderes sostienen y que ya hegemonizan culturalmente el espacio de la comunicación oligopólica. Estupendo. Y ahora, con esta verdad evidente que esconde la parte más importante de la...

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Marcelo Expósito

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1 comentario(s)

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  1. Aramis

    ¡Tantas preguntas para ninguna respuesta!... El artículo es tan descabellado como realista es su planteamiento y exposición pues en realidad nuestras izquierdas ni rinden cuentas, ni tienen auditorías, y son tan autónomas que a veces son virtualmente indistinguibles de las derechas civilizadas y sólo se ven como izquierdas al trasluz de las derechas del festín de la pasta gansa. Así pues, en España solo tenemos dos tipos de izquierda; la quejica del pañuelo y la pragmática del bien palpable de las cuentas propias. Ninguna de las dos crea la cadena de valor del bien común, con énfasis en «cadena», por lo que ambas dos necesitan del púlpito y la cofradía como único modelo de colectividad para justificar a los «líderes» tan enfermos de ego y narcisismos, como los de la derecha cavernícola son beatos narcómanos de «palios». Así, la idea de cohabitación de «liderazgos» es un «deja vu», pues lo que refiere es a la clásica idea de la «Izquierda unida» de Julio Anguita en versión enésima que solo salva los (in)muebles de las parroquias con sus conserjes. Lo de «un compañero inteligente» es de premio pues la misma frase señala que no debe de haber tantos en la cofradía podemita. Pero lo del «cerdito fanfarrón» en «casa de paja» es causa de mención de honor, si bien sorprende en boca de un exsecretario del Congreso. Sorprende porque parece que ignora algo tan elemental como que ninguna casa se construye por el tejado. Si la izquierda no construye primero una cadena de valor común, alternativa a la clásica neoliberal, no le será posible asaltar la Luna, ni soñar con alternativas de poder institucional «a gran escala». El poder lo generan las bases, nunca los líderes. Esa es la fuerza de la derecha cavernaria española; que sus «líderes» no son poder, sino que son el último eslabón «político» de la cadena de valor que en España empieza en el mundo de la empresa y el trabajo y cristaliza en la CEOE, el Banco Central Europeo, el CGPJ y un sinfín de instituciones alineadas. No se puede asaltar el cielo sin escaleras; los «líderes» usan siempre del ascensor. ¿Y ahora qué?

    Hace 1 mes 28 días

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