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mundo multipolar

Ucrania: contra la guerra y por una nueva seguridad global

Las actuales negociaciones constituyen una ocasión única para mostrar que una dirigencia política lúcida y una sociedad civil consciente y movilizada pueden alumbrar unas relaciones internacionales más cooperativas y sensatas

Gerardo Pisarello 3/02/2022

<p>Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, interviene en una reunión con el presidente de EE.UU. y otras autoridades.</p>

Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, interviene en una reunión con el presidente de EE.UU. y otras autoridades.

OTAN / FLICKR

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El conflicto entre Estados Unidos, la OTAN y Rusia a propósito de Ucrania no es nuevo. Sí lo es, en cambio, la singular escalada que ha experimentado últimamente, con acusaciones cruzadas de agresión entre unos y otros y con el fantasma de la guerra sobrevolando peligrosamente el horizonte. Nada aconseja trivializar esta situación. Una pequeña chispa, activada indistintamente por Vladimir Putin o Joe Biden, bajo el influjo de los halcones vinculados al negocio de la guerra, podría incendiar Europa y desatar desgracias inconmensurables en los sitios menos pensados. Y no solo eso. Quienes hoy se miran de reojo y se rearman con supuesto afán disuasorio, no empuñan rifles de juguete. Son países altamente militarizados, potencias nucleares capaces de generar catástrofes humanitarias y ecológicas difícilmente reversibles. 

En un escenario así, centrarse en evitar la guerra y en construir desde ya un nuevo orden económico y energético internacional, no imperial, más justo y democrático, dista de ser un ejercicio de buenismo ingenuo. Es la única forma realista de prevenir una devastación planetaria que sería de necios subestimar. 

1- Desafiar a Tucídides.

Se ha evocado mucho en estos días la reflexión que Tucídides dejó escrita en su Guerra del Peloponeso: “la guerra era inevitable, por el ascenso de Atenas y por el miedo que ello generó en Esparta”. Con esta referencia al historiador heleno se ha querido recordar que lo que está en disputa en el teatro de operaciones ucraniano no es un simple conflicto local. Es un enfrentamiento de mayor calado. Una pugna por la hegemonía entre China, potencia ascendente, y los Estados Unidos, potencia en declive, con el Kremlin como aliado cada vez más estrecho de Pekín.

Que esta tensión estructural existe, es indiscutible y define la realidad innegable de un mundo irreversiblemente multipolar. La cuestión es si la llamada “trampa de Tucídides” es una fatalidad destinada a resolverse en nuevas guerras o si alternativas más sensatas y menos suicidas pueden abrirse camino.  

La cuestión es si la llamada “trampa de Tucídides” es una fatalidad destinada a resolverse en nuevas guerras o si alternativas más sensatas

 En el caso de Ucrania, tanto Biden como Putin podrían verse empujados por sus respectivos lobbies militares-empresariales a una salida belicista. Con ello, podrían intentar ganar prestigio temporal ante sus opiniones públicas respectivas.  Sin embargo, también tendrían mucho que perder.

Tras la desastrosa retirada de Estados Unidos de Afganistán, algunos analistas pensaron que Biden podría recluirse internamente, desplegar un programa “rooseveltiano” y asumir, en el plano exterior, políticas de “buena vecindad”. Ni sus adversarios republicanos ni la derecha demócrata vinculada al negocio armamentístico se lo pusieron fácil. Todavía golpeados por el Vietnam afgano, los Estados Unidos no tardaron en anunciar la creación del llamado Aukus, un partenariado militar con Australia y Reino Unido que tenía como propósito contrarrestar la pujanza de China en la región del Índico y el Pacífico. Este partenariado ya presentaba algunas singularidades. De entrada, dejaba fuera a sus aliados de la Unión Europea (UE). Es más, obligaba al Gobierno australiano a romper su compromiso de adquirir submarinos a Francia, sustituyéndolos por submarinos estadounidenses de propulsión nuclear.

Desde entonces, Biden ha aparecido como un presidente desnortado, preso de grupos de poder asociados a la industria militar o a las energías fósiles y acechado por el fantasma de Trump. Todo ello, lejos de alejarlo del belicismo, le ha llevado a reactivarlo en más de una ocasión. Por el momento, el conflicto de Ucrania parece estar sirviéndole para eso: para revivir a una OTAN a la que el propio Emmanuel Macron decretó la “muerte cerebral” ya en 2019 y para mantener, a través de ella, su control sobre Europa, azuzándola contra Rusia.

Todavía golpeados por el Vietnam afgano, los Estados Unidos no tardaron en anunciar la creación del llamado Aukus, un partenariado militar con Australia y Reino Unido que tenía como propósito contrarrestar la pujanza de China en la región del Índico y el Pacífico

Rusia, sin embargo, no es la de la caída del muro. Ha desarrollado un poderío militar y tecnológico de gran envergadura, y no va a dejar de utilizarlo para proteger sus intereses. Convertida en un gran exportador de gas y petróleo, cuenta con una de las reservas de divisas más grandes del mundo. Según Adam Tooze estas oscilarían entre 400.000 y 600.000 millones de dólares, lo cual le daría un margen considerable para contrarrestar los embates de un régimen de sanciones duro similar al de Irán y para jugar sus propias cartas en el mercado energético. Pero como apunta Rafael Poch, tampoco la potencia rusa debe sobreestimarse. A pesar de su fuerza relativa, Rusia carece de la autonomía económica y financiera de los circuitos capitalistas internacionales que ha ido construyendo China. Por otro lado, las propias características autocráticas y oligárquicas del régimen –incubadas ya durante el gobierno “prooccidente” y “liberal” de Boris Yeltsin– han aumentado su fragilidad. Como explica Tooze, el contrato social interno de la era Putin –“ustedes nos proveen y dejan en paz nuestras dádivas sociales al estilo soviético, y nosotros les votaremos sin preocuparnos por sus robos y corruptelas”– se ha ido desgastando en los últimos años. Y a ello deben sumarse los descontentos sociales reales existentes en muchos de los países que rodean a Rusia. Este es el caso de la propia Ucrania, cuyo cambio de régimen en 2014 contó con un fuerte apoyo económico de Washington y Bruselas, pero no hubiera sido posible, como sostiene Poch, sin un genuino movimiento nacional-popular detrás.

Esta compleja realidad admite dos salidas contrapuestas. Una, en uno y otro bando, es la tentación de la guerra, una alternativa altamente inflamable tratándose de potencias nucleares. La otra es desafiar la maldición de Tucídides, abandonar el juego de la gallina militarista y dedicar todos los esfuerzos diplomáticos y económicos a la transición hacia un orden internacional nuevo. Multipolar, más cooperativo, más democrático. Una opción que lejos de ser un ensueño idealista resultaría, en el medio y largo plazo, más beneficiosa y pragmática para todos.     

2- El reto europeo: creerse la “autonomía estratégica” 

Llegados a este punto, la pregunta es si la UE está en condiciones de afrontar este desafío. La respuesta no está clara. La realidad incontestable de un mundo multipolar ha llevado a la UE a reivindicar la necesidad de una mayor “autonomía estratégica” frente a las grandes potencias. Sin embargo, la concreción de esta consigna ha venido condicionada por el control que los Estados Unidos y el Reino Unido, a través de la OTAN, siguen ejerciendo sobre el continente.

Esto se ha visto con bastante claridad en el conflicto ucraniano. La voz más belicista, y la que más histéricamente ha insistido en la inminencia de una invasión rusa de Ucrania, ha sido la del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, seguido quizás por Boris Johnson. Esta actitud contrasta con la del propio presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a menudo incómodo con el fervor pro escalada en el que está instalado Stoltenberg. Y lo mismo ocurre con países europeos de peso como Alemania, Francia o Italia. Todos ellos se han mostrado renuentes a embarcarse en una estrategia de choque con Rusia que amenazaría su seguridad y su economía. 

La voz más belicista, y la que más histéricamente ha insistido en la inminencia de una invasión rusa de Ucrania, ha sido la del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, seguido quizás por Boris Johnson. 

En las últimas semanas, el canciller Olaf Scholz ha exhibido en más de una ocasión su resistencia a dejarse arrastrar por una espiral de amenazas de sanciones que impliquen cancelar el gasoducto Nord Stream 2, que va de Rusia a Alemania. Macron tampoco ha dejado de mantener contactos diplomáticos con Putin. Y el propio Mario Draghi ha recordado a Biden que el empresariado italiano mantiene estrechas relaciones comerciales con Rusia que no está dispuesto a romper.

Es pronto para saber el desenlace de este juego de cálculos. Pero es evidente que para que Europa tenga una voz creíble en este asunto, es fundamental que la “autonomía estratégica” deje de ser consigna pronunciada con temor para convertirse en una afirmación decidida de una política de seguridad, comercial y energética propia. Esta política no puede basarse en resucitar un proyecto otantista cuyo desprecio por la UE ha llegado a cotas insultantes (como con el famoso “¡que le den a Europa!” de la embajadora estadounidense para asuntos europeos, Victoria Nuland). Tampoco puede construirse contra Rusia y contra China, como pretende Estados Unidos. Por el contrario, si Europa aspira a tener una voz propia, esta debería servir para preservar la paz, apuntalar el derecho internacional y el papel de Naciones Unidas, y favorecer la transición hacia un orden internacional no imperial, más justo y sostenible. 

Obviamente no se trata de un giro sencillo después de décadas de sumisión casi exclusiva al proyecto imperial norteamericano. Pero es imprescindible si Europa pretende salir de la crisis pandémica con un proyecto confiable para su propia ciudadanía.

3- El papel de los países del sur en la gestación de un nuevo modelo de seguridad

Más allá del papel central de Alemania y Francia en el impulso de cualquier proyecto de seguridad renovado, este sería inviable sin el concurso de los países del Sur de Europa. Italia lo ha tenido más o menos claro y Portugal ha evitado sobreactuaciones. Por eso, la decisión de la ministra de Defensa Margarita Robles de tropas al Mar Negro y Bulgaria sin que nadie lo solicitara, apareció como un movimiento desafortunado y poco meditado. De entrada, porque como apuntaba Manel Pérez en las páginas de la La Vanguardia, trajo a la memoria al furor atlantista de José María Aznar durante la invasión de Irak. Ya en aquel entonces, los aparatosos gestos de subordinación a los Estados Unidos acabaron por comprometer temerariamente la propia seguridad española. Pero no solo eso. La decisión de Robles no pareció conmover a un “amigo americano” que difícilmente se prestará para frenar las pretensiones de Marruecos sobre los recursos energéticos del Sahara, sobre todo si eso implica cuestionar la alianza trabada en su momento entre Mohamed VI y Benjamin Netanyahu.

Esta decisión, en realidad, fue desafortunada en dos sentidos. Por un lado, acercó peligrosamente al Gobierno de coalición al “partido de la guerra”, algo que Pablo Casado aplaudió de inmediato. Por otra parte, contrastó con el papel en cierto modo vanguardista de los Gobiernos de Portugal, España e Italia, durante la primera fase de la pandemia. En aquel momento, todos ellos tuvieron un peso decisivo a la hora de empujar a la Europa del norte, con Merkel a la cabeza, a asumir el llamado “momento hamiltoniano”. Esto es, a entender que la crisis que suponía la pandemia obligaba a suspender las reglas austeritarias del Pacto de Estabilidad europeo, a apostar por la mutualización de las deudas y a aprobar transferencias directas a los países más necesitados. 

La decisión de Robles no pareció conmover a un “amigo americano” que difícilmente se prestará para frenar las pretensiones de Marruecos sobre los recursos energéticos del Sahara

Resultaría decepcionante que los mismos países que contribuyeron a que Europa tuviera una respuesta más social y creativa que en la crisis del 2008 se dedicaran ahora a secundar iniciativas caducas, propia de la Guerra de la Fría, y a desempolvar los viejos tambores de la guerra. Por el contrario, lo que se esperaría es que los países del Sur impulsaran una profundización del giro social, acompañándola de la defensa de una Europa comprometida con la paz, con la desescalada y con una transición energética justa.

En el caso de Ucrania, esto obligaría a recuperar algunos principios y propuestas ya presentes en el Acuerdo de Minsk II, firmado en 2015 por Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, bajo el auspicio de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OCSE). Su propósito, entonces, fue aliviar la guerra del Donbás. Su puesta al día exigiría, también por parte de los países del sur de Europa, propiciar un acuerdo claro a favor de la distensión, la desnuclearización y la resolución dialogada del conflicto actual. Ello supondría la retirada acordada de las tropas movilizadas en el marco de la escalada y la búsqueda de un estatuto de neutralidad para Ucrania, con plena autonomía para el Donbás y en el marco de una República federal, plurinacional y multiétnica (en una línea parecida, por ejemplo, a los Acuerdos de Viernes Santo firmados en Belfast en 1998 para el caso de Irlanda).   

En un marco como el actual, parece inasumible que se prohíba a Ucrania entrar a la OTAN, como pretende Putin. Pero al estar atravesada por conflictos territoriales, también es muy difícil que sea invitada a sumarse a ella o a la UE. Incluso si la Administración Biden se arriesgara a ello, no es descartable que Alemania y Francia vetaran esa posibilidad. En cambio,  como ha defendido Anatol Lieven en The Nation, un nuevo acuerdo de paz podría incluir un tratado que estableciera la neutralidad de Ucrania para la próxima generación, similar a la del Tratado del Estado austríaco de 1955, pero finalizable o renovable a los 30 años. Un tratado de estas características no sería imprescindible, pero permitiría alejar el principal motivo para la interferencia rusa y para la intimidación de Ucrania. 

En el marco actual, parece inasumible que se prohíba a Ucrania entrar a la OTAN, como pretende Putin. Pero al estar atravesada por conflictos territoriales, también es muy difícil que sea invitada a sumarse a ella o a la UE

Quizás por un aprendizaje histórico, tanto China como Rusia han tendido a desplegar una política exterior más prudente y más abierta a la diplomacia que la norteamericana, por lo que podrían aceptar un acuerdo así. También los Estados Unidos, en realidad. Pero eso dependería de que su propia opinión pública, así como la UE, hablaran con una voz clara y plantaran cara al poderoso lobby que financia el armamentismo. 

Todo esto obligaría a Europa a pensar en grande y a atreverse a imaginar orden internacional no imperial, más cooperativo y pacífico. Es verdad que esto es difícil cuando la pandemia ha suspendido la movilización ciudadana en muchos sentidos. Pero tampoco se partiría de la nada. En el caso de España, esto supondría recuperar muchos de los argumentos pacifistas, antinucleares, ya presentes en las campañas contra la permanencia en la OTAN de 1986. Asimismo, exigiría reeditar el espíritu de las masivas movilizaciones contra la guerra de 2003. Y por supuesto, implicar a los centros de resolución de conflictos y de cultura de paz en la diplomacia internacional, asumiendo las propuestas ecofeministas que vinculan estos objetivos a un nuevo modelo productivo, reproductivo y energético.   

Muchas de estas alternativas han sido planteadas en el “Manifiesto por la paz y para evitar una nueva guerra en Europa”, firmado por Unidas Podemos, En Comú Podem, Alianza Verde, Bildu, BNG, CUP, Más País y Compromís. Pero sin duda podrían enriquecerse a lo largo de los meses que precederán a la cumbre de la OTAN del próximo mes de junio. 

Esta cita, de hecho, sería una buena oportunidad para plantear la necesidad de otro modelo de seguridad, realista pero desligado de las obsesiones de la Guerra Fría y de una OTAN que no ha dado signos de superar su estado de “muerte cerebral”. Desde luego no es fácil activar un sujeto pacifista movilizado en medio de una pandemia que lo ha trastocado todo. Pero sería dramático que para asumir la necesitad de un cambio hubiera que pasar por el trauma de nuevas guerras. 

Las actuales negociaciones a propósito del conflicto ucraniano constituyen una ocasión para mostrar que una dirigencia política lúcida y una sociedad civil alerta pueden alumbrar unas relaciones internacionales más cooperativas y sensatas, sin que una gran catástrofe bélica actúe como catalizador para ello. 

Seguramente, esto obligaría a denunciar la corrupción y la opacidad que rodea a los negocios de la guerra, reivindicando la valiente tarea llevada adelante por gente como Julian Assange. Como contrapartida, a quien más beneficiaría un modelo de seguridad alternativo sería a las poblaciones de Ucrania, Europa, China, Rusia, Estados Unidos y del mundo entero, que en estos tiempos convulsos podrían constatar lo obvio: que la paz sigue siendo el único camino.

El conflicto entre Estados Unidos, la OTAN y Rusia a propósito de Ucrania no es nuevo. Sí lo es, en cambio, la singular escalada que ha experimentado últimamente, con acusaciones cruzadas de agresión entre unos y otros y con el fantasma de la guerra sobrevolando peligrosamente el horizonte. Nada...

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Autor >

Gerardo Pisarello

Diputado de En Comú Podem. Profesor de Derecho Constitucional de la UB.

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