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SOÑAR LO OSCURO (1)

Palomas muertas

El 17 de noviembre de 1980 dos mil mujeres marcharon en procesión hasta el Pentágono con el propósito de poner de manifiesto el poder de las mujeres para desafiar el militarismo en todas sus formas

Alba E. Nivas 16/12/2023

<p>Poster de la Women's Pentagon Action. / <strong>Yolanda V. Fundora</strong></p>

Poster de la Women's Pentagon Action. / Yolanda V. Fundora

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Últimamente me paro a mirar las palomas muertas. Hasta hace poco me resultaba insoportable, en cuanto veía el reguero de plumas y vísceras rápidamente apartaba la vista sujetando el manillar con firmeza para no aplastar de nuevo el cadáver. Supongo que los automovilistas no se dan cuenta, el impacto de los huesecillos aplastados debe de quedar amortiguado por el espesor de las ruedas que se alejan. Al aire libre la visión es otra.

A veces las alas están abiertas, como si la paloma hubiese levantado el vuelo en un último y fallido acto reflejo. El impulso, brutalmente detenido por el impacto, queda impreso en el cuerpo inerte con patetismo. Si no estuvieran tan aturdidas, la suerte habría sido otra, pienso con disgusto. Las palomas urbanas me desagradan, son como una excrecencia dinámica del asfalto, rastreras y voraces. Pese a todo me espeluzna la idea de atropellarlas. Contengo la respiración cada vez que me abro paso entre las bandadas que se congregan en la Place de la République.

No soy aficionada a lo macabro. Sin embargo, en los últimos tiempos algo me impide pasar de largo

Me pregunto por qué lo hago. No soy aficionada a lo macabro, todo lo contrario, siempre he sido impresionable para la sangre y los accidentes. Sin embargo, en los últimos tiempos algo me impide pasar de largo. Observo los órganos desparramados semicubiertos de plumas que tiemblan con las corrientes de aire. Da escalofrío pensar que ese bulto inerte hace unos minutos era un ser coherente que deambulaba a su antojo por las aceras. Me quedo unos instantes ahí quieta, sin saber qué pensar, como si por alguna razón me tocara certificar el desalojo.

En el entierro de mi padre sentí algo parecido. Miraba la superficie brillante del ataúd colocado junto a la tumba abierta como el cascarón de un fruto incógnito que se nos escapaba. Lo luctuoso del rito contrastaba con la secreta certidumbre que me habitaba. Todo el mundo miraba la caja de caoba tocada por los rayos verticales del mediodía, pero allí no estaba mi padre. Por momentos, un soplo de desconcierto me alejaba de la escena. Saltaba las tapias del camposanto con los tres cipreses, camino de la charca donde el abuelo tiraba las cajas de los gatitos recién nacidos. Corría por la tierra arcillosa y desaparecía en el horizonte. Tan pronto se difuminaba en el límpido azul de finales de septiembre como se reabsorbía de nuevo en la polvareda y regresaba al cementerio. Se arremolinaba entre las palabras del cura del pueblo y danzaba entre los familiares y amigos que nos acompañaban, escondiéndose tras las mujeres de pelo corto y teñido que cantaban con desafinada pasión en la iglesia y los hombres vestidos con traje oscuro de domingo. Todavía lejos de la verdadera tristeza, novatas en lo inasumible de las separaciones definitivas, a mi hermana y a mí nos parecía oír su voz echándonos la bronca por haber elegido el ataúd más caro de la serie. Por frívolas y chapuceras. Sintiéndonos culpables y torpes, nos mirábamos como justificándonos en silencio por lo rápido que había sucedido todo. Infarto cardíaco masivo. Huérfanas repentinas haciéndose cargo de lo prosaico de la muerte.

Cómo vivir, en adelante, sin su figura tutelar. Cómo prescindir de aquel catedrático de la realidad que desde la infancia instaurara para nosotras principios y certidumbres inamovibles. Parecía conocer a la perfección los mecanismos del engranaje al que habíamos de someternos con el mismo rigor que él conociera en la posguerra. Nada se le escapaba: el lenguaje de los números, la tabla de los elementos, el juego de la competencia. Nunca dudaba. Creía –o acaso quería creer– a pies juntillas en el buen funcionamiento de las instituciones. Sus manos grandes y fuertes tomaban las riendas de los hechos con una firmeza absoluta. No había otra opción que bajar de los árboles y dejarse guiar por el camino que nos señalaba.

Los cadáveres suelen estar tirados al borde de las aceras. Atraída por las pantallas en las marquesinas, la mirada apenas los percibe. Siendo diferentes, las imágenes que desfilan tienen algo en común: rostros jóvenes y serios con una expresión veladamente sadomasoquista. Casi siempre están solos, en interiores borrosos o bajo un cielo azul y vacío, como flotando en una desolación asumida. En todas hay un elemento central –el perfume, la joya, el bolso de marca– que convierte la presencia humana en algo subsidiario. Una tiene la impresión de asistir a una conversación entre objetos sagrados que conocen nuestros destinos mejor que nosotros.

Junto a esos rostros jóvenes y hermosos que nos miran con gafas negras desde paisajes desérticos, aparecen otros, más normales y familiares, junto al slogan “L'Europe c'est toi”, “You are EU”.

Tú, gentil ciudadana que trabaja, vota y paga sus impuestos, esforzado estudiante, jubilado pacífico. Todo está bajo control, velamos por tus intereses: UNIDAD, SEGURIDAD, ENERGÍAS RENOVABLES, DEMOCRACIA, PROTECCIÓN DEL CLIMA, DIVERSIDAD, INDEPENDENCIA ENERGÉTICA. Confía en los líderes europeos, el interés general está en sus manos. Lo guardan celosamente en sus maletines de cuero. Viajan con pasaporte diplomático en la flecha del tiempo y atraviesan sin sobresaltos esos vendavales de imágenes que te descorazonan. Saben actuar con eficacia y estrechar la mano a gobernantes con disfunción poderil cuando hace falta. Están más que acostumbrados a tratar con esos gamers de la realpolitik mundial empeñados en ganarles la partida a sus nietos. Saben tolerarlos educadamente y si hace falta negociar pequeñas guerras necesarias para preservar la paz en los museos del mundo. Los asuntos de menor calado los dejan en manos de los altos funcionarios que, entre viajes y pernoctas en hoteles de lujo, llevan de buen grado las nubes bajas de Bruselas. Saben moderarse con el alcohol para no ceder más de la cuenta en las cenas con los lobbystas y decidir con buen criterio qué cantidad de veneno en el aire es tolerable para los cuerpos. Son razonables, saben qué tipo de vida necesitas. Tranquila, no vayas a cuestionarte el privilegio de tu verdad climatizada. Tienes la inmensa suerte de vivir en una de las regiones más cool del planeta.

En comparación con las gafas, los anuncios de prótesis auditivas también son más tranquilizadores, hombres y mujeres de mediana edad avanzada en situaciones normales de la vida cotidiana. Además de camuflarse a la perfección en el pabellón auditivo, impiden escuchar el grito. La vibración del sonido queda amortiguada en el tímpano; no llega a traspasar el oído medio, se queda atrapada en el yunque, o en el estribo, o en el martillo de la conciencia cotidiana. Pero de ninguna manera conseguirá abrirse camino hasta el oído interno. En el peor de los casos se quedará atrapado en el caracol de la historia, dejando intactos el nervio auditivo y por ende la frecuencia psíquica.

Siento náusea física y espanto moral ante el genocidio

Creo que observo las palomas muertas para no escapar al horror. Fui incapaz de ver las imágenes de los ataques de Hamás, rehúyo las de la masacre de Gaza y por descontado no he visto ninguno de los vídeos. Los niños heridos, los cuerpos mutilados entre los cascotes, el blanco anónimo de los sudarios, la destrucción, el humo, la desesperación y el miedo que reflejan los rostros me retuercen el estómago. Siento náusea física y espanto moral ante el genocidio; no consigo asimilar la impune violación de aquellos tratados de derecho internacional público que estudié con tanta esperanza de joven en una universidad holandesa. Pero quizá lo que más me consterna de todo es que la narración de las atrocidades se presente acompañada de fotografías de muebles relucientes y anuncios de películas.

Confieso que desde que empezó la guerra de Ucrania no he parado de caerme del guindo. Daba por sentado que las manifestaciones por la paz serían inmediatas y masivas en todos los países europeos. Estaba convencida de que, a estas alturas de la historia, la opinión pública se opondría con firmeza a cualquier tipo de involucramiento bélico. Nada más lejos de la realidad. 

La fúnebre impasibilidad colectiva hacia todo lo que sucede me deja perpleja. Miro las palomas muertas para tratar de asimilarlo, siendo bien consciente de lo ridículo, inocuo y anecdótico del acto. Lo que me gustaría en realidad es participar en una acción pacifista como la Women's Pentagon Action, sobre la que leía estos días.

El 17 de noviembre de 1980 dos mil mujeres marcharon en procesión hasta el Pentágono (1). La mayoría iban disfrazadas y maquilladas, y en lugar de pancartas portaban unas marionetas gigantes. La protesta colectiva de aquella fría mañana, sin oradores, ni líderes, pódium o escena, fue organizada en cuatro actos. Con cada una de las etapas querían significar sus sentimientos e ideas críticas sobre el Pentágono y el poder –reconstructivo y utópico– de las mujeres para desafiar el militarismo en todas sus formas.

El primero fue el Duelo. Manifestando en el espacio público un dolor moral hasta entonces privado, buscaban denunciar subvertir la engañosa normalidad del orden cotidiano. Así, marcharon juntas atravesando el cementerio nacional de Arlington hasta el césped del Pentágono, haciendo desfilar la marioneta blanca entre el silencio y las lágrimas de las asistentes. Una vez allí, crearon un cementerio paralelo depositando multitud de piedras funerarias en memoria de las víctimas de la opresión y la guerra. La más emblemática fue la de una ama de casa californiana que nunca había participado en una acción política. En su piedra funeraria escribió: “En memoria de los tres vietnamitas asesinados por mi hijo”.

La etapa siguiente fue la Cólera, simbolizada por la marioneta vestida de rojo, que avanzó hasta instalarse en el centro del cementerio improvisado mientras las manifestantes levantaban los puños profiriendo maldiciones y gritos de “vergüenza, vergüenza, vergüenza” con un fondo sonoro de tambores. Dio entonces comienzo la tercera fase, representada por la marioneta dorada, el “Empowerment”. En esta etapa las mujeres se dispersaron alrededor del Pentágono mientras tejían con telas, lanas y lazos una cadena de mensajes, poemas, fotos, flores y otros tipos de materiales. Una vez el Pentágono rodeado, comenzó la última etapa, el Reto, representado por la marioneta negra, una acción no violenta de desobediencia civil que consistió en bloquear las entradas del Pentágono con hilos de lana. Acto seguido se leyó una declaración. Estos son algunos extractos:

“Nos hemos reunido en el Pentágono este 17 de noviembre porque tenemos miedo por nuestras vidas. Miedo por la vida en este planeta, por nuestra tierra y por la vida de nuestras hijas y nuestros hijos, que son el futuro humano”.

“Hemos venido para llorar, gritar y desafiar al Pentágono porque es el lugar de trabajo del poder imperialista que nos amenaza”.

“Estamos en manos de hombres que detentan el poder y la riqueza, y esto les ha separado de la imaginación y de la vida diaria. Tenemos miedo con razón”.

“La gente tiene miedo, y ese miedo es fomentado por las industrias militares y utilizado como excusa para acelerar la carrera armamentística. ‘Nosotros os protegeremos’, dicen, pero nunca hemos estado tan en peligro y tan cerca del fin de la vida humana”.

“Nosotras, mujeres, nos hemos reunido porque la vida en el abismo es intolerable. Queremos saber qué ira hay en esos hombres, qué miedo que sólo puede satisfacerse mediante la destrucción, qué frialdad de corazón y ambición impulsa sus días. Queremos saberlo porque no queremos esa dominación explotadora y asesina en las relaciones internacionales, y tan peligrosa para las mujeres y los niños en el hogar; no queremos esa enfermedad transmitida por una sociedad violenta de padres a hijos”.

“Queremos liberarnos de la violencia en nuestras calles y en nuestras casas. El omnipresente poder social del ideal masculino y la codicia del pornógrafo se han unido para robarnos nuestra libertad, nos han sido arrebatados barrios enteros y la vida por la tarde y la noche Para demasiadas mujeres, el oscuro camino rural y el callejón de la ciudad han ocultado al violador. Queremos que nos devuelvan la noche, la luz de la luna, especial en el ciclo de las vidas femeninas, las estrellas y la alegría de las calles de la ciudad”.

“Comprendemos hasta qué punto todo está conectado. La explotación y destrucción organizada de especies que nunca volveremos a ver nos asusta y entristece. La tierra nos alimenta y a su vez nuestros cuerpos alimentarán la tierra. A través de nosotras nuestras madres unieron el pasado y el futuro humano. Con este sentimiento, con este derecho ecológico, nos oponemos a las conexiones financieras entre el Pentágono y las multinacionales y los bancos a los que sirve. Estas conexiones están hechas de oro y petróleo. Nosotras estamos hechas de sangre y hueso, y de ese recurso limitado y sutil que es el agua”.

“No permitiremos que perduren estos juegos violentos. Hoy estamos aquí varios centenares de mujeres, en los meses y años venideros seremos miles y cientos de miles”.

La Women’s Pentagon Action fue una de las primeras acciones en articular la convergencia entre el feminismo, la ecología y la paz

Para comprender mejor la naturaleza de la protesta, hay que remontarse al accidente nuclear de Three Mile Island, en 1979, en Pennsylvania. A raíz de lo sucedido, un grupo de feministas organizó en la Universidad de Massachussets la conferencia “Women and Life on Earth” que reunió, para su sorpresa, a centenares de mujeres. La Women’s Pentagon Action fue diseñada con deliberada ingenuidad mediante la técnica del consenso, heredada de los quakers y del movimiento antinuclear. Su objetivo era crear un ambiente de convivialidad y entusiasmo susceptible de atraer la máxima adhesión de todos los participantes. Fue una de las primeras acciones en articular la convergencia entre el feminismo, la ecología y la paz. Pese a las críticas de ineficacia por parte de políticos y militantes experimentadas, fue un modelo de audacia e imaginación que transformó el paisaje de la acción política colectiva y sirvió de inspiración a centenares de acciones posteriores.

Durante los años ochenta, en plena carrera armamentística nuclear de la Guerra Fría, tras la publicación del informe del Club de Roma sobre los límites del crecimiento, las deforestaciones masivas y hambrunas en el continente africano, miles de mujeres decidieron enfrentarse al terror y la desesperanza utilizando el arma de la alegría y el fuego de la acción. En lugar de soportarlas íntimamente, decidieron visibilizar sus emociones y transformarlas dentro de un espectáculo político y estético que se ofrecían a sí mismas. Con tácticas y métodos imaginativos, entre parodias, rituales, tambores, canciones y recitales de poemas, mujeres con distintas sensibilidades –a menudo con “divergencias solidarias”– se reunieron para rodear y bloquear centrales nucleares, acampar en silos militares, encadenarse a instituciones oficiales, etc.

De manera paralela, fueron produciendo un conjunto de textos híbridos (2) de estilo y naturaleza muy variados, que articulan sin permiso dimensiones atribuidas a disciplinas diferentes según el episteme moderno. A caballo entre poesía, terapia, historia, ficción y política, los textos de estas mujeres dan cuenta de sus indagaciones y del aprendizaje adquirido a lo largo de dichas movilizaciones. Con ellos tratan de establecer conexiones sensibles y formular una construcción colectiva contra lo que denominan la cultura de la “distanciación” que sostiene los patrones de pensamiento dominantes. Señalan el vínculo existente entre la destrucción de la naturaleza y la opresión de las mujeres que se ha ido declinando a lo largo de la historia occidental semejante al lazo de Moëbius: las mujeres son inferiores (irracionales, sensibles e impuras) porque están más cerca de la naturaleza; la feminización de la naturaleza, a su vez, justifica su desacralización y explotación.

Dichos textos, sin embargo, no se sitúan en el registro de la crítica; más bien crean relatos incómodos para un imaginario colectivo despolitizado que, separando realidad y ficción, busca desconectarnos de nuestra potencia creadora.

Como señala la filósofa Emilie Hache, estas mujeres sintieron antes que nadie la necesidad vital de crear nuevas imágenes mentales, de aventurarse en un paisaje transformado y contar historias distintas para protegerse de relatos catastrofistas que solo conducen a la apatía y al abandono de las resistencias.

Notas

1. El relato de la Women's Pentagon Action ha sido extraído del artículo de Ynestra King “If I can´t dance in your revolution, I am not coming”, en Rocking the Ship of State: Toward a Feminist Peace Politics, eds. Adrienne Harris e Ynestra King, Boulder, Westview Press, 1989).

2. Textos escogidos y presentados por la filósofa Emilie Hache en el libro Reclaim, recueil de textes écoféministes, París, Cambourakis, 2016.

Últimamente me paro a mirar las palomas muertas. Hasta hace poco me resultaba insoportable, en cuanto veía el reguero de plumas y vísceras rápidamente apartaba la vista sujetando el manillar con firmeza para no aplastar de nuevo el cadáver. Supongo que los automovilistas no se dan cuenta, el impacto de los...

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Alba E. Nivas

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